El lago

El poeta y cuentista E. N. Díaz (México, 1995) enhebra deseo homoerótico, sexo y soledad en un tapiz manchado por comida china que se refleja en las aguas estancadas de una charca que huele a sumidero emocional.

Era puente y David decidió quedarse todo el fin de semana en su departamento. Tal vez decisión era la palabra equivocada, ya que implicaba libre albedrío y David pensaba que, en días como aquél en el que no podía soportar siquiera la leve brisa rozar contra su piel, no tenía mucha libertad sobre qué hacer. En momentos como esos necesitaba encerrarse y evitar todo tipo contacto, a excepción de los ligues fugaces que se encontraba en Internet.

El fin de semana largo lo había ayudado. Todas sus amigas regresaron a sus ciudades y él, viniendo de tan lejos como para necesitar de un viaje en camión y un vuelo de dos horas para regresar a su ciudad, se quedó solo y sin opciones. Justo así quería estar; en pijamas y sin bañarse, hasta podría decir que estaba disfrutando de su soledad. Salió descalzo de su departamento para fumar, gozando de la sensación de las gélidas baldosas bajos sus pies.

Se dejó caer con aplomo en el último escalón de concreto, emitiendo un quedo gruñido. La comida china del medio día le había dejado el estómago hinchado, resentido, pero había estado buenísima. Había tenido suerte; no le tocaron ninguno de esos trozos duros de cartílago tan comunes en la comida china barata, pero, por mucho, la mejor. Había sido cuestión de masticar con cuidado, ya que ese tronido al masticar le hubiera reventado su burbuja de buen humor.

Esa era ahora su idea de diversión: soledad y comida china. Lejos habían quedado los primeros años de universidad en los que, en ocasiones similares, David había decidido emborracharse en su departamento y dirigirse, solo y siendo apenas capaz de enunciar con claridad, al mejor antro gay de la ciudad. Éste se ganaba el título por falta de competencia, no por su eximia calidad.

Era un lugar obsceno, barato y magnifico. El alcohol estaba tan adulterado que, con tan sólo tres cervezas, que siempre te llevaban ya abiertas, comenzabas a sentir la cabeza en las nubes. Una de sus bebidas más populares y favoritas de David era una mezcolanza de gin, tequila, ron blanco, vodka y jugo de arándanos. Era un verdadero milagro que después de ingerir más de media docena de esa pócima dionisiaca David y compañía no despertaran ciegos al día siguiente, o en la cárcel.

En varias ocasiones había visitado ese lugar con sus amigas —al igual que por sí mismo—, y para David nunca hubo mucha diferencia entre una noche y otra. La rutina era la misma: conocía a un tipo —a dos, a tres, cuatro—, y a todos les daba el mismo trato. No siempre al mismo tiempo, claro. Lugares como aquellos contaban con un baño extra semi oculto para conservar una mínima pretensión de pudor.

David llegó a ser un visitante frecuente, flechado por una mirada fugaz en la pista de baile. Recordaba con claridad esa pequeña habitación rectangular, sumida en sombras hediondas a orina, llena a reventar de cuerpos sudados que se buscaban en la oscuridad, conformándose con la primera conquista de su tacto, sin importar que no fuese el acompañante con quien hubiesen ingresado.

David recordó una ocasión hace tiempo, cuando recién había llegado a la ciudad, en la que estaba arrodillado disfrutando a uno de sus ligues, cuando otro hombre se materializó frente a él y le metió la verga en la boca sin mediar palabra. Su ligue y el recién llegado empezaron a besarse y David gimió, extendiendo su hospitalidad norteña al extraño. Sentado en la escalera, David exhaló el humo de su cigarro de limón, sobándose la verga tiesa.

En la remodelación del lugar quitaron esos baños, deshaciéndose a su vez de las noches de karaoke de los miércoles y prohibiéndole la entrada a personas que no iban con la imagen del lugar. Es decir, a todas esas locas. David se enteró al toparse con su amiga La Ranchera, vencedora invicta de las noches de karaoke y loable recipiente de la codiciada botella de tequila sin etiqueta que, a las dos de la mañana y queriendo chupar más, era mejor que un Grammy.

La Ranchera le había comentado, tratando de hacerse escuchar sobre la música electrónica, que ya no iban a dejar entrar revoltosas. Ahora las regresaban en la entrada y les pedían muy amables que no volvieran. Pero ella no corría peligro; ella conocía al dueño y nunca se metía en problemas, siempre se comportaba, no era como las otras que andaban de vestidas y argüenderas. David jamás la volvió a ver. Fue muy triste. Los nuevos clientes que frecuentaban el lugar después de la remodelación eran insípidos; jotos obsesionados con Rupaul’s Drag Race, pero que tenían en sus perfiles de Grindr: no gordos, no prietos, sólo varoniles.

David sacó su celular del bolsillo de sus pants y revisó los nuevos mensajes. Por un segundo temió que éste resbalara de sus manos y se precipitaba dentro del lago tres pisos abajo. Si caía en la penumbra de esas aguas, jamás volvería a verlo; el lago bostezaba cual portal a una demoniaca dimensión.

Por alguna inconcebible razón, a la dueña se le había hecho buena idea dejar un charco de agua estancada y toxica en medio de los departamentos y publicitarlo como un lago. Lo había pensado como un atractivo para los posibles inquilinos, pero lo único que sus aguas verdinegras atraían era a miles de mosquitos y todo tipo de alimañas durante el verano. David se encontró a uno del tamaño de su dedo meñique posado en su ventana. Casi se desmaya al verlo.

No sé le olvidaba la bien intencionada mentira que su mamá le había contado cuando era chico. Le había dicho que, a los niños que se rehusaban a rezar antes de dormir, se le metían insectos por los oídos y les comían el cerebro. Como si no fuera suficiente para traumatizarlo de por vida, su madre había complementado su advertencia con la historia de un chico que ella conoció de niña al que no le gustaba rezar y, debido a esto, se le había metido un bicho al oído —un pequeño escarabajo negro como la pez— y todo intento de sacárselo con pinzas para la ceja había llevado a que éste penetrara más profundo en su oído.

El destino de aquel niño era incierto. Tal vez el escarabajo, aprovechándose de la pueril convicción de su víctima, había logrado llegarle hasta el cerebro y lo había devorado poco a poco. David, siendo un niño bastante impresionable, había dormido desde entonces con tapones de papel en los oídos que siempre terminaban zafándose a mitad de la noche. Usaba su triste ademán por protegerse como un talismán, aunque al final fuera inútil. ¿Cuántos bichos negros no tendría ya en el cerebro?

Sintiéndose observado por el ojo oscuro del lago, devorándose la luz de los departamentos y negándole a la luna su reflejo, David abrió el mensaje del hombre. Lo había conocido por medio de una app de ligue, mensajeándolo no por su atractiva foto de perfil —no tenía— sino por la conveniencia de su ubicación; el hombre vivía en el mismo edificio que David, en el primer piso. Cuando se vieron hace unos días, le comentó que estaba en la ciudad por cuestiones de trabajo.

En ese encuentro, David había intentado besarlo, creyendo que ambos tenían claro el propósito de su reunión. Estaban en la azotea de los departamentos, contemplando la silueta de la ciudad, las luces iluminando la nube opaca de contaminación que se cernía sobre los apretujados edificios. Ese sí era un atractivo del lugar; los departamentos fueron construidos en lo alto de una colina, así que pocos lugares tenían mejor vista.

Quedaron de verse allá arriba ya que el hombre se estaba hospedando con sus compañeros de trabajo y David no lo quería en su departamento. Se resistía a llevar extraños a su hogar para ahorrarse esa sensación de repulsión que caminaba bajo su piel cuando acababa un encuentro casual.

La última vez que había llevado a un hombre a su departamento, tuvo que mandar a lavar todas sus cobijas y sabanas, incluso las de la cama que no utilizaron, ya que creía recordar haber visto al hombre sentarse unos segundos para ponerse los zapatos. No tenía ganas —ni dinero— de bajar a la lavandería tan pronto. La azotea era tan buen lugar como cualquier otro.

Ya frente a frente, David se le lanzó, pero el hombre se apartó con discreción.

—Hay cámaras —dijo a regañadientes y David casi se carcajea en su cara.

¿Qué chingados le iba a importar a la dueña si un pendejo godín se andaba besuqueando con un chavo veinte años menor que él en el techo? ¿En qué mundo las acciones de aquel hombre eran mínimamente relevantes para el resto de la población?

David hasta la fecha lo pensaba y se reía. Sabía que a veces le faltaba empatía con aquellos homosexuales mayores que todavía vivían su homosexualidad como un delito, pero a veces le parecían tan ridículos que no podía evitarlo. ¿Era tan difícil aceptar que el mundo no giraba en torno a ellos?, ¿que ya podían permitirse relajarse y dejar sus ridículas supersticiones de lado?

Aquel día en la azotea sólo platicaron, para su profunda decepción. David había prestado atención a medias, debatiéndose si era prudente ceder e invitar al hombre a su depa. ¿Valdría la pena? Aunque divertido por la actitud paranoica del hombre, no podía negar que su rechazo lo había molestado. Quería castigarlo, sin importar que el hombre no se diera ni por enterado de su penitencia. Pero David estaba muy caliente y necesitaba bajársela, tenía muchas ganas de algo, lo que fuera. Optó mejor por masturbarse.

A veces sentía que, cuando andaba tan caliente, desde los testículos le subían las malas decisiones—aunque de ahí no subían de otro tipo. Recordaba como en su adolescencia, en su diminuta ciudad natal del norte —en la provincia, como a sus amigas les encantaba decir—, su despertar sexual había sido caótico y violento.

Entre los doce y catorce años empezó a frecuentar páginas de chat donde podía hablar con otros hombres homosexuales. Esas páginas eran una necesidad, debido a que la ciudad era tan diminuta que parecía imposible conocer a otros homosexuales de forma segura.

Al principio David soñaba con conectar con alguien de su edad, tal vez uno o dos años mayor, y vivir una historia de amor como las que vivían los heterosexuales en las novelas juveniles que leía. Quería romance, coqueteo, besos castos y caricias inocentes que progresaran de forma paulatina hasta acabar en algo más; cosas apropiadas para alguien de su edad. Pero a David, como a muchos, no le tocó eso.

No tardó en darse cuenta de que aquellos sitios estaban llenos de hombres diez, quince, veinte años mayor que él, que no tenían ningún inconveniente con hablar con alguien de su edad. Incluso les gustaba que fuera tan chico. Lo sabía porque varias veces se lo dijeron, hombres mayores que su abuelo en ese entonces.

David abandonó esos sitios, sintiéndose sucio y degradado por sus acciones, por su deseo. Pronto descubrió el porno —lo grababa con su celular de la computadora familiar— y en su cabeza algo cambió. Aquel deseo por un romance casto de novela se convirtió en un deseo diurno. De noche, David fantaseaba con recrear lo que había visto en internet y que no alcanzaba a comprender.

Se sentía confundido, dividido entre sus esperanzas matutinas y sus fantasías nocturnas. Siguió buscando contenido cada vez más violento, cuando ya lo que veía no le satisfacía; prison, BDSM, daddy and boy, consent non consent. Cada vez que se masturbaba se imaginaba como el receptor de aquella violencia que tanto lo excitaba, conectando su sexualidad a un acto de humillación y dominación. Pronto, el porno no fue suficiente.

Regresó a esas páginas de chat. Comenzó a agregar extraños a una cuenta falsa de Messenger y a desnudarse para ellos. En contadas ocasiones esos hombres llegaron a encender su cámara; rara vez David les pidió que lo hicieran. Ellos no importaban. Lo que David quería, donde yacía su verdadera fascinación, su deseo, era en sentirse observado. Quería que lo vieran, lo gozaran, le dijeran qué prenda quitarse, cómo y cuándo venirse. Incluso en ocasiones dejaba que la cámara por accidente enfocara su rostro para disfrutar de la adrenalina al pensar que podían poseerlo de esa forma, someterlo a través de su verdadera identidad.

David volaba en éxtasis por horas. Pero, en cuanto se venía, su mente azotaba contra la inmundicia de su carne, débil y voluble. Lo que hacía después pronto se convirtió en una especie de ritual de purificación. David cerraba su cuenta de Messenger y se prometía jamás volver a hacer algo similar. Incluso había llegado a pactar con Dios—en ese entonces todavía con mayúscula— un acuerdo de pureza a cambio de éste imbuir su espíritu con la fortaleza necesaria para resistir las tentaciones de la carne.

Cada vez que terminaba una de sus sesiones, juntaba sus manos y lloraba arrodillado, pidiendo perdón una y otra vez, prometiendo cosas imposibles. No sabía con exactitud qué era lo que estaba mal, sólo que no podía deshacerse de esa sensación de suciedad bajo su piel y le impedía dormir entre sus sabanas manchadas con las pruebas de su crimen. Necesitaba pedir perdón, buscar su redención a los pies de Dios.

David pasó de exhibirse en cámara a mandar fotos desnudo cuando las aplicaciones comenzaron a desplazar a los foros de chat gay. Ahora ya era posible con personas que vivían cerca de él y de nuevo intentó buscar algo bien, un chico de su edad con quien salir y poder iniciar una relación como la que siempre había soñado. Pero pronto ya estaba llena su bandeja de mensajes con fotos de vergas, culos, propuestas de tríos y demás perversas maravillas. ¿Qué opción tenía?

Llegó un punto en el que David ya ni se molestaba con tener una foto de perfil. Simplemente se subía en bóxer, con el culo bien enfocado, y ya cuando recibía algún mensaje se los quitaba y mandaba foto de sus nalgas redondas y relucientes como masa de pan. Dependiendo de qué tan caliente estuviera a veces mandaba un hola primero.

Por mucho tiempo David no hizo nada más, sólo calentar huevos. Repitiendo el patrón, cada vez que se venía borraba su perfil para que las fotos que había mandado se eliminaran. Tenía mucho miedo de que alguien lo reconociera, lo chantajeara con publicar aquellas fotos o que supieran que era él quien las mandaba. Le aterraba y le excitaba por partes iguales. No fue hasta mucho después que supo que esas fotos no podían eliminarse. Hasta la fecha lo sigue pensando y tiembla.

Sentía la necesidad de poner cuanta distancia fuese posible entre sus acciones y esa persona con la que anhelaba en convertirse, aquel David merecedor de un romance de novela. Las dos cosas no podían ser ciertas. No podía alimentar un deseo tan sucio y aspirar a una relación pura, decente. Era una contradicción imposible de vadear.

Incluso cuando por fin se atrevió a encontrarse con alguno de esos sujetos con los que se mensajeaba de forma clandestina, David no dejó de sentir como si se estuviera contaminando de una impureza física y moral. Cada vez que sus encuentros concluían, caminaba hacia su casa sumido en una especie de trance. Había en esos encuentros una violencia que no lograba describir.

Cada vez que desaparecía a los baños semi secretos de los antros, o llevaba extraños a su depa, o se paseaba por un parque de madrugada esperando que alguien aceptara por la app su oferta de sexo oral, David sentía como algo en su interior vibraba en llanto agudo, de niño, y tenía que hacer uso de todas sus fuerzas para callarlo. Algo estaba haciendo mal, pero carecía del vocabulario para describirlo. Se sentía ajeno a su propia experiencia, como si el sexo fuese algo que le sucediera, no un acto del cual formaba parte, ya que, si participaba de forma consciente, libre, en su vida sexual, David se volvería responsable de su deseo.

Después de la mayoría de sus encuentros, experimentaba las secuelas de algún tipo de agresión, pero ningún acto de violencia se había ejercido en su contra. Tan siquiera, no por parte de esos extraños. Ahora entendía que durante todos aquellos encuentros se había obligado a consentir sin estar listo. David, y sólo David, había violado su autonomía, prohibiéndose el no. No era sorpresa que él fuese el único recipiente de su craso desprecio.

David recargó la frente en el frío barandal de la escalera y cerró los ojos unos instantes. El cigarro había dejado un sabor amargo en su boca. Siempre había detestado el sabor a cigarro. Abrió los ojos y volvió a leer el mensaje que el hombre le había mandado por la app. Sus compañeros de trabajo no estaban y regresarían hasta mañana. Tenía el departamento para él solo toda la noche. David lo pensó unos instantes antes de preguntar: ¿Cuál es el número de tu departamento?

Conforme descendía hacia el departamento del hombre, David echó un vistazo sobre el barandal de metal de la escalera e imaginó, por unos segundos, cómo sería dejarse caer en la negrura de sus aguas. Dejarse devorar, perderse para siempre; la oscuridad total de una nueva dimensión.

David llamó a la puerta del hombre.

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