Mañana los amores serán rocas

En «Desolación de la Quimera» el poeta Luis Cernuda se preguntaba: “¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?”. Si la respuesta es que sí, que los muertos oyen lo que los vivos dicen de ellos, Federico García Lorca habrá oído los numerosos comentarios que se han dicho sobre sus «Sonetos del amor oscuro». Sin embargo, en casi todos ellos se ha evitado celosamente citar la palabra “homosexual”, aunque se aluda a ella, pues nadie ignora que estos sonetos del poeta granadino están dedicados a un hombre. Retrospectivamente se ha escrito muy poco sobre este particular, por lo que empieza a echarse en falta algún estudio monográfico sobre estos sonetos donde el poeta “se muestra siervo sentimental, tronco sin ramas, gusano de sufrimiento, cruz y dolor mojado, ‘perro de tu señorío’. […] Lorca era —contra su leyenda de alegría— un sufridor profesional”, como escribió Francisco Umbral en «Lorca, poeta maldito».

Lo anterior no quita para que los «Sonetos del amor oscuro» ocupen en la literatura homoerótica un lugar destacado junto a los sonetos de Miguel Ángel Buonarroti y los de William Shakespeare, los cuales inauguran otra visión del amor que no es siempre la heteronormativa, y que de alguna forma está ligada a la belleza de los muchachos, como corrobora Miguel Ángel en uno de sus sonetos comentados: «Si me has encadenado sin cadenas / y sin brazos ni manos me sujetas, / ¿quién me defenderá de tu belleza?» Miguel Ángel parece darle la razón a André Chastel cuando señala que “la belleza se convierte para Miguel Ángel en principio de tormento y de sufrimiento moral”. El apasionamiento de sus sonetos es tan intenso como oscuros son los sonetos de Lorca. En el ensayo «Federico García Lorca y la cultura de la homosexualidad», Ángel Sauquillo hace referencia a una carta de Lorca en la que el poeta granadino dice que encuentra su poesía patética, porque hasta ese momento no ha sido capaz de decir lo que piensa en realidad, salvo en los «Sonetos del amor oscuro», donde la pasión homosexual fija la propia verdad del poeta, precisamente en el soneto titulado «El poeta dice la verdad»:

Quiero llorar mi pena y te lo digo

para que tú me quieras y me llores

en un anochecer de ruiseñores

con un puñal, con besos y contigo.

Quiero matar al único testigo

para el asesinato de mis flores

y convertir mi llanto y mis sudores

en eterno montón de duro trigo.

Que no se acabe nunca la madeja

del te quiero me quieres, siempre ardida

con decrépito sol y luna vieja.

Que lo que no me des y no te pida

será para la muerte, que no deja

ni sombra por la carne estremecida.

Los «Sonetos del amor oscuro» de Lorca estaban dirigidos a un hombre con nombre propio: Rafael Rodríguez Rapún, su secretario. Rapún no sólo fue su pareja estable sino también su amigo inseparable. Compartían cada instante del día y de la noche. En las giras de la compañía de teatro La Barraca por los pueblos de España se hospedaban en la misma habitación. La pasión creciente en el corazón de Lorca por Rapún fue tal que cuando el dramaturgo italiano Luigi Pirandello invitó a Lorca a un festival de teatro en Italia, el poeta preguntó si en lugar de llevar a su esposa, como se estilaba en la época, podía llevar a su secretario. El historiador Ian Gibson narra, en su monumental biografía de Lorca, que una noche en Barcelona “después de una juerga”, Rapún se fue con una muchacha gitana y no volvió al hotel donde se alojaba con el poeta. Lorca se enfureció, pues creía que Rapún lo había abandonado, y sacó delante de todos un fajo de cartas de Rapún para probar la apasionada naturaleza de su relación.

Anécdotas aparte, el carácter homosexual de la obra de Lorca no se circunscribe sólo a los «Sonetos del amor oscuro» o algunos poemas de «Poeta en Nueva York», donde el amor adquiere una simbología trágica (“Mañana los amores serán rocas” dirá el poeta en «Oda a Walt Whitman»), sino que abarca también sus obras dramáticas, como «Yerma» o «El público», pieza surrealista en la que el poeta indaga sobre la homosexualidad oculta y problematizada a través de tres personajes masculinos que cargan consigo falsas identidades, como por ejemplo, la mujer dentro del hombre (Director), el homosexual que finge desear a otra mujer (Hombre 2) y el que delata impulsos sadomasoquistas (Hombre 3). De igual forma, el teatro de Shakespeare está plagado de confusiones de género en que aparecen hombres y mujeres haciéndose pasar por miembros del sexo opuesto, como ocurre con Viola y Orsino en «La noche de San Juan» o Porcia en «El mercader de Venecia».

Pero volviendo a los Sonetos, lo que nadie ha puesto en duda es la trascendencia que en el panorama literario español tuvo un libro de poemas tan insólito como este, que no vio la luz en España hasta diciembre de 1983, cuando un nutrido grupo de poetas, profesores, críticos y estudiosos de la obra lorquiana recibieron por correo una edición pirata del libro, pero sin el nombre del autor, ni siquiera el del editor, lo cual hacía suponer que los poemas habían sido sustraídos de los archivos de la Fundación García Lorca. El crítico Mauro Armiño recogió la noticia en el boletín «Alerta», el 21 de diciembre de 1983: “En Granada, en su Granada, sin pie de imprenta, sin nombre de editor ni autor, ha aparecido, en edición no venal de doscientos cincuenta ejemplares, este libro: «Sonetos del amor oscuro», desconocido en buena parte hasta ahora”.

«Sonetos del amor oscuro» es un libro escrito desde uno de esos estados febriles de plenitud creadora —y amorosa— que un poeta alcanza en muy raras ocasiones. Entre los dibujos de Lorca que aparecen en los decorados de sus montajes teatrales, en las cartas y en algunos poemas, hay uno cuyo título tal vez sirva para explicar por qué «Sonetos del amor oscuro» es un libro único, que nace dulce y luminoso como un cielo despejado y va cubriéndose de nubarrones, de sentimientos encontrados, de ambigüedades emocionales, experiencia, dolor y tensión erótica. El poeta titula el dibujo: «Sólo el misterio nos hace vivir». Esta misma sentencia aparece en uno de los aforismos de Oscar Wilde: “El misterio tiene mayor importancia que un hecho”. Tanto Wilde como Lorca —que por entonces no contaba todavía con el misterio que rodearía su muerte— conocían que lo importante no es decirlo todo, sino que al final todo sea dicho.

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