Querido diario

Pocas cosas hay tan románticas como la de llevar un diario personal. José Daniel Cortés (Mexico, 1989) retuerce las fronteras entre la decepción, el hartazgo relacional y las citas gays para ofrecernos un relato escrito a boli en un Moleskine en el que la palabra amor rima con borrón.

«Querido diario, dos puntos, la cita fue un naufragio. Me llevó a pasear en bote y basta con decir que ni siquiera nos besamos. Nos despedimos diciendo que deberíamos repetir alguna vez, que sí, que pronto nos veríamos. Seguro… Ambos sabíamos que no era cierto, lo leí en sus ojos. A veces uno miente cuando no sabe qué hacer con la verdad y jugamos a ser un hasta pronto en lugar de un hasta nunca; entonces, volvimos a ser dos extraños, pero ahora con recuerdos el uno del otro.»

No valía la pena dedicarle una hoja a describir aquella cita. Lo sé. Te estoy llenando de cadáveres de ilusiones rotas enterradas en las páginas. Mucha soledad insatisfecha…

El otro día, me despertó un rayo de luz que burló la intersección de las cortinas. Saltó de la ventana al piso, recorrió la alfombra de la habitación, escaló por mi sábana y me golpeó directo en la cara durante un buen rato. Antes de que me doliera. No recordé lo que había soñado, pero mi entrepierna estaba mojada. «Ojalá que sea un augurio de mi cita de hoy», pensé.

Por la mañana, traté de apresurar el tiempo a mi favor. Quería obligarlo a seguir mi ritmo acelerado y que sus manecillas avanzaran más rápido, llegar a casa con espacio suficiente para el largo ritual de los días de cita: poner la música apropiada, elegir la ropa de acuerdo con el clima, el tipo de lugar y la hora del encuentro; recortarme la barba y el vello, tomar una ducha caliente, secarme la cara y el pelo al aire, untarme cremas en todo el cuerpo, rociarme perfume, cepillarme los dientes y hacer un chequeo final de los detalles: uñas cortas y pulcras, aliento fresco, cabello perfecto.

Cuando llegué, David ya estaba esperándome afuera. A lo lejos lo vi parado, casi inmóvil. Se veía nervioso y todo bonito. Me acerqué a él. Lo primero que encontré fue su sonrisa, estaba brevemente interrumpida por una línea oscura entre los dientes, pero era de un blanco inmaculado. Tenía una barba espesa, los ojos grandes le brillaban con una mirada limpia y coronada con largas pestañas negras y gruesas, su piel parecía canela molida. En ese momento, las luces de la calle se encendieron. Titubearon una vez y luego se quedaron prendidas. «Qué guapo estás», me dijo.

Platicamos mientras las puertas de las casas se deslizaban junto a nosotros, luego entramos a una cafetería que no sé bien cómo llegamos. Llamó al camarero y en el tiempo que esperamos explotó un silencio. Pero no de los que son incómodos, quizás era pudor. Pedimos cualquier cosa, pagamos y nos fuimos. Mi casa estaba más cerca.

Cuando entramos ya estábamos desnudos, pero alcanzamos a llegar hasta mi habitación. Nos tumbamos en la cama, lo hicimos —dos veces—, hablamos un rato y luego se fue. «Mañana te llamo», me dijo. Lo prometió mientras sus manos llenaban mis manos, y luego adiós. «Querido diario, dos puntos, lo amo».

Pasaron dos semanas desde aquel encuentro y me crecieron los pelos de los huevos esperando su llamada, que me respondiera algún mensaje. Me sentí solo. Solísimo. Frente al espejo. Siempre es uno mismo contra el espejo. El diario sobre mi escritorio también se burlaba de mí.

«¡Ojalá que estés muerto!», pensé. Luego me acordé que los muertos nunca se van en realidad, los muertos se quedan viviendo dentro de uno. De todos modos, me habría ahorrado la vergüenza de saludar como un idiota y sin respuesta a todos los rostros de la calle que se le parecen. «¡Me harté de toparme con todos los rostros que no eres!»

Los días se pegaron unos con otros hasta hacerse un mes. «¡Venga ya!», me dije. Si el amor no fue para siempre, el desamor tampoco. «Madurar es saber que no va a llamar al día siguiente», anoté. Estaba listo para mi próxima cita.

A Joaquín lo conocí en un club en el centro de la pista. Ese lugar reservado para la minoría de la minoría: los más codiciados. Era un hombre guapo y a mí me gustan los guapos. La cosa pintaba bien. Bailamos un rato y luego salimos. Los oídos se nos fueron vaciando del griterío y de la música como se vacía un tanque de agua abierto. Yo quería ir lento esta vez, primero cenamos. Después de pagar, nos fuimos a su casa y cogimos. Cuando llegué a la mía me tumbé en el escritorio. «Querido diario, dos puntos, lo amo.»

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