Amado Ademar (1989, Tlaxcala, México) es escritor, bordador y tejedor. Se ha preparado tanto en talleres de creación poética como en lecciones de puntadas tradicionales. Es el autor de la plaquette de poesía «Hombre con complejo de soledad» (2015) y el poemario electrónico «Un lugar entre los cerros» (2018).
¿Cuándo empezaste a escribir?
Demasiado tarde y temprano, porque creo que es necesario hablar que fue en dos momentos: a los 16, pero eran escritos cursis y ridículos, en su mayoría, carecían de sentido, estaban atados a una especie de forma que nunca lograban concretarse, no había un fondo y no estaban lo suficientemente articulados para poder considerarse un texto, digo todo esto porque ya hay bastante distancia y experiencia. Pero sí recuerdo que tenían una visión heteronormativa: hablar de la desgracia de uno porque no es como los demás. El otro fue a los 20 cuando comencé a tener más conciencia de la escritura, pero comencé escribiendo poemas, libres, aunque hay veces que el cuento es necesario o tal vez es el poema adoptando otra forma, lo digo porque siento que mis narraciones no están del todo logradas.
¿Cuáles son los temas que te interesan en la escritura o qué tipo de historias son las que buscas contar?
Todos y ninguno. Siento y creo que es cómo se presenten. Aunque predomina el tema del amor, porque, en definitiva, es algo que me obsesiona, el cómo son las relaciones que formamos con los demás. También está la soledad, como esta contraparte y que es muy de mí. Tengo textos, para nombrarlos en general, que hablan sobre las mujeres y todo lo que conlleva ser mujer, sobre la vida de mi madre y padre que en definitiva es otro mundo; sobre Dios; tengo varios poemas sobre el VIH, la debilidad del cuerpo, el tiempo; tengo poemas que hablan sobre películas gay, en su mayoría cosas abstractas.
Pero, para aterrizar en este asunto, hubo un tiempo donde estaba muy picado con las ideas de Bachelard y no dejaba de escribir poemas sobre los cuatro elementos, eso también pasó con «La diosa blanca», de Robert Graves, y es que me topaba con la diosa por todos lados y me orillaban a escribir; hubo un tiempo en que mis conocidas me platicaban mucho sobre su vida y siempre me quedaba con la sensación de JODER, cómo es posible que te haya pasado todo eso. Y sobre el VIH, bueno, es que al parecer a mi generación le ha tocado ser VIH positivo, lo digo porque me lo han contado, los rumores y cuando me voy por las pruebas rápidas pues terminas viendo algún conocido saliendo de los consultorios o pasando a la farmacia y es triste ver que, de cierta manera, se les apaga la vida. Y es ahí cuando creo que entre más cerca estás de una situación es necesario escribir y nombrarla, porque es obvio que se hace presente el asombro de vivir.
¿Cómo fue el camino para publicar tu primer libro?
Creo que el primer libro no se ha presentado, todo ha sido por escala: lo primero que me publicaron fue un artículo sobre el amor, en el suplemento cultural del periódico local –creo que ya no existe– y estuve casi dos años escribiendo para ese suplemento. Luego me invitaron para una plaquette de poesía, fue una onda más de autopublicación, pero ahí está y eso fue en Puebla, cuando iba a tomar cursos de escritura creativa. Después comencé a mandar a revistas electrónicas, algunas ya no existen, y todo fue por redes sociales porque llueven a montones las convocatorias en esos rincones, hasta que se me apareció la de formar parte de una colección para jóvenes escritores. Esa convocatoria fue lanzada por la Secretaría de Educación del Estado de Yucatán, a través de su coordinación editorial, pero fue algo fallido, nos dejaron muy al aire y se suponen que eran “los escritores de Yucatán” los que convocaban para conectar con lectores jóvenes. Supongo que les valió porque tres de los que formamos parte de la colección pues no somos de Yucatán. Así que el libro-libro todavía no se hace presente. Sobre todo, mis poemas o cuentos en Tlaxcala casi nadie sabe de ellos.
¿Cuál consideras que es el mayor obstáculo que tienes como escritor independiente?
Es que no sé muy bien cómo responder porque se puede abordar desde muchos lados: desde las instituciones culturales, los gremios de artistas, la falta de espacios, la falta de interés por difundir el trabajo de los escritores locales. Es como todo; pasa mucho en Tlaxcala que uno saca el libro le dan el premio y pum, desaparecen. Y lo digo por Tlaxcala, donde no hay un trabajo ni de promover ni editorial, ni siquiera hay una feria del libro, no hay grandes librerías como en otros estados, así que todo queda en ciertos grupos, se mueve por un tiempo y se olvida. Y es muy triste, porque viene otros, allegados a los que están en los puestos, y acaparan, muy cabrón, acaparan, hasta que llegan los siguientes, y nadie se lleva con nadie. Y todo eso me ha pasado.
Yo, también yo soy mi propio obstáculo porque hay muchos problemas mentales y desánimos que me pasan, donde, a veces, no hay apoyo desde la familia y no dan ganas de escribir ni de intentar.
Y otra vez Tlaxcala, no hay público interesado, no hay suficientes lectores para conocer lo local. Hay grupos, hay programas, pero qué es lo que difunden: el Nobel de literatura, los rusos, realismo mágico, novela, mucha novela y todo queda entre conocidos. Así que es muy variado el asunto.

¿Hubo relación entre el hecho de que te lanzaras a escribir con el salir del armario? ¿Fueron paralelos, sucesivos o no tuvieron nada que ver uno del otro?
No, no hubo relación alguna. Lo que pasó fue que la escritura me hizo salir como persona, conocer de mi cuerpo, tanto física como espiritualmente; que no estaba mal ser yo, que no estaba solo.
¿Crees que el hecho de ser un escritor LGBT represente una barrera para llegar a los lectores? ¿O al contrario?
Diría que depende del contexto. Hace años solamente conocía a Luis Zapata y Salvador Novo como escritores LGBT+, abiertamente, lo menciono porque, a duras penas, la academia habla sobre el asunto, así como que este es chisme con este y este escritor, eso fue cuando cursaba la licenciatura, es decir, que la literatura es dominada por los hombres. Yo diría que es más la idea de lo que debe ser un hombre y ese hombre escritor deber cumplir con ciertos aspectos, eso fue hace 15 años. Ahora me vienen más nombres de escritores gays, trans, muxes y no solamente de México sino de otras partes del mundo, pero debieron pasar muchas cosas, entre ellas el feminismo y la lucha por los derechos de igualdad, cosas que nunca han dejado de suceder. ¿Qué quiero decir? La escritura a veces está subyugada a la moralidad, la academia hace lo mismo porque los docentes también son lectores y en ese badajo de lecturas hay una selección, gusto, los docentes difunden sus gustos, lo que consideran bueno. Yo escribía tratando de cumplir con esos estándares de los escritores que conocí en mis primeros años de licenciatura, es evidente que los estándares están sujetos a ciertos temas.
Los lectores se persignan también cuando se habla de amor entre dos personas del mismo sexo, porque está la vieja escuela. Todavía sigo escuchando: que chido que se quieran, pero que no me echen los perros; respeto ante todo. Hay un cambio, pero todavía no es suficiente. Evidentemente hablo desde mi trinchera: Tlaxcala y Yucatán, donde el clasismo y el machismo siguen muy presentes.
¿Hay algún libro que tras terminar su lectura pensaste «tengo que escribir yo una historia»? ¿Cuál fue ese que te motivó a escribir?
No me pasa con los libros, sino con las películas y las historias que me cuentan. Con las películas, supongo porque es un discurso visual, ves las expresiones, escuchas la música de fondo, o sea, te llevas por un rato el sentimiento ajeno.
Fueron con varias pelis; mi favorita es «Moonligth». Me recordó tanto a mí y dije: este poema tiene que ser así. Con las historias que me cuentan, se me prende el foco y puf, está rebuena para un cuento y ¿cómo llegar a ese final? Al menos esos son mis retos, porque las personas te cuentan historias, pero siempre mochas, cortadas y con varios huecos. A mí se me hace más fácil tener una idea central e imaginar las posibilidades de esa esencia que te acaba de compartir; es evidente que la realidad supera a la ficción.
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