No necesitas saber nada de mí ni yo de ti, ni siquiera mi nombre, y es que esta historia es tan real como posible lo creas. Solo conoce que adoro los culos, el culo en general, y es que me da exactamente igual la forma, el color, el grosor, lo peludo o no, mientras sea un buen culo que al besarlo se estremezca y, al morderlo pida más, que me pida verga…
He deseado tanto agarrar a cada una de mis putas, las amadas, las que con un gesto desean un pedazo de mí. Comérmelos a todos, saciar esta hambre de él, aunque vaya al infierno después.
Es un jueves en mayo, hace más calor de lo usual, son las 2:30 am. Por más que quiero no puedo dormir, maldito calor infernal, me hace sentir sudado y pegajoso, no puedo más, así que me meto a bañar para salir de mi cuarto a caminar. Me visto y me pongo solo mi short, una playera y unos tenis. Tengo la esperanza en que quizá el sereno de la noche logre refrescarme. Camino un par de cuadras, pero no hay nada cerca en este lugar, solo un hospital, algunos puestos cerrados y una tienda de 24 horas casi en la esquina, cuando decido regresar a mi cuarto, veo salir a un médico, quizá terminó su guardia, sale aún con su bata, se dirige a la tienda en busca de un café o algo que le despierte.
Me pregunto: ¿cómo mantienen su bata tan blanca? Su mirada cansada o tal vez ese uniforme, algo de él, me atrapó y me hizo desearlo. Voy a la tienda a comprar algo e intentar hablar con él, lo veo en la caja así que compro un cigarro, me voltea a ver y me dice “Buenas noches” casi como si de un suspiro se tratara, le pregunto si quiere uno y lo acepta, le digo que caminemos en lo que charlamos sobre lo pesado de la noche, a lo que accede sin gran emoción. Mientras nos acercábamos a aquellos puestos solitarios, ya cerrados por la hora me comenta “Tengo mucho calor”, le digo que ni durmiendo desnudo se podría quitar aquel bochorno, con una pequeña sonrisa me contesta que “Hay más de una forma de quitarse lo caliente”, tras esa oración sabía que en esa noche algo pasaría, sin más palabras y con un gesto solo de aquella mirada cansada, fue suficiente para saber que él quería de mi carne y yo de la suya.
En una esquina, detrás de los locales, sin faros o luz, sus labios y los míos conversaban sin palabras, solamente jadeos, el calor del puerto, la brisa del mar, la luna en silencio. Bajó su pantalón, me bajé para saborear cada pliegue suyo, puso su culo contra mi cara, mi lengua saboreaba cada parte de el, dulces montañas de carne en las que mi lengua la miel de su culo probó, aún con la bata puesta me pidió que le metiera la verga; con mi saliva de lubricante se la metí entera. En aquella esquina sin testigos lo hice mi perra, su culo blanco, mi verga morena, mis huevos rebotando, mi lengua sobre su cuello, su boca lamiendo mis dedos, su mano abriendo sus nalgas, se sentía tan bien que me vine dentro suyo.
En aquel momento, mientras depositaba mi leche, en un último jadeo le exigí que me dijera de quién era, sólo contestó “Tuyo”. Mi semen escurriéndole lo confirmaba, sabía que quizá nunca más lo volvería a ver pero estaba marcado por mí. Aquel medico de bata blanca con mirada cansada era mío.
Para: Mi…to.
