Hearts are made to be broken.
Oscar Wilde
Leni iba tarde para el paseo, lo que menos quería era que lo dejaran atrás. Esa mañana dio igual que se levantara temprano, el taxi de ruta iba retacado de gente en su colonia. El tráfico estaba como siempre: imposible. Para distraerse sacó su teléfono. El último mensaje que le mandó a Gary decía: “Baby, can you send me my allowance? It’s been a week already”. Aún no leía el texto. Se bajó cerca del Palacio Municipal de Tijuana y corrió hacia la Avenida Alfonso Reyes, donde se estacionaban los camiones de Baja Tours. En los reflejos de los autos vio que su piel morena tenía el tono violáceo que le provocaba el calor al sofocarse. La encargada lo detuvo antes de que abordara, le pidió su nombre y buscó una información en una tabla portapapeles.
—Joven, usted falta de pagar la mitad, ¿lo quiere liquidar de una vez?
—¿Se puede al final del viaje? —sugirió Leni, entre molesto y avergonzado. La mujer asintió al hacerse a un lado, no sin antes fruncir los labios en algo que pretendía ser una sonrisa pero denotaba disgusto. Buscó a sus amigos, quienes ya estaban sentados hasta atrás.
—Casi te dejan, ¿qué pasó? —preguntó Fabio.
—Perdón, es que hay mucho tráfico.
—Te guardamos el mejor lugar —añadió César, las pecas enmarcaban sus pómulos afilados. El asiento al que se refería estaba detrás, a un lado de un hombre que iba dormido y babeando. No cabía entre ellos pues los espacios de la fila solo eran para dos. No le quedó de otra más que deslizarse entre las rodillas del hombre y el respaldo para sentarse.
—¡Me muero por ir! ¿Y ustedes? —dijo asomándose sobre los asientos.
—Obvio, ni los cenotes de Yucatán ni las cascadas de Chiapas le llegan a los talones a La Bufadora. Woohoo! —opinó César, con más emoción en el mensaje que en el tono plano con el que las dijo.
—El océano, las vistas, ¡todo un paraíso! —anticipó Leni.
—Lo importante es estar juntos —expresó Fabio. Pese al fulgor glaciar de sus ojos azules, de ellos emanaba una calidez fraternal.
La encargada tomó lista para después repasar el itinerario.
—¡Holi! Soy Rosa, su anfitriona, pero me pueden llamar Rose. Nuestro desayuno será en el Loto Blanco, un buffet muy chic, luego pasaremos a la di-vi-na Hacienda El Rinconcito. De ahí a La Bufadora, y en la noche pasearemos por el Malecón de Ensenada. Y recuerden, queridos: Si no tomó vino en la Ruta del Vino… ¿a qué vino?
Nadie se rio de su ocurrencia. Rosa tomó asiento y el chofer arrancó el vehículo, sintonizando una estación de música popular en la radio, donde sonaba “La Hora de Juanga”. Algunos excursionistas corearon El Noa-Noa, Querida, o Inocente, pobre amigo. Sé bien que los dos se entienden y que los dos se ríen de mí, crees que no me daba cuenta, pues ya ves que no es así. El bus se adentró en un mar verde de cerros y matorrales a ambos lados de la carretera rumbo al Valle de Guadalupe. Luego de un buen rato se estacionaron frente al restaurante, bajaron e hicieron fila para entrar. Una vez dentro, César se detuvo con plato en mano al ver la comida.
—¿Esto es el buffet? Al menos hay fruta —exclamó decepcionado. Los platillos para elegir eran huevos con jamón o chilaquiles rojos con frijoles para acompañar. Leni se sirvió su comida y fue hacia la mesa con ellos, que estaban platicando.
—¿Qué más quiere de mí? Ya estudié la carrera que él pidió. A fuerza mi papá piensa heredarme su pinche clínica, “para que me haga hombre” —Fabio despotricaba con César, apretando tanto una cuchara que sus nudillos se enrojecieron.
—¡Ya dile que eres hermana!
—Jota, me corre de la casa si le digo.
—Es broma. I feel you —contestó César.
—Bueno, ¿tú cómo estás, Leni? —quiso saber Fabio
—¿Yo? —se apuró a tragar lo que masticaba— Súper bien, de aquí para allá.
—¿Aún no te titulas?
—Estoy en eso.
—César, ¿ya supiste que Leni tiene novio?
—¡Qué bien guardadito te lo tenías! A ver, enseña foto —demandó César con la boca llena de sandía. A Leni se le atoraron los chilaquiles. Tuvo que toser para poder hablar.
—No somos nada, nada serio, preferiría no mostrarles, perdónenme…
—¡Ándale! —reclamaron Fabio y César al unísono.
—Olvidé mi celular en el camión. Luego se los muestro —respondió Leni agachando la frente.
El resto del desayuno estuvieron callados. Los otros dos intercambiaron miradas como si él no estuviera presente. Si le contó a Fabio que salía con alguien fue porque deseaba reconectar con él de alguna forma. Le desesperaba ver que el tiempo lo alejaba del inquebrantable grupo que formaron en los años de la carrera de medicina, lleno de risas y fiestas. Por eso sugirió ese paseo, estaba harto de reunirse cada seis meses para quejarse sobre sus vidas. Necesitaba generar nuevos recuerdos con ellos, los únicos amigos que tenía.
Volvieron al autobús. No había señal telefónica en el camino para ver si Gary le había contestado. Más que un novio, él lo llamaría su proveedor. No le gustaba el término sugar daddy y las burlas que implicaba. Se conocieron en el momento más oportuno. En esa época malabareaba sus estudios con su labor como cajero y botarguero en una farmacia de Similares. El gerente, un tipo con aliento a cloaca, lo amenazó con correrlo por llegar tarde luego de clases. Tenía que trabajar porque su mamá falleció por cáncer, y su papá cruzó al otro lado, olvidándose de él.
Gary le ofreció dinero a cambio de sexo en Grindr. Leni aceptó, necesitaba pagar la renta, sus pasajes, comidas, y el material nada barato de su carrera. Se vieron en un motel del Centro, Gary era un viudo que daba clases de química en un college de San Diego. Pensó que solo sería cosa de una vez, pero lo volvió a buscar al fin de semana siguiente, y el siguiente, así durante los últimos seis meses. Cuando Gary le propuso formalizar la relación, él renunció a la farmacia, ya que un encuentro con él le generaba el doble de lo que ganaba en toda una semana.
En un inicio no podía creer su suerte. Ropa nueva, cenas en los restaurantes que él quisiera, una mesada de 400 dólares. Avanzada la relación, Leni le compartió su anhelo de sacar su Visa para ir a Estados Unidos. Gary había dicho que lo ayudaría, aunque el plan quedó en el aire. Sin embargo, de un tiempo a la fecha lo visitaba cada vez menos por “motivos de salud”. Lo peor fue cuando redujo su mesada a la mitad. Él no quiso abandonar su nuevo estilo de vida, así que aprovechó su ausencia para buscar otros clientes. La última vez que se vieron no le transfirió, sino que sacó los billetes de su cartera con fuerza, casi rompiéndolos, sin dejar de verlo con las cejas fruncidas, como si lo hubiera insultado.
El frenón del vehículo hizo que volviera al presente. Se unió a la fila que bajaba del camión. La Hacienda El Rinconcito no era más que una pequeña vinícola con un establo de techos altos acondicionado como patio de demostraciones y tienda de curiosidades. Los turistas se abanicaban con sus sombreros estilo Indiana Jones para mitigar la canícula de julio. Los empleados los recibieron con muestras de vinos y mermeladas artesanales, algunas con sabores tan peculiares como “Explosión de jengibre cítrico” o “Suspiro de fresa tropical”.
Leni tomó una muestra que César le dio para que la probara, untó la mermelada en un pan y se la llevó a la boca. El sabor, aunque dulce y con notas de piña en un inicio, pronto le chamuscó en la boca cual remolino de fuego. Tuvo que escupir eso en un bote de basura.
—¿Qué era esa madre?
—¿Te gustó? Se llama “Delirio de piña habanera” —leyó César aguantando la carcajada.
—De hecho me encanta —afirmó con un tono severo que le cortó la risa de inmediato. Antes que ser su bufón, se alejó rumbo al baño para enjuagarse la boca y de paso revisar su teléfono. Entró en una de las cabinas y se sentó.
Nuevos mensajes de Gary. Leyó el primero: “We’re done”. En los siguientes le explicó que ya no lo visitaba pues tenía sospechas de que lo estaba engañando y lo confirmó al hacerse pasar por otros y preguntarle cuánto cobraba. Ya no quería saber de él, menos que le volviera a pedir nada.
Aunque el picor del chipotle ya se había esfumado, su garganta ardió como si la arañaran de adentro hacia afuera. Le mandó treinta mensajes, le marcó quince veces, y en cada una lo mandó al buzón. Se jaló sus rulos, inhaló, exhaló, maldijo y bufó dando una patada a la puerta. El picor de la mermelada fue poca cosa en comparación con el gusto metálico en su lengua. Había mordido tanto su labio inferior por los nervios que se sacó la sangre. Salió del baño, escupió sobre el lavabo y se lavó la cara. Salió a tomar aire. Regresó al establo, la demostración se había terminado y ahora todos hacían fila para comprar vinos, mermeladas y demás souvenirs.
—Hey —se le acercó César— ¿dónde andabas?
—Fui a orinar. ¿Y Fabio?
—Comprando —apuntó hacia uno de los puestos— Míralo. Lo quiero mucho, pero, ¿sabes qué me caga? Que se queje tanto. Es un nepo baby, le hace falta humildad.
—Yo no sé lo que es llevarte bien con tu papá, ¿tú sí?
—Ay, Leni, ¿a poco a ti no te molesta?
—¿De qué hablan? —interrumpió Fabio al regresar con una botella, César lo tomó del brazo y se alejó con él. Los excursionistas volvieron a subir al camión. Leni hizo lo mismo y Rosa lo detuvo en la puerta.
—¿Vas a pagar en cash, o con tarjeta?
—¡Voy a liquidar hasta el final! —soltó Leni.
Ni la encargada, ni sus amigos, quienes se formaron detrás sin que él lo notara, se esperaban tal grito. Subió sin dar explicaciones. Ya en el autobús el chofer sintonizó una estación de corridos mientras conducía por la Carretera Escénica Tijuana-Ensenada. Afuera de su ventana las olas del mar se estrellaban contra las rocas, levantando espuma hacia todos lados.
De pequeño, su papá lo llevó a La Bufadora como una forma de consuelo luego de que su mamá muriera por cáncer de hígado. Iban cantando Desvelado en su troca. Al llegar lo subió al barandal de piedra, tomándolo de la mano para que no se cayera, y le pidió a un extraño que les tomara una foto con su cámara desechable Kodak. En su memoria aún podía sentir cómo el suelo se cimbraba bajo sus pies cada vez que las corrientes ascendían. Luego las chimeneas de las cuevas expulsaban un chorro tan tremendo que, por un instante, se podía apreciar la estela de un arcoíris en el cielo. El pensamiento de volver a visitar ese sitio le generaba un destello de entusiasmo.
César y Fabio cuchicheaban en sus asientos, se reían de algo. Cualquiera podría decir que se la estaban pasando bien. ¿Y si les pedía prestado? Total, para ellos el dinero no era un problema. Además, no tenía a nadie más a quién acudir, sus otros clientes solo eran casuales. A pesar del bullicio de la gente que llenaba el camión con su plática, se sintió irremediablemente solo. Pasaron por Ensenada y subieron la autopista hacia la Bahía Papalote. Cuando llegaron la encargada les dio hora y media para salir y volver. Al bajar del bus consultó con sus amigos si querían ir de una vez al mirador, pero ellos preferían comer.
—La Bufadora it´s fine —dijo César—, si tienes cinco años. Ya lo vivimos en la primaria, pero ve si a ti te late.
Los siguió sin protestar. Entre los puestos de churros, crepas, piñas coladas, tatuajes temporales, cocos preparados, nieves, tacos, y peluches volvió a sentirse como aquel niño que no sabía que ese paseo sería el último momento alegre que tendría con su papá. Él lo dejó al cuidado de su abuela para migrar a la ciudad invernal de St. Paul, en Minnesota, donde le mandaría dólares que nunca llegaron, pues formó otra familia. El poco contacto que tenían se volvió más escaso hasta desaparecer. Un par de años atrás encontró su perfil en Facebook, revisó sus fotos y lo vio armando muñecos de nieve con sus otros hijos. Se acostaba con Gary por dinero, sí, pero también por la posibilidad de sacar su Visa, cruzar, y encontrarse a su papá de nuevo. No sabía si para abofetear o abrazarlo. Ahora estaba sin sugar, sin papeles, y sin nadie que lo tomara de la mano para que no se derrumbara.
Entraron a un local de mariscos donde una señora vendía globos de personajes del Chavo del Ocho entre las mesas. Como no servían langosta ni salmón, Fabio ordenó una mojarra al mojo de ajo y César una ensalada. Leni únicamente pidió un taco gobernador, pues era para lo que le alcanzaba. A ellos se les hizo raro y lo presionaron a exigirle al mesero que le llevara la orden completa. Permaneció callado mientras comían, escuchando a Fabio narrar sus últimas vacaciones en Tulum, y a César describir lo fabuloso que era su trabajo en una clínica estética en el edificio del New City.
—Oigan —Leni habló con voz temblorosa cuando llegó la cuenta—, ¿creen que me podrían ayudar a pagar mi consumo? Perdón.
—¿No traes feria? —interrogó César.
—No…
—¿Cómo pensabas pagar por tus cosas, entonces?
—Yo solo iba a comer un taco… —nadie pronunció palabra, la globera aprovechó el silencio para acercarse.
—¿Un globito, chicos?
—No, gracias —Leni fue el único que se dignó a responder.
Los otros dos voltearon a verse, luego a él, y una vez más entre ellos. César hundió su cara pecosa en el celular. Fabio suspiró abriendo su bolsa, de la que tomó su cartera y sacó varios billetes, apretándolos como si quisiera arrugarlos en un puño, para finalmente dejarlos sobre la mesa. Llamó al mesero para que se llevara la cuenta.
Ellos se levantaron para entrar al baño, dejando bastantes sobras de comida en sus platos. El hambre no paraba de gruñir en su estómago. Nadie se molestaría si tomaba un poco de mojarra. Al levantarse partió un pedazo de pescado y se lo llevó a la boca. Vio a sus amigos lavarse las manos desde fuera del baño. Iba a llamarlos, pero los oyó muy enfrascados conversando.
—¿Por qué le habló a la empleada así? —dijo Fabio.
—¡Da igual! Este es el último viaje en que él escoge a dónde vamos, ¿para que nos lleve a otro tour naco? No, thank you —el pecho de Leni retumbo como un tambor sin ritmo.
—Lo importante es salir juntos… aunque mil veces prefiero las playas de Coronado.
—¿Te acuerdas de que según ya se iba a titular? Pues… yo creo que dejó la escuela.
—¡No me chingues! Ay, Leni, me parte el corazón.
—Aunque quiero saber de dónde saca money, si no trabaja.
—¿Y si el novio es un viejito que le paga todo?
—Eww! ¿Te imaginas?
El comentario de César hizo que la sangre le hirviera en el cuello. Se le fue la respiración, y no por la sorpresa, sino porque algo le obstruía la garganta. Jaló aire múltiples veces. Intentó salir. Se tropezó con la pata de una silla. Sus acompañantes salieron, lo vieron boquear en el suelo como pez fuera del agua sin acercarse. La señora de los globos acudió a su rescate, levantándolo y golpeándole la espalda con un juguete del Chipote Chillón, tantas veces hasta que pudo escupir una espina de mojarra.
—¿Estás bien? —Fabio le puso una mano en el hombro, Leni se la sacudió de golpe.
Caminó sorteando los puestos con la ventolera azotando su rostro. Recuperó el aliento cuando alcanzó el borde del mirador. Con las manos sobre el barandal y la garganta aún rasposa por la espina, observó cómo las nubes púrpuras del horizonte asfixiaban la luz del atardecer. Algunos turistas esperaban a que el agua emergiera de las chimeneas de las cuevas marinas donde chocaban las olas. Cuando lo hizo fue con tan poca fuerza que lució decepcionante. Algo tuvo claro: ese no era el paraíso.
Iba a marcharse, pero decidió darle una segunda oportunidad a La Bufadora. Poco a poco el vaivén de las olas ganó más intensidad. El agua, al igual que su ira, subía cada vez más cerca de la superficie. El piso tembló. El mar sostuvo la respiración para después estallar en un rugido que le salpicó el cabello y la ropa. Todos se cubrieron menos él. Dejó que esa lluvia lo mojara, y fue como si todas las palabras que no pudo pronunciar al fin emprendieran el vuelo con alas de espuma.
Se encaminó de vuelta al autobús con paso decidido. Lo recibió la voz de Chalino Sánchez en la radio. Ya se fueron las nieves de enero, ya llegaron las flores de mayo, ya lo ves, me he aguantado a lo macho, y mi amargo dolor me lo callo. En el Malecón de Ensenada no fue detrás de sus amigos, quienes se dirigieron a un Starbucks. Prefirió sentarse en una banca frente al puerto.
De César podía esperar cualquier cosa, ¿pero de Fabio? Tantas veces que les hizo su tarea en la UABC, que se dejó copiar sus respuestas en los exámenes arriesgándose a que lo expulsaran. Se quedó en la banca, dejando que los minutos se acercaran con paso lento a la hora de irse, acompañado sólo por el fuerte aire que soplaba.
Tomó su celular y bloqueó el contacto de Gary. Tras eliminar todas las conversaciones que tuvieron, recibió un mensaje. Fabio le avisaba que irían a la rueda de la fortuna en el estacionamiento del CEARTE. Fue para allá aunque no lo invitaran a unirse. Los encontró en la fila y les pidió que regresaran al camión o se les haría tarde.
—Diviértete. Para eso venimos, ¿no? —protestó César al montarse en una góndola de la rueda. Iba a subirse pero Fabio lo detuvo.
—No cabes. Además sólo traemos para pagar nuestro boleto.
—Ya que estás aquí, cuida nuestras cosas. No se nos vaya a caer —ordenó César.
Tomó la bolsa y dio dos pasos hacia atrás. El empleado les ajustó el seguro e hizo una seña para mover la rueda. Él se apartó de la fila, bajó de la tarima y caminó lo suficiente para tener una buena vista del juego mecánico. Husmeó dentro de la bolsa. Había dos teléfonos y dos carteras rebosantes de efectivo.
Con la mirada fija en esos objetos se acordó del incidente en el restaurante. Ellos eran los médicos, los que sí pudieron titularse, y ninguno fue capaz de aplicar la maniobra de Heimlich para salvarlo. Ninguno. ¿Y él? ¿Quién era? El siempre disponible, el que los buscaba, el que les cuidaba los tragos en las mesas de los antros mientras ellos manoseaban a los strippers, el que pedía perdón cuando no tenía que hacerlo. Pero ya no más. Caminó hacia la calle donde estacionaron el autobús.
—¿A dónde vas, cabrón? ¡Vuelve! —gritó César, impotente desde las alturas. Leni, al saberse descubierto, corrió como un niño orgulloso por su travesura. Esa fue la única vez en todo el viaje en la que había sentido felicidad. No se detuvo hasta llegar al camión, donde la encargada del tour le cerró el paso en la puerta.
—Aquí tiene —señaló Leni, extendiéndole los billetes con todo y propina.
—¡Qué generoso! ¿Y sus amigos? —agradeció amablemente tras guardarse el dinero.
—Se fueron de party. Dijeron que está bien dejarlos atrás.
Rosa lo dejó pasar y le indicó al chofer que era hora de partir. Leni alcanzó a ver a dos figuras aproximarse hacia ellos cuando el vehículo iniciaba su marcha. La velocidad los redujo a dos puntos en la distancia. Las luces se apagaron al mismo tiempo que el camión se adentró en la carretera de regreso a Tijuana. Tomó la bolsa y la arrojó por la ventana, no sin antes vaciarla de efectivo. Los celulares, carteras y credenciales se despeñaron por el acantilado hasta que el océano se los tragó.
Suspiró cansado, al menos tenía los asientos para él solo. Bobby Pulido sonó en la radio. Voy desvelado por estas calles esperando encontrar a esa voz de ángel que quiero amar. Se recostó, algo le incomodó en la espalda. Quitó un suéter de Fabio y encontró una botella. Hasta ese momento se dio cuenta de que en ningún momento probó el vino. Abrió la tapa y dio un sorbo largo. El abrazo de moras y ciruelas en su boca se encontró con lo salado de las lágrimas, que se deslizaron desde sus mejillas hasta los labios. Recordó el estúpido chiste de Rosa y no pudo evitar reírse. El que no tomó vino en la Ruta del vino, ¿a qué chingados vino?
Instagram de Jonathan Pérez Juárez: @jonperezjuarez
