«La piel como única bandera» de Sebas Martín

El sinuoso paisaje de las casualidades literarias —hay una, y muy significativa, en el nuevo cómic de Sebas Martín (Barcelona, 1961)— ha entrecruzado en el tiempo la publicación de la segunda parte de la «trilogía de la memoria» del dibujante catalán con la traducción del imprescindible ensayo «Un deseo desmesurado de amistad» (Anagrama, 2026) de Hélène Giannecchini. La escritora y teórica del arte francesa podría haber erigido su monumental castillo argumentativo con la vista puesta en los cimientos de «La piel como única bandera» (La Cúpula, 2026) y no le hubiera extrañado a nadie. Ambas obras comparten —una, hibridando el ensayo con esquejes de la experiencia y la otra, la dibujada, entintando los recuerdos con los resortes más fascinantes del «mélo»(drama)— una verdad de las que vuelven del revés cualquier sabiduría vital que hayamos podido ir cultivando: la mayor parte de nuestras historias como comunidad LGTBIQ+ no han sido contadas. El discurso oficial ha cercenado nuestras narrativas para amordazarlas, negándoles así la posibilidad de un pasado. Demoliendo en el olvido la transmisión de un legado. Condenándonos al abintestato.

Por eso es tan lustrosa y necesaria la continuación de «Que el fin del mundo nos encuentre bailando». Basilio y Tomaset no podían quedarse deambulando en nuestra mente por aquella Barcelona prebélica sobre la que se cernía el palio facha. Necesitábamos saber hacia dónde los empujaba el semblante azaroso de la fatalidad. En «La piel como única bandera» el dibujante de El Poblenou nos regala trescientas páginas que van directas a la biblioteca del rescate. Tanto del emocional —retrato en cinemascope sobre la amistad entre hombres donde igual asoman la cabeza el concepto clásico de lealtad y afecto desinteresado, la familia elegida o una visión del sexo franca e intrépida— como del histórico. La Guerra Civil española separa fatalmente a los dos amantes y obliga a Basilio a refugiarse como exiliado en una Francia convulsa que no acoge a los republicanos españoles con los brazos abiertos.

Páginas interiores de La piel como única bandera

Después de pasar una temporada en el campo de refugiados de Argelès-sur-Mer (a escasos 30 kilómetros de la frontera española) y en una bodega y unas viñas diezmadas por los nazis, Basilio llega a París y despliega todo un ejemplo de supervivencia que le llevará a convivir y a formar lazos de ternura, durante dos décadas largas, con caballeros de buenas familias repudiados por su «condición» que igual departen sobre James Baldwin o Coccinelle como cuentan anécdotas de los tres Jean (Genet, Cocteau y Marais). Y en esta unión fraternal es donde Sebas Martín despliega todo su armamento narrativo a partir de una extensa analepsis para disparar varios cañonazos de cotidianidad —no en vano Pura Campos es una de sus figuras icónicas— que acaban configurando una preciosa balada sobre el proceso de envejecer y la forma bidireccional en la que construimos los recuerdos y estos nos configuran.

Rebosante de personajes secundarios que actúan como afluentes caudalosos del río argumental y escarbando (como ya hiciera en su anterior novela gráfica) en el sedimento indispensable del movimiento trans que catapultó al activismo hacia los derechos que años antes eran inabordables, «La piel como única bandera» se lee con media sonrisa en la cara, un pellizco en el estómago y una llamarada en el cerebro. Humor, rabia y fogonazos que destraban multitud de emociones. Y en puridad, (como señalaba el filósofo y escritor francés Henri Bergson con el que Basilio hubiese podido coincidir por los bulevares parisinos si hubiese llegado un par de años antes) toda sensación es ya memoria. No permitamos que nos la denieguen. Habríamos sentido en balde.

LA PIEL COMO ÚNICA BANDERA de Sebas Martín. Primera edición: La cúpula, 2026. 300 páginas. ISBN: 978-84-10264-52-6

Puedes leer la reseña de «Que el fin del mundo nos encuentre bailando» aquí

 

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