Hace calor en esta ciudad de mierda, siempre húmeda. Las calles huelen a basura fermentada, sudor y arena de gato. El piso es pegajoso, como si la ciudad también sudara y se pegara a los zapatos.
Como si fuera una jauría de pequeños perros callejeros, se reúnen con frecuencia los maricas del centro de la ciudad. Algunos siempre fueron de calle, otros domésticos abandonados y algunos huidos. Entre cucharadas de encebollado afirma que piensa con el ano, en realidad quiere decir lo contrario. El ano no piensa: decide. Es lógico entonces que tener un miembro dentro suyo sea para él, esencial. Y por su vehemencia, a veces, también es una urgencia.
Por eso para encontrar el amor usa el mismo calzoncillo rojo, ya con huecos, cada año nuevo. Una cábala que sostiene algo de esperanza.
Su madre tenía demasiados hijos, poco dinero y ningún esposo. Por eso a Moisés lo abandonaron en una cesta en el río Daule. Por (mala) suerte, un agente policial que recorría la zona en su patrulla lo oyó llorar y lo llevó a un Centro de Atención Infantil. Él fue quien sugirió su nombre. Moisés.
Pasaron casi diez años hasta que alguien lo adoptó.
Si estoy solo mucho tiempo – dice Moisés a su amiga una tarde mientras caminan por el malecón-, me da taquicardia, porque siempre regresan estos mismos pensamientos violentos. Su dedo calloso. El ardor. Creo, supongo, que sufrí, que me dolió. No es racional y tal vez nunca pasó. Soy un mentiroso. ¿Será que usó el mismo dedo en el que tenía su anillo de matrimonio? ¿Por eso me siguen gustando los hombres en uniforme?
Él piensa que nadie habla de estos temas porque todos están preocupados por la política. «¿Viste que encontraron 5 cabezas en Puerto López?» -le contesta su amiga.
A Moisés le importa muy poco; porque su tía murió esperando una cita en el hospital público y eso no fue noticia. Él la visitaba en su casa de un barrio marginal de la ciudad, una vez a la semana, era el único que le llevaba flores, aunque en Guayaquil mueren más rápido, y le cantaba bajito el bolero de Julio Jaramillo: «Yo sufro lo indecible si tú entristeces / No quiero que la duda te haga llorar / Hemos jurado amarnos hasta la muerte / Y si los muertos aman / Después de muertos amarnos más».
Si hubiera migrado como su hermana putativa a Estados Unidos, no podría comprar alcohol, pero aquí se preparan para ir a la discoteca con tusi, base de cocaína o, cuando hay dinero, una pastilla de M. Eme de niño Moi. Y no solo de pan vive, sino también de luces de neón de peluquería y techno chichero.
Moisés lo que espera es un hombre que al finalizar el acto deje un recuerdo suyo dentro, como una experiencia religiosa que se extiende más allá de la ceremonia, porque ahí, en el silencio, está Dios.
Por eso nunca quiere que se termine la fiesta, y el after, y el after del after, porque la realidad es una mierda. Como la que seguro saldrá cuando se vaya con ese chico del bulto grande y las manos anchas con el que ha estado rozándose bragueta con bragueta toda la noche.
Moisés sabe si un hombre la tiene grande por cómo son sus manos.
Se llama Kevin —o eso dijo— tiene acento de otro lado y una cantidad inusual de efectivo en la billetera. Su aliento huele a trago barato y cigarrillos, sus zapatos pegajosos suenan al bailar.
-Vamos a mi casa, está aquí a dos cuadras.
Ya en la habitación, las manos de Kevin, anchas, como de chapa, llevan su cabeza a la misma bragueta danzatoria. Luego, siguiendo la lucha-teatro del sexo, cuando esta por fin dentro de él, Moisés huele en las axilas de Kevin un olor a almendra. Algo parecido al amor. Igual sabe que durará apenas un instante, lo que dura el semen sucio deslizándose por el muslo. Lo mismo que un dolor de estómago.
Una vez hizo demasiado MDMA y solo podía repetirse: que rico el amor, que rico el amor. Lo repite ahora en voz baja, acostado junto al cuerpo dormido de Kevin, mientras el ventilador gira demasiado lento, ruidoso, y la humedad de la ciudad entra por la ventana rota.
“Si tú mueres primero, yo te prometo / Escribiré la historia de nuestro amor / Con toda el alma llena de sentimiento / La escribiré con sangre / Con tinta sangre del corazón”.
