7 razones

«Anora»: un cuento de hadas sobre la caída

Existe una percepción, no falsa ni errada, pero sí limitante, de suponer que en toda película debería de haber un personaje con el que la audiencia se identifique. No siempre ocurre así. Las experiencias suelen ser distintas.

De las películas no hay que esperar un personaje que nos recuerde para engancharnos; al contrario, entre más lejos esté de nosotros y aun así logremos conectar, la historia se vuelve acreedora de una gran virtud: ha sido capaz de sumergirnos en la fantasía y por un rato olvidarnos de quiénes somos. Hay que permitirse vivir la piel de otro. Eso es «Anora» (2024), la película más reciente del cineasta Sean Baker. Un viaje extravagante a través de la humanidad de una Cenicienta subversiva en este siglo.

Ani “Anora” (Mikey Madison) una bailarina nudista conoce a Ivan “Vanya” (Mark Eydelshteyn) el heredero de un magnate ruso. Inmediatamente él queda prendado de ella y la contrata durante una semana como su novia divertida. Gracias al ímpetu de ese amor precoz y la química sexual entre ambos, Vanya le propone matrimonio a Ani, es ahí donde el cuento de hadas se revela en trampa.

Aquí están las 7 razones para conectar con Anora y la historia que hace realidad los sueños… y las pesadillas.

  1. Calificada como la «Pretty Woman» de los millenial, la película de Sean Baker posee una premisa similar, pero el director logra reconfigurar el romance clásico y lejos de idealizarlo aún más, nos cuenta el Lado B. «Anora» es el largo viaje de regreso mientras el carruaje se convierte en calabaza.
  2. Elogiada como mejor actriz en diversos festivales, Mikey Madison es quien lleva el peso de la película: sus gestos, sus gritos, su sonrisa, el twerking, la forma en la que camina en tacones, especialmente, la forma en la que mira. Los momentos en los que abraza a Vanya sentados en el sofá mientras él juega videojuegos son de un intenso deseo por aferrarse al mundo que no comprende. La fuerza y la confianza en el cuerpo de Ani, contrasta con la delicadeza de sus ojos que observan la fantasía venirse en picada.
  3. Pero Mikey Madison no está sola. La interpretación del coprotagonista Mark Eydelshteyn que encarna a Vanya ha sido subestimada porque el personaje es frívolo y superficial. Pero Vanya es un príncipe ruso pop, tan tierno como conflictivo, dotado de misterio, encanto y una masculinidad inmadura al final de cuentas. Al igual que Ani, la mirada de Vanya cuando está contento y deseoso se transforma con la llegada de su padrino o el arribo de sus padres: cae el temor, la rebeldía. Al príncipe se le va el encanto cuando su capricho está roto. El cuento de «Anora» es tan de Ani como de Vanya. Son dos planetas que en el descenso van despedazándose entre ellos.
  4. El resto del elenco es igual de brillante. Todo el reparto parece que nació para interpretar a los personajes. Al no contar con caras conocidas dentro del cine mediático no hay un punto de referencia: Yura Borisov que encarna a Igor parece un fantasma durante la primera mitad de la película, pero con su mirada y las muecas del rostro abona a la historia subterránea que va sucediendo; Karren Karagulián interpreta a Toros, el armenio chaperón quien es el padrino y custodio de Vanya en América. Y claro, Daria Yekamásova, da vida a Galina Zajárova, la despiadada madre del príncipe.
  5. La película recorre los géneros cinematográficos. La trama se vuelve multitonal a medida que avanza. Lo que principia como una historia romántica se convierte en una comedia hilarante y después transmuta en un drama poderoso. Los giros de tuerca cambian el tono de la película, y sus colores: visualmente se transforma de lo excéntrico a los callejones grises primermundistas. Las risas del público se hacen silencios y pasan a la ansiedad contenida y la desazón. La película es sexy, cómica, no por ella ausente de profundidad. La primera parte parece editada como un vídeo musical, la segunda tiene mucho de teatro con escenas menos cortadas, y la tercera, cargada de suspenso, prepara el tablero para acontecer el enfrentamiento nupcial. Es un viaje por las consecuencias de la noche. Vanya sabe que las fiestas se disfrutan mejor cuando no piensas en la reseca, pero Ani tiene la certeza de que, a sabiendas de la terrible cruda que te puede amanecer, vivir a tope una velada de ensueño vale toda la pena del mundo.
  6. La manera en la que conviven y combaten el idioma ruso y el inglés. La cadencia de los acentos y las peculiaridades del argot crean una interesante y pocas veces vista apuesta en el lenguaje. Un gran cruce cultural con personajes tan llenos de sátira como de humanidad: Ani es la stripper, Anora la chica con secretos y sueños; una es la mercancía, la otra el corazón. Vanya es el conquistador alegre, Ivan el hijo de los oligarcas.
  7. El guion. La historia es capaz de poner temas polémicos sobre la pantalla y tratarlos con naturalidad. Reivindica el trabajo sexual, pero no lo edulcora, pues marca la precariedad y la injusticia. Mientras a unas apenas les alcanza para la leche, otros realizan un vuelo intercontinental exprés para regañar al vástago. La misoginia, el poder, la familia, el sexo, y las nociones de amor son cuestionadas. Aunque todo haya comenzado como una transacción, no sería prudente negar que el romance de Ani y Vanya tiene algo de verdad: enamorarse en un idilio es fácil, sostener el amor antes de la caída es lo verdaderamente complicado del deseo. Pero la película nos llena con un sentimiento más fuerte: la fantasía de que alguien más desee regalarnos un abrazo cuando estamos solos.

Plus: los duelos físicos y verbales entre Ani y los rusos son fantásticos, pero el momento cumbre es el duelo entre ella y su suegra. «Anora» reinventa el cliché para emplearlo como recurso narrativo y retorcerlo en una historia más elegante y perversa: el camino al auténtico cuento de hadas.

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