Orgullo y prepucio: ¿autogratificación en la literatura gay?

Decía el escritor americano John Updike en su novela «Parejas» (1968) que: “Follar es humano, mamarla, divino” (To fuck is human; to be blown, divine). Y esto escrito por alguien que dijo que en la novela queer o LGTBIQ+ no estaba en juego nada más que la autogratificación.

La autogratificación es algo de lo que han sido acusados en ocasiones autores franceses como Cyril Collard («Las noches salvajes»), Hervé Guibert («Al amigo que no me salvó la vida») y Guillaume Dustan («En mi cuarto»); americanos como William S. Burroughs («Queer»), John Rechy («La ciudad de la noche»), y Garth Greenwell («Lo que te pertenece»); o rusos, como el poeta y dramaturgo Aleksander Anasevich, que en el relato «La polla» que abre la antología de cuentos «El armario de acero, Amores clandestinos en la Rusia actual» —publicada por la editorial española Dos Bigotes— las primeras líneas dejan claro cuáles son sus intenciones para con la política homófoba de Vladimir Putin y Dmitri Medvédev, su primer ministro hasta 2020, en que renunció a su cargo y pasó a ocupar el puesto de vicepresidente del Consejo de Seguridad del país: “Comedme la polla, la polla, la polla”.

El fogonazo de esta frase inicial con la que arranca «La polla» de Anasevich o el siguiente fragmento de la novela autobiográfica de Dustan «En mi cuarto» (en la que el autor francés describe una de sus tantas orgías en los clubes de París en la década de 1990), hacen que se ponga en marcha toda la maquinaria defensiva del lector poco acostumbrado a tales expresiones, al menos escritas negro sobre blanco:

“[A Sege] le conocimos en el Queen, muy tarde, a la hora en que ya no quedan prácticamente más que los empedernidos. Un metro ochenta y cinco, ochenta kilos. Súper bien hecho. Suficientemente joven. Una cara hermosa. Visiblemente colocado. Primero nos miramos. Después bailé pegándome a Stéphane para excitarle. Se nos unió. Dimos un espectáculo en la pista, fingiendo ante todos que nos follábamos. Eso lo empalmó. Noté que había cantidad. Después nos despegamos. Intercambiamos tres palabras en medio del barullo de la música. Le dije Hostia tengo super ganas de comértela. Dijo No hay ningún problema”.

El poeta francés Paul Valery se lamentaba a principios del siglo pasado de que la literatura se hubiera vuelto de repente un arte que abusa del lenguaje “como creador de ilusiones y no como medio de transmitir realidades”. Las que sí que transmiten Anasevich, Dustan o Greenwell, cuya primera novela «Lo que te pertenece» (2016) homenajea tanto a Walt Whitman como a la belleza que subsiste sobre una realidad llena de incertidumbre como la prostitución masculina, encarnada en la figura de un chapero búlgaro llamado Mitko, no muy diferente de Adonis García, el prostituto pícaro de «El vampiro de la colonia Roma» (1979) del escritor mexicano Luis Zapata, que rejuvenece y actualiza la figura histórica creada por Bram Stoker en 1897. El quid de la cuestión está en saber cuánta realidad —llámese “autogratificación” como decía Updike o pornografía, como la califican otros— es capaz de soportar el lector actual.

A lo largo de los últimos años han sido numerosas las editoriales españolas y latinoamericanas que han roto la barrera del miedo y han publicado literatura LGTBIQ+ para “transmitir realidades”. Y aunque estas puedan incomodar o escandalizar, la verdad —la de ahora, pero sabida desde hace mucho— es que, como dijo Herman Melville, autor del clásico «Billy Budd, marinero» (1924), un escalofriante relato de homofobia internalizada: “Lo que se nombra es menos temible”. Y si acaso, con mayor ahínco la pornografía, aunque no serán pocos los que señalen que el erotismo es burgués y la pornografía propia del proletariado.

Lo cierto es que rara es la novela en que sin etiquetarse como queer no haya algún pasaje que, indirectamente, involuntariamente, calladamente, no sea deudor de la pornografía. Ya lo dijo el novelista americano Nicholson Baker en «La fermata» (1994): “La pornografía tendría que ser un género altísimamente intelectual, dado que el sexo es, con mucho, la cosa a la que más pensamiento dedicamos en nuestras vidas”.

Autogratificación en la literatura gay

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