Epifanía del escorpión

Fernando Yacamán (Ciudad de México, 1985) publica "Epifanía del escorpión". Diez relatos que son sendas invitaciones a mirar los cuerpos, los deseos y los mundos que normalmente quedan por debajo del radar. En Un Cuarto Oscuro te avanzamos, en exclusiva, un fragmento de uno de ellos.

La verga de Dimas era prieta, venosa y medio curva.

—¿La aguantas, gringo?

Mencionó jalándosela con la mano izquierda.

—Ahora tú —me señaló el gringo.

Me senté sobre el colchón para desamarrar las botas, dejé de usar calzones desde que me cogió el escorpión.

Dimas y yo desnudos frente al hombre que alquiló nuestros cuerpos, detrás de nosotros la Alameda del tamaño de una maqueta y en el cielo la luna menguante.

—Quiero verlos coger.

Dijo el gringo.

Yo podía coger con cualquier hombre, pero no había pensado en Dimas porque una noche en el 33 yo estaba borracho y Dimas hasta su madre, y me abrazó para decirme que me quería como a un hermano y nos besamos.

Porque no olvidaré cuando lo conocí en la Alameda, teníamos hambre, pero preferimos comprarnos una botella para tomarla en una azotea abandonado en el Barrio Chino, y entre beso y beso me contó su historia, y yo no podía ni siquiera imaginar lo que decía, qué huevos andar por tanto lugar culero en busca de la chaqueta americana, sabiendo que en cualquier parte del camino te matan por migrante, por puto, por prieto.

Dimas venía de Honduras. Intentó cruzar la frontera para alcanzar a su madre, que vivía en El Paso, Texas. La primera vez le dispararon en el desierto, pero él jura que la virgen de Suyapa lo salvó de las balas, la segunda lo descubrieron en el camión donde se escondía y jura que la misma virgen lo salvó de que lo mataran, lo deportaron a Honduras y en una caravana llegó al D.F.

Dimas tenía la firme convicción de que no se acostaría con un gringo, porque su madre dejó Honduras para cumplir el sueño que se convirtió en su muerte. Ella logró trabajar en una fábrica de embutidos, donde más de un latino se había rebanado un dedo, y el mito decía que los dedos de los latinos también acaban empaquetados.

La madre de Dimas ganó algunos dólares que nomás sirvieron para comer chatarra, pagar el piso que jamás sería suyo, una televisión enorme de plasma que pocas veces vio y en menos de un año se esfumó, eso quiere creer Dimas, que desapareció y que no la desaparecieron. “Las mujeres desaparecen en México, en su frontera que es una grieta hacia el infierno”. En el 33, Dimas sacaba sus demonios y sus piensos. “¿Y quién habla de las mujeres que desaparecen en Estados Unidos, la mayoría negras y latinas? Mi madre es una más de las cuarenta mil mujeres que desaparecen al año en ese país”. Con el mismo cigarro prendió otro. “¿Cómo lo sabes?”. Una cascada de humo salió por su boca. “Porque uno lee, pendejo”. “Deberías ser gobernante, necesitamos una puta sensible y documentada como tú. Dimas para presidenta”. Su rostro quedó envuelto en humo. “Jamás me acostaré con un pinche gringo”, pero con dinero baila el perro.

Yo podía coger con cualquier hombre, pero no había pensado en Dimas porque cuando nos conocimos acabamos fajando en una azotea abandonada en el Barrio Chino, Dimas había bebido para reventarse la cabeza. No sé en qué momento acabamos tumbados en el suelo, él jetón entre mis brazos, y yo viendo el cielo nublado, en ese instante me pregunté, ¿qué chingados estoy haciendo aquí? Decidí irme, pero al intentar levantarme me dijo “no”, y me abrazó el pecho, y su “no” me ancló hasta que anochecimos.

—No, gringo, eso no sucederá.

—No me digas gringo.

Dimas le dio otro trago al mezcal, se rascó los huevos y le contestó.

—Mira, Cornelio, naciste en territorio yanqui, los que nacen ahí son gringos y aunque no les guste cargarán con todas sus cruces hasta la muerte. No puedo coger con este cabrón y si no te parece nos largamos.

Desde que vi los ojos del gringo intuí la decisión que él había tomado sobre su destino.

—Coger lo hago con cualquiera, pero no con Salvador.

El gringo sacó unos billetes.

—Dimas, piénsalo.

—Si cogemos, ¿lo nuestro qué?

—Eso solo pasa en las telenovelas, y con los heteros. Nosotros somos hermanos.

—¿Y la dignidad?

—Eres una princesa de lo más guarra y ahora te vas a poner como una mártir.

—Todo se te resbala.

—Tu vida es un drama, princesa. Que en la comida el agua estaba insípida, que en el 33 la cerveza te la dieron quemada, que no te alcanza el dinero, cómo mierda te alcanza si lo usas para ponerte pendejo, que te sientes solo, verga, ¿de dónde saliste?

—Eres de los que matan al tigre y después le tienen miedo al cuero.

—Niños, ¿por todo pelean?

Dimas con el dedo índice señaló al gringo.

—Ya ves, tan buena gente que se veía el pinche gordo y sale con sus marranadas. Estos cabrones por tener dinero creen que pueden hacer lo que quieren. Yo no seré cómplice de este cerdo poniéndome de a perro para que me la meta.

—Váyanse, niños.

—Dimas, no te pongas ahora en el papel de madre superiora, solo vamos a coger.

—Lárguense, niños.

—Todo se te resbala.

—¿Y a ti no?

—Si lo nuestro te vale madres, ¿a mí por qué debería importarme?

—Solo vamos a coger.

—Órale, cabrón, pero ya.

Dimas se hincó en el colchón, al ponerme frente a él sus ojos negros fueron dos flores abiertas, el tatuaje de la rosa azul en su cuello es la inicial del nombre de su madre, con mis labios recorrí su piel, con mi lengua el contorno de una flor cósmica; nuestras vergas apuntando a la noche que abrimos con nuestros cuerpos.

“Acércate, quiero ver tus ojos cafés”.

Mencionó Dimas en mis labios.

Con las manos en su cuello palpé su latido, bajo mis párpados se iluminó la constelación del escorpión.

Abrazados navegamos la noche; marea de los cuerpos que desaparecen en la oscuridad.

Mudamos de piel para emprender un viaje a los límites donde la tierra se abre, el escorpión es una ofrenda hacia la noche, se hace polvo, se eleva con el viento, desaparece en el universo.

Las pupilas de Dimas se dilataron, su esperma se derramó sobre mi pecho, navegó por mi vientre; nos fugamos de la tierra por un instante cuando nos venimos juntos.

El gringo acarició mi rostro cuando aún tenía insertado a Dimas.

—Mi turno.

Susurró el yanqui que se jaló el pellejo del tamaño de mi dedo meñique.

—Ponte de a perro, Dimas, ¿ese es tu nombre? —El gringo embarró su mano con el semen que cayó en mi pecho, y se lo untó en su verga. —Moreno, híncate y abre las patas.

La luz de la luna menguante se filtró en la habitación; detrás de las nubes la constelación del Escorpión nos iluminó.

—¡De a perro, Dimas!

Dimas se abalanzó sobre el gringo para ahorcarlo.

—¿Quién te crees, yanqui de mierda?

Le escupió en la jeta. El gringo intentó hablar, pero Dimas lo sujetó del gaznate, sus manos como tenazas del escorpión. La cara del gringo se hinchó. “Suéltalo”, pensé decirle. La virgen de Suyapa en la espalda de Dimas tenía el rostro de piedra. Dimas enloqueció con sus manos en el cuello del gringo. “Veme a los ojos, cabrón”. Sus palabras fueron eco en la noche que me cogió el escorpión.

Con sus ocho patas me acorraló, en sus ojos resplandecieron nebulosas, su cuerpo con diminutos pelos fue manto estelar, su aguijón atravesó mi piel; la muerte en el latido de la sangre, en el universo. Las tenazas en mi cuello expandieron el orgasmo al filo de la noche; el veneno del escorpión rasgó mis ojos de infinito.

—Mátalo.

Ordené a Dimas, las venas de sus manos se marcaron como raíces en la tierra.

La constelación del escorpión ilumina a los hombres que se vienen en el abismo.

Dimas soltó al gringo hasta que se le pusieron los ojos en blanco.

—¿Está muerto? ¡Dime si está muerto! Pinche Salvador.

Dimas tomó la cartera del pantalón del gringo, sacó un fajo de billetes y se los metió en su bolsillo.

Antes de salir Dimas se puso los lentes de sol, tomó la otra botella de mezcal y salió de la habitación.

Sobre una mesa vi el periódico ¡Basta! con el encabezado: “Dos prostitutos homosexuales de la Ciudad de México asesinan al empresario americano de Gerber”, acompañado de una imagen donde las cámaras del hotel observan a un escorpión captado por la cámara de seguridad y a un costado una rubia despampanante con la frase, “Clávame el aguijón”.

El gringo estaba tirado y antes de cerrar la puerta sus ojos verdes fueron un embrujo.

Sus ojos los sueño, los pienso y bajo mis párpados me observan.

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