Oleadas de vapor

Terminaba una sesión de dos masajes. No estaba agotado, pero quería quitarme el intercambio energético de estar trabajando esos cuerpos, encima que siempre se asoma la excitación y no falta el “¿y cuánto por el final feliz?”. No tengo bronca con darles una jalada, pero hay días que simplemente no te apetece y quieres solo terminar tu chamba. Despedí al último chico y, tan pronto como cruzó la puerta, tomé mis cosas y me dirigí al gimnasio de la zona montado en mi bici.

Llegué poco antes de las 9 p.m., directo a la piscina. No hay ciencia detrás, pero nadar o hacer ejercicios de descarga después de un masaje me hace sentir mejor. Poco antes del cierre me dirigí a las áreas húmedas, solo para percatarme de que ya estaban apagadas y bailaban las últimas moléculas de vapor que sobrevivían en la atmósfera. Había dos chicos hablando. A uno ya lo conocía de mi gimnasio anterior, y cada vez que me ve con mi ex, no sé si su expresión facial muestra un atisbo de repudio o excitación. A veces no puede dejar de mirar, sin calcular cuánto tiempo lleva observándonos: solo se queda ahí, con su mirada fija, sin parpadear.

“¿Qué pasa? ¿Te traigo unas palomitas?”, me daban ganas de decirle siempre que se hipnotizaba. El otro era un chico guapísimo que también había visto en el pasado, pero nunca mostraba señales de ser “hermana”.

El chico incómodo se fue, y solo quedamos yo y el guapo. Se metió a la regadera de presión que está dentro del vapor unas tres veces, y cada vez que salía notaba cómo su miembro se hacía más y más grande, evidenciando la excitación que sentía por la escena. No sé si era de verme allí, mirándolo fijamente (porque no podía retirar mi mirada de su sexo) o por la simple escena erótica de dos hombres semidesnudos, esperando el primer paso de alguien para descargar el veneno que se encontraba en nuestros testículos.

Salió por última vez de la regadera y, dirigiéndose a la salida dijo: “Buenas noches”, sin siquiera mirarme a la cara. Pero el falo lo delataba.

Salí detrás de él. Sabía que no daría el primer paso, así que tenía que armar la estrategia de acecho. Me dirigí a las regaderas más alejadas y escondidas del gimnasio. Me cercioré de que me siguiera con la mirada y, una vez que sabía dónde estaba, dejé la puerta semiabierta para que no se perdiera en el camino al elegir la suya.

Esperé un rato.

Pasó un minuto, lo cual ya era mucho tiempo, considerando que prácticamente estaba a pasos de mí. En algún momento pensé que quizá me equivoqué con él, que no estaba tan interesado, o quizá ni siquiera sentía atracción hacia mí.

Dos minutos.

Mis ansias mordían desde adentro. Mis manos temblaban ligeramente mientras esperaba, cada segundo estirándose hasta volverse insoportable. ¿Vendría? ¿O me dejaría con las ganas otra vez? Ya casi abría la puerta para buscarlo; no suelo ser desesperado, pero es uno de los sentimientos que provoca el cruising: la sangre comienza a desbordarse del torrente sanguíneo, la adrenalina y la excitación pierden su cauce, creciendo en oleadas cargadas de deseo e incertidumbre, imposibles de contener. De repente, la puerta se abrió un poco, asomando una parte de su cuerpo; de inmediato identifiqué su ropa interior. De alguna manera, mi deseo se había materializado en el aire denso de vapor, y ahora tenía a este semental en mi bañera, con sus ganas también desbordándose y encontrando cauce en las mías.

La sensación es única. Hay un desasosiego por el miedo de que te descubran a medio acto, pero al mismo tiempo una excitación brutal en cada beso, roce y caricia. Los besos fluían desesperados y descontrolados bajo la regadera, estábamos como amantes en reencuentro después de una temporada de sequía. Mis manos recorrían cada parte de su cuerpo, dibujando la silueta musculosa que mi mente recordaba previamente en el vapor.

Gemíamos al unísono en silencio para no ser escuchados, y después de tanto jugar, terminamos viniéndonos sentados en la regadera.

—¿Qué haremos ahora? —me dijo, aún con voz jadeante bajo el agua.

—Yo salgo primero. Quédate aquí —le respondí.

Abrí las cortinas, me aseguré de que no hubiera nadie cerca, regresé para darle un último beso y salí de allí directo a perderme entre los otros usuarios del gimnasio, dejando atrás el sudor y el eco de nuestras ganas, aún prendidas en el vapor de la regadera.

⬛Relato de Juan Michel (1989, Ciudad de México, México)

¿Tienes algún comentario?

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Más relatos

Qué rico el amor

Hace calor en esta ciudad de mierda, siempre húmeda. Las calles huelen a basura fermentada, sudor y arena de gato. El piso es pegajoso, como si la ciudad también sudara y se pegara a los zapatos.

Viajero de piedra

Querido ser de cuarzo: Desde la tristeza y la oscuridad escribo esta carta que probablemente no leerás, para decirte lo que tengo que sacar de este pecho sufriente...

Epifanía del escorpión

Avanzamos un extracto de "Epifanía del escorpión", el nuevo libro de Fernando Yacamán editado por BUAP

Un delicado toque perverso (solo uno)

En la época en que Luis Venceslada se volvió un novelista famoso, conocido tanto por su buena prosa elegante, como por su mundología y por tratar en sus obras asuntos atrevidos y hasta turbios, comenzó a recibir con creciente periodicidad, una serie de telegramas -sí, telegramas- sorprendentes...