Ariel Florencia Richards: “Cada tránsito de género es perfecto porque ocurre cuando puede ser”

¿Se puede morir dos veces en una vida? Esa es una de las preguntas que Juana, la protagonista de la novela "Inacabada" (Alfaguara, 2023) de la chilena Ariel Florencia Richards, nos deja en un texto lleno de brillantes referencias a la historia del arte, a las cosas ocultas en obras de maestros, recovecos de museos, a muertes, renacimientos, silencios y obras inconclusas pero que, aun así, están terminadas.

Ambientada entre Santiago, Valparaíso y Nueva York, «Inacabada» sigue de forma incesante el tránsito de Juana, una mujer trans que emprende un viaje junto a su madre, con quien planea hablar de lo que no quiere hablar. El silencio incómodo, tan denso que se puede sentir en la habitación, se interpone como una muralla.

Ariel Florencia Richards, una estudiante de Doctorado en Artes en la Universidad Católica de Chile, dice que el libro tiene un 20% -señala entre risas, porque «a los periodistas les encantan los porcentajes, así que saqué uno»- de su propia historia, de su propio tránsito.

Desde una videollamada entre México y Chile, la autora entra a nuestro Cuarto Oscuro.

En el prólogo del libro hablas sobre un video en YouTube de una niña que cuenta que al decir que era mujer fue como recibir un aire que entró y se sacó hacia afuera, ¿cómo fue para ti ese tránsito, esos segundos antes de decir: soy mujer?

Creo que fue un alivio en un momento. Es como cuando se empieza a ir el verano y ya no es tan determinante tirarse a la alberca porque hace un poquito más de frío y una se tira con cierto reparo, pero se lanza igual porque es rico. Entonces creo que antes de decirlo, fue como estar ante un abismo y decir «me tiro o no me tiro». Y yo tengo una teoría, que es siempre que se va a la playa, siempre tiene que meterse al mar, independiente de qué época sea porque siempre va a ser rico, va a valer la pena meterse al mar. Y fue así: temor, riesgo, duda, y después que lo dije: alivio, plenitud, expansión.

Escritora chilena Ariel Florencia Richards
Fotografía: © Constanza Miranda

Cuando verbalizas eso, y en el libro dices ‘las palabras no eran suficientes’ y hablas sobre lo importante de narrar los tránsitos, ¿qué caminos inesperados se abrieron después de proclamarlo? ¿si tuvieras que decirle algo a la Ariel de 15 años que hoy lee tu libro, qué le dirías?

Diría que cada tránsito es cuando tiene que ser. Yo lo hice a los 37 años, y me demoré todo ese tiempo, y hay gente que lo hace mucho antes, y hay personas que no lo hacen nunca o que lo hacen en el último momento de sus vidas. Creo que cada tránsito es perfecto en ese sentido porque ocurre cuando puede ser. Yo a la Ariel de 15 años si le digo «todo va a estar bien», me va a decir que no, no está todo bien ahora. Yo en ese momento era mucho más intransigente e inmediatista que lo que soy ahora, entonces cómo esa persona me va a entender.

Para mí hubiese sido imposible; nací en dictadura, en una familia muy religiosa, en mi contexto histórico, cultural, social, no era posible que yo hiciera un tránsito en ese momento. No existía la palabra transgénero en la sociedad chilena de los 80.

¿Cómo fue el proceso de escritura de este libro con ese sentimiento de transición? Mencionabas que lo escribiste sobre el borrador Word de otras dos novelas, cuánta poesía hay en eso mismo…

Cuando empecé con el tránsito, le declaré una especie de batalla a la melancolía. No quería creer que el pasado o ciertas experiencias anteriores, habían sido mejores que el presente. Entonces, la escritura es mi práctica artística, eso es lo que me gusta hacer. Pensé que la escritura tenía que declararle también esta oposición a la melancolía, me di cuenta que guardar borradores o versiones del texto podía ser muy útil a nivel de registro, pero también era mantener vivo un pasado, y lo que estaba haciendo era justamente transformar el pasado en otra cosa. Me pareció que era súper lindo, como operación artística, no guardar versiones sino que irlas trabajando sobre la misma, como correlato con lo que me estaba pasando en la vida.

¿Qué ha sido lo más lindo de haber escrito este libro?

Lo que más me gusta de escribir libros es encontrarme con lecturas inesperadas que tengan las cosas que yo escribí. Por ejemplo, salió una entrevista escrita por Marcelo Soto y él encontró que era una novela sobre el suicidio y que las obras inacabadas podían tener una lectura con respecto al suicidio. Eso me sorprendió mucho porque la escritura yo la considero una herramienta de conexión entre personas y me pareció muy hermoso que algo que yo haya escrito generara una reflexión, que a su vez se transformara en otra cosa escrita, con otra circulación y otra experiencia y lectura. Eso convocador que puede tener la escritura, una vez que esté publicada, me encanta, me sorprende y me gusta mucho.

Es cierto, en el libro en varias partes hablas de la muerte, y hay una discusión también sobre si los tránsitos de género son una muerte de una vida pasada o una transformación, ¿qué opinas?

No te podría decir que existe una certeza con respecto a eso. También me di cuenta que la muerte es una experiencia muy particular, cada persona, cada familia, cada sociedad interpreta la muerte de distintas maneras. Por ejemplo, un amigo que leyó el libro me dijo «qué lindo que en tu vida hayas cumplido el sueño de Juana, que es la protagonista, que quiere morir para reencarnarse en ese lugar de la India». Entonces si uno pensara que la muerte involucra una reencarnación y no es algo que una debiera lamentar, sino que más bien es una celebración para el paso a otro estado, evidentemente que el tránsito tiene algo de eso. La pregunta es qué entendemos por muerte y si la entiendo como una constante transformación, evidentemente el tránsito de género involucra una muerte.

«Los pronombres son una sensibilidad clave de la identidad transgénero, que si no se respetan son como un atropello a los derechos humanos. Hay personas que insisten en omitirlo y ahí hay un sesgo en reconocer nuestra identidad, y eso me parece muy duro visto desde dónde sea»

También hay un debate abierto por encasillar las literaturas: los libros gays, los libros trans y no la gran literatura. ¿Qué opinas de esto?

¿A quién le sirve esa categorización, independiente de a la industria editorial? La industria editorial funciona con categorizaciones y así se ordena y engrana ese sistema. Pero en mi propia experiencia de lectura, ¿he leído novelas porque son novelas gays y están guardadas en mi memoria distintas de otras que no tocan temática gay? Creo que no, que la experiencia de la lectura no tiene categorías. Creo que las categorías le sirven a la industria, pero a mí en lo particular, no me llevan a ningún lado.

¿Tampoco son relevantes para un autor o autora decir ‘yo soy escritora trans’?

Si alguien lo quiere decir, que lo diga. Pero por ejemplo este libro hermoso que se llama «Vaquera invertida» (Caja Negra, 2022) de Mckenzie Wark atrás dice: la literatura trans florece en la actualidad para expandir los modos de narrar experiencias que hasta hace poco apenas sabíamos nombrar. Ya, quizá con eso podía asociarla con una especie de literatura trans para expandir las experiencias. Quizá con eso comulgo, pero no es que me mueva por el mundo diciendo «Hola, soy Ariel, soy escritora trans». Antes de ser escritora soy otras cosas y antes de ser trans también soy otras cosas.

¿Qué temas crees que preocupan hoy a la comunidad trans? A ratos se reduce todo a los pronombres y los baños sin género.

Evidentemente no estamos en un momento de diálogo con las personas que no piensan como pensamos las personas transgénero, sino que hay una oposición a la existencia y a la visibilidad de las personas transgénero, y por lo mismo es un momento muy complejo. Creo que hay una obstinación en visibilizar nuestra existencias y nuestras realidades y nuestras sensibilidades. Los pronombres son una sensibilidad clave de la identidad transgénero, que si no se respetan son como un atropello a los derechos humanos. Hay personas que insisten en omitirlo y ahí hay un sesgo en reconocer nuestra identidad, y eso me parece muy duro visto desde dónde sea.

Y con lo de los baños, a mí me encantan. Ha sido mi gran descubrimiento del tránsito, ese espacio del baño de mujeres; de hecho es algo de lo que me gustaría escribir ahora luego, sobre ese espacio que está exento de la mirada masculina donde pasan cosas que solamente pasan porque hay mujeres. Me parece un espacio muy sagrado. Y por eso creo que la experiencia de los hombres transgénero es mucho más complicada en los baños y camarín de hombres.

¿Cómo se combaten esos discursos de odio?

Me concibo una persona que escribo, no como una combatiente, a las que admiro mucho. Mi batalla va por procesar una experiencia y transformarla en texto. Evidentemente formé parte del estallido social de Chile en 2019 y he ido a las marchas feministas y me siento muy convocada a expresarme como ciudadana pero no estoy entrenada para librar batallas, estoy entrenada para ser una persona en una sociedad democrática. No sé cómo se combaten esas batallas.

Retrato de Ariel Florencia Richards
Fotografía: © Constanza Miranda

En redes sociales siempre aparecen las TERF, ¿has vivido algo de eso en tu experiencia con el movimiento feminista?

Las TERF son reales, hay personas que se sienten inclinadas a ver la vida con el pensamiento TERF. No hay que engañarse y creer que son bots: son personas reales. En mi experiencia, que jamás me sentí convocada a ir a las marchas del Orgullo LGBT, nunca fui, pero sí fui a la mayoría de las marchas feministas, en calidad primero de observadora antes de hacer mi tránsito y luego como participante, cuando había empezado mi tránsito, te diría que la experiencia presencial de estar en una marcha entre mujeres, no tiene nada de TERF, aunque hayan TERF ahí presentes. No experimenté ese odio, sino que, todo lo contrario, fui reconocida como una par más como mujer transgénero. Pero eso no quita que hay un movimiento TERF inclinado hacia los fascismos y la ultraderecha. Es una guerra ideológica que es real, que yo en la práctica no he experimentado tanto.

¿Por qué no ibas a las marchas del Orgullo?

No me sentía convocada. Convocaban a otro tipo de personas. Me conflictuaba la cuestión del concepto orgullo, no lo terminaba de entender; y después la forma que tenían esas marchas, como de carnaval, no me acomodaba. Por ejemplo, yo no voy a conciertos, las multitudes expresándose así me producen un poco de ansiedad. Me parecía que había un poco de sacarse hacia afuera y que estaba bien pero yo no me sentía convocada a participar en eso. Y a las marchas feministas a las que he ido está la posibilidad de estar en silencio, de ser un espacio más contemplativo y de reflexión, de contención. Menos performativo y más silencioso.

¿Qué proyectos tienes a futuro?

Estoy terminando mi doctorado en Artes, que ha sido muy genial porque me ha permitido explorar a través del lenguaje, la crítica artística o la escritura sobre arte, como espacios muy desconocidos, que es escribir sobre imágenes y sobre obras de arte. Y en ese sentido creo que la novela está super nutrida por mi paso por el doctorado. Me encantaría seguir estudiando. Creo que la academia es un gran lugar de acción crítica donde se genera pensamiento y comunidades y es un espacio de reflexión donde podemos mirarnos, pensarnos y también actuar.

¿Y qué va a ser lo próximo que leeremos de Ariel Richards?

Ojalá que mi tesis doctoral. Si a «Inacabada» le sacamos lo narrativo y quedara solo lo teórico, va a ser algo así. No sobre obras inacabadas, lo que yo estudio en el Doctorado es sobre artistas que rompen cosas. Y la futura novela tiene que ver con el espacio del baño de mujeres. Ahí ocurre lo próximo que estoy escribiendo.

Portada de Inacabada

Inacabada se puede adquirir en Busca Libre o en formato digital en Google Play y Kindle.

  • Ariel Florencia Richards | Instagram
  • Foto de cabecera: © Constanza Miranda

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