Primera persona del singular

Mi primera rave sado

Afuera queda todo mundo conocido. Esa suavidad de la rutina: de las cosas que vemos a diario y que nos reconocen como parte de un universo propio, palpable.

Adentro, todo es caos. Olor. Deseo. Mucho deseo.

Son las once de la noche de un sábado de septiembre en Ciudad de México. Tuve la brillante idea de irme al centro de la ciudad en Metro, pero al llegar a la estación, me enteré que la línea que me sirve, esa noche cerraba a las 9 por pruebas de equipos. Un bus verde de apoyo promete replicar el mismo recorrido que un vagón bajo tierra. Me subo. En el camino, a medida que se aprisiona más y más gente (¿dónde va, de dónde viene tanta gente un sábado a esta hora?) me empiezo a arrepentir. Decido bajarme y tomar un Uber. Pero digo que no, qué más da, la experiencia de hoy va a ser todo nuevo. Y quiero hacerlo.

Mi primera rave.

Mi primera rave en un extinto cine del centro.

Mi primera rave en un extinto cine del centro con temática: sadomasoquismo.

Y sigo en el bus. Miro el teléfono para confirmar la dirección. Es en el Cinema Río en la calle República de Cuba, el título del evento es Sadotech y en el cartel ofrece performance, raver, calaboxxo y tres playrooms. Dentro de los organizadores están Sexto Piso, Verge y Dallas, los clubes de encuentro para hombres gay de moda en la ciudad. Allí me entrego. En mi bolsillo solo llevo 300 pesos, unas Halls, cigarros y un M, esa droga del amor que le dicen y que conseguí con un curioso dealer queer.

Cuando quiero bajarme en la estación Pino Suárez y seguir en la otra línea hasta Allende, me percato que me he perdido. Pasa directo hasta La Merced, me bajo, no veo nada familiar y el lugar no se ve muy amistoso para un gay extranjero vestido muy de negro y queer, como vi que había que vestirse para estos eventos. Hasta lentes de sol rosa llevaba en mi bolsillo. Nunca he estado ahí y entro en un mini pánico. Me acerco a un local de comida rápida y trato de pedir un Uber sin mostrar tanto el teléfono. Después de varios intentos, uno me conecta. Ahí, todavía sigo evaluando mis opciones. Cambiar la dirección de destino y seguir hasta mi casa siempre es una alternativa viable.

Alternativa que, por supuesto, no tomo.

Después de intrincadas calles hasta llegar al centro de la ciudad que sí conozco, llego hasta el añoso cine, ese donde se presentaron las películas de oro del México antiguo y que fue deviniendo poco a poco en un cine porno, y con alta afluencia de la comunidad de hombres que tienen sexo con otros hombres.

Me formo. No soy el único que va solo. Ahí conozco a Rob, un hermoso adonis de veintipocos años, asiduo a estas fiestas. Al gore, me dice. Yo, de treinta y tantos, le digo que es mi primera vez. Vais a flipar, me dice. No parece venir de España, pero sí juega con el lenguaje siempre. Y con la lengua, me enteraré en un par de horas.

Una chica con máscara de cuero y látex repartido por todo su cuerpo, entrega unas hojas de consentimiento. Estoy sobrio y leo con detención.

Esto es bajo su responsabilidad.

Usted tiene el control de la situación.

No, es no. No sé, es no. No estoy seguro, es no. Solo un sí, un ya, un quiero, es sí.

Cualquier problema de salud no es responsabilidad nuestra.

Va a haber sexo por todas partes; si eso le inquieta, no entre.

Firmo. Dejo mi nombre y una dirección. La adrenalina empieza a subir.

El siguiente paso es una pulsera de colores. Rojo es no quiero que me toques. Amarillo, es tócame solo si yo tomo la iniciativa. Verde es tócame, siempre. Elijo verde. Rob también.

Adentro todo es negro y rojo. Y huele a limpio, a cloro.

La producción de los asistentes es de otro nivel. Se pasea una persona con tentáculos inflables como si fuera la malvada Úrsula de La Sirenita. Alguien va de una versión de Batman pero con el pito al aire. Otros solo en mallas. Y hay cuero, mucho cuero, máscaras de perro, cadenas, piel. Estoy erotizado, siento una erección incipiente y ansiedad solo con esa primera vista.

En el lugar hay tres niveles. En la planta baja, una enorme pantalla blanca proyecta imágenes eclécticas y abajo un dj set con mucho metal y luces estrambóticas hace sonar acordes repetitivos, estridentes, con bajos fuertes y voces que hacen acelerar el ritmo cardiaco. Me siento extasiado y aun no estoy ni drogado.

El siguiente nivel tiene una barra y jaulas. Una jaula con colchones negros. Y un aparato que solo podría describir como un lugar de castigo y donde quien lo use queda con los brazos aprisionados, inmóviles, en un armatoste de madera con el cuerpo expuesto a todo.

El último nivel es el cine, dice un encargado. Al centro, solo pueden sentarse parejas, tríos o todos los múltiplos que vengan de ahí hacia arriba. A los costados, las personas solas o que únicamente buscan mirar. Al frente, un dj, y arriba, en la pantalla, se proyectan imágenes de muñecas inflables siendo penetradas con grandes garrotes de madera. Después vendrán muchas más videos de un porno gore, siempre haciendo eco de sexo heterosexual.

Bajo. Quiero bailar. Empiezo a dejarme llevar por el ritmo que retumba fuerte en mi pecho. Me reencuentro con Rob. Se cambió toda la ropa y quedó en jockstrap y una especie de chaleco de cuero que le cubre los hombros. Tiene bello cuerpo. Me dice que esto está buenísimo, que nunca había venido a este cine. Lo noto drogado, y yo recuerdo que también quiero estarlo y entonces lo hago.

El efecto fue rápido, menos de 20 minutos. Un recorrido tembloroso desde la cabeza a los pies y una leve baja de presión confirman el efecto. La música la siento en cada parte del cuerpo retumbando fuerte. En el pecho, en las manos, en el culo y en el pene. Miro otra vez a Rob, que también notó que estoy drogado y nos besamos. Su piel es de goma, suda suave y es como si estuviera cubierto de una resina. Afirmo su cuello y noto cómo sus venas pulsan. Sus labios, su lengua, son eternos, carnosos, se infiltran briosamente. Él me aprieta el cuello fuerte, siento que la respiración se me corta y me excito.

Cierro los ojos y conecto con la música. Rob desaparece. En el fondo fue mejor, quiero disfrutar de mí, siento una extraña sensación de egoísmo bonachón. Hoy quiero disfrutarlo todo, solo para mí, me digo.

Subo. El armatoste que asemeja un punto de castigo de la inquisición está ocupado. Una mujer desnuda, manos atrapadas y culo al aire, recibe azotes con un montón de cuero, como las fustas de los caballos. Grita. Alrededor, hay hombres y mujeres masturbándose a sí mismos y entre ellos, con el sexo al aire. Me siento a mirar. Un hombre mayor me mira y me muestra unas esposas de policía. ¿Quieres?, pregunta. Quiero, respondo. Las pone con mis manos a la espalda y empieza a masturbarme. Muy suave. Le digo que se detenga, que no tengo ganas de seguir. Suelta en el acto las esposas y cada uno sigue a lo suyo.

Siento libertad. Aquí está todo permitido.

Subo más. Me siento en la zona de solos, y empiezo a tocarme. Atrás, arriba, al fondo de la sala, muchas parejas de distinto sexo están follando. Veo a Rob chupando una verga gorda y oscura. Me excito, pero no quiero sumarme, a la distancia me toco más rápido. Una pareja me invita a pasar la valla y entrar. Me río. Estoy muy drogado, les digo. Fluye, me responde ella, antes de que su partner le chupe su teta rosada. De fondo, en la pantalla hay un fisting en primer plano. Varios miran y se tocan. Varios miran, y bailan con la música.

Vuelvo a bajar. Ahora está lleno. Y al centro de la pista de baile hay un escenario. Me acerco, hay cinco o seis personas teniendo sexo. No cualquier sexo. Hay una penetración a una persona completamente amarrada de manos y pies. Otras dos mujeres comparten un consolador mientras un hombre muy alto y con una verga descomunal las orina.

No sabría describir la sensación. Fue erotismo, pero también asco. Me siento, han pasado varias horas y el efecto empieza a bajar. Me siento en una de las butacas y miro el lugar, fumo, y dejo que la música, los sentidos, las visiones de gente libre, el pene duro se infiltren en mis venas. He tenido mi primer rave sadomasoquista y he sobrevivido.∎

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