Lo encontró en la cocina, entre el refrigerador y el cubo de basura. Estaba en cuclillas, desnudo, comiéndose un mango con las dos manos. Chorreaba por los codos. No dijo su nombre. Tenía la espalda curtida por el sol o por la mugre. El pelo lleno de harina. No parecía escapado de ningún lugar. Parecía haber vivido siempre ahí.
No se alarmó. Encendió un cigarro y lo observó desde la puerta. El otro seguía lamiendo la fruta, mordía con las muelas traseras, como un niño que nunca aprendió a masticar. Esa noche durmieron en el sofá. No juntos. No separados. Sin hablar. Uno sobre el respaldo y el otro sobre los cojines. Cuando amaneció, estaban pegados por el sudor. Se quedó. Lo dejó quedarse. Durante días el cuerpo apareció donde no debía. Abajo del fregadero. Dentro del armario de las escobas. En la caja del gato. Le gustaba frotarse con las toallas húmedas, con las esponjas sucias, con las fundas de las almohadas. Se masturbaba con lentitud, como si estuviera rezando. Dejaba charcos tibios en las sillas. Mordía las patas de la mesa. Se rascaba con la puerta entreabierta, se orinaba encima del sofá para marcar su territorio. Todo sin decir una palabra.
Él lo observaba. No lo echaba. No lo tocaba. Le daba comida. Le dejaba agua en un plato hondo. Lo escuchaba gemir por las noches, como si algo adentro le estuviera moviendo los órganos. Una tarde de calor, cuando ya la casa olía a corral y la lavadora dejó de funcionar, el cuerpo se arrojó sobre el otro con furia. No fue sexo. Fue algo más primitivo que eso. Más necesario. Se lamieron, se rompieron, se metieron los dedos en la boca hasta vomitar, se succionaron los miembros, se chuparon las testillas, los testículos, las nalgas. Se perforaron todos los agujeros del cuerpo. Mil embestidas, puñaladas de carne. Terminaron abrazados en el suelo de la cocina, con los testículos pegados al linóleo.
Después vinieron los días sin sol. Se encerraron. La carne empezó a oler a prisión. A sopa fría. A encías podridas. Uno dormía en el horno y el otro en la bañera. Se olían antes de besarse. Se comían los pellejos. Se gritaban sin decir palabras. Pasaron semanas así. Nadie tocó la puerta. Nadie preguntó. Solo ellos dos y los sonidos del cuerpo: el crujido, el escurrido, la flatulencia, el grito seco como cuando algo no entra o no sale.
Un día, el cuerpo dejó de existir, pero dejó un olor pegado al colchón. A las paredes. A las manos. Y él se quedó ahí, quieto. En la misma posición en la que lo había encontrado, con un mango entre las piernas, esperando.
