El gato tiró el florero de la mesita de la sala, lo hizo mil pedazos y salió corriendo como desquiciado, yo barrí los guijarros del florero y pensé que al hacerlo barría también los fragmentos de mi alma, resignado.
Ahora estoy aquí sentado en el comedor con mi soledad, las cinco sillas vacías y yo ocupando la sexta me hacen evocar los momentos en que todas ellas eran ocupadas por alguien, en las reuniones de amigos, además se volvían insuficientes, teníamos que recurrir a bancos o a los sillones de la sala para que todos los concurrentes alcanzaran un asiento y pudieran disfrutar de la algarabía. Tú brillando en medio de la casa como el anfitrión perfecto, tan amable, tan atento, tan educado.
Por la ventana entran los tímidos rayos del sol de invierno que no son capaces de calentar nada aquí adentro, mucho menos mi corazón en ruinas. El gato observa la calle y siento que te busca en cada transeúnte, quiere encontrarte a todas horas de todos los días en cualquier rincón. Sus maullidos suplicantes y su mirada profunda, insondable, me gritan su dolor y me recuerdan el mío.
Miro la foto con nuestros amigos, los dos tan sonrientes después de haber compartido momentos especiales con ellos. Ahora en las fotos tu ausencia es enorme, infinita.
Te extraño todo, echo de menos tu risa y tu manera de hablar, esa personalidad que te hacía ganar todas las batallas. Yo, eterno derrotado en el combate del amor, esa disciplina en la que no sé si llegué a ser un rival digno para ti, o por lo menos, uno, aunque sea un poco, retador.
Tú fuiste mi maestro más tierno y también el más despiadado en el arte de amarnos. Esa manera tuya de irte desnudando poco a poco, era para mí como mirar una cortina que lentamente me iba revelando las maravillas que se escondían detrás de la ventana que ocultaba.
Esa piel de bronce que brillaba y gritaba dolores secretos. Las cicatrices que eran la marca de las luchas que sí pudiste ganar: aquella de la famosa vacuna que en tu brazo lucía genial o la que tenías en el bajo vientre tan cerca de la ingle a causa de la operación por apendicitis que se me hacía tan sexy.
Tu espalda que era el lienzo hermoso del tatuaje maorí del que te sentías tan ufano después de haber pasado tantas horas de tortura para poder lucirlo cuando te deshacías de la camisa.
Tus piernas velludas y flacas, tus pies helados y cansados de todos los caminos recorridos, de los que me contaste y de los que no, porque no hacía falta, siempre supe que te llevaron a lugares a los que nunca estuve invitado: antes de mí y también estando conmigo.
Esas manos fornidas y los ojos verdes de gato con los que observabas mi alma, estoy seguro. Por eso amabas a los felinos y me enseñaste a quererlos y a descifrar en sus conductas extrañas los intrincados mensajes que nos querían mandar.
Así era tu amor: de gato. Apasionado, sensual y misterioso. Tus besos cálidos y rasposos por la barba que te quedaba tan bien. Tu saliva era mi elixir sagrado y el olor de tu piel contenía mi deseo de quedar impregnado para siempre de ese perfume tan tuyo.
Cuántas noches de placer me regalaste en nuestra cama; tu lengua buscando los rincones más insospechados lista para arrebatarme un gemido al tocar el punto específico. Nuestros juegos que transitaban por el dolor para acabar estacionados en la avenida del gozo.
Aquellos primeros momentos de anhelo en que te despojabas de la ropa interior y en que con ternura y sin prisas hacías desaparecer la mía también. Cuando afloraba poderoso y erguido el monumento entre tus piernas y que me hacía desear intensamente que los instantes en la desnudez compartida fueran eternos. Y lo eran de cierto modo. Me dejabas entrar en ti y tú lo hacías en mí como sería imposible hacerlo con alguien más. Porque nuestros cuerpos unidos en ese abrazo arcoíris de sudor, lágrimas, saliva y semen compartidos, juntaba también nuestras almas en un plano que no es de este mundo, si no que está en otra parte, alejado de todo y todos: era el reino prometido en el cielo, construido solamente para nosotros dos.
Y después de la visita a ese sitio escondido entre las nubes, volvíamos aquí a la tierra y me quedaba recostado en tu pecho hasta que tu respiración calmada me anunciaba que ahora nos tocaba entrar en otro reino: el de los sueños.
Ay, amor, cuánta felicidad viniste a repartir a este mundo, a mi mundo; cuánta tristeza esparcida también al abandonarme, al abandonarnos. No viste la luz roja del semáforo porque tú no estabas para ocuparte de las cosas terrenales y me dejaste una casa llena de tus huellas, con tus libros, con tu ropa, con tu gato y también con la botella de vino que nunca descorchaste porque la estabas guardando para una ocasión especial.
Quizás hoy sea un buen día para abrirla y brindar en tu honor, mientras tu gato, que ahora es la parte viva que atesoro de ti, ronronea en mi regazo, tomaré la copa y la llenaré del líquido semejante a tu sangre derramada sobre el pavimento y beberé hasta que no quede nada de ella, porque me invitaste a un mundo que no conocía y que no volverá, esperando que mis lágrimas se mezclen con el alcohol y que la anestesia de su efecto me haga olvidar, aunque sea un poco, cuánta falta me haces.
