Viajero de piedra

Federico Cendejas Corzo (México, 1989) se sumerge en el relato epistolar para escribir una carta de despedida que es también una factura emocional y un esbozo de futuro.

Querido ser de cuarzo:

Desde la tristeza y la oscuridad escribo esta carta que probablemente no leerás, para decirte lo que tengo que sacar de este pecho sufriente.

Lo primero es que me lastima lo nuestro, me hubiera gustado que la historia compartida fuera diferente, porque pudo haberse convertido en una larga novela con final feliz, pero resultó ser esta breve anécdota en blanco y negro.

Hoy es tu cumpleaños y no te voy a felicitar, pero no puedo evitar pensar en ti y saber perfectamente la fecha, tampoco recordar lo que compartimos, y a ti: tu cabello rizado y brillante que jamás estuvo en su lugar, tu olor a pan y a suavizante de ropa que tanto me gustaba, el ritmo calmado de tu voz al hablar, tus movimientos sutiles y tus pasos lentos que se sincronizaban con los míos al caminar. Me hiciste reír y sentir y vivir. Me recordaste que aún estoy joven y vivo y que puedo tener sueños e ilusiones y, claro, que sigo teniendo el deseo de amar.

Lástima que todo terminó como terminó, que tuviste que irte a tu viaje de autodescubrimiento y búsqueda y que lo que en realidad encontraste fue el calor de otros brazos, otra risa y otro cuerpo que te satisficieron más de lo que yo pude ofrecerte. Que fluiste mejor con él, según tus palabras, aunque tenías un cariño genuino por mí, me dijiste en un mensaje, que lo lamentabas, pero así eran las cosas y mucho bla, bla, bla, de disculpa y despedida.

No sé qué tan vil fue lo que hiciste, no fuiste del todo falso, de hecho te comportaste honesto desde un inicio con respecto de tu partida que yo veía con suspicacia y como un obstáculo, como algo que podría separarnos y, dicho y hecho, sucedió. No soy tan imbécil, pero me mantenía con la esperanza de que regresarías a mí, de que no me harías llorar.

En fin, creo que reaccioné bien, respondí con afecto, te deseé y te deseo lo mejor del mundo, sé libre y feliz, pero lejos, muy lejos de mí, quédate allá cerca del mar y no vuelvas nunca, pedazo de pendejo. En mi mente ahí permanecerás, en una playa perdida que jamás encontraré. Guardaré una sola de las fotos que nos tomamos, la que más me guste, para tener el registro de que un día nuestros caminos se cruzaron, conservaré también el llavero de ajolote que me regalaste, aunque quizá lo coloque en un cajón. Después, seguramente, cuando lo encuentre en un tiempo ya no me enoje al verlo.

Ahora te digo fuerte y claro que sí me hiciste daño, que me clavaste un puñal por la espalda que me desgarró la piel y que me dolió mucho, que no soy de piedra, que mi corazón es de fuego y hoy arde más que nunca y mi piel se incendia intentando contenerlo.

Que te quiero, pero dejaré de hacerlo.

Gracias por lo que diste de ti para mí, aunque no haya sido suficiente. Te advierto que no mancharás mis lugares favoritos, como no lo han hecho los anteriores, seguiré amando Chapultepec y Tepotzotlán, sus árboles y sus museos, la Cineteca y mi auto donde tantos besos compartimos.

Ya te he borrado de todos mis perfiles y termino esto en paz. Que te vaya bien, precioso ser de piedra, estás hecho de las rocas y gemas que tanto te gustan, eres de cuarzo, de pirita, de malaquita, aunque pensé que eras de carne y hueso como yo, pero si algo de humanidad queda en ti, si es cierto que me quisiste aunque fuera un poco, no te preocupes, te prometo que pronto una ola borrará las huellas que dejaste en las arenas de mi playa y ya no dolerás más.

Atentamente,

Este necio sin remedio que sigue creyendo en el amor.

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