Venía regresando de la facultad a casa, mi última clase terminaba a las nueve de la noche, destruido y con un cansancio terrible por aquel horario infame de viernes. Respiré profundo y emprendí, como siempre, el camino. En aquella época hacía un largo recorrido desde el sur de la Ciudad de México en donde se encuentra CU, hasta el norponiente de la zona conurbada en donde estaba mi casa. Acababa de salir del metro e hice la fila para abordar la combi. Junto a mí se sentaron un par de muchachos, ambos eran hombres y el brillo de su cara y su belleza delataba también su juventud, estoy seguro de que eran algunos años más jóvenes que yo, lo más probable era que cursaran la preparatoria. Venían agarrados de la mano y se abrazaban y besaban cada tanto.
Su imagen me conmovió, deseé con fuerzas en aquel momento, casi con las mismas que lo deseo ahora, que algún joven me tratara así de bien, con cariño y sin miedo a demostrar su afecto por mí en público. Claro que en esos tiempos que corrían yo aún no lograba deshacerme de todos los prejuicios que tenía sobre mí mismo y mi homofobia interiorizada aún latía con fuerzas sordas, aunque ya la estaba domando, faltaba mucho camino por recorrer todavía.
Quienes han viajado en una combi sabrán que la distribución de los asientos es muy extraña. Se hace una especie de círculo con todos los pasajeros sentados en las orillas, dejando el centro del vehículo despejado porque es difícil ir de pie debido a que la altura del techo no lo permite, aunque no falta el valiente que quiera hacer el recorrido de esa manera incómoda y peligrosa. En esta ocasión no fue así y cuando los asientos estaban llenos, el chofer decidió partir.
Me llamaba mucho la atención la manera en que los chicos homosexuales se hablaban y se tocaban, al tomar asiento, uno recargó su cabeza en el hombro del otro y éste le abrazó y comenzó a acariciarle el pelo. Yo no podía parar de mirarlos, me deleitaba de manera muy voyerista en aquella imagen delicada y hermosa que se me antojaba de lo más romántica. Pero el encanto se empezó a desvanecer en el momento en que el chico recargado se acercó al oído de su compañero y le dijo unas palabras que no logré escuchar, con el ruido del tráfico de la ciudad, incluso alguien que estuviera a mi lado y hablándome francamente tendría problemas para que yo le escuchara con claridad. Pero, a pesar de no poder entender lo que se decían, supe que se trataba de algo triste pues sus gestos y expresiones lo revelaban. De hecho, el joven que hablaba comenzó a llorar, las lágrimas invadían su cara. De compartir su felicidad, pasé a compartir su tristeza y creo que no fui el único pasajero al que le sucedió.
Unas paradas más adelante, después de que algunos de los viajantes bajaban y subían, abordó un hombre de unos cincuenta o sesenta años, no sabría decir muy bien, pero su pelo completamente cano era el signo inequívoco de que superaba la mediana edad. Al sentarse quedó justo frente a la joven pareja de chicos que había estado robando mi atención todo el rato.
Al ver sus gestos cariñosos, sus besos, la cabeza de uno recargada en el hombro del otro y quizá también sus lágrimas, el señor canoso comenzó a molestarlos: “¿Son hermanos?” preguntó estúpidamente el individuo. “No, señor, somos novios” respondió cabizbajo y casi que pidiendo perdón uno de los muchachos. Al oír eso, el odioso señor se soltó con una letanía que no recuerdo exactamente bien, pero que contenía dentro palabras relacionadas con Jesucristo, el orden natural de las cosas y la misión de tener hijos, es decir, de reproducirse del ser humano, entre otras palabras francamente fanáticas y homofóbicas. “¿Crees que él va a poder darte un hijo?” expresaba impaciente.
El joven que estaba llorando y que iba recargado nada más ocultó su rostro en el hombro de su compañero y el otro atinó a contestar: “Señor, ya no me diga nada, por favor.” Al oír esa respuesta y después de presenciar aquellos incómodos momentos, me envalentoné y, aunque probablemente no fuera de mi incumbencia, no podía quedarme de brazos cruzados al ver a un tremendo idiota maltratando adolescentes en una combi.
Justo en el momento en que iba a intervenir para defender a los jóvenes, el señor pidió la parada en la esquina de adelante, así que tuve que actuar rápido: “Déjelos en paz, a usted qué le importa, además, si de verdad cree en ese Dios que tanto dice usted que nos ama a todos, entonces, a ellos también los ama así como son.” El señor me volteó a ver sorprendido por mi intervención, y cuando iba a contestarme, una señora que iba del otro lado dijo casi gritando: “Ya debería de callarse, se ve que usted es un muy mal cristiano y vergüenza debería de darle estar metiéndose con unos niños que además de estarla pasando mal por otras cosas también tienen que venir a oír las tonterías de alguien como usted.” Yo volteé a ver a mi cómplice con un gesto de aprobación.
El hombre canoso, desconcertado, solamente vociferó: “La humanidad cada vez está más cerca de las llamas del infierno, arrepiéntanse y crean en el Evangelio.” Bajó de la combi y se perdió entre el asfalto de la gran ciudad.
Los jóvenes nos agradecieron con la mirada y nos quedamos en silencio.
Minutos más tarde, dio la casualidad de que mi parada era también la de ellos. Bajamos los tres y mientras subíamos el puente peatonal para cruzar el Periférico de manera segura, el muchacho que había llorado en el camino me dijo: “Muchas gracias por defendernos, eres muy valiente.” Yo sonreí y asentí amable, pero de mi boca no salió una sola palabra. Hubiera querido manifestarles mi admiración y decirles que ojalá yo fuera tan valiente como ellos.
Hoy en día, tantos años después del episodio y con muchas más experiencias encima, me pregunto qué habrá sido de esa pareja tan bonita, y también si ya soy lo suficientemente fuerte y valiente, justo como ellos lo fueron esa tarde.

Mi querido profesor Cendejas, quiero agradecerle y felicitarlo por tan exquisito relato. Leer sus textos siempre son como musica para mis oídos. Me encanta que su texto sea tan emocional y que proyecte una mera realidad en la sociedad, pero sobretodo que sea un acto de resistencia a la supresión de la comunidad. Aprovecho para agradecerle todo su aprendizaje y conocimiento impartido, no he conocido profesor más valeroso y más sensible que usted, nuevamente mil gracias.