«Los llanos» de Federico Falco

Fajinar el dolor asociado a una ruptura sentimental y convertirlo en un refucilo que ilumina la noche oscura del alma (que diría Nick Cave o San Juan de la Cruz, ambas referencias son válidas) es un ejercicio tan extremadamente delicado, y en el que entra en juego un engranaje tan sofisticado de emociones y sensaciones, que solo un buen cirujano —con un atlas de anatomía humana transferido a su cabeza por huecograbado— puede llevarlo a buen puerto. A ese fino reducto de seguridad se engancha el escalpelo de Federico Falco (General Cabrera, 1977) en «Los llanos» (Anagrama, 2020).

El autor argentino (cordobés como Luciano Lamberti y Lilia Cardone), uno de los mejores narradores de cuentos de la actualidad —basta asomarse a los personajes de «Un cementerio perfecto» (Eterna Cadencia, 2016; Anagrama, septiembre 2025) para espantar cualquier barrunto de exageración— bordó en esta novela, finalista del Premio Herralde 2020, una retahíla de «palabras para mirar» que conforman un jardín tupido y parejo donde la escritura, el paisaje, el lenguaje y la desolación conviven entre picaflores, chilcales y párrafos que dejan exhausto. Falco arma una de las grandes novelas del siglo XXI meciendo con susurros fragmentarios la infancia y adolescencia de Fede («estaba convencido de que había otro tipo de vida esperándome en algún lugar»), su debacle amorosa con Ciro («la vida seguía, y el quería estar lindo para otra gente») y la huerta que está sembrando para aferrarse al mañana en mitad de una inmensa llanura con apenas algún lombote («no se puede controlar una huerta y eso a veces me exaspera. La huerta no crece de mi deseo, sino de su propia potencia»). Pasado, presente y futuro cabalgando por el tiempo sin achuzarse entre ellos y ofreciéndonos una de las experiencias estéticas más bellas por devastadoras de las últimas décadas.

La trama de «Los llanos», de una concisión que vuelve el pelo chuzo, se desmadeja con una cadencia hipnótica: un escritor (Fede) afronta la separación de su pareja (Ciro) alquilando una pequeña casa inmersa en La Pampa para tratar de escribir de nuevo y cicatrizar heridas plantando una huerta de la que aspira alimentarse. Las doscientas páginas largas de esta novela son un tirabuzón carpado con mortal y medio que, más por goteo que por aspersión, riegan la vulnerabilidad de los lectores abriendo la compuertas del desamor y anegando una historia de afectos y cuidados construidos entre dos hombres que llega a su fin sin circular por el carril de doble sentido. El uso de los tiempos verbales, el origami léxico con el que se construye el espacio que se nos describe y las flores reflexivas que van adornando (pero también formando) el paso del tiempo (de Sara Gallardo a Hebe Uhart pasando por Virgina Woolf) son los picos de un electrocardiograma asolador cuya topografía nos resultará extremadamente familiar si alguna vez hemos asistido al quebranto de una relación.

La prosa de Federico Falco siempre ha sido rica en imágenes. Sus textos suelen descabezar una suerte de recorridos fotográficos que funcionan como indicativos, como balizas narrativas. De hecho, hay muchas instantáneas significativas en su primera novela breve «Cielos de Córdoba» (Nudista, 2011; Las afueras, 2020). En «Los llanos» es la referencia explícita a una fotografía de David Wojnarowicz «Untitled (Buffaloes)»—, que insufló a finales de la década de los ochenta una ponchada de realidad y amargura en una nación secuestrada por los prejuicios y los miedos, la que desperdiga las semillas argumentativas que echarán raíz en la ficción que se nos presenta («por momentos […] la única manera de pensar lo verdadero»). Wojnarowicz utilizó a los bisontes obligados a despeñarse por un acantilado que observó en un diorama del Museo Nacional de Historia Americana de Washington D.C. como alegoría de una nación inmóvil a la pandemia del SIDA, de una sociedad en constante conflicto consigo misma y empeñada en atravesar los ríos de la estulticia por su lado más pando. Falco detona en ella la lucha contra nosotros mismos («es la foto más triste que vi en mi vida, dijo. Y la que más me gusta»).

En el prólogo a la primera edición en español de la indispensable «Habitaciones separadas» (Lumen, 2025) del malogrado Pier Vittorio Tondelli (1955 -1991), que también habla de un duelo amoroso (de otro tipo), André Aciman escribe: «A veces, uno no solo ama a las personas o los lugares, sino el hecho de escribir de su amor por ellos. La escritura encuentra el amor y lo aviva cuando todo lo demás ha desaparecido». En «Los llanos», Federico Falco se desprende de cualquier lonja académica para orear en la reflexión sobre el «hecho» de escribir. Y nos acerca más a Wittgenstein que a Platón, preguntándose si «se podrá escribir como se hace una huerta» porque «contar una historia cambia a quien la cuenta». Y es precisamente en el hecho de contarla, de elevarla a lo público, cuando nos damos cuenta de la imposibilidad de un lenguaje privado. Contamos para compartir: el dolor, el amor o el descontrol. Fede, con el ánimo chanfleado, arma «una huerta para llenar el vacío» pero solo lo revienta cuando nos hace partícipes de él. Y nosotros, atónitos, nos quitamos las chinelas para caminar descalzos por los llanos. “Eso y nada más”.

LOS LLANOS de Federico Falco. Anagrama. Año: 2020. 234 páginas. ISBN: 978-84-339-9911-5

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