Daría #LaMaracx: «“Pasivas” es mucho más que una patada, ahí le escupí al activismo del que formé parte»

Desde Ecuador, con una mirada focalizada en la curiosidad e inmune a lo políticamente correcto, Daria #LaMaracx ha escrito "Pasivas". Un texto polimorfo, abrasador e ingeniosamente entretenido en el que macera memoria y ensayo para servir una filigrana explosiva que eleva la pasividad al fecundo territorio de la insumisión y desbroza la mansedumbre. Exudando una suerte de erótica del lenguaje y reapropiándose el rol simbólico del ano, "Pasivas" deviene una virguería híbrida cuya onda expansiva arrasa con la equidistancia.

Daría #LaMaracx escribe sin hipotecas. Su libertad —un ejercicio diario de equilibrios y desgastes en un país, Ecuador, cuyo Estado ha lanzado al ejército y a la policía a la calle tras el «extraño y peculiar» asalto por parte de narcotraficantes a una cadena de televisión y que, de momento, ha supuesto centenares de detenciones y decenas de muertos— se engarza con su remarcable formación autodidacta para generar pequeños aullidos de pensamiento. Bien sea bajo la forma de crónicas o artículos para la revista digital feminista laperiodica.net o bien, cristalizados en uno de los ensayos (¿ficcionados?) más interesantes de los últimos meses. Haciendo suyas aquellas palabras de Foucault en las que nos sugería que «es posible hacer funcionar a las ficciones en el interior de la verdad» y envuelta en la seductora y revolucionaria boa de plumas de Guy Hocquenghem que, a principios de los 70 del siglo pasado, nos conminaba a entender el rol sexual pasivo articulado en torno al ano como fundamental «en la batalla contra todo el armazón del poder patriarcal capitalista occidental». Daría #LaMaracx ha compuesto un libro al que acudir para no aceptar acríticamente lo establecido por la corriente dominante LGTBIQ+. Una pasarela reflexiva por la que desfilan temas controvertidos y apuntes afilados sobre la enseñanza, los hombres, Grindr, las identidades, las maneras de ser y la memoria de las viejas trans. Una mentira travestida de verdad horadando la realidad con Lemebel al fondo.

¿Cuándo y cómo surge la necesidad de escribir?

Hace poquito «Pasivas» se presentó aquí en Quito. Las compañeras de laperiodica.net me hicieron una entrevista con público en vivo y yo les dije a las personas que asistieron a la presentación que me sentía como una usurpadora. Acá en Latinoamérica, ese es un concepto muy presente en las telenovelas. Esa mujer, femme fatal, que regresa de la muerte o del exilio o que es una princesa atrapada en el cuerpo de una mendiga que viene a usurpar el terreno, el poder, el cargo o el marido. Soy eso: nada más que una usurpadora. Porque ni estudié literatura, ni terminé mi carrera en Comunicación (por decisión propia) y además fui expulsada amablemente de la universidad. El ejercicio de la escritura nunca estuvo presente como un objetivo a largo plazo. Creía que no tenía ni de qué escribir ni sabía cómo hacerlo. Además sucede que el entorno literario del Ecuador y, sobre todo, el de Quito («capital cultural del país») está muy bien definido. Se sabe quiénes pueden escribir y sobre qué temas y quiénes no. Hay como una generación de escritores reinante que cambia cada 15 años más o menos. La de ahora es una generación compuesta mayoritariamente de hombres con experiencias públicas de vida heterosexual que se han atrevido a tocar temas LGTBIQ+. Ellos son los que han escrito sobre personajes homosexuales y han hablado de sus relaciones e incluso han creado personajes de ficción trans, en el mejor de los casos. Pero hay poca presencia de figuras literarias que se reconozcan a sí mismas como maricones o como hombres gays. Hasta ahora nadie se ha reivindicado desde su rol sexual. Así que, no sé muy bien cómo llegué a escribir este libro pero no puedo evitar pensar que simplemente soy una usurpadora en la escritura.

Pasivas de Daría LaMaracx
Público en la presentación de «Pasivas. Bitácora Sexual» en Quito (Ecuador) 15/12/2023 © Karen Toro A. para «La Periódica».

«Pasivas» es una suerte de ensayo que también podría encuadrarse en la auto ficción. Es un bello artefacto cruzado, cambiante, que seduce ya desde su misma estructura y fascina al observar cómo lo afrontas. ¿De qué manera se gestó?

Salió a través de la mentira. A comienzos de 2023 contactó conmigo Daniel Galeas (editor de Kikuyo, una editorial independiente y artesana que realiza un trabajo híbrido entre Ecuador y Chile) y me comentó que le gustó mucho un texto en particular que había compartido en la revista digital donde escribo. Era un texto escrito a dos manos por mí y la editora Jeanneth Cervantes que surge como un ejercicio de correspondencia entre ella que se reconoce como mujer lesbiana y yo, que en ese momento, me reconocía como travesti. La idea era hacer una sátira del contexto político e identitario para publicar en el mes de octubre ya que aquí, como en España, se conmemora el octubre trans y el día 13 de ese mes se festejan las Rebeldías Lésbicas. En esas misivas empecé a jugar con una voz que no era exactamente la del periodismo y con la que yo no sabía que estaba haciendo ensayo porque también contenía elementos de ficción y de barroquismo a la manera de Perlongher.

Cuando desde la editorial me preguntaron qué tienes escrito, yo les mentí. Les dije que no tenía nada pero que llevaba una especie de diario, de bitácora sexual. En realidad solo era una libreta donde apuntaba las características físicas y los rasgos emocionales de los amantes con los que yo cogía porque de alguna manera enlazaban con memorias mías, o con situaciones que había vivido. Solo eran apuntes. Así que «Pasivas» comenzó con eso. A mitad del camino de creación entendí que existía la posibilidad de jugar con el ensayo porque tenía muchas cosas más que decir. Pero de entrada no supe que iba a terminar siendo una bitácora en la que colocaría mis memorias, auto ficcionadas también, sobre la relación con mi padre o sobre la figura del padre o la de otros amantes. «Pasivas» no fue un proyecto que se cocinó durante años. Es el trabajo de un solo año y el resultado de un juego constante de conversaciones con mi entorno. Yo iba leyéndole «Pasivas» al oído a mi editor que no vive en mi país. Ese fue el método que usé para avanzar, leer al oído. Ahí hay una eroticidad que propiamente está en la escritura y que me gusta rescatar.

«A la hora de escribir ponía esa música y así era mucho más fácil agarrar figuras y memorias. Y entendí lo que cantaron esas mujeres en su propio contexto a partir de lo que yo quería indagar sobre los hombres. Porque creo que lo que une mi escritura a estas intérpretes es la esclavitud en la que nos encontramos en nuestra relación erótica con los varones. Coger con los varones es una esclavitud.»

Muchos de los textos de «Pasivas» están punteados con letras de canciones de Rocío Jurado, Mónica Naranjo, Marian Ruzzi… Y leerlos escuchando esas canciones es una experiencia apasionante porque los párrafos adquieren matices nuevos ¿A qué responde está presencia musical en el libro?

Esas canciones que aparecen en «Pasivas» no me acompañaron durante toda mi vida. Esa música la escuchaba mi mamá en alguna ocasión muy particular. Pero no era música de la que yo fuese extremadamente fan. Cuando comenzé a rebuscar en las memorias de la eroticidad del cuerpo brotaba esa música. A la hora de escribir ponía esa música y así era mucho más fácil agarrar figuras y memorias. Y entendí lo que cantaron esas mujeres en su propio contexto a partir de lo que yo quería indagar sobre los hombres. Porque creo que lo que une mi escritura a estas intérpretes es la esclavitud en la que nos encontramos en nuestra relación erótica con los varones. Coger con los varones es una esclavitud. Y por eso quería sacar a colación a Michel Foucault en «Pasivas». Aunque pareciera que él solo es el filósofo de la teorización del poder y aceptando que es un historiador bien malcriado porque hace lo que le da la gana con lo sucesos históricos, a mí no me gusta olvidar que él era una mariquita en un contexto donde la homosexualidad no era solo mal vista y perseguida sino que respondía a un anhelo que ya se perdió. Había algo en ese contexto de los 70, en la crisis de la izquierda radical francesa, que ponía mucho en tensión. Ahí donde parece que las maricas eran extremadamente sometidas aparece la figura de Guy Hocquenghem y se configura una postura radical sobre la abolición de la familia. No puedo dejar de pensar en lo interesante que pudo haber sido el devenir homosexual en ese contexto europeo colonial. ¿Y qué nos queda ahora? El amor es el amor, el matrimonio igualitario y soldados gringos gays invadiendo y asesinando en Palestina.

¿Has pensado dónde van a colocar «Pasivas» en las librerías con ese título?

Cuando comencé con la escritura del libro yo tenía claro que «Pasivas» era su título. En ese momento le asigné un subtítulo —«bitácora sexual travesti»— que luego rechacé. En la editorial me decían que podía ser muy oportuno para ubicarlo, para darle un registro, para que fuera más fácil invitar a su lectura. Pero decidí que no. Tenía que ser «Pasivas. Bitácora sexual» y punto. Primero porque creía que subtitularlo «bitácora sexual travesti» no era muy honesto. Segundo porque parecía muy soberbio. Y tercero, y sobre todo, porque no hay algo que se pueda decir que es travesti. No se puede definir la travestibilidad de las cosas, de las personas, de los seres. La travesura travesti se hace en el acto, se practica, da igual si al final del día tienes una vida de heterocurioso o vives en el closet. Igual puedes practicar el travestismo. De hecho, lo hacemos constantemente. El travestismo no tiene que ver única y exclusivamente con expresión de género con la que juegas para la eroticidad. Colocarle «travesti» en el subtítulo me parecía una cárcel y además a mí me cae muy mal el movimiento LGTBIQ2S+. Recalco lo de 2S porque el presidente de Canadá ha decidido incorporar a las siglas a esta identidad indígena u originaria de los dos espíritus. Las ha colocado en su lenguaje. A mí no me interesa hablar el lenguaje del amo. En este caso el del presidente de Canadá que, además, ejecuta un acto muy noble y colonizador en Ecuador: dotar de fondos a organizaciones LGTBIQ+ para así liberarnos.

Me da lo mismo dónde coloquen «Pasivas». Lo que sí me parece interesante para quien se anime a leer esta bitácora es que tenga claro que se va a encontrar algo que está bastante lejano de lo que en este momento el activismo LGTBIQ+ mainstream de redes sociales está intentando posicionar. Yo creo que «Pasivas» es mucho más que una patada; es que yo ahí le escupí al activismo del que también forme parte. Estoy segura de que no lo van a poner al lado del análisis político coyuntural, aunque algo tenga que ver. Hubo un momento en el que en las librerías había una sección sobre políticas de la enfermedad o estudios de la enfermedad o sobre la pandemia del VIH que tantas vidas de maricones afectó. Yo creo que ni ahí lo hubieran puesto.

Daria LaMaracx periodista y escritora
Coloquio sobre «Pasivas. Bitácora Sexual» en el Centro Cultural Benjamín Carrión Bellavista de Quito © Karen Toro A. para «La Periódica».

Hay en todo tu libro una reivindicación de la memoria trans, de las travestis viejas que se partieron la cara en el pasado, de lo que aquí —en España— llamamos transformistas que en contextos mucho más complicados alzaron su voz y su arte.

Sí. Hoy en día se quiere mostrar como una decencia de la nueva trans que tendría la forma de Arca, por ejemplo. La cantante y productora venezolana, hija de una familia de petroleros, que vive en Europa. Como Arca se auto percibe trans se auto percibe al mismo nivel que La Veneno. ¿Cuándo pasó eso? ¿Cuándo se ha colocado a Cristina en el mismo peldaño que a los personajes de «Pose» (Ryan Murphy, Brad Falchuk y Steven Canals, 2018-2021) —esa revisión del documental «Paris is Burning» (Jennie Livingston, 1990) llena de elementos de la familia heterosexual en la que se reivindica el amor maternal de las trans viejas a las trans jóvenes y que estoy segura que no se vivió así en aquel momento—? ¿O al mismo nivel que una de sus protagonistas, Indya Moore, una modelo joven, no binaria, trans, racializada, con mucho dinero y muy delgada? Parece ser que en este momento, ubicarse en la literatura trans, la escritura trans o la memoria trans puede ser cualquier cosa. Yo ahí no tengo nada que ver. No voy a participar de esa exquisita élite trans. A mí me interesa rebuscar qué estaba pasando acá en mi país hace 20, 30, 40 años. Y lo que sucedía (al igual que en EE.UU. o en España) era que la homosexualidad estaba penalizada. Ser maricón representaba un peligro social. Pero no serlo en sí, sino tener ese modo de vida. Es lo que explica Michel Foucault en «Política y sexualidad». En aquellos tiempos lo peligroso era el modo de vida homosexual y las travestis del contexto latinoamericano (específicamente en Ecuador, Argentina, Chile…) decidieron reivindicar el tremendo insulto que suponía ser «la travesti» que vendría a ser como la figura de la hembra mal hecha, no terminada, el hombre afeminado y excesivo, la reina loca, la cola, el maricón, la marica.

Yo, en mi contexto ecuatoriano, me sigo encontrando con putas, viejas, trans, transexuales en sus términos que a veces se reconocen transgénero, a veces transfemeninas pero a veces tan solo como maricones. Logras identificar en ellas una memoria que es muy distinta a la de la figura de Arca o a la de Kim Petras. Me pregunto cómo ante los ojos de la disidencia sexo genérica actual mainstream no es posible encontrar las diferencias y los matices entre ambas vertientes. Hay un ejemplo bastante aclaratorio. Troye Sivan con su colgante de la estrella de David presentando un vídeo musical tres días después de iniciarse la barbarie del genocidio en Palestina y volviéndose la más travesti, divina y hermosa en su vídeo musical. Creo que esa es la representación absoluta de la realidad: una figura internacional travistiéndose en el cuerpo de un hombre gay millonario y mostrando una postura política casi sionista en un contexto donde están matando y asesinando a gente en Palestina. Por eso me interesan más las viejas putas trans de este país que, poco a poco, están quedando no solo olvidadas sino que están siendo exterminadas a través de enfermedades, de la falta de vivienda, de la desnutrición y de la esclavitud del trabajo. Son mujeres de 65 o 67 años que aún tienen que dedicarse a trabajar porque el estado ecuatoriano no las ha reconocido ni siquiera como supervivientes de la persecución policial o militar, ni les ha procurado el mínimo dinero para sobrevivir. Esa es la reivindicación que yo puedo hacer, entendiendo que yo no soy eso ni estoy en su lugar. Ellas se están quedando viejas y no pueden estar escribiendo sus propios libros de memorias.

«¿Cómo salí viva del bullying en la escuela? Pienso que una parte de mí murió y se quedó sepultada ahí. No creo en esas ideas neopaganas de sanar, crecer y repararse. Nada se puede hacer excepto intentar vengarse. Y si la escritura sirve para eso, perfecto.»

Hablando de escribir… en un momento de «Pasivas» nos encontramos con esta frase: «En la universidad me volvieron a dar la lección de que no se debe leer ni escribir, solo ir a la universidad».

Pienso que la universidad ya no debería existir. Es un dispositivo de control y poder. Incluso en la educación a distancia en línea tienes que colocar tu dedo, tu firma, tus ojos para que revisen que estás asistiendo. Pienso en cómo los espacios educativos son espacios de encierro. Yo dejé la universidad en el momento en el que debía iniciar el proceso de titulación. Varias estudiantes mujeres decidieron denunciar el acoso sexual de los profesores varones porque ya no podían más. Se les exigía sexo a cambio de notas. Su demanda no era simplemente la exigencia de una reparación, de una rehabilitación justa. Ahí entendí cómo funciona el proceso de titulación, vi cómo la tesis de pregrado no es realmente algo fundamental en la vida de alguien y aunque sé que no parece la milicia comprobé cómo la universidad es un aparato represivo del Estado con sus procesos persecutorios.

Durante la universidad no leía porque no entendía lo que me estaban invitando a leer. Yo empiezo a leer cuando salgo de la universidad. Y comprendí cómo para el sistema es necesario construir sujetos débiles, entristecidos y frustrados para que puedan seguir claramente las órdenes de la subjetividad capitalista. Se ha encarnado en el cuerpo la idea de mejorar, de crecer, de volvernos millonarias todas y todos. Queremos ser Paris Hilton sin asumir los costos de vivir como ella que declara, siempre, que está harta de que la vean como una rubia tonta. Pude comprobar cómo mi cuerpo no da para tanto. Soy menuda, pequeña, vivo en Latinoamérica y no voy a llegar a eso. ¿Para qué esforzarme en conseguirlo? Ya dejé una disciplina corporal —ballet clásico— que intervenía de manera horrible en mi cuerpo. Y soy consciente de que mantener una postura crítica con la universidad (pública o privada), con los dispositivos de control y con la represión del Estado hace que me puedan calificar como libertarada o facha. En absoluto soy eso. Tiene que haber una manera de criticar los aparatos represivos sin que te conviertas en una Meloni o un Milei. De hecho, creo que la postura de la extrema derecha hacia la universidad cambiará en breve. Les interesa profundamente que las personas estén atrapadas en ese aparato. No pasará mucho tiempo antes de que veamos como fomentan una universidad manejada por ellos.

Ejemplares de Pasivas
Charla en torno a «Pasivas. Bitácora Sexual» en Quito © Karen Toro A. para «La Periódica».

Por eso, también dices en «Pasivas» que el bullying nunca acabará porque es la manera que tiene el sistema de fabricar a los hombres de bien.

Claro. Porque ¿qué podrían hacer un conjunto de varones encerrados en un espacio carcelario donde existe la figura de un guardia que es el maestro o la maestra y a los que no les permites tener un espacio de autoexploración? Sé que hay un montón de pedagogías alternativas y críticas con la situación actual pero no hay forma de que los seres humanos, atrapados en un dispositivo de poder, se comporten de manera distinta. Y en el fondo eso es un aula, una clase, ¿no? Esa es la manera en la que funciona a la perfección el sistema educativo. Yo me preguntaba cuando reflexionaba para «Pasivas» ¿cómo salí viva del bullying en la escuela? Pienso que una parte de mí murió y se quedó sepultada ahí. No creo en esas ideas neopaganas de sanar, crecer y repararse. Nada se puede hacer excepto intentar vengarse. Y si la escritura sirve para eso, perfecto. Eso me lo enseñó Virgine Despentes en «Teoría King Kong» (Grasset, 2006; Random House, 2018). Hay un montón de figuras, casi siempre femeninas, que con las violencias que han vivido han podido ser otras cosas. En el mejor de los casos han podido recuperarse económicamente escribiendo sus vivencias. Otras simplemente las han contado. Por ejemplo, el «Manifiesto Scum» (1967; Lastura, 2018) de Valerie Solanas en el que se conmina a machetear a los hombre. Posturas interesantes como las antinatalistas de la teoría queer cuando los maricones en serio deseaban acabar con este mundo y no se acercaban a las posturas filosóficas de la «Utopía queer» (2009; Caja Negra, 2020) de Esteban Muñoz en las que se conmina a soñar un futuro queer. Ojalá alguien esté leyendo «Pasivas» en la universidad y decida abandonarla para dedicarse a aprender otras cosas como la carpintería, por ejemplo. Estoy segura de que si haces otras cosas con tu cuerpo puedes producir otras también. A mí me fue muy útil salir corriendo de la universidad.

Las redes sociales y las aplicación de citas también dejan su impronta en nuestros cuerpos y ocupan buena parte de nuestro tiempo . Podemos leer en «Pasivas» que «Grindr no es más peligroso que Instagram. La moral, sí». ¿Cómo es tu relación con esta app?

Estoy casi segura que Grindr es una empresa que nació alrededor de 2009 y, si no me equivoco, sus creadores son israelíes. Tengo una relación excesivamente conflictiva con esta app. Es la misma relación que tengo con los hombres: los odio, me caen mal pero acabo cogiéndomelos. Es una muestra de esta etapa del capitalismo salvaje y voraz en la que pareciera que no hay otra manera de construir el deseo o desfogar la eroticidad. Mi relación con Grindr es una relación de adicción. No solo por el hecho de estar dentro de una app a la cacería de nuevos hombres sino por los estímulos que me brinda sobre la sexualidad. Como expongo en «Pasivas» yo pertenecía a esa religión de lo políticamente correcto que se quejaba de los hombres en Grindr que esconden su rostro o que ofenden la feminidad. Pero me di cuenta de que esa no era la cuestión principal. En Ecuador asesinaron hace un par de años un hombre gay muy joven de unos veinte años en un encuentro sexual, pactado a través de Facebook, con un desconocido que pertenecía a las fuerzas militares. Tanto los medios de comunicación como los movimientos LGTBIQ+ se sumaron a una narrativa —excesivamente católica— a la hora de explicar el suceso condensada en un: «eso le pasa por andar cogiendo con desconocidos, sabía a lo que se exponía».

Parece ser que solo hay dos maneras de posicionarse: o eres pro Grindr (y reivindicas la liberación sexual) o eres anti Grindr (y acabas siendo Bergoglio). Y a mí lo que realmente me interesa es cómo está integrado en esa aplicación ese dispositivo de control llamado GPS; la geolocalización que es la base de Grindr. A parte de borrar la posibilidad del cruising e impedir la creación de un lenguaje en torno al hecho de tener sexo público con desconocidos, gracias a esta app se nos tiene localizados con una exactitud casi total. Grindr rompe el tejido social y reconstituye otro. El régimen dictatorial venezolano ubicó los sitios de encuentro de varones homosexuales a través de Grindr para hacer batidas contra ellos (Nota del editor: el 27 de julio de 2023 la policía venezolana detuvo a 33 hombres que estaban en una sauna a dos horas de Caracas practicando sexo por «ultraje al pudor» y «contaminación sónica»). No olvidemos tampoco que Grindr tasa los cuerpos y que algunas lo que hacemos es jugar con esas formas de medir los cuerpos. ¿Cerramos Grindr pues? En ese caso cerremos Meta también, ¿no? No se puede plantear el tema de manera tan maniquea: o a favor o en contra de las redes sociales. Además, hay un montón de gente que depende de ellas bien porque trabajan ahí o bien porque son dependientes funcionales de las redes. La cuestión de fondo es mucho más grave. Grindr lo que ha hecho sobre el cuerpo de los maricones es reconstituir otra forma de cuerpo. Hay cuerpos muy adaptados a esa red social que se ven muy beneficiados y hay otros que no tanto. La cuestión es: ¿queremos ser los cuerpos adaptados y beneficiados? En Ecuador ya existen organizaciones LGTBIQ+ con espacios culturales administrados por chicos con mucho dinero que hacen alianzas con las grandes corporaciones de las redes sociales para promover charlas reflexivas sobre el amor gay. ¿Eso es lo que hay que hacer? No. Nunca hay que tejer alianzas con las grandes compañías.∎

Portada Pasivas Bitácora Sexual

«Pasivas. Bitácora Sexual»

(Kikuyo Editorial, 2023)

Afirma Iris M. Zavala en «El bolero. Historia de un amor» (Celeste, 2000) que este género musical «es un híbrido de interminables combinaciones, es lo que permite los desplazamientos, es lo que despierta lo heterogéneo, lo fragmentario, la cita reacentuada, el cruce de fronteras, la volatilización de los géneros.». Y justo eso es lo que consigue Daría #LaMaracx en «Pasivas»: abonar un punto de encuentro entre el lenguaje y lo corporal para invitarnos a huir de los nudos gordianos que introduce en nosotros el poder heteronormativo (o no). Por eso, más que calificar el primer libro de Daría de un cruce transformador entre ficción y ensayo tatuado en el cuerpo -que también-, no es descabellado afirmar que «Pasivas» es el primer gran bolero del siglo XXI. Una melodía orgánica, nueva en su ejecución e impregnada con ecos de Foucault o Despentes, que con palabras para la posteridad («Aprende de autodefensa. De cómo atarte los tacones, escalar árboles y amenazar cabrones») conjura a Wittig, Deleuze o Guattari y bucea en la memoria personal para regalarnos un hitazo redondo.

Mediante aforismos, relatos breves, micro ensayos, crónicas e incluso lírica de aire dadaísta, Daría nos invita a un juego del lenguaje compartido, que diría Wittgenstein, donde las claves mariconas que han sobrevolado las últimas décadas se convierten en llaves poderosas para abrir puertas, romper ventanas e identificar la pléyade de formas de opresión que nos cuartean. El gran logro de «Pasivas» es poner en funcionamiento todo un engranaje intelectual galvanizado por una escritura carnosa, de ribetes barrocos y adjetivos insumisos. ¿Recuerdan aquello de aprender disfrutando? Estas decenas de páginas deberían servir para que la comunidad LGTBIQ+ las leyera en voz alta, sentada alrededor de una hoguera, en la noche oscura de la asimilación capitalista y exorcizara todos sus miedos y sus equivocaciones retomando los hilos dorados de aquellos maricones que quisieron cambiar el mundo y no ser engullidos por él.∎

Puedes adquirir «Pasivas» aquí

  • Foto de cabecera: © Karen Toro A. para «La Periódica».
  • Daría #LaMaracx | Instagram

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