Andy Warhol decía que “el sexo es más excitante en pantalla y entre las páginas, que entre las sábanas”. La imagen es poderosa, nos atraviesa, compromete, puede violar nuestra mirada que, según algunos eclesiásticos y artistas, es el conducto verdadero del alma. Si la hipótesis de Tesis sobre una domesticación, el libro, es ahondar en la psique de un vínculo nada ortodoxo, la pareja de la Actriz y el Abogado, la apuesta en pantalla es nadar en ese mismo duelo de emociones a través del cuerpo.
Dirigida por el también actor argentino Javier van de Couter, Tesis sobre una domesticación, la película, es la adaptación de la novela homónima escrita por su compatriota Camila Sosa Villada. En esta ocasión además de guionista, ella también es quien ejecuta el rol protagónico en pantalla, junto al mexicano Alfonso Herrera.
La película se desarrolla en espacios gigantes y cerrados; un lujoso departamento que parece una fortaleza color acero; un teatro precioso donde la obra se mira como en un tribunal. El director establece un marcado contraste entre el mundo de origen rural de la Actriz, cual Edén salvaje, con su presente ostentoso de diva. La historia es un experimento sobre la lujuria del querer.
- Estamos ante una película con un “detrás de cámara” más parecido a la producción en teatro: Camila Sosa Villada es la escritora, coguionista y protagonista. Aunque estas tareas le surgieron en diferentes momentos, ya que la iniciativa vino del director, sí representa un hito cultural para la industria cinematográfica. Tesis sobre una domesticación habla sobre una prestigiosa actriz travesti, inspirada en las vivencias y sueños de la propia Camila, quien actualmente es una de las escritoras latinoamericanas más relevantes de la década.
- Tanto el libro como la película, y se trata de una enorme virtud en ambos, dejan fuera esa tonta obsesión por el realismo. En su lugar, exploran la belleza de fantasear, la narrativa de una posibilidad, tal vez burguesa, pues las historias eróticas suelen ser hijas de la aristocracia. La película dignifica a los personajes queer al presentar el romance entre una travesti femme fatale de alto calibre con un gay cuarentón despampanante. Los dos con elevado capital económico y social. Pero la historia los muestra humanizados en sus flaquezas, anhelos y crueldad; son Lady Macbeth y Romeo Montesco.
- La sed eterna de deseo que tiene la Actriz, sucumbiendo a varios de los hombres de su vida: su director de teatro, sus hermanos, un anciano del pasado, es el idioma reinante en toda la película. Pero el erotismo no es mero espectáculo, sino los puntos suspensivos en plano cinematográfico; pese a toda expectativa de infidelidad, ella demuestra que no puede dejar de querer al marido. La tesis: el amor se vuelve tan insoportable como la ninfomanía.
- La retórica sexual importa. La mirada de Javier van Couter nos regala escenas casi nunca vistas en pantalla grande, al menos en contextos lejos de la clandestinidad o el exotismo: un beso negro, el desnudo trans, una travesti cogiéndose a un guapo homosexual en la cama de un penthouse. La escena más transgresora (para algunos) y mundana (para otras), es la orinada callejera que se echa ella, de pie, levantándose el vestido.
- Hay que precisarlo. En este mundo cargado cada vez más de (nuevas) etiquetas y disclaimer el personaje de la Actriz, que podría tomarse como una mujer trans, se autonombra como una trava. Y él, el Abogado, es el marica o el puto. Ella es hermosa y él guapísimo. Esto último no es una edulcoración del cine, sino leit motiv de la novela. La dosis para contrarrestar dicha belleza canónica son los arrebatos de violencia emocional y complicidad de pareja. Hay un vínculo donde el insulto es gesto de la pasión, no de la descalificación: “¿te gusta cómo te coje el puto?”, le dice él a ella mientras hacen el amor.
- No todo es lujo de romance, pues la narrativa del matrimonio se retuerce (bajo la mirada de unos) o florecerá (según la óptica de otras) cuando la Actriz y el Abogado adoptan un hijo. La familia está completa. Y sí, suceden las complicaciones del proceso de adopción, pero como mero tiempo de la burocracia; lo que le preocupa a la trabajadora social es confirmar que los padres estén listos para querer a un niño de 6 años.
- Alfonso Herrera ofrece una interpretación rebosante de ternura y sensualidad, pero sobre todo, su mirada es la de un padre de familia, de gusto exquisito y coraje, vuelto loco por su mujer. Camila Sosa Villada nos regala la pose de la altanería, la voluptuosidad; pero más potente es su mirada de trauma y secreto al encarnar a Pasifae entregándose al toro.
PLUS: Como en todo drama de vida doméstica, uno de los momentos de mayor tensión, donde la fantasía es cortada por el cuchillo de la realidad, sucede en la mesa. Durante una comida familiar, el protagonista del conflicto, no son ni él ni ella, es el hijo y su pregunta. Frente a la grosería de la cuñada, el pequeño dice “yo tengo eso” cuando la mujer menciona su pavor al sida.∎
Imagen destacada: Fotograma de «Tesis sobre una domesticación».

Ya quiero ver la película. Con esta perspectiva del columnista me ha dejado encantada. Que buena manera de platicar un libro/película. Bravo.
¡Muchas gracias por dejarnos tu comentario! Tanto la película como la novela la recomendamos ampliamente; fue parte de nuestra lista a los mejores libros de ficción del año pasado