Si travestimos un poco aquellas famosas palabras dibujadas por Hölderlin en su monumental elegía «Pan y vino» («Brot und Wein») que preguntaban «¿para qué poetas en tiempo de crisis?» y las reformulamos como «¿para qué teóricos culturales en tiempo de Internet?», encontraremos la respuesta en «Self porn» (niños gratis, 2026). Un ensayo atrevido, divertido, compacto y serpenteante, pequeño en tamaño (9,5 x 15 cm) y enorme en la cantidad de diálogos y debates que aviva, fruto de la cabeza amueblada (como mínimo por Roche Bobois) de Nacho M. Segarra, doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid (una de las muchas universidades públicas a las que se les asfixia dolosamente) y especialista en estudios de género.
Y es que, aunque parezca una exageración diletante comparar la letanía panteísta del groupie del Romanticismo alemán con la perfecta maquinaria reflexiva pop que arma Nacho M. Segarra en torno a las masculinidades queer y el porno online, ambas se tutean sin problema por muchas décadas que las separen. Estilos aparte (el del señor Segarra, además, es estilazo) los dos meteoros convergen con sus textos en un estallido de lucidez: somos lo que entendemos, lo que podemos decir y en última (o primera) instancia, lo que amamos. De ahí la importancia de los bardos y los analistas culturales para impedir que los mecanismos del poder transformen y se apropien de la gramática de lo posible. Lo de Hölderlin fue una oda pendular —agazapada tras una lámina de tristeza— a la fraternidad y a los afectos (los de su «más» que amigo Wilhelm Heinze). El «ensayito» del autor de «Ladronas victorianas» (Levanta Fuego, 2017) que «mezcla de manera promiscua tres grandes temas que lo atraviesan: la masculinidad, la identidad homo y la pornografía, todos revueltos con el delicioso aroma a popper de la teoría francesa, feminista y queer» acaba siendo, partiendo del hecho de que enseñar nuestras pililas en las redes sociales ha moldeado la forma de pensarnos y reconocernos, una de las reflexiones más entretenidas sobre la amistad y el cuidado de los otros que se pueden leer por estos lares.
Ambos autores han sido conscientes de que escribían desde unas coordenadas determinadas. Nacho incluso (es el espíritu de los tiempos, amigues) lo explicita: es un señoro Bi-en, bisexual cisgenero, en el que la pornografía (como nos ha pasado a muchos) «ha configurado mis deseos y me ha permitido el acceso a prácticas importantes en mi formación sexual y sentimental». Más que bálsamo profiláctico, esa explicitación vital del autor de «Self porn» es un ejercicio de honestidad que nos advierte de que en las doscientas páginas de su obra no vamos a encontrar malabares polisémicos ni loops enquistados en la correción política para intentar quedar bien con todas las corrientes de pensamiento «alternativo» dominantes. Aquí hay chicha, mucha, y se fija la mirada en una vertiente fundamental de nuestra manera de entendernos: el crossover entre pornografía (gay, indeed) y redes sociales. Si Foucault nos señaló en la «Historia de la sexualidad» que ha habido dos maneras de organizar el conocimiento en torno al sexo, bien como ars erotica o bien como scientia sexualis, Segarra dirige, ahora, nuestra atención hacia un punto de fuga que las atraviesa: «cómo el porno en red crea un ideal erótico machista y fascista con el que muchos hombres tenemos que negociar nuestra masculinidad digital».
Y en lugar de empujarnos, con sus lecturas y razonamientos, por un tobogán de conceptos rocosos y ontología peneana nos invita a irnos de excursión con Rosa Benito, La Isla de la Tentaciones, las Chatroulettes, la Rana Gustavo (o René según la latitud y longitud en la que te encuentres) del videochat de Omegle y las pajas entre colegas. A la fiesta de las neuronas también se va a sumar, entre otros muchxs, el teórico de la cultura queer João Florêncio. Entre todxs van a amalgamar un potente galvanizador intelectual —que también sirve de grito de atención a la ola reaccionaria que se nos viene encima— que trasciende lo naïf («tenemos que reforzar los lazos de amistad y de camaradería») para apuntar pinceladas de una ética del «apoyo mutuo». Una ética que puede estar o no atravesada por la identidad común o el sexo.
Nacho M. Segarra comienza «Self Porn» con una referencia acertadísima a Quintiliano: «lo que se comparte con otro deja de ser propio». Después de leer su ensayo con admiración y sorpresa, Hölderlin nos podría susurrar que «allá donde está el peligro puede crecer también lo que nos salva». ¿Nos atrevemos a buscarlo? ¡Ojalá!
SELF PORN de Nacho M. Segarra. Niños gratis*. 2026. 208 páginas. ISBN: 978-84-129059-3-9
