Grupo de gente salta en los jardines
esperando tu cuerpo y mi agonía
en caballos de luz y verdes crines.
Federico García Lorca
Fue justo antes de llegar a la última cuesta, en el recodo de las escaleras. Se detuvo. Su gemelo en tensión se marcaba. Lo sabía, abría sus piernas desnudas. Disimulaba mirando el móvil, lo tocaba, pero te estaba conjurando a ti y los tuyos. Aún no habían cerrado los parques, estaba oscureciendo en Montjuïc. Subiste a lo más alto para contemplar el horizonte, olía a pino seco y a tubo de escape, una agrupación motera se despedía mientras tú te asomabas al abismo a supervisar los movimientos de los contenedores del puerto, pequeñas piezas de un puzle que nunca terminaban de encajar del todo.
Te hizo una señal para que fueras detrás, tan sutil que solo tú podrías darte cuenta. Entre los arbustos se abría un estrecho sendero que bajaba hacia la tapia del cementerio. Junto a los troncos veías pañuelos de papel arrugados, blanquísimos, y envoltorios rasgados de preservativos, algunos recientes, brillantes, otros descoloridos por el sol, colillas aplastadas, todos los rastros indudables y explícitos de un cruising establecido, aunque poco sostenible en aquel medio seminatural.
Nos comunicamos sin palabras todo el mundo sabe lo que hay que hacer, cuándo te puedes unir, cuándo no, si prefieres una cosa u otra. Existe una cordialidad preestablecida, casi un exceso de respeto, menos con algunos, ellos se guían por otros códigos, es más complejo, menos obvio.
Sigues sus huellas como hipnotizado, miras: sus piernas, su espalda, su culo, su nuca limpia, pisas: donde ha pisado él, por no maltratar más una tierra falta de transpiración y de oquedades. Aunque es más alto que tú consigues recorrer el camino que te ha abierto, se vuelve hacia ti dos o tres veces, quiere comprobar lo que ya sabe, que te ha convencido, que queréis las mismas cosas.
Sí. Aquí voy. Justo detrás tuyo. Voy. Siguiendo esta cuerda invisible que me has lanzado, cabrón.
No hay nada que te petrifique, nada que te devuelva a los infiernos, es una mirada igualitaria la vuestra, que os enrasa y os pone al mismo nivel de deseo: os engullís el uno al otro sin entrar a valorar nada más que el peso de la carne, la necesidad de un sexo que sepa a vegetación seca y a profundidad de mar, que sea mirado desde la presencia de otros morbos y se mantenga lo más alejado posible del amor.
Te sientes un ser salvaje expuesto a propósito para provocar, te dejas hacer, te dejas contemplar y acabas por dejarte tocar por varios pares de manos que ocupan todo tu cuerpo. Guardaste bien la cartera en un bolsillo interior, recuerdas. Los pantalones por los tobillos, la camisa abierta, manos, dedos, toquetean tus muslos, te lamen, te recorren, lenguas en cada axila refrescan tu sudor, renovándolo.
Entre los arbustos está más oscuro que en el mirador de arriba, donde aún se escucha el rumor de las parejas extranjeras, familias con bicicletas se sitúan en un plano de esa otra realidad que apenas alcanzas a intuir tan dentro de vuestro cauce. Tú acunado por brazos peludos y fuertes y de varios tonos de piel, hay manos ásperas, callosas, otras no. Juntas te levantan el ardor mismo, el estremecimiento.
Te mantienes sujeto a él, al primero, el origen, de alguna manera es tu justificación: tú solo seguiste su rastro, su olor, sus gemelos tensos, sus ojos fijos, directos, claros. Os entendisteis porque sois gente concreta, nada de rodeos, no estáis para perder el tiempo en tonterías. Te aferras a su cuerpo cuando sientes que te caes, que estás a punto de desvanecerte. Es tu vínculo. Si pudieras expresarte con poesías místicas ese momento exacto sería el sublime, el único, tan efímero que acaba al explotar. Casi inmediatamente, como insectos asustados, todos se esconden y desaparecen de allí. Vuelven las voces infantiles desde aquel arriba, en esa otra dimensión que sientes que no te pertenece. Tras los setos se oye, ¡Mamá, mírame! ¡Pero mírame! Recoges tus pañuelos sucios. Solo faltaría.
El motor de un vehículo te indica por dónde salir.
⬛Relato de Iván Hernández Montero (1977, Plasencia, España)
