Hace años

El escritor y creador de contenido Luis Romani (México, 1994) nos invita, en el relato corto que publicamos en primicia, a degustar una suerte de concentrado de bildungsroman en forma de dietario emocional de un chico que siente atracción por otros chicos.

La primera vez que miré a un chico fue en un funeral. Yo tenía once años y él casi quince. Lo supe porque mi madre se hizo amiga de la suya desde esa noche y continuaron con el paso de los días, los rezos y las décadas.

#11.

El chico se llamaba Damián: abría las piernas, las cruzaba para acomodarse en la silla, se acariciaba el cabello para soportar el desvelo sin dejar de ofrecerle el hombro a mi prima Ana, su novia, que llegó al funeral con una blusa de Viernes 13. Damián y yo chocamos miradas. Temí que adivinara las intenciones de mis ojos. No podía dejar de mirarlo, y no sé de dónde vino el pensamiento, si simplemente cayó o se hizo libre, pero en ese instante de duelo familiar y atmósfera de tristeza, me enamoré de él.

—¿Vas a pasar a despedirte de tu tío? —me preguntó mi madre tronándose los dedos.

—Papá me dijo que no me acercara a la caja.

La verdad es que también me daba miedo ver al muerto, me ponía nervioso el hecho de llegar al ataúd y no saber qué decir. Casi no conocía al tío Carlos, nunca lo veía en las navidades ni en los cumpleaños. Era un nombre que solo escuché un par de veces. Desde que habíamos llegado a casa de mis abuelos, en medio de toda la gente que lloraba y las cajas de fresas y coronas de flores, yo solo había experimentado el cansancio. No entendía por qué papá odiaba a los amigos de su hermano muerto ni por qué los señores bebían cerveza mientras las mujeres rezaban. Tampoco me importaba mucho; son de las cosas que a uno de pequeño no le explican, menos cuando traes la cabeza embobada por un chico.

#14.

A los catorce años volví a encontrarme con Damián en el funeral del abuelo. Yo era un adolescente padeciendo los destrozos del acné. Era alto para mi edad, pero tenía cara de menso. Cuando vi a Damián lo primero que me atrajo fue su aroma, su colonia de hombre vainilla con pimienta. Era más bajo que yo, pero su espalda era larga, de hombros levantados y una voz grave. Para ese momento de mi vida, mis padres ya se habían divorciado y yo había confirmado que posiblemente iba a convertirme en bisexual. Había descubierto el término en un reality show. Las fotos de Zac Efron y los Jonas Brothers en las revistas de mis compañeras habían iniciado esa terrible maldición llamada gusto por los hombres. Sabía diferenciar perfectamente un levantamiento de ceja coqueta en Joe Jonas, a una mirada azul en el rostro todavía redondo de Zac. Pero al mismo tiempo, me gustaba ver a Megan Fox en las películas de Transformers.

—¿A qué preparatoria te vas a ir?—me preguntó Damián cuando nos saludamos.

—No sé. No he pensado.

—¿Qué quieres estudiar?

—Tampoco sé—él solo enarcaba su ceja.

Me limitaba al responder porque no quería que se me saliera un gallo. Después de un rato, su padre nos llevó a buscar más sillas. En su casa, Damián entró a la recámara a cambiarse porque llevaba todo el día con el uniforme de voleibol. Lo vi quitarse la playera, ponerse desodorante, me atrajo el vello en sus axilas, el inicio de su bóxer marcándose en la piel. Quité la mirada rápido para que no se diera cuenta y me concentré en las medallas colgando del perchero; en los peluches de Lilo & Stich que descansaban en la cama.

—Me los regaló Ana—dijo.

Regresamos al funeral con la torre de sillas. Casi nadie lloraba por mi abuelo. Los campesinos decían que fue un cáncer de toda la vida, pero no supe si se referían a la enfermedad o a él como persona. Me gustaba la tragedia de la familia porque me hacía sentir el protagonista de una novela donde a pesar de la muerte, yo seguía cultivando el amor por el novio de mi prima.

Relato Corto de Luis Romani

#17.

Descubrí que era bueno para correr. Se volvió un alivio ser bueno en algún deporte para evitar el hostigamiento de mis compañeros y del profesor ojete. Había vencido la voz aguda y podía jurar que las facciones de mi cara se desarrollaban igual que las de El Príncipe de Persia. Tenía mi dosis de masculinidad cumplida y pasaba el resto de las clases de educación física mirando a los hombres jugar básquet. Pero no me gustaba ninguno de mis compañeros, solo los que tenían parecido con Damián. Lo armaba con pedazos: las manos de uno, la espalda de otro, la nuca del más alto, el trasero del mejor, la sonrisa, las cejas.

Ahora mis fantasías eran cada vez más específicas. Soñaba que Damián me besaba el cuello, muy despacio, que me protegía con su cuerpo mientras yo aspiraba su aroma y su pelo color chocolate. Sentí que era mi propio novio vampiro en algún multiverso gay aunque en ese entonces detestara todo lo gay. Lo cool era ser bi. Me masturbaba pensando en Damián masturbándose; veía las fotos que Ana compartía: juntos en la alberca, sin camiseta, él con su bata de químico, en fiestas, ella con un cigarro, los dos haciéndose un tatuaje.

Yo quería crecer más rápido y probar las margaritas con alcohol. Me había propuesto que en la universidad buscaría a Damián. No sé para qué, pero lo haría. Una vez que estuviera lejos de la ciudad y de mis padres podría experimentar con chicos, saber a qué sabían, saciar esas ganas por olerlos, acariciarles el pelo y agarrarles todo. Pasé los años de preparatoria besando novias que le presenté a mi madre, y las quise por lindas y amables, aunque siempre deseé que tuvieran un perfume con vainilla pimienta y un pene haciéndose duro con cada abrazo.

#19.

Rebeca fue la primera amiga que tuve en la facultad de arquitectura. Ella me enseñó a fumar, a besar con la lengua y a fumar de todo. También perdí la virginidad con ella a pesar de que era lesbiana.

Al inicio de las vacaciones de navidad, fuimos al departamento donde vivía solo en Querétaro. Habíamos comprado vino de caja y nos pusimos a ver pornografía heterosexual. Ella tenía curiosidad y yo necesitaba saber penetrar. Me limité a lamer los pliegues de su vagina guiándome por los jadeos; demoré quince minutos tratando de ponerme el condón y solo pude meterle la mitad porque le dolía. Nuestra cogida fue súper chafa, patética y vergonzosa, pero en el Halloween del año siguiente esa lección valió la pena.

—Se llama Gabriel y le gustas—el murmullo de Rebeca apestaba a vomito—me dijo que te quiere conocer.

El chico en cuestión era amigo de su novia en turno. Iba disfrazado de Harry Potter, solo que más grande, barbado y menos valiente.

—¿Cuántos años tienes?— me preguntó Gabriel.

—Diecinueve ¿y tú?

—Treinta y dos.

Luego de dos copas nos besamos. Era la primera vez que mi boca tocaba los labios de otro hombre; su barba me espinaba, sus mordidas eran más incómodas que sensuales, sus manos torpes y gordas, pero como yo era una momia con Converse bailando en medio de monstruos drogados y catrinas, nada importó. En su auto, Harry Potter me bajó el disfraz, desenrolló el preservativo y se me sentó encima. Sentí lo tibio y apretado de su culo hacer fricción conmigo. La piel bajaba como si fuera a desprenderse y todo olía a lubricante de uva. Gabriel gemía como una mujer y yo fingí que estaba demasiado borracho para seguirle la corriente así que me tumbé y me concentré en mí y las sensaciones: penetrar a un chico me hacía sentir más viril de lo que creía. El sexo era una cosa rara y placentera y muy asquerosa. Necesitaba más. Quería más chicos. Necesitaba dejar de buscar mujeres y empezar a romper más culos.

#21.

Gracias a Grindr conocí a Juan Daniel. Nos mensajeamos por semanas en la app hasta que un día, por un azar poético del destino en una ciudad llena de jóvenes, coincidimos en el cumpleaños de mi mejor amigo Martín.

Luego de que Rebeca se fuera de la escuela, Martín se convirtió en el amigo gay que a mi yo adolescente le habría fascinado conocer. Era genial tener a alguien con quien hablar sin titubeos, con la desfachatez de macho, pero con la intimidad de una chica; alguien que te comprendía del todo.

—A mí siempre me gustó Nick Jonas desde antes de que se pusiera buenísimo, he is very hot.—fue el primer secreto de Martín cuando nos conocimos en clase de inglés.

En la cena de cumpleaños, solo estaríamos su círculo más cercano, pero Juan Daniel, o JD como empezaría a llamarle entonces, fue el date de mi mejor amigo.

—La segunda vez que nos veíamos y ya me había invitado a su cumpleaños, por dios—me contó JD, una semana después, antes de acostarnos. Era gracioso, sexy y mi fijación por él se basaba en lo mucho que me excitaban sus comentarios ofensivos. Nuestra temporada juntos inició con sexo desenfrenado, sin ataduras y en modalidad secreta; era tres años mayor y me enseñó a coger bien, a hundir mi cara entre sus nalgas y a venirme a puras mamadas. Después de una semanas cogiendo diario me susurró:

—Quítate el condón.

Lo hice. Nos venimos. Dormimos juntos, y por un largo rato sentí que me amaba y que los dos nos pertenecíamos.

#23.

La tensión entre Juan Daniel y Martín se volvió insoportable con el tiempo. Salía del cine con uno para encontrarme en la cena con el otro. Martín no se cansaba de repetir que JD solo me usaba y yo no me cansaba de decirle que no podía usarme porque no éramos nada. Le hacía entender que sus opiniones eran innecesarias, pero claro que me dolían. Sí, JD era dulce y cariñoso conmigo, aunque solo me hablara cuando estaba caliente. Lo dicho por Martín era un recordatorio de que estaba amarrado a alguien que no sentía lo mismo. Lo único que me reconfortaba era saber que las palabras de mi amigo traían impregnadas un eco de envidia porque Juan Daniel me había elegido a mí, y él seguía soltero.

Después de nuestra graduación, mi madre y yo fuimos a la boda del primo Miguel, el hermano mayor de Ana. Estábamos sentados en la mesa con mis tías abuelas y mi padre estaba en otra con su esposa y su hijastra. Nadie nos hablaba mucho, ya no éramos parte de la familia. Desde que tengo memoria he detestado las fiestas familiares. De pequeño recuerdo que las hermanas de papá decían que no me parecía lo suficiente a él, eso me hacía sentir raro, luego al crecer me recriminaban el porqué no quería tener un hermanito, eso hacía sentir incómoda a mi madre. Nunca le pregunté por qué no habían tenido más hijos, y de adulto tampoco le pregunté por qué no se había vuelto a casar.

—La próxima boda va a ser la tuya, mi amor—dijo mamá antes de que se le cayera la copa del brindis.

Con el cristal hecho añicos me hubiera gustado decirle que sí estaba enamorado, que el hombre al que quería no sentía lo mismo y que jamás iba a presentarlo a la mugrosa familia, pero solo sonreí, medio tímido. Antes de que la charla se pusiera de veras incómoda Ana apareció en la fiesta. Todos nos quedamos callados, hasta el mariachi: llevaba el pelo corto, podía apostar a que ella misma se había rapado, traía esmoquin, maquillaje mal aplicado y lo que más llamaba la atención era que fumaba como camionero. Mi prima Ana, la ex novia de Damián, no solo era ridículamente machorra ahora, era más valiente de lo que yo jamás había sido durante los últimos diez años.

Hace años de Luis Romani

#26.

Mis planes para irme del país nunca se llevaron a cabo. Logré entrar a trabajar a una constructora por recomendación de mis maestras y me convertí en el asistente del ingeniero en jefe. A mamá cada vez se le complicaba conducir sin que le temblaran las manos así que me regaló el coche. Yo la iba a visitar cada quincena, manejando de Querétaro a Irapuato y de regreso. Pasaba el camino escuchando las notas de voz de Martín y sus aventuras en Buenos Aires con su maestro de posgrado.

—Cuando vengas te vas a enamorar en todos lados—decía—Nicolás es quince años mayor y está guapísimo.

Lo extrañaba. Lo envidaba poquito, pero la verdad me alegraba saber que a pesar de las circunstancias seguíamos siendo buenos amigos. Martín siempre me ayudaba a entender los trámites de impuestos.

En uno de los viajes de Irapuato a Querétaro topé con Juan Daniel en el semáforo. Un azar. Fuimos al café para hablar de cosas que a ni uno de los dos le interesaban: mi trabajo, el suyo, los motivos personales de mi viaje, los motivos laborales del suyo, lo bien que según me veía yo con bigote y lo espectacular que se veía él que se había puesto más bueno.

—La otra vez conocía a un wey que también es de donde tú—me contó—se llama Damián y también es closetero.

Le pedí una foto por curiosidad y lo confirmé. Juan Daniel se refería al mismo Damián. El azar era culero. Es de los momentos más surrealistas que he tenido. No podía ser cierto. Lo odié. Odiaba la casualidad, la mala jugada del destino que había juntado a mi amor platónico de la adolescencia con mi enculamiento de la universidad. ¿Cuántas posibilidades había de que JD y Damián se conocieran en el mundo? ¿cuántas? ¿cómo era posible que Damián fuera gay o bi o lo que fuese y yo no lo supiera? ¿por qué me enteraba de esto ahora? y lo que más me volvía loco, JD y Damián habían estado juntos, solo necesité segundos para imaginar a uno chupándole la verga al otro, a Damián desnudo deseando el culote de JD, a los dos terminando encima o adentro de ellos. Las tripas me gruñeron. Me dio hasta jaqueca. Supe lo que era hiperventilarse por una noticia.

—¿Y si vamos al lugar donde nos conocimos?— preguntó JD al salir de la cafetería.

Llegamos al motel. Empezamos a comernos desde las escaleras. Mis manos le estrujaban el culo y sus dedos se enroscaban en mi verga, subiendo y desvenándola. En la oscuridad de las lámparas y los espejos sentí como me endurecía dentro de su boca. Quería cogerme a Juan Daniel con odio. Quería lastimarlo, castigarlo, que le doliera tanto como a mí y las dieciocho veces que me había roto el corazón. Lo penetré con fuerza, sin lubricante, solo salivazos. La sacaba entera y se la volvía a meter más rápido hasta vaciarme. Al final, terminé exhausto. JD se levantó todavía con mi semen escurriéndole los muslos, se paró arriba de la cama y eyaculó en mi cara. No volvimos a vernos.

#29.

Traía la cabeza hecha un huevo frito, no tenía ganas de nada. Estaba sin trabajo, sin amigos y de regreso en el pueblo. Mamá se había jubilado y pasábamos las mañanas lavando las fresas. El parkinson nos regalaba días buenos donde ella podía estar tranquila.

Una tarde, papá fue a contarnos que su mujer estaba embarazada y él se convertiría en padre a los 54. Mamá lo abrazó un largo rato. Estábamos, más o menos, felices. Tenía a mis dos padres juntos y seguíamos en la casa donde había crecido. Debía ser lo más parecido a la felicidad después de mucho tiempo. Quise decirles que los quería, que no me gustaban las chicas, nunca me habían gustado y que no sabía qué seguir haciendo con mi vida. El único logro que había tenido era arrebatarle el ligue a mi mejor amigo y fue lo que más daño me causó. Quise decirles todo eso, pero no pude. Le di palmaditas en la espalda a papá.

En la noche, encontré a mi madre tratando de vestirse.

—Ya es muy tarde para salir ¿adónde vas?

—La señora Erika me acaba de llamar. Falleció su marido.

—¿Quién es esa?

—La mamá del muchacho que era tu amigo ¿cómo se llamaba? ¿Dónovan? ¿Demón?

—¿Damián?

—Ese. A su papá le dio un infarto.

Y aquí estoy ahora. Con piyama, suéter y una caja de fresas que mamá insistió en traer. Los vasos de café, las flores y las charolas de pan circulan como cuando era niño y no sabía que el tío Carlos había muerto de sida. Mi madre está tratando de seguir el rezo con el resto de las mujeres, y yo estoy sentado junto a la prima Ana, que ahora se llama Jason.

—Damián no quiso que nadie entrara al cuarto ¿sí lo viste?

—¿Está solo? ¿Qué hace ahí?

—Preparando a su papá. ¿Por qué no vas a ayudarle? A lo mejor contigo no protesta.

Entro a la habitación del fondo. Hay un olor distinto en el ambiente, es cirio, lavanda, formol, loción de afeitar. Damián, el joven del que me enamoré a los once años está aquí, ahora es un hombre, ahora yo también lo soy.

—Pensé que no vivías acá—dijo al verme.

—Regresé hace un tiempo.

Intento no ver el interior del ataúd. El cuarto está bien iluminado. Damián viste de negro, trae las mangas arremangadas, me observa.

—No pasa nada. No te asustes.

—Perdón.

—Yo tampoco vivo aquí. En un mes me voy. Está de hueva.

Hablaba lo más casual, impoluto. El cadáver de su padre yacía ahí, y yo no dejaba de pensar en eso.

—¿Todavía ves a Juan Daniel? —preguntó.

—No. Tiene tiempo que no.

—Hay que vernos un día; ir por un café o unas cervezas o algo.

—Sí, sí, cuando tú puedas está bien.

Damián ha subido de peso, trae la barba de días, las ojeras de meses, ya no olía a nada más que a tela húmeda.

—¿Te puedo pedir algo…?

—Claro, dime—respondí viéndolo a los ojos.

—Es algo loco, pero… será que… ¿te la puedo mamar aquí?

—… ¿Qué? ¿cómo…?

—¿Te dejas?

—No entiendo. No, no.

—¿Por qué?

—Tu papá. No mames.

—¿Qué tiene? era un hijo de puta. Ya se fue. Los padres son hijos de puta. La tuviste fácil porque los tuyos se separaron.

—No mames, Damián.

—Para mí se murió desde hace mucho.

—No digas eso.

—Ya no está. ¿Wey, si sabes que desde la prepa me gustabas, no? Te me hacías súper bonito. Te quería coger desde ahí, nomás esperaba que crecieras pero no me hacías caso.

Damián se acerca y pone su mano en mi mejilla. Dice mi nombre en murmullos.

—Será la primera de muchas. Hoy aquí, después donde tú quieras.

Mis ojos buscan la salida, él la bloquea. Mis ojos esquivan su mirada y veo el rostro maquillado de su padre; lo pálido y tranquilo que está ahí escuchando todo. Los dedos de Damián me limpian una lágrima. Y comienzo a llorar. Las lágrimas escapan a tropel. Lloro hasta que Jason entra y me saca al jardín. Sigo llorando todavía y recuerdo a mi padre y lo mucho que lo odio por no quererme, por ser invisible para él y no saber qué hacer con ello. Mamá me abraza por la espalda, tiembla conmigo, me dejo llenar con su aroma de fresas y velas y le digo ahí lo que tenía que haberle dicho desde hace años.

#31.

Luis y yo nos miramos en la boda de Martín. Empezamos a vivir juntos dos meses después del funeral de mi madre.

Relato Hace años

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