Una fantasía textual en el cruising de los pinos

Un lecho de muerte donde el arrebato carnal festeja el deseo con las reapropiaciones de una novela infravalorada. El paisaje con muchacho al fondo que pinta Franz Xaver Canela (Barcelona, 1973) es un relato que atraviesa al cruising con la literatura.

Ya no iba a menudo por allí, pero ese miércoles tuvo un presentimiento y sus pasos le llevaron a ese bosquecito ameno junto al río. Se sentía bien e incluso parecía que algunos achaques de su enfermedad le estaban dando tregua. Se adentró en el bosque tras observar, desde lejos, la presencia de un chico. Se detuvo junto a un pino de grandes dimensiones. Fue el muchacho quien se acercó y pasó muy cerca del hombre, exhibiéndose. Llevaba unos tenis de un blanco impoluto, un suspensorio de color azul, y una mochila donde había puesto todas sus otras cosas. Su serena belleza le impactó y, de inmediato, se puso a seguirlo. El jovencito lo guio hacia un lugar más discreto. No dijeron ni una palabra. Solo se escuchaban en ese bosque los pájaros cantando y algún insecto pertinaz.


De vuelta a casa pensó en el lindo muchacho. Su cara le resultaba familiar, pero no podía asegurar haberle visto nunca, fuera de aquel sitio de cruising. Tenía una sensación extraña ese viernes, tras cuarenta y ocho horas sin ver al chico. No se sentía muy bien, pero pensó en ir al bosque aunque no era seguro que el precioso efebo acudiera. ¿Por qué no intentarlo? Sacó fuerzas de flaqueza, se vistió y se puso en camino, pero no lo halló. Solamente vio a un señor y a un jovencito intercambiando miradas lascivas y solazándose impúdicamente ante su atenta mirada, pajeándose mutuamente en un claro del bosque.

Imaginó que aquellos impúdicos no eran realmente personas desconocidas, sino él mismo y su admirado ignoto. Este pensamiento le excitó y, como tuvo una erección, empezó a masturbarse. Pero pronto volvió a la realidad de los rostros obscenos de aquellos lúbricos personajes y se sintió mal, cesando en su quehacer onanista. Ya que no podía cumplir su deseo de ver a su amado allí, se batió en retirada, incómodo, apesadumbrado. ¿Sería que el muchacho iba al cruising los miércoles?

Efectivamente, allí lo encontró, con su rostro angelical, con esa boca apetecible como una fruta madurada al sol. Ahora estaba seguro de que había empezado a obsesionarse con él. Se veían en el cruising cada miércoles, como en una cita prohibida que dos amantes mantienen en secreto. Pensó en llamarle Miércoles, o quizás en preguntarle su nombre real, pero: ¡qué más daba, si el chiquillo seguía recordándole a alguien! Una tarde pareció dar con la respuesta a su enigma. Rodeado de montones de libros en su estudio, sentado en su escritorio, tuvo una iluminación. Sí, el chico le era familiar porque en realidad era un personaje de una novela, quizás real, quizás ficticio. No se puede conocer lo que está en los límites entre la realidad y la ficción. El hombre se puso a buscar frenéticamente entre sus libros hasta que halló un tomo de unas seiscientas páginas, con la portada ya gastada y lleno de anotaciones a lápiz en los márgenes. Su rostro se iluminó con un indescriptible destello de alegría y dejó el libro encima de su escritorio con una nota encima en la que escribió: “miércoles”.


El día señalado llegó y el hombre se olvidó de su enfermedad y su pesar. Tomó un calmante y, con dificultad, se dirigió al bosque. Antes de salir había cogido la novela, cuyo autor era Hermann Broch. Redactó una pequeña nota para el chico que puso entre las páginas del libro. Le costaba respirar, pero lo atribuyó a la emoción que le embargaba su inminente encuentro con su amado, que ya no era una persona anónima, sino que tenía nombre. Lo encontró sentado en una roca, vestido con unos shorts blancos, sus habituales tenis albos y una camiseta, también inmaculada, que contrastaba con su piel bronceada, y que se había puesto, a modo de fular, alrededor del cuello. Entre sus manos sostenía el libro que el hombre le había dado dos semanas atrás. No se habían visto. No habían hablado. En el cruising no se habla.

¿Iban a seguir con ese juego? ¿O, por el contrario, habían de acordar algo distinto? Ambos estaban deseosos de hablarse, de romper el silencio que hasta ese momento había sido imperativo. Quería escuchar esa voz del muchacho y estaba seguro de que iba a ser el sonido más bello. ¿Tenía que hablar él primero para que la palabra propiciase otras bellas palabras? Pero ya entonces una gran parte del trabajo estaba hecha. La nota que el hombre puso dentro del libro había estado dando frutos. El bello joven no solamente leyó la nota, sino que siguió las instrucciones al pie de la letra y leyó también el libro desde la primera página hasta la última. Ese fue un “bautizo textual” en el que tomaría su nuevo nombre. El enfermo se acercó tambaleándose con la intención de hablarle al chico, pero, por sorpresa, fue su amado quien habló primero. Sus palabras sonaron cálidas y placenteras como una fuente de agua fresca en el cálido verano. No daba crédito al cúmulo de belleza y armonía que se presentaba ante sus enternecidos ojos y sus bendecidos oídos. “Bienvenido seas. Yo soy Lisanias, tu fiel servidor que aquí te estaba esperando para cuidar de ti. Mi querido amo Virgilio, dame tu mano. Deja que te ayude, pues el camino es abrupto.”

Incapaz de articular palabra se fue con el chico hasta la casa. Lisanias le ayudó a encamarse, le desvistió y le lavó amorosamente. No hubiera podido imaginar mayor felicidad. La linda voz del muchacho y su rostro bellísimo eran un bálsamo para su alma en tránsito. En ese estado de beatitud, sintiendo el tacto virgíneo de la ebúrnea mano, Virgilio expiró.

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