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Chicago boy llegó a la capital de un país deshecho en la escasez de agua, sumido en el fango de la demolición y las edificaciones para comodidad de otros chicagoboys. No habla el idioma nativo pero aprendió a entender lo suficiente. La vida en su natal Chicago era demasiado costosa para pelearla y un amigo le había dicho que la ciudad de tormentas esporádicas era un paraíso para hombres como ellos, le dijo que las calles olían a tierra mojada y semen.
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Ramón salió de su casa dos horas y veintidós minutos antes de su horario de entrada. Odiaba vivir lejos de la oficina. Siempre cuestionaba el cambiar de trabajo; no lo hacía, pensaba que así era. ¡Cómo le cagaba no poder alargar la farra entre semana! Tener que pedirles favores a sus amigos para dormir en la ciudad cuando la borrachera les caía encima. Eso sí, su trabajo hacía que los pequeños placeres valieran la pena. La variedad de cuerpos que se topaba en el trayecto, la variedad de culos que podía conocer si se lo proponía en la ciudad, era inmensa.
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Chicago boy toma una ducha rápida, no por falta de agua, sino porque el peso de ese líquido local y su olor no le agradan. Talla su cuerpo blanco y musculoso. Los tatuajes lucen atractivos aun con su onda de exconvicto, de obrero a lo Village People, de actor porno de la industria. Él simplemente es un nómada, empleado de otro país a través de las pantallas. A sus cuarenta años conocía perfectamente el aroma a pastel de zanahoria que se desprendía de los prepucios de los chicos y, confesaba, lo volvía loco. No era consciente del imán sexual que representaba para los nativos, pero algo le habían contado sus compañeros virtuales: en la ciudad que huele a tierra mojada y semen, hay chicos fáciles por montón.
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Ramón tiene veintiocho años; atiende llamada tras llamada, día con día. Sabe bien que los chicagoboys no lo voltean a ver. Los topa caminando con playeras ajustadas y bermudas cada vez más cortas que exhiben unas tonificadas y lampiñas piernas. Los chicagoboys caminan lento, observan la ciudad, se ríen en otro idioma. Él fantasea con saber a qué le huelen las axilas, seguro a sudor de sándalo. Ramón no tiene tiempo para perderlo, siempre camina rápido. No escatima en gustos selectivos. Lo tiene bien claro: le van hombres más grandes. El problema con los jóvenes es que nunca sabe si cuando lo miran es para verlo por debajo del hombro o coquetearle. Lo han madreado en callejones sin salida sólo por conectar miradas con bultos.
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Chicago boy se siente acomplejado en ocasiones. Cree que ya es demasiado mayor para algunas cosas; fiestas sexuales, principalmente. Aunque la mayoría de los que acuden tienen el mismo rango de edad o son mayores que él. La agenda social después de sus horas de trabajo le permite sexo en diversas modalidades: intercambio de parejas (que lleva años sin intentar), voyerismo (que le excita más que nada), trío (en dos romano), antiguo rey del gangbang; abstinencia de días y luego deslecharse en los pectorales de otros, o en las caras barbadas, o en algunas bocas o incluso terminar a full en un par de culos. Todo a pelo. A veces ni siquiera necesita lubricante; la calentura, como dicen en el país, es tremenda. Los dulces ayudan mucho. Las inhaladas también. Chicago boy sabe que coger es necesario. Está sano, vacunado, se enorgullece de pertenecer al sector que no tiene por qué preocuparse. Coger es un lujo y obvio puede dárselo.
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Ramón ha planeado renunciar varias veces. Después de cinco años con la misma rutina y ningún cambio en su cuerpo ni vivienda ni aspiraciones creía que no necesitaba otra justificación. Ya vería cómo arreglarlo después; el Ramón del futuro se haría cargo. Tenía unas perras ganas de mandar todo por el desagüe de la chingada, a su jefe, a su familia, a sus amigos de siempre. La vida tenía que ser algo más que embriagarse los fines de semana y pagar las deudas. Unas horas con la adrenalina de haber renunciado seguro valdrían la pena. Lo merecía. Renunciar, levantarle la voz a alguien, comer fast food cara, y que un guapo le mamara la riata hasta eyacular. La gloria eterna debía ser algo parecido a ese pensamiento.
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La dieta de Chicago boy incluye pollo, berros, batidos de proteína y mucha agua. Aplica poco cardio y hace pesas dos horas cinco días a la semana.
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A Ramón una vez le cagaron el pito. El mal olor le dio asco. Lo que le gustaba de ser activo era evitar las molestias de tener que estar siempre preparado, pero a veces le cohibía no generar una erección tan fácil por lo agotado que estaba.
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Con el paso de los años, Chicago boy había aprendido lo sencillo y útiles que eran las duchas anales. Le encantaba sentirse dominado, experimentar otros caminos donde alcanzar el orgasmo. Desconocerse. Los lujos de la vida secreta.
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Cada vez que Ramón entraba a una app de citas gay le hablaban los mismos perfiles de siempre; anónimos descabezados, varones en lencería femenina, dizque curiosos ofreciéndole algún billete de doscientos pesos: “Acá pasivo con ganas de diversión a tope.”
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A Chicago boy le hablaban los perfiles visiting, aquellos que no tenían descripciones en español, los chicos fit de moda en clubes y los que ante todo ponían las barreras en mayúsculas: XL o XXL.
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Llegó el día. Ramón se apersonó con la señorita de recursos humanos. Expuso que no podía continuar con la empresa por motivos de crecimiento profesional. Creyó que la señorita lo haría entrar en razón, pero en su lugar le pidió que dejara su gafete, regresara en quince días y que el guardia lo iba acompañar hasta la entrada. Ramón salió del edificio con un porte entre alumno expulsado de colegio y un criminal de cuello blanco.
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El amigo que le había dicho a Chicago boy que la ciudad olía a tierra mojada y semen le envió un mensaje. La invitación a una cata de Popper: “Tonight, dude, inhalar y lo que se arme”.
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Ramón iba por la calle con actitud altanera. Había momentos en los que veía a ciertos hombres y decía así mismo: “dios mío, necesito coger con ellos”. Fantaseaba con besarlos, morderles el labio inferior a ver si salía algún licor de caramelo. Quería saber sobre todas las cosas qué se sentía penetrar a un hombre realmente guapo; qué se sentiría que un vato machín o fresa o un chacal carita o un ranchero buchón se la metiera hasta el fondo. Le valía verga lo que creyeran los jotos de sus amigos deconstruidos que no se cansaban de recordarle que él se ponía expectativas demasiado altas, a sabiendas de que nunca dormiría con ninguno de los prospectos que deseaba en la vía pública.
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Chicago boy dobló en una esquina; jalaba a un Golden retriever que debía regresar al departamento de una amiga a quien le cuidaba las plantas. Se agachó para recoger la popo perfecta que el cachorro había expulsado en un acto efímero y cotidiano, cuando lo vio.
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Ramón soltó un gas; estaba por cruzar la calle que lo llevaría al Metro, cuando lo vio.
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Chicago boy y Ramón se vieron.
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Ambos sostuvieron la mirada por un momento. Un avión atravesó el cielo a muchos kilómetros encima de ellos sólo para mejorar la imagen idealizada de encuentro fortuito que estaba sucediendo en la avenida. Ninguno de los dos le sonrió al otro. Uno por temor a no ser correspondido, el otro porque no sabía qué hacer cuando un hombre lo miraba con tal firmeza. Chicago boy enseñó los dientes, Ramón apartó los ojos. Se fueron.
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Así que eso se sentía ser rechazado por un mexicano. Permanecer quieto; ser humillado aunque nadie viera nada.
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Entonces el pinche gringo igual y me aflojaba, pensó Ramón, qué pendejada hice. Le tenía que haber seguido la corriente. El joven regresó corriendo pero ya no lo encontró. Estaba cagado por su falta de valor. Sabía que el gringo lo había mirado con deseo. Puta, estaba buenísimo, de seguro el cuello le olía a loción de after shave pagado en dólares o a perfume de vodka pagado vía American Express.
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Chicago boy no dejó de pensar en el mexicano de bigote mal podado y corbata apretada que lo ignoró en la calle. Supo que conectaron, pero tampoco halló escenario para continuar el flirteo. ¿Adónde lo habría llevado? No podía meterlo al departamento de su amiga la de las plantas; ir su edificio no era opción, estaba demasiado lejos para la calentura y parecía que eso tenía que concretarse en pocos minutos o se enfriaba.
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Ramón no se perdonó la tontería. La intersección de esas miradas indicaba que el ansia de desnudarse juntos no se curaría más que haciéndolo. Malhumorado abrió la app en su celular y navegó en ella toda la tarde, actualización tras actualización. Cuando entró al Metro se formó en la fila del último vagón.
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Chicago boy se tronó los dedos más de una vez durante la misma hora. Casi olvidó dejarle las croquetas al cachorro. ¡Cómo se le había antojado sentir la verga velluda que seguro el mexicano le iba a restregar en la cara!
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Fuck, dude, vente, le escribió el amigo que le había dicho a Chicago boy que la ciudad olía a tierra mojada y semen, y nuestro protagonista, fue.
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La cata de Popper se inauguró con dos frasquitos de procedencia alemana. El peculiar amigo estaba en pelotas junto a su Sugar Daddy cuando Chicago boy llegó con una botella de agua mineral y un jugo de arándano. En la misma sala estaba un hombre de entradas pronunciadas, desnudo; a su lado, otro hombre de cabello y barba blanca repleto de tatuajes, también en pelotas. Chicago boy saludó a todos; su amigo lo animó a sacarse la camiseta. El Sugar que ya se había puesto un arnés metálico abrió una página porno en la pantalla de 98 pulgadas y convocó a todos a votar qué tipo de vídeo era ideal poner en la fiesta. Luego sonó el timbre. “Danny, door”, dijo el Sugar. Entraron dos hombres, en sus treinta, uno con barriga pronunciada, el otro era un filipino con el que nadie pudo hablar más que por señas.
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Danny había colocado doce variedades de Popper en la mesita de centro a un lado de las enormes piedras de cuarzo blanco y amatista. La sala empezó a oler a nails studio. En la gran televisión un equipo de rugby con distintas tonalidades de piel pálida, rosa y trigueña masturbaba con la mano o la boca al equipo rival que tenía vello, bronceado y un Príncipe Alberto como protagonista de la cámara. Todos escupían. Luego sonó el timbre, de nuevo.
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Chicago boy se había sacado los pantalones, estaba en bóxer platicando con el Sugar que le enseñaba los diferentes tamaños y texturas de su colección de dildos. Danny recibió con un abrazo, tan lleno de ternura como de sensualidad, a un joven de pelo rizado y barbita de tres días que lucía feliz. “Él es Mario, mi colágeno”, les dijo a todos. A Chicago boy fue el único que saludó con otro abrazo. El Sugar no se escandalizó con el amante de su amante, seguramente ni siquiera había entendido el idioma. Con Mario ahí, Chicago boy supo que era tiempo de sacarse toda la ropa, siguió inhalando mientras el filipino le hacía una felación. El tatuado de barba blanca se empinaba a Danny en el balcón y el hombre de las entradas hacía lo mismo con un barrigón en la esquina. El timbre no dejó de sonar las siguientes dos horas.
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Ya eran trece personas en el departamento, y rotando. Había más de veinte frascos de Popper en la mesita; ya se acumulaban siete vasos con mezcal y agua fría en el desayunador. En la pantalla de 98 pulgadas, ahora un pelotón militar hacía de las suyas en el campamento del comandante. Todo adentro de la fiesta olía a calcetín.
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Chicago boy se asumía entre aburrido y excitado; un hombre gordo le chupaba la verga sin haberle preguntado antes. Nuestro gringo se había cogido a dos muchachos medio maquillados como esfinges que hicieron una visita rápida porque tenían que llegar a tiempo a su show de drag queens. Danny estaba besándose con un bailarín colombiano mientras un extraño vestido de látex lo penetraba salvaje. Por su parte, el efebo Mario era el centro de atención; estaba sentado arriba de un montón de almohadas que le habían acomodado tipo trono mientras dos, tres, cuatro y los que llegaran se la mamaban entera por turnos sin hacerlo terminar. El novio colágeno seguía convocado gente gracias a la app; enviaba saludos al azar y una selfie seguido de la ubicación. El departamento parecía un calabozo kitsch de gladiadores con aroma a sauna. El Sugar se paseaba por cada rincón con una máscara de Doberman y una fusta de caballo. Luego, otra vez, sonó el timbre.
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“¡Danny! ¡Door, door!”. Chicago boy vio que su amigo estaba ocupado vaciando la leche del bailarín colombiano en las nalgas del modelo venezolano para que el aeromozo canadiense la lamiera y le clavara un beso blanco al programador hindú. El gringo apartó al gordo silencioso y fue a la entrada. Cuando abrió la puerta, lo vio.
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Ramón se quedó perplejo. Chicago boy alcanzó a taparse y lo invitó a pasar; se reconocieron. En ese momento un vaquero de antro y un jovencito con gargantilla también entraron al condominio y rompieron la tensión. Llevaron a Chicago boy al sofá donde empezaron a besarlo. A Ramón lo jaló el Sugar a la cocina y le ofreció un vaso con vodka.
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En la mesa del desayunador había ahora, además de treinta frasquitos de Popper, unas ocho bolsas de plástico llenas de trocitos cristalinos, una docena de jeringas empaquetadas y otras abiertas, varios churros de mota, cuatro cajitas de Sildenafil, un montón de condones, dos botellas de litro de lubricante. Y una botella de enjuague bucal.
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¿Mexican boy?—preguntó el Sugar.
Sí. Yes. —contestó Ramón, medio tímido. Chocaron tragos.
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Ramón y Chicago boy se veían a través de los cuerpos, sonreían de vez en cuando pero no llegaban a más. El gordo silencioso se la chupó a Ramón mientras un cubano pasaba humo a la boca de Chicago boy. Danny, al fin, se cogió a su Sugar daddy; ahora era el protagonista de la fiesta, sus gemidos eran tan ruidosos que competían con las actuaciones de los novatos de la fraternidad que actuaban en la pantalla.
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Ramón supo que tenía que acercarse sí o sí a Chicago boy. Tonight. Now. Las intenciones de ambos fueron más que declaradas. Lo tenía ahí, listo, desnudo, dispuesto. ¿Qué más podía perder? Ni siquiera tenían que hablar mucho. La mirada había hecho todo el trabajo. Se quitó al gordo silencioso del glande y caminó por la sala llena de escupitajos, piel sudada, ropa y algo de mierda. La verdad, estaba decidido a ofrecer su descarga al único hombre que le interesaba.
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Ramón llegó al frente, pero sin novedad. Chicago boy le contestó la sonrisa, recargó su espalda al sofá de gamuza y abrió las piernas. Por un instante, largo, a Ramón le valieron madre los otros cuarenta cabrones de la sala, él sólo tenía erección por uno. Sujetó las pantorrillas del gringo y besó la parte trasera de sus muslos, poco a poco, con delicadeza, en un cosquilleo hasta llegar al hoyito; una vez ahí aspiró como si fuera el Santo Grial de los Popper. El perfume desprendido de ese secreto ya ensalivado era un elixir de melón y jazmín en las fosas nasales del mexicano. Ramón pasó su lengua por todo el perineo de Chicago boy, mordiéndole suavemente las nalgas autónomas. Se comió ese culo como si su liquidación dependiera de ello. Le gustaba verlo dilatarse con cada lamida, oírlo jadear con cada escupitajo. El aire era una ráfaga permanente de nitrito.
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Ramón se escupió la verga morena, se preparó para entrar. Chicago boy se mordió los labios. Los dos habían reservado el beso labial una vez que estuvieran fundidos. Ramón empujó su verga. No entraba. Empujó despacio, nada, volvió a escupir. No sabía por qué, a cada intento, el pene perdía dureza. Las ganas se le hacían flácidas. Entre el ruido de la música electro, el vídeo porno, los gemidos con groserías, la voz del Sugar diciendo “Danny, door; door, Danny”, Ramón perdió la potencia. Abrazó al gringo que lo enrolló con las piernas y pegaron frente con frente. Qué puta mala suerte.
¿Ya se cansaron?— era Mario, su voz de ángel rebelde apenas y los dejó responder porque ya se había lanzado sobre la boca de Ramón. Sus labios sabían a chocolate de mota. El timbre no dejaba de sonar. Mario besó a Chicago boy también, luego hizo juntar las tres lenguas en una misma boca. La saliva quedó mezclada en la garganta del muchacho, al fin, el mexicano y su gringo se probaron.
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Mario puso un frasquito de procedencia berlinesa bajo la nariz de Chicago boy, enseguida le clavó los diecinueve centímetros de carne sin mucho esfuerzo. Ramón vio cómo el jovencito se cogía a su hombre de ensueño. ¿Podía ser tan mala la noche y tan injusta la vida? Nuevamente, el guapo se agandallaba la historia romántica.
“Dale, papi”.—le dijo Mario—“Dame tú”. Fueron las palabras mágicas para que la sangre del Mexican boy se irguiera. Ramón sujetó al chico por la cintura, le escupió en el culo y con determinación lo penetró a lo bestia. Pero lento. En realidad se puso más duro conforme iba adaptándose al tunel. Después aplicó las embestidas cada vez más rápido y, según, le dijo al oído, fue de las mejores cogidas que había dado en la vida.
Danny, el amigo peculiar, calificó ese acto como la mayor bajeza en la historia de las amistades. ¡Qué descaro no haberlo incluido en el trenecito de las maravillas!
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Se vinieron los tres. Al mismo tiempo, o eso se imaginaron porque fue un poco difícil calcular. Ramón se echó al sofá bañado en sudor, no podía creer que se había cogido al muchacho más bello de la sala aunque seguía enamorado del maldito gringo que no paraba de reírse porque la leche de Mario quería brotarle en un estallido pequeño del culo. Déjate deshacer, le dijo el niño bonito.
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Había sido una renuncia espléndida, una cata vigorosa, una pareja de idilio a pesar de que todavía sintieran dentro suyo la embestida de otras cincuenta razas. Chicago boy y Mexican boy se estrecharon las manos.
Me llamo James—dijo uno.
Yo Ramón —contestó el otro—¿Me das tu número?
Y se largaron de la fiesta cuando los adictos se adueñaron de la sala.
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James y Ramón viajaron en Uber rumbo al departamento del gringo. Iban acariciándose los dedos. El medio inglés de Ramón y el español cuatrapeado de James era suficiente, se comunicaban a través de las pestañas. Era el lenguaje de las ganas. El deseo por estar juntos, solos, sin espectadores.
Desde el elevador revivieron los besos. En la habitación, blanca, formidable y amplia de Chicago boy, Ramón se sacó los zapatos.
—Debería de tomar un baño antes, ¿no?
Ramón se olfateó así mismo. Sudor acumulado y látex. Los genitales le olían a saliva. En la regadera, el agua caliente cayó de zope; el golpeteo fue relajante. Desestresó los músculos y otra vez le regresó la libido. Chicago boy entró a la ducha con él, monumentalmente desnudo. Se besaron bajo el agua hirviendo. Ramón vio como el gringo apretaba la botella de champú para vaciar un chorro de líquido color miel que disolvió en la mano, tomó la verga dura del mexicano y la masajeó. Ramón estaba caliente, literalmente, demasiado duro, lubricado con espuma. Chicago boy le dio la espalda y ofreció el culo; se sujetó las nalgas y le dio acceso. Ramón le clavó la manzana del glande con gentileza, el gringo comenzó a temblar. Antes de soltarle la embestida definitiva, Chicago boy se apartó sobresaltado.
—¿Qué pedo? —preguntó Ramón.
James se quedó quieto. Le pidió con un dedo que guardara silencio. Ladridos de perro. ¡Fuck!, dijo el gringo y salió envuelto en una toalla. Ramón no entendió; andaba con el pene enjabonado. Limpió el vapor del espejo; se veía cansado, reseco, pero se sentía sexy. Escuchó a James hablar en inglés con alguien en la cocina. Bajó la vista y vio que justo al lado del frasco ovalado de jabón había un vaso de mármol con dos cepillos dentales. “Verga, el gringo tiene pareja”.
—Debo irte de aquí, papi—le dijo Chicago boy al abrir la puerta. Ramón solamente hizo mueca de confusión, no habló; casi se atraganta con el orgullo. Cuando pasó por la sala, todavía mojado con la ropa puesta, se topó con una mujer blanca de melena californiana sentada en el sofá, con los brazos y las piernas cruzadas.
Afuera del departamento, oyó la discusión en otro idioma y soltó la risa.
—Pinche gringo puto—escupió.
Las puertas del elevador se abrieron: un joven francés de gafas redondas, vestido con un minishot deportivo que dejaba a la vista unas piernas delgadas y velludas, lo saludó.
—Hola, ¿vas rriba o bajo? — preguntó el extranjero.
Ramón lo observó con descaro, de la cabeza a los pies.
Arriba. —respondió agarrándose el bulto.

Si algo logra Luis Romani en este cuento es recordarnos que la lubricación, como el estilo, no garantiza profundidad. “Chicago Boy” es un ejercicio de pulsión disfrazado de relato; un texto que intenta engalanar la crónica de una cogedera comunitaria con la falsa pátina de literatura transgresora, pero que en el fondo no es más que una fantasía inflada de hipersexualidad turística y nihilismo popperiano, tan adicta a los clichés como sus personajes lo son al nitrato de amilo.
Desde la primera línea, Romani nos quiere colocar en una especie de distopía decadente donde la ciudad huele a tierra mojada y semen. La frase, repetida como si se tratara de un mantra poético, es en realidad un eslogan publicitario para apps de cruising, más que un recurso literario potente. Es pornografía con pretensiones de crónica urbana, pero que fracasa en ambas.
Los personajes son caricaturas del deseo y no del deseo como síntoma de una subjetividad rota, sino del deseo como rutina de gimnasio, batido de proteína y prepucio pastelero. El «Chicago boy» es un estereotipo tan plano como su abdomen; un expat sin matices, musculoso, tatuado, hipersexualizado, que se presenta al lector como el John Holmes de la gentrificación gay. Y Ramón, su contraparte local, es un godín frustrado que pasa de renunciar a su chamba a meterse en una orgía de veinte hombres como quien pasa del metro al metaverso.
Ambos están diseñados más para calentar que para conmover, y sin embargo ni lo uno ni lo otro logran del todo. Romani se cree Puig/Zapata/Pasolini y se queda en una versión extendida de “Sex and the City” pero en Grindr y con menos estructura. El relato avanza entre escenas sexuales que buscan épica y terminan siendo listas de compras del Walmart libertino: poppers, lubricantes, condones, drogas, jeringas, cuerpos, cuerpos, cuerpos. Todo huele. Todo suda. Todo jadea. Nada importa.
La saturación de escenas sexuales no es en sí el problema. El problema es que no hay una evolución real ni dramática, ni simbólica, ni emocional. Es sexo como en loop, acompañado de frases supuestamente disruptivas que acaban siendo reciclaje de tweets coquetos. Romani narra cada felación como si nos estuviera haciendo un favor, pero en realidad nos tortura con frases que suenan más a fanfiction en un foro de Tumblr que a literatura pensada, sentida o siquiera corregida.
Y cuando al fin quiere hacernos creer que hay una conexión emocional—cuando Ramón y el gringo se ven, se reconocen, y hasta comparten saliva y popper con un efebo mediador—es demasiado tarde: el texto ya se ha convertido en una sopa de esperma con estilo de newsletter para chemsexers.
El final, con Ramón echado del paraíso queer por una pareja sorpresa que aparece con una toalla de cabello californiano, es un remate que intenta ser tierno, hasta melodramático, pero cae con el mismo estrépito que cualquier bulto no deseado: es un cliché del cine gay barato, una postal de despecho que ni siquiera tiene el valor de ser trágica o cómica. Es simplemente torpe.
En resumen: «Chicago Boy» es una fantasía pseudoerótica de clase media con ínfulas de manifiesto urbano, pero que no tiene ni la profundidad del porno ni la estructura del cuento ni la lucidez de un diario íntimo. Solo nos deja una pila de cuerpos y poppers como rastro de lo que pudo ser una exploración real del deseo, la migración, la soledad o la conexión entre extraños.
Luis Romani escribe con el pito en una mano y el diccionario de eufemismos en la otra. Y se nota. Pero no alcanza. No excita. No emociona. Solo empalaga. Como un pastel de zanahoria con glaseado de semen.
Y ni qué decir de su sintaxis, lo más pobre de todo. Un tweet, por su economía literaria llega a tener mejor sintaxis que todo Romani.
¡Hola! Agradecemos tu lectura minuciosa