I
No se llamaba Arnold, pero le habría gustado de momento llamarse así, no dejar ninguna huella, aprovechar el nombre del compositor no mencionado por el novelista cuyo libro lo traía de cabeza y que, luego de lo ocurrido, lo desconcertaría aún más.
Llegó entonces, Arnold, un sábado por la mañana a la ciudad ajena, conocida no obstante muchos años atrás, cuando acompañó a su madre y terminó encerrado en una recámara durante su estancia de semanas, leyendo. Había llegado a esa provincia, a un punto en los suburbios, en las primeras horas de la madrugada, en compañía de un amigo; durmió algunas horas y a la mañana se bañó y despidió de él con la incierta promesa de volver a verse más tarde en la ciudad. Subió a un taxi colectivo y pagó una cantidad irrisoria al aproximarse al centro del lugar. Su plan era encontrarse con un escritor famoso; bajo la perspectiva de ese encuentro veía el mundo con mirada nueva: las casas pequeñas, el decidido carácter tropical del lugar, la bizarría de lo que su mirada iba recogiendo al ritmo de la marcha del taxi: todo era igual pero diferente, aunque no dejaba de advertir que la novedad en que se sentía envuelto carecía de cenit; se trataba —lo supo después— de una renovación determinante, definitiva, pero no como él pensaba; aun para su propia sorpresa, sentía que sus pasos avanzaban liberados de los lastres que siempre lo hacían permanecer encerrado, allá en su provincia, en el piso donde vivía.
En la maleta llevaba algunos libros, entre los cuales el Doktor Faustus de Mann, con su lectura mediada; la usanza lectora se había instalado ya en él y estaba llegando a uno de los pasajes más interesantes y riesgosos: la manifestación primera del diablo ante Adrián Leverkühn. Con el tiempo había notado que para la mayoría de los escritores la novela Doktor Faustus significó un parteaguas existencial; a él le estaba dando todo, desde reafirmaciones agradecidas o inquietantes hasta frases —a duras penas balbuceadas por su inconsciente— que no pensó leer jamás.
Caminó unos pasos por el zócalo; observaba a la gente, que de pronto le parecía simpática sólo por el hecho de verla por primera vez, aunque le preocupaba su maleta, que alguien se la arrebatara, pese a ser aún de mañana.
Necesitaba con urgencia fumar y lo hizo, sentado cómoda aunque algo precariamente en una de las bancas del parque. Comenzó a barajar la posibilidad de detenerse en tal o cual lugar en busca de desayuno; poco después, luego de pasearse frente a los sitios disponibles, se decidió por el negocio en que abundaba más gente sola, algunos de ellos extranjeros a ojos vista. Pensó que podía quizás pasar también por extranjero ante la mirada de los transeúntes y tal idea le brindó una suerte de primer desparpajo propiciatorio. Se sentó y, ya con el libro de Mann a punto de ser reabierto, esperó a que alguien acudiera. A su izquierda, alejados unas dos o tres mesas de la suya, un nativo obeso intentaba trabar conversación con una rubia poco vestida que, al parecer, no titubeaba en contestar. Luego de que se hubo acercado el mesero con la carta, Arnold pidió un desayuno. Ya en la soledad transitoria de la espera, recordó por un instante al que había sido: ese jovencito fóbico, con toda seguridad antipático, que se amuralló aquella lejana vez, cuando estuvo en esa misma ciudad, entre las cuatro paredes de la habitación de la casa donde moría la anciana que acogió y ayudó a su madre en sus años de juventud.
Abrió el libro de Mann y reanudó, incapaz de reprimirse por más tiempo, la lectura inconcebible. Serenus Zeitblom se disponía en verdad a dejar ver a sus lectores aquel documento insólito legado por Leverkühn. Arnold avanzaba con avidez por entre los renglones, asombrado de reconocer en esa escritura al autor impredecible de lo allí narrado, si bien comenzaba a habituarse al hecho de que las naciones aparentemente más ordenadas y formales dieran al mundo artistas y productos artísticos de radicalismo en ocasiones rayanos en lo inverosímil (en este caso Alemania a Mann, Japón a Mishima, Inglaterra a Peter Greenaway, a Ian MacEwan). El desayuno llegó y Arnold comenzó a tomarlo sin dejar de leer. La conversación plasmada en esa parte del libro, tan determinante que provocó que Mann cambiara el estilo llevado hasta ese momento a lo largo de la novela, iniciaba sin asomo de titubeos: Leverkühn, aturdido ante la presencia de su huésped inesperado, al que acaba de describir someramente, pregunta: «Chi è costà!»
Desconcertado, por un instante imposibilitado de continuar leyendo, luego de haber avanzado unas cuantas líneas más, tomó otra porción de su desayuno y miró en derredor: a su izquierda, junto a una de las columnas del portal céntrico descubrió, en un principio dudando que aquello le estuviera dirigido justo a él, el rostro medio escondido y sonriente de quien llamaremos el personaje, que de inmediato le produjo algo parecido a la simpatía; tras unos segundos de indecisas miradas mutuas, el personaje aquel se decidió a saludarlo alzando la mano y Arnold, inserto ya en la convención, respondió al gesto. El personaje se acercó a la mesa de Arnold preguntando con voz muy masculina y agradable si se podía sentar. Un poco molesto por tener que abandonar la lectura en ese punto, ante la perspectiva de verse obligado a conversar y dejar de comer en soledad, pero también intrigado por aquella aparición inesperada, colocó como separador su pluma negra entre las páginas del libro.
Una sensación extraña lo acometió: se percató, con desconfianza indeseada, de que la irrupción del personaje había ocurrido precisamente poco después de haber leído el fragmento donde era descrito en forma somera el visitante de Leverkühn. Decidió, porque no sólo de cataclismos interiores se trataba, que luego tendría oportunidad de cerciorarse, con una rápida relectura, del contenido de tal descripción: opinaba que los libros, cierto tipo de libros, estaban provistos de los poderes necesarios —plenos, a decir verdad— para propiciar que también el mundo exterior terminara plegándose a sus designios. Hasta le parecía, por momentos, que lo que rodeaba a ciertas obras mostraba puntos de contacto con la anécdota leída en un libro que trataba sobre la escritura: un sirviente analfabeto y supersticioso debía cumplir el encargo de llevar a un sacerdote cierto número de manzanas envueltas en un saco que contenía además una carta (si no mal recordaba, eran manzanas y un saco, pero, de cualquier forma, lo importante residía en lo ocurrido con la carta): las manzanas enviadas por otro sacerdote, amigo del destinatario, estaban contadas y tal número constaba en dicha carta; el sirviente, en medio del camino boscoso que debía recorrer a pie, abría el envoltorio y se comía alguna; llegado adonde moraba el sacerdote destinatario, debía esperar a que éste, a su vez, escribiera a su amigo una carta de agradecimiento en la que anotaba el número de manzanas recibidas; tras la lectura de esta segunda misiva, el sacerdote del envío reprendía al sirviente reclamándole la falta cometida y el sirviente atribuía en su fuero interno la culpa del descubrimiento de su fechoría a aquella carta que no se había cuidado de ocultar: la delación se debía a ella, a los poderes mágicos o divinos con que el sacerdote la había dotado. En alguna otra ocasión similar durante la que volvió a comer parte del envío amistoso, el sirviente, receloso pero astuto, se fijó muy bien en tomar primero la precaución de agarrar la carta y esconderla tras un grueso tronco de árbol: de tal manera, no sería delatado nuevamente. Para mayor desconcierto del ladronzuelo, el resultado, sin embargo, fue idéntico. La escritura, sabia, ubicua. Imposible esconderse de ella.
El personaje, sin duda atractivo, daba la impresión de estar ebrio o por lo menos de padecer los estragos de una buena resaca. Dijo llamarse Jorge, pero Arnold en el acto dudó de que se tratara de un nombre real. No bien se sentó, le pidió una cerveza, y Arnold, decidido a dejar que aquella aventura asomara para al menos terminar truncándose, aceptó de buen grado invitársela. ¿O sería posible que esta vez sí…?
El personaje se mostró locuaz, hablaba de nimiedades para luego, en el instante menos pensado, soltar cual anzuelo alguna pista cada vez más curiosa de su personalidad, no sin recurrir a interminables circunloquios tras haber revelado una migaja de su ser, como si supiese que Arnold perseguía desde siempre verdades agazapadas junto con la posibilidad pocas veces satisfecha de develarlas. En algún instante el personaje derramó unas lágrimas mientras confesaba que no era feliz, que nunca lo había sido, se expresaba del mundo como un sitio inhóspito donde no se podía ser ni hacer lo que uno deseaba en verdad. Arnold pronto se descubrió suplicante de más datos, bordeaba verdades ajenas que no le incumbían y que, sin embargo, en cierta manera urgente sí le importaban. El supuesto Jorge supo manejarse en un perpetuo vaivén, pero no tardó demasiado en confesar lo necesario acerca de su identidad sexual. Arnold creyó de momento que algo en su actitud embebida de lector debió de haber delatado parte de su propia identidad y así se lo preguntó al personaje, pero éste aseguró que de ningún modo se había acercado a él atraído por apariencia delatora alguna, no, sino impelido por cierto tono diferente percibido en él tras una breve pero atenta observación a distancia, ya que él se distinguía de los demás, explicó, por ser muy perceptivo.
Suspicaz, Arnold creía saber de qué se trataba: la mera posibilidad de obtener lo que justo ya tenía: la cerveza pagada, pero decidió que sería la primera y la última. Ante las preguntas del tal Jorge, Arnold contó algo sobre su procedencia y los motivos que lo llevaban a estar ahí. Arnold continuaba intentando aferrar la disponibilidad confidencial del otro, pero éste se escabullía a cada instante.
«Soy escritor» fue una frase que acaso Arnold no debió pronunciar ante las preguntas del otro, si bien este último pareció no concederle ninguna importancia especial a la revelación, cosa que en cierta manera infundió mayor confianza y sensación de libertad a Arnold.
El supuesto Jorge vio el libro sobre la mesa y preguntó qué era; Arnold dio una veloz explicación; quiso saber en qué episodio iba en ese momento y Arnold respondió que se disponía a leer la aparición de un personaje muy importante en la historia.
—¿Tú qué eres? —quiso saber Arnold, esperando alguna revelación laboral o vocacional del personaje, cualquiera, en respuesta a la que él acababa de hacer.
—No soy nada y soy todo: yo soy el diablo —dijo, sin más, el personaje llamado Jorge.
Arnold, turbado pero de inmediato repuesto, contó al personaje que justo en el instante anterior a verlo sonriéndole asomado tras la columna estaba leyendo en la novela la parte que dice —y tomó el libro para posar la mirada en el fragmento interrumpido—: Es otro, más pequeño y mucho menos elegante. No produce, en conjunto, el efecto de un caballero. Pero el frío me sobrecoge continuamente.
Comprendió Arnold que la cita, así, descontextualizada, sin explicar que al verlo sintió por un instante que la llegada de él era una parte exterior convocada por la lectura de esa novela, no había sido entendida bien por el personaje. Era como dialogar con un espectro, pensó, y de hecho podría serlo, ahí, todo herido por la ebriedad. Sin embargo el personaje pareció haber captado algo.
—Sí, sí —insistía transportado el personaje llamado Jorge, mirando al frente—. Justo así soy yo, ¿verdad? —Arnold desplazó su mirada hacia adelante, descubriendo que el nativo obeso ya estaba apostado en la misma mesa que la rubia poco vestida y parecía que se entregaban a una conversación compenetrada; experimentó una especie de temor por ella y cierto tipo de acostumbrada ira por la inocencia o confianza excesiva con que los extranjeros suelen intimar con desconocidos del país. Se preguntó de repente qué aspecto ofrecerían, a su vez, él y su imprevisto acompañante a los ojos de algún comensal solitario y observador. El recuerdo de la cita con el escritor famoso durante la tarde y la necesidad —ya para esa hora postergada, según el plan que se había trazado— de encontrar un hotel para hospedarse por esa noche absorbió durante unos segundos sus dispersos pensamientos. Encender otro cigarro, pensó, y lo hizo, aunque la comida se quedara casi a medias, y se persuadió de que era preferible dedicarse a observar. Si bien su hambre no estaba saciada, cuando el personaje autodenominado Jorge preguntó a Arnold si podía comer algo de su plato, éste aceptó sin detenerse a considerarlo una sola vez.
Descubrió entonces Arnold un moco asomando impune en la fosa nasal derecha del personaje llamado Jorge. Pensó en advertirle algo, como siempre en tales casos solía hacer, pero la contemplación morbosa de ese detalle en aquel rostro atrayente se lo impidió; optó mejor por preguntarle si había estado en algún tipo de juerga interminable que le hubiese ocupado toda la noche del viernes anterior, y el Personaje llamado Jorge, suspirando, tanto afirmó como negó: cierto que había pasado la noche en vela, pero lo que estaba en duda era si se había desvelado por diversión o no. El moco aquel seguía asomándose delator de la vulnerabilidad física, y más, del personaje, cuyas afirmaciones contundentes ahora resonaban menguadas, disminuidas aun antes de ser pronunciadas, pero en cierto instante notó que algo colgaba de su fosa y tomó con rapidez una servilleta, se sonó, descubrió con una ojeada veloz lo que había salido y, sabedor de todo, viendo lo que no había visto y el otro sí, reconoció sin más ser un muchacho asqueroso al que le salían y colgaban mocos. Arnold, contraído en su más oculto interior, aseguró que no tenía importancia.
De golpe el personaje llamado Jorge tomó el libro de Arnold y le dijo pontificando que iba a subrayarle la parte más importante de toda la novela: la abrió al azar y trazó un irrespetuoso e inmenso círculo que acabó rodeando los dos grandes párrafos de la página izquierda y aun los dos renglones finales de la parte superior de la derecha, que eran remate del párrafo de la página anterior.
—Lee y dime si me equivoqué o acerté —pidió el personaje Jorge.
Arnold tomó el libro y leyó sin orden ni concierto, seguro de recordar la parte en cuestión (era la página 41, y en esos momentos la lectura de Arnold andaba por la 234), sin molestarse en compartir con el otro lo que leía, intrigado por ver —de acuerdo con lo ocurrido en anteriores ocasiones, con otros libros— si el azar esta vez también aportaría algo interesante: (…) músico que estaba seguro de que allí había de encontrar y poder ensayar el elegíaco instrumento que andaba buscando, y luego se perdió en la intrincada enumeración erudita de los instrumentos musicales que se vendían en el almacén mencionado en tal parte de la historia, de entre los cuales llamó su atención el cuerno inglés tan apto para los cantos de tristeza.
—¿Acerté o no, entonces? —volvía a preguntar el otro.
Intentando leer más, inmerso aún en la confiada búsqueda de lo que depara en ocasiones el destino montado en las páginas azarosas de un libro —como ocurrió al jurista Auguste Bruner al caer y quedar abierto su libro de Derecho en plena calle, en Rojo de Kieslowski, película amada que aún tardaría unos meses en revelar a Arnold todo el poder invocador que siempre le sospechó—, quiso encontrar más de lo que sus ojos receptivos, aunque casi decepcionados, veían entre esa confusa enumeración de instrumentos.
—Tal vez sí, porque esta novela hay que leerla varias veces para entender bien lo que en ella es importante; y también porque creo que, como en cualquier otra novela de su tipo, todo importa —se limitó a responder. Quiso dejar el libro a un lado, cerrarlo ya, pero aún el personaje se lo arrebató para firmar con su nombre y apellido al margen derecho de la misma página violentada, en letras horizontales con respecto a los renglones impresos del ejemplar.
—¿Jorge qué? —preguntó Arnold, una vez que tuvo en sus manos la desastrada página.
—Saucedo —respondió el personaje llamado Jorge, pero allí, en lo garabateado sobre el libro, difícilmente decía eso.
Repetidas veces el personaje se puso en pie al ver pasar gente conocida: saludaba con efusividad, a lo que algunos respondían con sonrisa elusiva y otros, en cambio, accedían a intercambiar con él dos o tres palabras. Se trata de un tipo habitual en estos sitios, pensó Arnold de algún modo tranquilizado.
Poco a poco, y sin que Arnold hiciera prácticamente nada al respecto, la conversación entre ambos fue dirigiéndose, con una deliberación y un mutuo acuerdo por completo fáciles e inesperados, al destino inmediato deseado por Arnold en medio de titubeos iniciales y, en ciertos raptos posteriores, con ardor. La mención de la necesidad de hospedarse en algún hotel cercano y de deshacerse de esa maleta por un rato simplificó las cosas. El personaje se ofreció a ayudarlo a buscar alojamiento. Arnold consultó su reloj: las doce pasadas, y la cita con el escritor famoso era a las cinco: tiempo suficiente para lo que se avecinaba, había.
II
Estaba todo dicho, ocurriría aquello. Mientras ambos caminaban por la ciudad, Arnold observó los zapatos tenis del personaje llamado Jorge, sus pantalones de mezclilla azules, su camisa ajustada de color blanco con rayas rojas, horizontales. Decidió que, contra todo, aquello tenía que resultar muy, muy bien.
El mejor hotel tenía cupo lleno, precisamente por alojar gente congregada ahí justo por el mismo motivo que estaba de visita en esos parajes Arnold. Éste preguntó entonces a Jorge por otro hotel bueno, no tan caro, y de repente éste dio la impresión de no saber a dónde ir, como si no fuera originario de esa ciudad, pero luego, caminando un rato más, le indicó un hotel que no parecía de ningún modo ser el ideal. Sin embargo, el otro asunto era, a decir verdad, lo fundamental.
Aún con la sensación vagamente incómoda de no conocer en absoluto a su acompañante, luego de pagar cualquier cosa en recepción, subió Arnold unas sucias escaleras seguido por el silencio anticipatorio del otro, abrió y cerró aquella puerta, dejó por fin en el piso la maleta y se volvió al personaje llamado Jorge: el beso inició insensiblemente, como una enorme mentira a duras penas deseada, prolongándose por espacio de dos o tres minutos, hasta que el contacto logró soltar ciertos jugos que vencieron la abstinencia de Arnold, autoimpuesta por meses, hasta que aquello dejó de lado su carácter sorpresivo y fue convirtiéndose en algo real, aprovechable, cuyo cenit maravilloso sería acaso accesible en breve. Luego, la desnudez de los cuerpos mostró el ímpetu de un posible Jorge con apariencia más ebria, descubriendo deseos violentos que Arnold no estaba ni estuvo dispuesto a cumplir.
«No tienes ni idea de quién soy», dijo el personaje en cierto momento, ante lo que Arnold se mostró nervioso, intentando preguntar y saber, pero el personaje le dijo que sería mejor dejar las cosas como estaban. Todavía el otro, el pretendido Jorge, forcejeó un tanto más, buscando que su lucha no estuviera perdida, pero Arnold, aunque temeroso en verdad por un instante, supo mantener las cosas en el orden que deseaba y fue inteligente al proponer mejores alternativas. Aunque lo había hecho en muy infrecuentes ocasiones, no era la primera vez que confiaba su integridad a un perfecto desconocido; esa gente con la que se yace desnudo en aventuras que, por su misma naturaleza, es preferible vivir a escondidas; gente de la que no se sabe si terminarán robando o asesinando, mientras nadie en el mundo conoce el paradero del que en tal modo arriesga y peligra. Si el personaje llamado Jorge se transformara en demonio, si de repente Arnold viera unos cuernos y la estancia comenzara a apestar a azufre, no se habría negado a aceptar esa nueva e insólita realidad; admitiría eso conformándose, en simultaneidad, ante la perspectiva de la muerte. Pero todo, o casi, fue perfecto, y poco antes de concluir, Arnold logró sentirse por completo limpio de los rescoldos de su acostumbrada abstinencia, recorrido en cada resquicio de su cuerpo con adoración pasional casi nueva, y aún consiguió conocer al personaje llamado Jorge hasta donde su imaginación, adaptada a las condiciones, alcanzó a desear.
En cierto momento, antes de que acabara aquello, recibió un mensaje de celular proveniente del escritor famoso donde le informaba que, según lo acordado, ya había llegado, aunque volvió a confirmar que se verían hasta las cinco, y el reloj marcaba apenas cerca de las dos; no había nada de qué preocuparse, entonces. Arnold se dejó hacer cuanto el otro quiso, aunque esa disponibilidad sin límites lo previniera coartando todo tipo de acercamiento suyo más allá de lo seguro. El propio impulso esclavizador del personaje terminaba esclavizándolo en lo que al parecer era un deseo físico que Arnold satisfacía a la perfección, y lo que el otro deseaba era justo lo que Arnold tanto había esperado inspirar, de manera que éste acababa siendo una especie de mero instrumento cuya vocación parecía ahora haber sido por naturaleza dejar salir, succionada a través de sus orificios, una sensación siempre sospechada de enorme libertad.
En cierto instante culminatorio, Arnold contempló aquel rostro atractivo cuyos ojos se comunicaban con él a través de una mirada que por momentos le parecía haber ya visto en algún sitio, una mirada excitándolo en oleadas vertiginosas que finalmente lo condujo al clímax. Sin embargo, para sorpresa de Arnold, que logró enardecer al muchacho de manera por demás evidente, el personaje llamado Jorge no fue capaz de alcanzar ningún orgasmo.
Ahora, idos los ímpetus que lo habían impelido a aceptar aquella inusual aventura peligrosa para él, Arnold notó con desagrado que la habitación era horrible y supo de inmediato que no pasaría la noche allí. Lo acometió el arranque de marcharse en el acto, pero el otro le suplicó que permaneciera a su lado aún más: confesó que se sentía muy solo, desolado, de hecho, manifestando al final del ruego su deseo de dormir juntos, abrazado por Arnold. Éste en un principio se negó y pensaba seguir rechazando la petición (ya ambos tenían lo que mutuamente podían llegar a darse), pero luego el otro externó con mayor fuerza su necesidad de compañía, ya sin riesgo alguno de obligar a nadie a nada, hasta que su voz potente, viril, comenzó a adquirir también tesituras tiernas. Atrajo hacia sí, ya acostado, todavía ambos desnudos, a Arnold, y éste se dejó convocar. Por un instante Arnold se preguntó si el desvelo del personaje no obedecería acaso a una circunstancia por completo diferente de lo que él englobaba entendiendo a priori por diversión nocturna. Si alguien le hubiese hecho saber que el personaje llamado Jorge venía huyendo del desvelo producido por un velorio que le destrozó el alma, Arnold no se habría extrañado demasiado.
Aunque adujo en cierto momento no tener ni pizca de sueño, tras acostarse —como era el deseo del otro— abrazándolo por la espalda, enlazadas las manos por encima del estómago de aquel compañero de extravío, tocando aún partes de la desnudez ahora serena del personaje, quizá por la placidez de lo recién satisfecho, pensando apenas en ese oasis de intimidad intensa entre dos seres que no volverían a verse jamás, Arnold se quedó dormido en unos minutos, profundamente, sin remedio.
III
Despertó ante los espasmos y la tos, profundamente interna en un principio, del personaje llamado Jorge, aún enlazado a Arnold en el abrazo de minutos u horas antes. Vio aquella nuca, la parte posterior de ese cuello, recordó dónde y con quién estaba —si es que era posible saberlo—, deshizo el abrazo y, mientras el cuerpo desnudo del otro comenzaba a arquearse contrayéndose, convulsionándose en posición aún más fetal, empezó a hablarle —intacta, aun en semejante trance, su confianza en el poder de la palabra— tratando de que aquella tos, que se iba volviendo a cada acceso más terrible, se desvaneciera. No fue consciente del momento en que se puso de pie ante aquel cuerpo atacado no ya por golpes de tos, sino por una especie de asfixia que seguía alternándose con algo parecido a toses emitidas desde una peor angustia o agonía.
El personaje llamado Jorge trataba de moverse sobre la miserable cama buscando un asidero de salvación, ajeno por completo a cuanto lo rodeaba, en una desnudez que sin dejar de ser patéticamente física ahora se volvía también desnudez de algo mucho mayor, absorto solamente en su propia realidad letal, durante el recrudecimiento de lo que seguía atenazando su cuerpo. Símbolo de todo aquello era el culo desnudo, abierto, del personaje llamado Jorge, el ano ofreciéndose desprovisto de sensualidad: un culo autista que moría. De un modo por completo ajeno que se volvería propio, consciente y voluntario sólo con el paso de las horas, los días y los años, logró Arnold contemplar ese culo con un débil indicio de perversión anhelada, realización brutal de una intimidad absoluta que con ningún conocido o desconocido anterior pudo conseguir. Dentro de esa zozobra, aquel asomo de voluptuosidad fue sólo una nada temporal. Habrá durado un minuto o acaso menos, pero, al constatar que las necesarias aspiraciones se volvían cada vez más cortas e imposibles, Arnold supo que el otro moriría asfixiado por sí mismo, en sí mismo, ahogándose en el mar proceloso de sus muy personales y quizá conocidos problemas de salud; alcanzó a comprender que tenía que huir o llamar a alguien en busca de auxilio, pero recordó que estaba en un hotel de mala muerte en el que no conseguiría provocar más que sospechas —dos hombres juntos, uno ya medio vestido, el otro desnudo, muerto— y, como consecuencia natural, la concatenación fácilmente imaginable de más desgracias.
¡Pasarle esto a él, a él que…! Pero no quedaba tiempo para nada, como no fuera para reaccionar ante esa pesadilla nunca soñada que ya era la más concreta realidad. Arnold enfocaba todo aquello desde ese tipo de susto mayúsculo en que uno está como fuera de sí mismo, contemplándose en tono tragicómico con atronadora lentitud, a confusa distancia, repelido quizás por el abanico furioso de las propias palpitaciones. Aquel espectáculo espeluznante, el peor visto hasta el momento (sí, no había parangón alguno con lo vivido antes), se volvía siempre más fúnebre, se trataba ya de un mero cadáver en la antesala angosta de su realización: aquel muchacho moriría así, desnudo, boca abajo, olvidadas para siempre las estrategias de seducción, atónito ante sí mismo, ante la imposibilidad de salir de aquel foso infinito de sofoco, de través sobre la cama, con la cabeza puesta casi en la zona donde tendrían que haber descansado, sobre las sábanas, en circunstancias normales, los pies de un cuerpo sereno y sano.
De repente la voz apremiante y asustada con que Arnold llamaba de regreso a la vida al muchacho casi inerte empezó a convertirse en un estrépito rabioso y sin sentido que al final acabó resonando cual alarido ya inútil, impertinente, una verdadera autodelación en ese espacio donde estaba por primera vez, donde su vida parecía tomar un giro atroz del todo imprevisto. Los intentos desesperados por ponerlo en pie o modificar al menos la posición de bruces que el otro, animal y totalmente orgánico, se empeñaba en mantener, también revelaron pronto su inutilidad. Cuando Arnold tuvo en sí el convencimiento total de que habría de vérselas con tal situación insólita —algo semejante sólo lo había leído en la novela Mañana en la batalla piensa en mí, pero éste sería un referente del que tomaría conciencia hasta mucho después—, recordó de golpe al amigo en cuyo auto había llegado la noche anterior: tendría que marcarle de inmediato a su celular, aunque la recepción se perdía porque el amigo estaba en una zona casi inaccesible, pero, dadas las circunstancias, era la única persona a la que podría recurrir, llegado el caso. El personaje continuaba muriendo: perdía todo control corporal, seguía boca abajo, las manos ya sin intentar nada, la tos ahora cediendo el paso a unas aspiraciones desmesuradas, postreras, póstumas casi, cada vez más parecidas a un terrible estertor furioso ante el que lo único que Arnold esperaba era el desenlace fatal. Se percató a medias, entre la neblina del pánico, del instante en que recogió del suelo ropa interior y pantalones: luego vería que también consiguió ponerse calcetines y zapatos, aunque seguía descamisado. ¿Sería posible que, al sentir como evidencia incontestable la muerte del otro, Arnold hubiese decidido vestirse y salir huyendo de esa estancia horrenda e inolvidable? Lo cierto es que, por espacio de unos segundos no cronometrados pero sí incrustados en su conciencia con impacto indeleble, Arnold tuvo tiempo para vislumbrar una cantidad abundante de escenarios posibles, algunos de complejidad irremediable, ninguno feliz, casi desprovistos de toda narratividad. No sabía si era necesario esperar alguna otra manifestación como signo inequívoco de muerte segura, donde el ano expuesto a la mirada ciega de Arnold se contraía y distendía desnudo de toda insinuación sexual; no sabía nada, no quería ni necesitaba saber nada ya: sólo lo veía seguir así. Lo increíble a esas alturas era que la muerte del personaje tardara tanto en sobrevenir al fin.
Sin embargo, en lo que más tarde se convirtió en un gesto que Arnold deseaba recordar aunque jamás logró ver en la totalidad de sus detalles, hizo un último intento por salvarlo, quizás lo levantó recurriendo a esa fuerza impredecible y única con que parece estar dotado el ser humano en los instantes de peor angustia, o el mismo joven imprimió algún impulso de instinto postrero de supervivencia: lo cierto es que, cuando vino a ver, Arnold estaba frente a frente con el rostro más desencajado que haya visto jamás, los ojos aquellos lo enfocaron mirándolo, acaso reconociéndolo, con una extrañeza terrible que venía desde un lugar en que Arnold nunca había estado, y de inmediato el personaje llamado Jorge corrió, cuan desnudo estaba, a sentarse en la taza del pequeño baño sin puerta, tras lo cual comenzó a pedorrear y cagar al tiempo que vomitaba o babeaba un líquido transparente, viscoso, sobre los azulejos del piso.
Contempló Arnold aquella imagen absurda, vil, grotesca, durante unos momentos, aún estupefacto, y comprendió que algo o alguien había conjurado el peligro. Aquel joven, tal vez ya consciente, seguía rindiendo tributo absoluto a las necesidades inapelables de su organismo, a sus esfínteres excitados, no era posible todavía encararlo preguntándole qué diablos había ocurrido. Arnold permaneció por unos segundos aún revuelto entre todas las visiones, ahora estratosféricas, que lo envolvieron instantes atrás, y fue entonces cuando, en tanto que seguía escuchando los ruidos corporales del otro, se dio cuenta de que estaba vestido casi por completo; tras experimentar una suerte de vergüenza ante sí mismo, mientras veía las paredes y luego, con espanto y rabia desmedidos, descubría sobre la cobija de la cama y en los mosaicos cercanos a ella disparos de mierda lanzados con seguridad al momento de levantarse y correr hacia el baño aquel muchacho hiperbólico, decidió que no tenía por qué pasar por todo eso, que debía marcharse sin intentar ya hablar con ese que seguía perdido en sus problemas, enfermedades o lo que fuese; terminó de vestirse velozmente y se peinó con igual rapidez. Tenía que estar lejos de ahí en unos cuantos minutos, ajeno a todo, recuperada su tranquila realidad; había venido a encontrarse con el escritor famoso y eso sería justamente lo que iba a hacer: nada ni nadie podría impedirlo.
El personaje llamado Jorge jaló la palanca de la cisterna y se oyó correr en remolino el agua. Sin siquiera imaginar qué palabras utilizaría el otro para volver a tomar la apariencia de un ser humano con el que se pudiera dialogar, Arnold cambió de decisión optando por esperar a que saliera y encararlo a fin de irse conociendo, para tomar las previsiones del caso, qué enfermedad lo aquejaba; calculó que debía tratarse de un mal crónico, de nombre tremendo, reconocible en el acto, y ahora lo más importante era saber, aunque no se había expuesto a ninguna práctica de riesgo real con el otro hacía unos instantes, que no corría peligro alguno tras el acercamiento íntimo a ese cuerpo defectuoso y extraño.
Cuando aquel muchacho salió, Arnold vio un rostro demudado por entero, morbideces y encogimientos antes no percibidos, una indignidad inerme, un desvalimiento tan humano y animal en el que Arnold supo que debía escarbar hasta obtener un solo dato: conocer la causa de la escena recién vivida. El moco visto en la fosa nasal derecha del muchacho durante el desayuno y ahora esto venían a unificarse en una especie de episodio fisiológico único que volvía al muchacho un ser de involuntarias manifestaciones corporales del que Arnold creía haber visto todo ya.
—¡Perdón…! —dijo, repitiendo unas tres veces esa palabra de repente casi nueva, acercándose a Arnold.
—No importa —respondió éste—. Lo bueno es que estás vivo.
Lo decía en serio. Durante los minutos de soledad pasados mientras aquel seguía en el baño, había decidido que todo era preferible a la muerte del otro; de algún modo inanalizable para Arnold, tener esta sensación obvia resultaba extraño; se sentía víctima de un atropello funesto, el peor en años, su reacción instintiva se orientaba hacia la ira, hacia el reclamo de compensaciones urgentes, pero, tomando en cuenta que aquello había surgido a manera de accidente, no tenía claro hacia quién dirigir sus sentimientos.
—¡Me siento muy avergonzado! No sé qué hacer… —imploraba aquel.
—¿Vergüenza? —clamó Arnold—. ¡Estuviste a punto de morir y sientes vergüenza! ¡Dime qué tienes!
—¿A punto de morir? —preguntó el tal Jorge, como si estuviera asombrado ante la interpretación de los hechos que Arnold hacía, como si no quisiera discutir asunto alguno y buscara llegar a un remanso anterior para seguir con la dinámica original, previa al caos—. ¡Ya, olvídalo! ¡No pasó nada!
—¿Cómo que no pasó nada? ¡Ibas a morir y no pasó nada!
Arnold consultó la hora: eran las tres pasadas; pensó que aún podría buscar un hotel decente, bañarse y llegar a tiempo para el encuentro con el escritor famoso. Pero antes debía saber.
—Ya me voy. Se me hace tarde. Dime qué te pasó. ¿Estás enfermo? ¿Qué fue eso?
El otro desdeñó las preguntas de Arnold, se rio de sus sospechas; cuando Arnold formuló una pregunta concreta sobre la enfermedad que el personaje llamado Jorge podría tener y así involucrarlo de alguna manera, el otro prorrumpió en una carcajada evasiva que hizo sentir a Arnold estúpido interrogador.
—¡Lloras diciendo que la vida nunca te ha gustado —recordó y dijo indignado Arnold—, te ríes a continuación, no me das ningún dato fidedigno sobre lo que eres y haces, luego me obligas a hacer lo que desde el inicio te dije que no haría, casi mueres frente a mis ojos, llenas la cama y el piso de porquerías —señaló las evidencias y el otro, azorado, tomó conciencia de ellas—, estás aquí, vivo de milagro, y sales con que no ha pasado nada! ¡Limpia! ¡Vamos, rápido!
Eso hizo el personaje llamado Jorge. Tomó la colcha, las sábanas, y limpió lo mejor que pudo el caos ocasionado por su fisiología alterada e incontrolable, arrojando a continuación el bulto inmencionable dentro del pequeño baño. Acaso todo el incidente recién vivido se reduciría a algo de una simplicidad vergonzante, un atragantamiento natural con la propia saliva —pero no, había sido mil veces peor que eso—, una gastritis inocua y terrible que, producida por los excesos alcohólicos del personaje, estuvo a punto, eso sí, de ahogar a su víctima durante el sueño descuidado; algo que, contándolo, revelaría su lógica ramplona, sin conexión alguna con párrafos de libros ni contactos de inolvidabilidad irremediable. Pero lo cierto también era que aquello, fuese lo que fuese, había sido atestiguado solamente por Arnold, sólo por él, desde las penumbras de un sueño truncado por el espanto, desde la impreparación que siempre llevamos a cuestas ante lo realmente inesperado, porque luego el personaje refirió que no recordaba nada en absoluto; contó que, cuando le llegaba a suceder aquello —le llegaba a suceder aquello—, él estaba como al margen de sí mismo, y dijo al final que ahora, gracias a la narración de Arnold, iba conociendo los detalles, pues su recuerdo del hecho partía del momento en que, ya de pie, descubrió a Arnold mirándolo con esa mirada que —lo dijo así: tal como había sido la impresión de Arnold— no había visto en nadie, en ninguna parte. Al saber Arnold que su manera de mirar había sido igualmente insólita, sintió que le era enajenado algo muy propio, muy íntimo, para ir a parar entre las pertenencias vitales del otro.
Luego, tras muchas insistencias, el supuesto Jorge se acostó boca arriba, aún desnudo, sobre el colchón sin sábanas y llamó a Arnold a su lado con intenciones de explicar todo y reanudar el asunto que los tenía reunidos allí. Aunque al principio Arnold protestó por la actitud cómoda con que el otro encaraba lo ocurrido, aunque gritó incrédulo ante la idea de que el muchacho pretendiera volver a tener algo pasional con su cuerpo casi fúnebre y de ano sucio donde había desaparecido toda pista erótica, luego de más insistencias acordó acostarse y permitir que el otro lo rodeara con un abrazo del que fueron surgiendo explicaciones exorbitantes: no estaba enfermo, no, aunque, pues, debía tomar en cuenta que su alcoholismo en efecto le jugaba muy malas pasadas de vez en cuando, pero enfermo nada, lo que sucedía era que, ¿recordaba Arnold cuando, en el restaurante, le había dicho casi casualmente que él era muy perceptivo, de hecho extrasensorial?, bueno, pues ocurría que él se llenaba en ocasiones de vibras, malas vibras, de manera que lo presenciado por Arnold no era sino otra de las veces en que esas percepciones se acumulaban y terminaban estallando de mal modo hasta brotar de su cuerpo tan sólo para volver a recibirlas con el tiempo, confiando en poder expelerlas como en esa oportunidad.
Arnold escuchaba sin poder creerlo. Era posible, desde luego —se sentía capaz de admitir cualquier cosa tras la coincidencia con el libro de Mann y luego de encontrarse ahora escuchando al que estaba seguro que moriría—, pero, ¿con esa justificación se iba a marchar?, ¿eso iba a serenarlo? Y, si tal cosa era cierta, ¿qué debía pensar? ¿Que él, de algún modo, había provocado ese paroxismo de malas vibras? ¿Por qué tenía que haberle tocado a él presenciar aquello si no? Malhumorado ya, sintiéndose burlado, víctima de una farsa de la que conocía sólo al autor material, le preguntó si debía entonces dar tan estrafalaria versión de los hechos a su mejor amigo, por ejemplo, al que desde luego le contaría lo sucedido a fin de buscar alguna forma de asimilación.
—Dijiste que eres escritor, ¿no? —preguntó el personaje llamado Jorge al ver que ninguna explicación satisfaría los afanes de Arnold—. Entonces escribe esto. Alguien nos puso en este mismo camino por un rato para que me salvaras de lo que me pasó, para que me ayudaras a reaccionar, y para que tú escribas algún día esto.
—¡Estás loco! —vociferó Arnold, liberándose de aquel abrazo, sentándose al borde de la cama deleznable.
—Sí, escríbelo. Todo esto pasó para que lo escribas —dijo ensimismado el otro, la mirada casi perdida en algún punto del techo, meditabundo, muy convencido de sus palabras.
Y, tras eso, sin pedir ningún otro tipo de condescendencia ni pronunciar palabra, comenzó a estimular a Arnold sexualmente, y éste, perplejo, exhausto, blandiendo en algún primer momento la circunstancia de su orgasmo reciente, claudicó sin embargo en sus resistencias y se entregó a la veneración corporal que el otro, con lamidas de aun mayor intensidad que antes, supo recorrerlo. Arnold se sintió otra vez libre de aplazamientos y represiones vueltas casi hábito, era degustado nuevamente por otro ser humano de manera plena, incondicional, la excitación del personaje llamado Jorge se bastaba a sí misma, no exigía de Arnold más que la acción involucrada en permitir aquello, y quiso entonces Arnold estallar así, en la cumbre de todo eso, pero el muchacho, consciente de aquella inminencia, pidió que repitieran la dinámica anterior, la misma en que sobrevino el primer orgasmo de Arnold, y éste, al principio reticente, con sólo volver a ver aquel rostro atrayente de ojos profundos cuyo mensaje lascivo e inmemorial le parecía haber recibido ya aunque aún no lograba comprenderlo, se avino también a ello.
Ahora Arnold pensaba que conocía todo lo que los esfínteres del personaje podían dar, sentía que con ese dato abarcaba al otro como quizás nadie en el mundo podría acecharlo, le veía su rostro atractivo rememorando el casi rictus mortal atisbado apenas minutos atrás, traía a su memoria inmediata el conjunto de gestos conocidos de ese desconocido y le parecía haber sido testigo de por lo menos algunos de los más importantes que ese muchacho haría en toda su vida; siguió una cadena de raptos en los cuales Arnold supo que le daba a ese tal Jorge algo invaluable, y decidió tomar otro tanto: concentrando el poder de su propia mirada en la que el otro le dedicaba desde su sumisión, intentó penetrar en el significado de los ojos con que aquél, interrumpido su rito, fijaba a intervalos el desconcierto de su vista en la de Arnold, quizás tratando a su vez de entender lo que esas pupilas efímeras pretendían transmitirle o acaso robarle, y él parecía dispuesto a ser saqueado, de ser necesario, pero Arnold recordó aquel culo abierto y muriente de minutos antes y le sobrevino un orgasmo mucho más fuerte que el primero, un orgasmo dulcemente culpable, criminal casi, único, absoluto, y el otro paladeó cada tesitura del acontecimiento, olvidado de que los ojos de ambos habían transitado en un contacto a tal extremo intenso, pero unificándose al final en una misma incomprensión. O, quizá, si se pensaba con mayor detenimiento en todo ello…
Arnold conocía aquella mirada concupiscente y abismal, estupefacta y cómplice, eso era seguro; en algún lado había visto con antelación esos ojos, o al menos había sido mirado ya así por alguien más, alguien que le fue y le sería por siempre imposible de identificar.
El tiempo corría; el reloj reveló que ya daban más de las cuatro, y Arnold se incorporó, nervioso por la tardanza embarazosa que casi con seguridad tendría que asumir, pero notó que el otro jamás había logrado alcanzar el orgasmo y, en cierta forma enternecido, solidario, le preguntó si podía intentar el desenlace con rapidez. El personaje llamado Jorge asintió, pero fue inútil, no hubo manera por más intentos que ambos hicieron. El personaje, conocedor infalible de los motivos que le impedían llegar a eso, restó, resignado, importancia al asunto. Arnold aceptó tal circunstancia pensando con fugacidad que resultaba absurdo haber visto todo aquel correr de sustancias corporales sin haberle conocido la única acorde con el motivo que los tenía y retenía allí, juntos en ese inolvidable siempre que no volvería a darse jamás. Aún pidió al otro que lavara el desastre de la colcha y las sábanas, pero aquel se negó rotundo.
—Es lo tuyo —le recordó Arnold—, si fuera de otro, sería comprensible, pero es lo tuyo.
Arnold se dio un veloz duchazo entanto que el otro, pensando quién sabe qué, esperaba acostado en la cama, y luego, mientras ya se peinaba, Arnold descubrió que el personaje adquiría otro aspecto, una nueva personalidad: ahora era el muchacho vestido que Arnold encontró en el restaurante del zócalo, pero lucía sobrio del todo, parecía encarnar una nueva etapa de su vida o haber vuelto a la que en realidad habitaba; dijo ser empleado de gobierno, en finanzas, dedicarse a revisar rutinariamente documentos, habló de un amigo mucho más atractivo que él que podría interesarse en conocer a Arnold, un perverso mucho peor, le dijo, y propuso tal encuentro para el futuro, estarían los tres, sería todo increíble.
Arnold, sin apartar sus pensamientos de la enfermedad que debía aquejar a ese joven, sintiéndose de algún modo lleno de aquel misterio indeseado, asentía desde lejos: su mente intentaba estar ya en el encuentro literario que iniciaría en breve, mas la sospecha de la enfermedad del personaje lo envolvía en un dominio ubicuo que infestaba el conjunto de sus pensamientos. Tonto, algo peor aún, por haberse dejado arrastrar en aquella aventura estrambótica; prácticamente nunca cometía extravíos, pero, comprendió con cierto dejo de simpatía por sí mismo, cuando algo ocurría, aquello siempre terminaba involucrando elementos grotescos, tragicómicos, inolvidables, tal como exclamó su expareja cuando, de vuelta en su provincia, le refirió lo sucedido. Todavía el otro le preguntó si escribiría sobre lo que había pasado, a lo que Arnold respondió con ambigüedad; el personaje hizo que Arnold anotara su correo electrónico y acordaron que, de decidirse a escribir algo, le enviaría el texto a fin de que el personaje diera su aprobación.
Se dispuso para la huida. Nadie en el hotel podía enterarse de lo que dejaban allí; le pidió al otro que escaparan con prontitud, ya que él, escritor con todos los dengues del que se inicia en el mundo literario, no podía comprometerse a nada. Bajaron entonces las escaleras, dejó la llave en la recepción con gesto desparpajado, sonriente, anunciando que volvería más tarde pero llevando consigo la pesada maleta, y pronto, por fin, estuvieron en la calle. No sabía Arnold hacia dónde dirigirse y no quería tampoco revelar su destino: se sentía con una absoluta necesidad de estar solo, lejos del que había visto casi morir, su cuerpo le exigía la soledad morbosa de dedicarse a temer por lo que pudiera ocurrir luego de lo vivido junto a él. Era preferible mostrarse igualmente sereno a fin de poder escapar por las buenas. El otro recordó haber visto propaganda del evento al que Arnold se dirigía y anunció que se encontraban a sólo una calle de distancia; habiéndose negado Arnold a que su amigo le hiciera compañía, el personaje dio indicaciones sencillas a fin de que llegara sin problemas y, como último gesto, al parecer ya olvidado de todo, dio su teléfono, confirmó su correo electrónico y Arnold anotó el número en los contactos de su celular. Concluyó proponiendo que por la noche le telefoneara para volver a encontrarse, pero Arnold, si todo marchaba sobre ruedas, pensó, estaría para esos momentos con el escritor famoso.
El personaje llamado Jorge se despidió como si tal cosa. Arnold todavía vio, por espacio de dos o tres segundos, su figura alejándose sobre la calzada para alcanzar la acera de enfrente, tras lo cual corrió hacia la zona indicada, temeroso de que el escritor famoso estuviese ya ahí, pero temiendo más aún que el personaje llamado Jorge lo siguiera para saber a dónde se dirigía, para aparecérsele de nueva cuenta, por siempre, en el instante menos esperado: temor que no se vio confirmado en la realidad.
Se vería obligado a cargar con el peso incómodo de la maleta entre gente liviana durante el evento, gente que no habría visto lo que él, pensado, padecido ni gozado lo que él, pero, una vez llegado al lugar acordado con el escritor famoso, sin verlo por ningún lado, comprendió que el evento se retrasaba por alguna razón y decidió buscar alojamiento.
Al ir caminando supo Arnold que aquello sin duda había sido un encuentro real, pero que las circunstancias no diferían demasiado de aquellos encuentros de sexo virtual en cámaras, donde normalmente sólo se ve un cuerpo sin cara con el que es posible pasar un buen rato acaso hasta memorable: si no había ninguna de las consecuencias que temía, si decidía no escribir nunca lo sucedido o escribirlo sin cumplir la rápida promesa de enviárselo, el tal Jorge comenzaría a significar todo lo contrario de lo que llegó Arnold a temer: un cuerpo hurgado que nunca vería muerto ni mucho menos morir. Para ese cuerpo de muerte desconocida, Arnold sería otro tanto.
IV
Encontró un hotel cercano y limpio a cierta distancia. Se registró y, sin poder apartar de su mente la sensación de peligro que le quedaba como rescoldo de lo recién vivido, sintiendo que albergaba un mal imposible de erradicar pese a haberse mantenido siempre en un contacto prudente ante el personaje, subió a su habitación, nervioso, lleno de cavilaciones, pudiendo gesticular por fin con libertad la estupefacción que aún lo dominaba.
Tomó el libro de Thomas Mann y lo abrió en la página 234 para cerciorarse del párrafo donde Leverkühn describía al diablo y volvió a leerlo: Es otro, más pequeño y mucho menos elegante. No produce, en conjunto, el efecto de un caballero. Pero el frío me sobrecoge continuamente. Se sintió presa de algo indefinible, del libro maldito, del destino, de su incauta actitud desolada que siempre encontraba sin buscar aquello de lo que vivía preservándose a diario.
La lectura de la novela volvió a arrastrarlo pese a la hora y, no bien llegó a la página 236, fue acorralado en otro de esos instantes en que sentía que el libro le hablaba sólo a él, en un tono absoluto, casi de manera personal, en una especie de susurro que sin embargo terminaba recibiendo en calidad de grito atronador: No te dejes llevar por tus ilusiones y no dejes, sin más ni más, que te abandonen tus cinco sentidos. No se trata de ninguna enfermedad. Después del pequeño tropiezo que tuviste, gozas de una salud excelente propia de tu edad. No quisiera además cometer ninguna falta de tacto. Cualquiera sabe lo que es la salud. Pero en todo caso una enfermedad no empieza de este modo. No tienes sombra de fiebre ni hay motivo para que la tengas nunca.
No tuvo fuerzas para continuar con la lectura, aunque sí releyó tres veces el fragmento. Se desplomó en la cama, limpia y solitaria, de ese hotel, herido por el nuevo embate que le regalaba o cobraba la novela: supo que ésa era la verdad, aunque fuese el diablo quien la promulgaba. A los pocos minutos se despabiló y, diligente, recobrado, de nuevo receptivo, cumplió con el cometido que realmente lo llevaba a ese lugar.
