Corro.
Que no se me olvide: Matemáticas —son cinco quebrados. Química, experimento —pasteurización. Historia —resumen de dos párrafos, Maximiliano.
Corro. Cruzo frente a la iglesia de San Sebastián. Me persigno. En el quiosco hay una parejita comiéndose una paleta helada de limón, de esas que se parten en dos. Pasa Doña Ester, la de la tiendita, manda saludar a mi mamá.
Corro. Bajo por Constitución, el ruta cuatro casi me atropella. Me formo. Soy el sexto en la fila. Un kilo por favor. Un muchacho robusto mete la masa en la máquina, está bañado en sudor. Le escurre por las axilas que quedan descubiertas por su camiseta blanca, sin mangas. Afuera está a treinta grados, pero aquí adentro se sienten como cuarenta. Yo también estoy sudando. Me miro, ya tengo una mancha de humedad en el sobaco. Un kilo, por favor.
Corro. Doblo en Trelles. Una, dos, seis, la séptima casa es la mía. Entro. Le doy las tortillas calientes, envueltas en papel estraza, a mi mamá. Hasta las tortillas están sudando. Cruzo el comedor de paredes verdes, paso por el juguetero, lleno de recuerdos de bodas, quince años y bautizos. Los saleros, los vasitos, los platitos con palomas dibujadas. Suena La Sonora Santanera.
Me quito la camiseta. Apesto. Voy al buró de él. Le agarro el Obao. Me restriego la esferita entre mis tres pelos. Huelo a él. Se escucha su voz que canta. Cruzo la puerta, salgo al patiecito, entre el lavadero y el calentador encendido. Me asomo por la ventana, no se ve nada, pero lo escucho. Él puso a La Sonora. «Con toda esa belleza y tú no estás, mi amor regresa pronto sin tardar». No hago ruido, respiro hondo. «Que yo me estoy muriendo de ansiedad, y el nido está esperando, vuelve ya». Asomo mi ojo por el espacio que queda abierto entre la puerta que no cierra bien y el marco. Ahí está.
Le cae el chorro de agua caliente, porque se baña con agua para despellejar pollos aunque afuera esté hirviendo. El vapor cubre todo. Recorro con la mirada su cuerpo. Me da la espalda. Se enjabona con el zacate, le resbala el jabón por la espalda hasta metérsele entre las nalgas.
¿Cómo le hace para tener pelos en las nalgas?
De repente se gira. La maraña negra que le rodea ESO que le cuelga me atrapa los ojos.
¿Por qué el mío no es así? ¿Por qué su punta está tan rosa y la mía tiene una trompa? ¿Cómo es que le cuelgan tanto los huevos?
El agua enjabonada le baja por la punta. Vuelan las gaviotas en parvada, en la vieja playa llora el mar. Bajo mi mirada hacia mi pantalón gris. Eso se me puso duro. Pero ni duro lo tengo tan grande como él.
Pasan los cocuyos cual cascada, todo en nuestro nido sigue igual. Me paso la mano encima. ¿Cuándo voy a ser como él? Me la agarro duro, a ver si así crece más. Él cierra la llave.
Corro.
Voy al cuarto. Me tiro boca abajo en la cama. Me hago el dormido. Él pasa por atrás de mí, escucho que sus chanclas se alejan. Sigo bien duro. Y ni así soy como él. Camino hacia el baño. A lo lejos suenan ahora Los Panchos.
Veo que dejó su ropa tirada al lado del excusado. Sus pantalones cafés, su camisa de manga corta, los calcetines grises. Una trusa azul marino. Cierro la puerta. Me quito el pantalón. Me quito el calzón largo. Aún lo tengo duro, se me recorrió un poquito la trompa. Observo el ligero mechón café que me ha estado creciendo desde hace año y medio. Me lo voy a sobar con la mano, pero sin pensar voy por la trusa azul. Me la acerco a la nariz. El olor amargo me penetra, como cuando mi mamá llega con el bagre de cuaresma. Veo esa tela oscura manchada, ¿de crema seca? Me deslizo la trusa por mis piernas lampiñas. Ni con mi pito duro lleno el espacio de su bulto.
Quiero correr. Ya quiero ser como él. Me manoseo por encima de sus calzones. El vapor que aún queda en el baño me hace sudar más. Me veo al espejo. Siento que me está empezando a crecer. Me lo sigo apretando y jalando. Sí me está creciendo. Desde la punta de la columna me recorren unas cosquillas. La aprieto más fuerte. Las cosquillas suben a la nuca. La jalo más. La electricidad baja, me pasa por el culo, me recorre por dentro y de repente siento que veo el color del universo. Me sale un pujido y detrás de él una cascada que baña sus calzones y se arrastra por los huevos. Me escurre por las ingles. Respiro. Mi mamá grita que ya está lista la comida.
Corro.
Me quito rápido los calzones de mi hermano, que ahora están empapados, más azules que antes. Los olfateo. Ya no huelen como antes, huelen a hombre. Me veo al espejo. No lo puedo creer. Por fin me creció. Lo tengo enorme. ¡Hermano, ya soy un hombre como tú!
