Para Salvador
A U le diagnosticaron una irregularidad en la vesícula seminal; eran un par de tubos que se contorsionaban entre su vejiga y recto, de cuya existencia desconocía hasta ese momento, recién cumplidos los dieciocho. El médico le mostró una gráfica del aparato reproductor masculino, esas que tienen los nombres de los órganos señalados, y le dijo: “estas cositas de aquí se encargan de producir casi todo tu semen, hijo. Son bien importantes”. Eso, en esencia, era lo que recordaba sobre ellas. Más, no. Durante la cita médica, su atención se dividió entre las explicaciones del urólogo y su mamá, sentada a su lado, asintiendo continuamente, con los nudillos de las manos blancos mientras sujetaba su bolsa sobre el regazo.
La relación entre ellos se había vuelto muy silenciosa desde que ella descubrió que su hijo estaba teniendo sueños húmedos recurrentes. No necesitó de una gran labor deductiva: las manchas translúcidas que empezaron a aparecer en la piyama del muchacho, concretamente sobre la ingle, más el cambio constante de sábanas que él había empezado a pedirle las últimas semanas, la hicieron caer en cuenta de que era una situación de aquellas. De hombres.
U no era un masturbador compulsivo, como su madre insinuó cuando lo sentó a la mesa para que hablaran, bajo una réplica de La última cena colgada en la pared más grande del comedor. Se masturbaba de manera más casual que regular, una vez por semana tal vez. Siempre pensando en su novia a distancia, prácticamente haciendo el amor con ella en la misma posición. Ninguna de sus eyaculaciones, le explicó U, con muchas pausas y silencios, había sido de forma consciente, sino en sueños. U se dio cuenta que su mamá estuvo a punto de preguntarle “¿cuáles sueños?”, antes de retractarse.
La verdad era que U no sabía cuáles sueños eran. Cada vez que despertaba, ya fuera con el short de su piyama aún mojado sobre la entrepierna o con la tela ya endurecida y un aroma delator, no recordaba lo que había soñado. Lo investigó en internet: quiso creer que tal vez se debía a la posición en que dormía, que aquello era fruto de roces no intencionales. Pero siguió pasando; aunque durmiera y despertara de la misma manera, no importaba. Incluso sin haberse dormido con una erección, o pensando en algo que lo pusiera cachondo, se corría varias veces por semana. De forma abundante. Cuando su mamá lo descubrió, llevaba sucediendo tres semanas. Cuando concretaron la cita con el urólogo, ya rebasaba el mes.
Después de escuchar su situación y preguntarle detalles sobre su historia clínica, el médico le pidió un espermatograma. Se le ofreció una sala privada del hospital, se masturbó pensando en su novia –siempre que se pensaba haciéndole el amor, veía la escena como la de una película, en tercera persona, con sábanas blancas cubriendo sus cuerpos, permitiendo intuir los movimientos solamente–, y entregó su muestra dentro de un recipiente estéril.
Recibieron los resultados por teléfono: los datos no eran concluyentes, dijo el urólogo. En efecto, U producía un volumen de semen ligeramente por encima del promedio. Y sospechaba, y solo en calidad de sospecha lo señalaba el médico, que U estaba produciendo un exceso de semen por una dilatación particular de sus vesículas. Aquello era como mínimo inusual porque había empezado de forma repentina y no estaba vinculado con ninguna otra dolencia. Sin embargo, para poder darles ese diagnóstico, el urólogo necesitaba complementar el escenario con una ecografía transrectal. Eso significaba que introducirían una sonda por el ano de U, para transmitir imágenes en tiempo real de sus órganos. El médico mencionó el precio, que no dolería y que no duraba mucho el proceso, si acaso veinte minutos. Luego se puso a nombrar más órganos de su gráfica: próstata, conductos eyaculadores…
Su mamá y él no dijeron nada después de terminar la llamada. Solo hasta el momento de la cena ella mencionó que en cuanto se lo pudieran permitir, regresarían para seguir con los estudios. Que bien podría ir pensando él en conseguir un trabajo de lo que fuera a la par que estudiaba, para ayudarla a juntar dinero para el gasto. Terminaron peleándose, lo que era usual en ellos, pero U notó que había empezado una cuenta regresiva: un día de estos volverían con el urólogo, y sería penetrado por primera vez en su vida. Pensarlo le dio un escalofrío. Un instinto primitivo orilló a U a proteger su virginidad anal, y su status quo de estudiante sin empleo.
Decidió creer que existía otra alternativa. Lo primero que se le ocurrió hacer fue incrementar la frecuencia de sus masturbaciones. Empezó con una diaria, antes de dormir: conjuraba su imagen de confianza y, tras unos cuantos minutos, un chorro traslúcido de esperma terminaba en la taza del baño. Desgraciadamente, por la continua repetición, la imagen empezó a perder fuerza. Buscando nuevos incentivos, le pidió a su novia que compartieran mensajes de cachondeo y nudes, pues la deseaba mucho y la distancia le pesaba. Aquello desembocó en la segunda pelea para U, en la que su novia alegó sentirse forzada a hacer algo con lo que no se sentía cómoda, pues él bien sabía que ella era demisexual y solo podía sentirse excitada tras una conexión emocional profunda con alguien. U alegó a su vez que él creía que ellos ya tenían una conexión profunda, a lo que ella respondió que no tanto. Al final decidieron que se darían un par de días para pensarse bien las cosas.
Para no perder el flujo seminal, pues cada día contaba, U comenzó a recurrir a la pornografía. En internet es sencilla de encontrar. Le pareció un mundo intrincado aquel, lleno de posibilidades materializadas, que iban más allá de los límites de su imaginación: mujeres de pechos enormes con grandes aureolas, hombres con penes descomunales y circuncidados, personas pequeñas siendo penetradas por otras gigantes o por dos a la vez o incluso más de forma consecutiva o con sus puños enteros dentro; también estaban las otras personas que se vestían como animales, las que rebotaban desnudas sobre pelotas o globos para hacerlos explotar, las que introducían objetos extraños dentro de ellas en primer plano, o las que gustaban de marcarse la piel a latigazos.
Sufrió de una impresión tan grande que su primer reflejo fue alejarse, apagar su teléfono, mirar hacia otro lado, volver a la rutina de la imaginación, seguir despertando con una mancha en forma de incógnita sobre la entrepierna. Pero una vez que abrió la puerta, abrirla una segunda vez para regresar fue sencillo.
Con los días se avivó en él un sentido del morbo, antes adormilado. Veía a una mujer montando como desquiciada a otro hombre, o a dos hombres penetrando en conjunto a otro, y su pene se endurecía de inmediato. Eyacular se volvió esencial, al tiempo que el sentimiento de vacío posterior a la explosión se fue acentuando de manera gradual.
Por un par de semanas, U rodó dentro de un ciclo vicioso al que terminó de engancharse después de que le pareció encontrar, en consecuencia, un indicio de sus sueños. Uno de esos días que despertó mojado, recordó una imagen vaga, prácticamente una viñeta, acompañada de una sensación: se trataba de una oscuridad absoluta, pero por la que se presentía fluir, sin estar seguro en qué dirección. Eso podía representar más bien nada, pero se aferró a esa única pista para continuar su búsqueda con más ahínco conforme los días pasaban. El terror que sentía cada vez que escuchaba a su mamá hablando por teléfono, creyendo que tal vez se trataba del urólogo, renovaba su empeño.
Así llegó al perfil de internet de Replette, como salido de un laberinto. Era un chico joven, delgado, con un problema evidente de acné sobre las mejillas, y cuya marca personal era vestir lencería femenina y una diadema con antenas de hormiga para sus videos, que eran principalmente protagonizados por él. Las pocas apariciones de otras personas tenían que ver con un servicio muy particular que Replette ofrecía y gustaba de llamar lectura seminal. Su eslogan era “déjame probar tu leche y te diré quién eres”. El encuadre, la situación, era siempre la misma, como una especie de comercial: primero, hombres anónimos se corrían en la boca abierta y dispuesta del chico arrodillado frente a ellos, con la expresión más sumisa posible; después, una toma en silencio de Replette dándoles un diagnóstico conversatorio a esos mismos hombres, con sus caras en blurr; y al final, un despliegue de los costos del servicio, desde el diagnóstico más básico hasta el más completo. Al verlo, U creyó que eso era lo que había estado buscando desde un inicio, sin estar seguro de por qué.
U lo contactó por mensaje. Solicitó un servicio de lectura seminal completo, por favor –tendría que sacrificar los pocos ahorros que tenía–. Incluso le contó sobre su situación, porque estaba desesperado y se sintió en confianza. Al día siguiente, Replette le ofreció una fecha para que lo visitara en su departamento, sus datos bancarios y un piropo: “güerito chulo”.
El día que fue a visitarlo, U avisó a su mamá que saldría con sus amigos y volvería por la noche, después de que ella regresara del trabajo. Ese mismo día recibió un mensaje de su novia, un simple “hola” con el que ella pretendía hacer borrón y cuenta nueva de la situación, ya lo sabía. Eliminó la notificación sin intención alguna de contestarle.
Cuando tocó a la puerta del departamento de Replette, esperaba verlo vestido con su indumentaria, pero se encontró con un muchacho de pelo húmedo y prendas holgadas de estar en casa. Le dijo con una voz suavizada a propósito: “Hola, lindo, pasa”.
Siendo tan pequeño como era el departamento de Replette, no le daba margen para que poseyera muchas cosas. De las que tenía, en su mayoría eran ropa, y a U le pareció que toda era de mujer. Al entrar, echó un vistazo a la cocina, que tenía trastes sucios acumulados. En el espacio central, que hacía de sala, recibidor y comedor a la vez, había una televisión frente a un sillón que se notaba antiguo, y en la esquina un aro de luz con un soporte para el celular. Pero lo que más llamó la atención de U fue un bloque de resina con una pequeña hormiga dentro, situado sobre una repisa, junto a una estatuilla de Buda. Lo que resultaba curioso del insecto era que su abdomen estaba inflado hasta el punto de parecer una canica dorada.
—Está bonita, ¿no? Es una huichilera, una hormiga mielera –le explicó Replette mientras se secaba el cabello–. Las recolectaba en el rancho de mis abuelos, allá en San Luis Potosí, y nos las comíamos. Está bien cabrón encontrarlas.
—¿Te gustan mucho las hormigas? –preguntó U, y le tembló la voz. Estaba nervioso.
—Nada más las chingonas, como esta. Literalmente es una hormiga obrera que solo tiene como propósito ser una vasija viviente. Las otras hormigas mamonas de su colonia salen, se pasean, recolectan néctar, y cuando regresan se lo inyectan; y cuando necesitan comer en época de escasez, van y toman el néctar de ellas. Son como besos de la muerte, ¿no crees? Cuando están así de infladas ya no se pueden mover, las dejan colgadas en zonas profundas de sus hormigueros. Y no pican, entonces no se pueden defender tampoco.
—¿Y por qué te gustan? –preguntó U.
—Porque son dignas, las cabronas. Son lo que son. Y son como yo. No soy fiera, pero doy, recibo y conservo a todos mis hombres dentro, ¿entiendes? Y mis hombres están hechos de todas las personas que los hacen ellos. ¿Has escuchado eso de las multitudes dentro de uno? Bueno, pues yo las llevo dentro porque me las he comido. Soy como una gran madre con muchas vidas en el estómago. Por eso me hice sabia. El universo me habla.
La sonrisa de Replette era amplísima. Se acercó a U, ya con el cabello seco, lo tomó del bulto, como palpándolo, con más costumbre que lujuria, y le recomendó que se sentara en el sillón y viera algo para que se pusiera duro. U encendió la televisión y directamente apareció un video porno: un hombre vendado de ojos, sentado en una silla, mientras una mujer lo masturbaba con rapidez; cada vez que estaba a punto de correrse, detenía sus movimientos, y eso tenía al hombre aullando de placer, parecía. Lo cambió por una opción más tradicional: una mujer siendo penetrada por un hombre con una máscara de lobo.
Replette regresó a su lado desde detrás de una mampara usando lencería roja –brasier, tanga y liguero– y su habitual diadema. Tenía un poco de maquillaje en los ojos que U no notó cuando llegó. Se arrodilló frente a él, después de acercar el aro de luz y acomodar su celular para obtener la toma que necesitaba, y le bajó los pantalones. El pene de U ya estaba duro; no sabía si por el video, por la ropa que usaba Replette, o por la forma en que lo estaba mirando. Replette le pidió que empezara a masturbarse, al tiempo que abrió su boca. Establecieron un contacto visual que Replette le pidió no romper: “Concéntrate, no te distraigas hasta que te corras, papi. Piensa en algo que te guste”. Y pensó en sí mismo penetrando a Replette de cualquier forma, de todas las que ya sabía, que ya había visto, sin sábanas ni nada blanco de por medio. Se imaginó llenándolo, vaciándose todo en él, haciendo que su estómago se expandiera como el de la hormiga que mantenía en ese cubo de resina. Y se corrió dentro de la boca de Replette. Y Replette tragó.
U creyó que su diagnóstico llegaría de inmediato, como si fuera una médium automática del semen, pero no fue así. Replette detuvo la grabación de su celular, todavía haciendo movimientos con su lengua, saboreando, y caminó en silencio hacia detrás de la mampara al fondo de la habitación, tras la que se había vestido. Al principio, U dudó, sin moverse. Después fue hacia esa misma dirección. Tras la mampara descubrió a Replette recostado boca arriba sobre un colchón a ras del suelo, con las manos recogidas sobre su estómago. Lo miró. Con la mirada le pidió que se recostara a su lado. Cuando lo hizo, Replette tomó a U de la mano y cerró los ojos. U, recostado ahí, entró en ese estado de relajación tan adictivo que venía siempre después de una eyaculación, y siendo consciente de que seguía un bajón anímico tremendo, lo imitó y cerró los ojos también. Se quedó dormido sin darse cuenta.
Al despertar, Replette ya estaba encima de él. Lo besaba, tenía las manos en su pelo, metía la lengua en su garganta con insistencia. Su beso sabía a semen. En algún momento volvió a bajarle los pantalones, o tal vez nunca se los puso de nuevo, pero Replette tenía intenciones de montarlo: lo notó por la forma en que se acomodó, en la que guio su pene, en sus movimientos ondulatorios, y U dejó que pasara. Lo tomó de la cintura, como si lo sostuviera, y lo miró desde abajo entrado en trance, los ojos en blanco, disparándose hacia el techo, no más diadema de hormiga sobre su cabeza. El torso de Replette se sacudió con espasmos rítmicos, como si siguiera una canción que solo él escuchaba; se giró sobre el colchón, arrastrándolo, lo invitó a su cuerpo y U se adentró en él. “El universo somos tú y yo, arriba y abajo, abajo y arriba”, le dijo Replette al oído, comiéndose su oído. U comenzó a morder la piel de Replette, la de sus hombros, la de sus tetillas, de pronto en la cresta de una ola de deseo que nunca había sentido. “El universo me habla porque lo tengo dentro”, dijo Replette.
U entró en un frenesí del que no sabía si podría salir. Replette lo expulsó de sí, lo hizo dar vuelta, acomodarse de costado, lo tomó en su mano y comenzó a masturbarlo, sin dejar de hablar y de decir que el universo es afuera y adentro, adentro y afuera, que el hombre que conoce todos los planetas es aquel que viaja al centro de la Tierra. Luego U sintió las manos de Replette metiéndose entre sus nalgas, su dedo mojado creando un espiral hacia el abismo, derritiendo sus límites, intentando destruirlos. El cuerpo de U se tensó, sintió pánico. “Un hombre entrando en otro es la historia de alguien conociéndose a sí mismo”, dijo Replette colocándose en su entrada, dándose paso, manteniendo su agarre sobre U con firmeza. “Y la historia de un hombre recibiendo a otro dentro de sí es la de alguien conociendo el universo.” U aulló, como el hombre del video en la televisión, y se fragmentó. Estaba implosionando, y en el fondo conocía esa historia. Lo único que podía hacer, lo único posible, era explotar.
U volvió a quedarse dormido. Cuando despertó, recordó exactamente lo que había soñado: una negrura absoluta salpicada de estrellas, galaxias y nebulosas en la que se hundía, sin saber en qué dirección, porque no importaba: arriba o abajo o afuera o adentro.
