Confesión

Diego González (Uruguay, 1986) pespuntea una prosa simbólica a orillas del Arno en Florencia para elaborar un relato corto ungido de deseo y resonancias demoniacas.

El día se desploma entre los arcos cansinos del Ponte Vecchio, mi esposa descansa su cuerpo sobre mi antebrazo, ejerce una presión amable aunque firme. Caminamos a paso lento, el trajinar acompasado sugiere una experiencia de levitación, los pliegues de los trajes se deslizan por el empedrado. Somos dos espectros, flotamos en el aire iluminado y polvoriento. Frente al Arno, enmarcados por dos columnas, la envuelvo en mis brazos, su rostro pálido y frío roza una de mis mejillas, nuestras bocas se unen en un beso pueril, un sutil gorgoteo de palomas huérfanas. Su cabeza, escafandra herrumbrosa que rescaté en un naufragio olvidado, se desliza hacia mi pecho y se acurruca, como si recién concluyera una empresa fatal. Hundo la mirada en el cándido reflejo del atardecer carmesí.

Entre la gente aparecen tres figuras fantasmales, su sola mirada podría estaquear la inercia existencial, sus ojos son de centinelas, sus rostros guardan infinitas cicatrices, sus cabellos tiesos se alzan como estandartes romanos, en sus extremidades exponen garras y pezuñas cual fieras salvajes. Están desnudas, sus cuerpos son delgados, los incordios de sus pechos exhiben todas las carencias del alma humana como si se trataran de piezas de museo, cuidadosamente conservadas. El beso de despedida me libera a sus manos y las fieras me poseen, soy arrastrado como un navío en la tempestad, me cargan en sus brazos igual que un cadáver.

En el ingreso al Palazzo Vecchio degusté los primeros acordes de la Suite para Chelo n. 1 en G mayor, rememoré la energía del arco sobre las cuerdas, la presión de la mano en la estructura coral del instrumento, la inundación de la música en el aire. En el Salón Principal me recibió La Noche eterna, nacarada y envuelta en un traje de fina seda. Mi imagen se desvaneció ante su mirada de enigma.

Al oído me susurró: ¿Cómo se declara?

Sin pensarlo, contesté: “Not guilty”.

Las paredes de la habitación estaban cubiertas de azul imperio, cuando alcé la cabeza visualicé un cielo de oro puro. Sobre el muro que enfrentaba la puerta de ingreso, una grieta me mostró Florencia coronada por la cúpula de Brunelleschi. Debajo de aquella abertura vidriada, una tabla de inmensas dimensiones contenía los manjares más exquisitos. Dátiles exageradamente almibarados y chorreantes, higos sangrientos, nenúfares picantes, bromelias encarnadas, un manzano enano coronaba la escena.

En un rincón del recinto, tres íncubos hacían una fiesta primaveral sobre una doncella dormida. Una fuerza invisible trasladó mi mirada a un telón púrpura, que cual bailarina en un paso de coda, se descorrió y tendió ante mis ojos al mismísimo Lucifer, como Dios lo trajo al mundo. Me sacudió la risa paradojal de aquella tramposa similitud que articuló mi mente. Sentí que la vida me había preparado secretamente para disfrutar aquella visión. ¿Cómo describirlo sin juzgarlo? ¿Cómo capturar la belleza en su máxima expresión, sin pronunciar una ofensa velada? Lucifer permaneció inactivo, no necesitaba siquiera respirar, aquella inacción era la clave de su magnetismo. Su intensa cabellera, sus ojos de fuego, su musculatura esculpida, su sexo andrógino me encendieron; corrió por mis venas un torrente de lava que habitó mi entrepierna. Las notas del violonchelo se elevaron como avecillas del bosque invadidas por el golpe de la estaca.

Sus piezas dentales tenían cinceladas todas las imágenes de los pecados más atroces, eran habitaciones exquisitas e hirientes, su visión lastimaba la mirada como un puñal que busca, incesante, trozar la vida e hilvanar la muerte.

En un aleteo imperceptible, Lucifer desplegó el caoba de sus alas. Tomó mi mano, sus dedos gélidos se correspondían con el mutismo de sus pulmones, me recostó entre sus alas, sus falanges delicadísimas exhibieron una simiente azulada, rozó con el dorso de su palma la claridad de mi pecho, juntó sus labios y besó, uno a uno, los latidos de mi corazón. Tiernamente abrió mi pecho, en un recodo de mi corazón sembró la semilla.

Cosechó una rosa negra, la acercó a mi oído, escuché atento su confesión más sincera. Lucifer se confundió con mi piel, me descubrió que en el puente besé su entrepierna humedecida. En sus ojos vi el reflejo de mil atardeceres por él increados, su angustia de espectador. Llevé el misterio de mis piernas a su vientre convexo, acomodé las caderas, ensalivé mis dedos, unté mi ano y deslicé su verga en las sensibles paredes de mi recto.

Un crudo spiccato de violonchelo recitó la musicalidad de la escena, cabalgué Lucifer, fui mil personajes históricos, viajé por el tiempo, mi vida se volvió tan insignificante como el olvido.

Fui Romeo y fui Julieta, al mismo tiempo.

Se oyó una voz festiva:

Huelgan los testigos de estos hechos en el mundo de los vivos.

En ese momento, mi aliento huyó, salió corriendo espantado de mi boca. La vida, mi vida, hastiada de mí, me abandonó para siempre.

Instagram de Diego G.: @diegomarcam

Ilustración del carnero por Freepik

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