Literatura colagenófila (Lado B)

El año pasado que publiqué el artículo sobre el amor intergeneracional entre varones, al que llamo Literatura colagenófila v.1, recibí una serie de mensajes de adeptos entusiastas que me agradecían por exaltar la temática. Si bien mi punto era tratar el asunto desde una óptica diferente, jamás sentí que la estuviera defendiendo. Tenía un interés por precisar la diferencia estilística entre lo que podría ser tachado como una “literatura pedófila” frente a lo que he llamado “colagenófila”. Nunca hubo una apología o un arengue en contra. No estaba del lado de nadie más que de los personajes. Aunque, lo admito, cometí un error: mezclé las obras citadas sin división alguna.

La literatura colagenófila entre varones es aquella donde existe un interés recíproco entre personajes adultos y jóvenes con mayoría de edad (según las convenciones de nuestra ley occidental). Esa relación puede tener un génesis variado, nacer del cortejo o del contrato, pero se trata de un proceso placentero y amable para ambas partes. El concepto también podría desprender un lado B: las relaciones colagenófilas son la versión edulcorada de los affaires incorrectos juzgados por algo más allá de la moral.

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Comencemos con las metidas de pata. «La muerte en Venecia» de Thomas Mann no es literatura colagenófila en sentido estricto. Gustav no mantiene una relación recíproca con Tadzio; se trata de un deseo de naturaleza pedófila, aun revestido del más filosófico amor. Esto no significa que sea malo. Siempre que se habla de la pedofilia se piensa como algo perverso; pensamos en niños abusados y en psicópatas. En la ficción, hablar del deseo pedófilo no implica un crimen cometido. Los sentimientos no son hechos.

Creemos que el Marqués de Sade fue un maníaco por lo que leemos en «Los 120 días de Sodoma», pero la realidad es que fue encarcelado por escribir sus perversiones, no por realizarlas. Gustav ama a Tadzio, ama su belleza, su juventud, su pureza, pero jamás lo toca. Todo es contemplación y lucha interna, intelectual, avasallante, cólera poética.

«Desde estudiante me ha intrigado cómo muchas de las historias que leemos son juzgadas por las normas culturales. Curioso es como la imaginación padece la guillotina de la realidad ¿debería? es ficción. Juzgar la ficción con las reglas del mundo real suena hasta ridículo. Pero también la literatura proporciona teorías interesantes sobre el origen de las conductas humanas, sus deseos ocultos y fantasías más retorcidas.»

El ejemplo moderno de este mismo síntoma es la novela rara de Luis Panini, «El uranista»; el título dice todo. Un anciano pasa sus tardes en el centro comercial observando chicos de catorce años; los desea, ni él mismo quiere admitirlo. Es minucioso, obsesivo, hace de todo para contener el desborde. Ni crimen ni colagenofilia, sino el cotidiano de alguien contra sí mismo.

Otro caso, también mal citado por mí, es «La virgen de los sicarios» de Fernando Vallejo. El narrador mantiene una relación recíproca con Alexis, el adolescente narco; ¿colagenófila? claro, pero, sobre todo, estamos ante una relación de naturaleza pederasta. El vínculo entre ambos, por más consensuada que pueda llegar a ser la transacción, sigue tratándose de estupro. Solo que por el contexto en el que se desarrollan los personajes, la delincuencia, la violencia y la prostitución, percatarse de un término jurídico patente o no, parece inútil. Se asume como parte de la normalidad.

Desde estudiante me ha intrigado cómo muchas de las historias que leemos son juzgadas por las normas culturales. Curioso es como la imaginación padece la guillotina de la realidad ¿debería? es ficción. Juzgar la ficción con las reglas del mundo real suena hasta ridículo. Pero también la literatura proporciona teorías interesantes sobre el origen de las conductas humanas, sus deseos ocultos y fantasías más retorcidas.

Como parte de un gueto intelectual que asumo existe sobre literatura y homosexualidad, propongo un par de ejemplos acerca de cómo la predilección en los gays hacia la colagenofilia está más arraigada desde siempre. Hablando en términos estrictamente literarios, estas son algunas apuestas de origen.

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La primera, por supuesto, pederasta. En el folclor de la Antigua Grecia, sabemos que el tipo de relación entre el erómeno (un chico) y el erastés (un adulto de la élite griega que lo tomaba como pupilo en la enseñanza de la guerra y la política) era aceptada. El efebo tenía que ser un imberbe. Ese lapsus de la edad en que la masculinidad todavía es natural y tierna, donde la excusa de la ambigüedad en la que el varón es tan “hermoso como una mujer” hace que el sexo intercrural esté permitido. El vello, símbolo de la virilidad próxima, es marca antierótica. Una vez que hacía presencia, la relación debía culminarse o pasaría a ser inapropiada.

Asclepíades lo expresa en un poema: “Ahora imploras tú, cuando ese fino vello de las sienes se insinúa, y tus muslos los vela ese pelo punzante. Dices que para ti es voluptuoso. Mas ¿Quién admitiría que mejor que una espiga es la caña reseca?”.

La pederastia es un tema presente en muchas literaturas antiguas, incluso canónicas, pero solo algunas, en épocas dispares, han padecido la censura. La polémica continúa. El escritor chileno radicado en España, Augusto D’Halmar, por ejemplo, vio solamente una edición de sus relatos «Los alucinados» en 1935; historias de varones maduros con amantes adolescentes, donde también acepta estilísticamente su homosexualidad jamás nombrada. Los lectores tuvimos que esperar décadas para leerlos apenas durante el siglo XXI.

Más información sobre la defensa de la homosexualidad y el uranismo puede consultarse en la obra maestra de André Gide, «Corydon», publicada en 1947 y seguramente cancelable ahora.

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La otra hipótesis está en el uso de la fuerza disfrazada de deseo. Asumir un papel de fuerte protector por parte del personaje mayor frente al joven. La dominación tiene un génesis en la considerada primera novela gay de América Latina, la brasileira «Bom-Crioulo» de 1895, escrita por Adolfo Caminha. Jugada del destino parece cuando la trama de la novela fundacional es una relación colagenófila con tintes brutalmente pederastas.

El negro Amaro está enamorado del grumete Aleixo; un joven de apariencia pálida, efébica y andrógina, esto es precisamente lo que seduce a Amaro. Un púber femenino envuelto en una relación de codependencia que termina (spoiler no es a estas alturas) en una tragedia de crimen pasional. Un chico con formas de mujer, blanco, suave, atractivo para todo mundo; eso mismo es lo que lo lleva a su perdición.

En 2013, la escritora mexicana Fernanda Melchor publicó su primera novela «Falsa liebre». El imberbe Andrik, uno de los protagonistas del libro, vive encerrado en la casa de un hombre que lo trata como esclavo y concubino. El sujeto se acuesta con él, lo regaña, le regala zapatos, hasta que un día de trópico abrasador ambos pierden la paciencia. Algunos sumisos se convierten en contrincantes del más fuerte. Justicia poética. En cualquier reformulación de estas historias el final es violento.

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El resto de mis hipótesis no tienen una génesis literaria como tal. Por un lado, se trata de la tenebrosa patología de la edad reprimida o la juventud robada, una especie de síndrome de Peter Pan gay. Miedo porque el amor solo esté presente en la juventud; un malestar terrible que resulta en un, ni tan peculiar, culto a la juventud. Basta con recordar a Oscar Wilde (y todos los estetas aficionados que se han creído sus discípulos). A David, el protagonista de «La habitación de Giovanni» de James Baldwin, le aterra terminar siendo homosexual, entre muchas cuestiones, porque en su futuro ve a un marica regateando muchachos.

Lo que no se había podido ser o tener se convierte en objeto del deseo. Si nunca pudimos tener un novio a los dieciséis, como todos los heterosexuales, ahora a los cuarenta toca buscar un chico que reviva aquella edad borrada. Los novios colágenos salen con hombres con poder. A veces mucho, a veces nada y solo mejor posicionados que ellos. Los hombres con poder buscan muchachos a quienes proteger y gozar para entregarles todo ¿a cambio de qué?

¿Hay amor? Por supuesto, ¿quién lo puede dictar u oponerse? Platón decía, más o menos, en sus diálogos con Fedro, que cuando hay amor hasta el lobo puede abrazar al cordero. La pareja intergeneracional en «Agápi mu» de Luis González de Alba, la pareja intergeneracional de «Las púberes canéforas» de José Joaquín Blanco, la pareja intergeneracional de «Con R de reality» de Luis Zapata, saben de antemano que todo puede terminar mal si mezclas amor con dinero, pero continúan. Querer vale el riesgo. Mauro Llamas, el excéntrico dramaturgo de la novela «Fruta verde» de Enrique Serna, descubre que seducir al joven Germán no representa solamente un reto carnal; para un acostón no vale la pena tantísimo esfuerzo. Encontrar el amor es el verdadero juego con todas las de perder.

Sin embargo, la colagenofilia peca cuando se coloca solo en la fantasía de uno, debería ser de ambos. Igual el riesgo. Caso excepcional es «Melodrama» de Luis Zapata, donde quien tiene el poder adquisitivo es el personaje más joven; el otro, un detective que ha dejado a su esposa, no dejar de soñar al hijo que abandonó.

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Las heridas de la infancia dejan cicatrices profundas. Los criminales desbaratan a los chicos. Los dos protagonistas de «Mysterious skin», la película basada en el libro de Scott Heim, hackean su cerebro luego de que el coach de beisbol abusara de ellos: uno se convierte en prostituto de los parques salvajes, el otro cosecha una obsesión inexplicable por los alienígenas. En «Los gallos salvajes» del dramaturgo Hugo Arguelles, un joven regresa a casa para saldar cuentas pendientes con los sujetos que lo golpearon y contra el padre que lo violó y sigue amando. En «Un lugar para Mungo» de Douglas Stuart, Mungo se hace y deshace entre relaciones con mayores, después de que un grupo de hombres lo violara.

La literatura colagenófila es una vasta sustancia de tramas. Nada más dramático que los extremos de la edad, la juventud corrompida, el sexo violento, la pasión incomprendida, el incesto y la pedofilia como los crímenes más graves que reafirman, igual que las tragedias griegas, que infancia es destino.

El deseo se exprime hasta la última gota, nos desahogamos. Los hombres hacen de todo para salvaguardar al joven amado, aunque terminen muriendo los dos: físicamente, como el chico egipcio que hechizó al reportero de guerra en «La semana de los mártires» del francés Gilles Sebhan; emocionalmente, como el maduro solitario, agobiado por el peso del tiempo y lo efímero del cariño, el emperador que perdió a su favorito en «Memorias de Adriano», portento narrativo de Marguerite Yourcenar de 1951.

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La diferencia entre conceptos y relaciones tiene una línea muy delgada todavía. Lo incorrecto. Lo ilegal. Lo subversivo. La colagenofilia exquisitamente literaria sigue en un terreno gris donde se fusiona el auténtico amor con el trauma y la perversión; una retórica de erotismo quebrantador y moralmente cuestionable, casi siempre incómodo. Escándalos por nombrar los tipos de amor, pero ¿qué es ser homosexual sino un ente en constante disputa con la moral?

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