Yo vine aquí a gritar

Ser cubano es haber nacido en Cuba. Ser cubano es ir con Cuba para todas partes. Ser cubano es cargar con Cuba en una persistente memoria”, escribió Guillermo Cabrera Infante en su libro autobiográfico Mea Cuba (1992), donde aparecen todos los escritores demonizados por la dictadura de Fidel Castro, en gran parte debido a su homosexualidad, desde José Lezama Lima a Virgilio Piñera, pasando por Reinaldo Arenas.

Al igual que Cabrera Infante, Reinaldo Arenas tuvo que cargar con Cuba en la memoria; desde su exilio en 1980, en el éxodo masivo del Mariel, hasta que se suicidó en Nueva York en 1990, después de que el sida deteriorara su salud. Si bien el sida fue lo que acabó con su vida, Cuba fue el juez que pronunció su condena. Por ello, no sé qué hubiera dicho Reinaldo Arenas de haberse enterado que el pasado 25 de septiembre Cuba aprobó el marco legal para el matrimonio entre personas del mismo sexo, así como la adopción homoparental, entre otras propuestas que sustituirán a la normativa de 1975, año en el que se instauró en la isla un sistema económico y social basado en el modelo soviético.

Tampoco sé qué hubiera dicho del nuevo Código de Familias aprobado en referendo por los cubanos. Pero seguro que algo de eso se lo deben al propio Arenas, pues una de sus primeras declaraciones al salir de Cuba fue tan clara como para remover conciencias: “La diferencia entre el sistema comunista y el capitalista es que, aunque los dos nos dan una patada en el culo, en el comunista te la dan y tienes que aplaudir, y en el capitalista te la dan y uno puede gritar: yo vine aquí a gritar”.

Antes que Anochezca Reinaldo Arenas

Antes de escapar de la isla, Arenas había intentado hacer llegar un comunicado dirigido a la Cruz Roja Internacional, a la ONU y a la UNESCO, así como “a los pueblos que aún tienen el privilegio de poder conocer la verdad”. En el comunicado, cuyo original se conserva en la biblioteca de la Universidad de Princeton, Reinaldo es consciente de que tiene los días contados:

Debo pues apresurarme a decir que esto que digo aquí es lo cierto, aun cuando más adelante las torturas me obliguen a decir lo contrario. Sólo me resta avisar a los jóvenes del mundo libre para que estén alertas contra esta plaga desmesurada que parece abatirse sobre el Universo. La plaga del comunismo. Mi delito consiste en haber utilizado la palabra para expresar las cosas tal como son, para decir y no para adular ni mentir. Mi delito consiste en pensar y expresar mi pensamiento, cosa que no se permite aquí a ningún ciudadano. Este grito de alerta que quiero comunicar a todos los jóvenes y a todo el mundo, si llega a transmitirse será gracias a que aún existen algunos países donde imperan la libertad y la democracia”.

Sin embargo, quien se arriesgue a apostar a Arenas con un escritor político, cometerá un error. Primero porque, como él mismo dijo, vino aquí a gritar, como Sally Bowles (Liza Minnelli) y Brian Roberts (Michael York) lo hacen bajo un puente aprovechando el paso de un tren en la película Cabaret: “Algunas veces vengo aquí y espero, espero a que pase el tren. Un día tienes que probarlo. Sí, tú. Anda, venga, no seas tan británico. Después te sientes fenomenal”. Segundo, y sobre todo porque, esencialmente, Arenas era un fabulador, un poeta.

Sobre Celestino antes del alba (1967), la única novela que publicó en Cuba y que luego formaría parte de su pentagonía, compuesta por El palacio de las blanquísimas mofetas (1980), Otra vez el mar (1982), El asalto (1988) y El color del verano (1991), escribió Cabrera Infante en Mea Cuba que era un: “poema demente situado no lejos del territorio de Faulkner, pero muy contemporáneo en su paranoica descripción de un bosque de hachas y un abuelo que derriba cada árbol en que escribe el nieto un poema”.

De Antes que anochezca (1992), la más célebre de sus obras — que la editorial Tusquets reedita con motivo del 30 aniversario de su publicación—, resulta imposible destacar ningún pasaje en particular porque todo el libro es memorable; incluso en aquellos pasajes en los que “hay más penes que penas”, según Cabrera Infante. Pero si tuviera que elegir uno entre todos, sería este:

Yo recuerdo que, cuando llegué a Estados Unidos, un cubano en Washington me dijo lo siguiente: ‘Nunca te vayas a pelear con la izquierda´. Para ellos, pelearse con la izquierda significaba atacar al gobierno de Castro. Pero cómo podía yo después de veinte años de represión callarme aquellos crímenes. Por otra parte, nunca me he considerado un ser ni de izquierda ni de derecha, ni quiero que se me catalogue bajo ninguna etiqueta oportunista y política; yo digo mi verdad, lo mismo que un judío que haya sufrido el racismo o un ruso que haya estado en un gulag, o cualquier ser humano que haya tenido ojos para ver las cosas tal como son; grito, luego, existo”.

Maravilla que a lo largo de todo el libro, el cual promete al lector una de las experiencias literarias más reveladoras y extremas de las letras latinoamericanas, Arenas no deje marginado ninguno de sus males, torturas, pesares, sufrimientos, angustias, calvarios, suplicios y tormentos. Todo está ahí. Prácticamente todo. “La isla en peso”, en la feliz expresión de Virgilio Piñera, en cuyos versos está implícita la rebelión: “Hay que morder, hay que gritar, hay que arañar”. Cuando decidió poner fin a su vida, pocos días después de terminar Antes que anochezca, Arenas dejó una carta que terminaba con las palabras: “Cuba será libre. Yo ya lo soy”.

Reinaldo Arenas Cuba

2 COMENTARIOS

  1. Es frecuente que las declaraciones pontificadoras, especialmente aquellas sacadas de contexto y que se repiten cual mantra, envejezcan mal. Según nos cuenta el texto de arriba, la supuesta diferencia entre un sistema comunista y uno capitalista, en palabras de Arenas, es que «en el primero te maltratan y debes poner buena cara y en el segundo te dejan gritar». No hace falta describir como eran los EE.UU. -el país refugio de Arenas- en 1980 cuando llegó exiliado de Cuba. No hace falta hablar de la segregación racial, del estigma del VIH en la comunidad LGBTIQ+, de la aporofobia, del terrorismo machista o de la cultura de la muerte del país que acogió a Arenas. No hace falta porque todos lo conocemos. Y alguno dirá: sí, existía y existe todo eso pero «puedes gritar». Pues no parece que le sirviera de mucho a George Floyd lo de gritar «no puedo respirar» mientras un policía blanco le aplastaba la garganta con la rodilla hasta matarlo.
    Miren, ni yo ni nadie que yo conozca hemos vivido en un «país comunista» (si es que existe tal cosa). Pero llevo 41 años viviendo en esta España mía, esta España nuestra, esta España 100% capitalista donde un gobierno autoproclamado liberal se sacó de la entrepierna la ley mordaza y un gobierno autoproclamado progresista todavía no la ha derogado. Una ley que permite que una simple declaración de un policía español te pueda llevar a la cárcel. ¿Han probado a «gritarle» cual Reinaldo a un madero español? ¿Han probado a salir a la calle y gritar al más puro estilo Reinaldo «los Borbones son unos ladrones»? El último que lo gritó en una canción está en la cárcel. En una cárcel de esta, nuestra libre y capitalista España.
    Desconozco todo sobre la vida de Reinaldo de Arenas. También desconozco la aportación de su obra al conjunto de la literatura universal. Pero les sugiero que se centren precisamente en eso y dejen en la papelera de reciclaje de la historia las declaraciones políticas de este señor que «nunca se consideró un ser ni de izquierda ni de derecha» (pretends to be shocked). Declaraciones que, de tan mal envejecidas, provocan vergüenza ajena.
    Gracias por el espacio y enhorabuena por la web.

    • Hola, Roberto.
      Te agradecemos el comentario. Esperamos que sigas leyendo y reflexionando nuestro contenido. ¡Saludos!

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