Lunes Mayo 2024
3:30 p.m.
Sudor. Decenas de personas rozando sus cuerpos sin querer. La temperatura va en aumento. Unos duermen. Otros revisan su celular. La mayoría se recarga en las paredes del transporte, con la mirada cansada, el cuerpo cansado.
Voy en la parte de atrás, en la esquina del transporte. RUTA, el sistema de transporte articulado de Puebla.
3:40 p.m.
Llegamos a la estación “Cúmulo de Virgo”. Suben varios estudiantes de la BUAP. Sus mochilas y sus brazos golpean involuntariamente a los pasajeros. Quedamos atrapados entre el tumulto.
No hace falta hablar, ni revisar aplicaciones. Uno de ellos se pega a mí. Mide aproximadamente 170 cm. yo le gano por unos cuantos centímetros más. Tiene unos veintitrés años. Cabello largo, al estilo de Natanael Cano. En cada paradero del RUTA siento la mano del chico rozar mi verga. Al principio pienso qué es por el movimiento brusco del transporte. Sin embargo, llegando a la estación “Periférico” me doy cuenta de que no es así.
Sus dedos se mueven, acaricia por encima de mi pantalón. Comienzo a tener una erección. Dejo que él continúe con el juego de manos. Siento el líquido preseminal humedecer mi ropa.
Las personas no se dan cuenta, todo tiene que ser en completa discreción, aprovechar cada paradero, cada momento en el que las personas bajan y suben para restregarnos más íntimamente, para que con el roce pueda sentir sus nalgas y él apriete mi verga con su pulgar e índice.
3:55 p.m.
Llegamos a Pino Suárez, tengo que bajar. Con mi mochila cubro mi pantalón para que nadie note la erección. El juego erótico. Me siento un rato a esperar a que se me baje y me despido del eterno desconocido que se esfumará en la masturbación de esta noche.
Lugares de encuentro y lugares de cruising son dos cosas muy distintas. Los primeros son lugares fabricados para el placer. Lugares seguros donde puedes explorar tu sexualidad y tus fantasías. En Puebla hay muchos: Las Termas, Los Guadalupe, Quinta Avenida, Zeus, Adán. Sin embargo, toda experiencia llena de adrenalina por lo desconocido se esfuma entre sus luces neón creadas para dar una sensación hedonista.
En cambio, los lugares de cruising se encuentran en cualquier lado, no están hechos para gustar y pueden encontrarse en aquella esquina solitaria en la que nadie mira o en el lugar más concurrido. El cruising tiene cierto parecido a las escondidillas, un juego de niños.
Todos son lobos y yo me escondo para que no me encuentren.
Todo rincón de Puebla puede ser apto para el cruising, pero hay ciertos lugares que preferimos por la adrenalina que nos brindan.
Hay un pasaje literario que siempre he relacionado con la adrenalina de ser descubierto, de convertir lo privado en público y lo prohibido en una práctica cotidiana. Es un fragmento de La estatua de sal, la autobiografía de Salvador Novo. Dos niños se esconden debajo de la mesa para tener sus primeros acercamientos sexuales. Tal vez hoy eso se consideraría inapropiado o no sexualizable por tratarse de niños, pero hay cierta consciencia de que en aquel acto no deben de ser descubiertos y eso lo transforma todo. El juego, lo cotidiano, lo prohibido, la mirada, el placer efímero. Todo se acaba.
Viernes Diciembre 2022
5:30 p.m.
Me miro en el espejo de los baños del “8.30” en la librería Gandhi Virreyes ubicada en la Av. Reforma. Me asomo unas cuantas veces para ver que no entre nadie. Alberto está en el baño con la puerta cerrada, esperando la señal. Abro la llave del lavabo y la dejo correr. Él sabe que todo está listo y que debemos de ser rápidos. Sale del baño con la verga de fuera, saliendo por su bragueta. Nos comenzamos a besar, lo abrazo, siento el sudor de su espalda. Acaricio su verga, tiene muchas venas, y está empapada en líquido preseminal que mancha mi playera negra.
Al minuto estoy lamiendo su glande, succionando cada gota, no quiero desperdiciar nada. Me la meto hasta el fondo de mi garganta, leí que eso puede matarme algún día porque se pierde el reflejo que impide que nos ahoguemos. No me importa. Se escuchan pasos y eso le excita. Siento como el semen recorre todo su tronco y el fluido espeso resbala por mi garganta. Me incorporo rápidamente. Él sale del baño y a los pocos segundos entra alguien. Un niño con su padre. Yo me mojo la cara, digo buenas tardes y me retiro.
Tal vez por eso mucha gente nos marca como unos depravados y pues sí, lo somos. No voy a negar lo que soy ni lo que me gusta ser y hacer. No voy a ser un mojigato que esconde lo que hace y finge asombro ante esto.
“¡Lárguense a un hotel para hacer sus mamadas!”.
Pero yo no quiero largarme a un hotel para hacer esto. Yo quiero sentir la posibilidad de ser descubierto. Yo no tengo el tiempo y a veces tampoco el dinero para pagar un hotel. Si me fuera a un hotel cada que quiero coger no podría pagar la renta, ni los servicios que necesito.
“No, Jorge, no exageras. El cruising si es una consecuencia de la precarización laboral”
No sé cuántas veces he escuchado la palabra “precarización”, pero así nos veo. Byung Chul Han dice que se nos exige, y nos autoexigimos, una actividad constante, obligaciones que nos hunden en una depresión. Y luego, ¿dónde queda el momento para el placer? No queda tiempo para sentirnos humanos y yo, como joto precarizado, después de largas jornadas de trabajo solo encuentro un escape: un rincón fuera del ruido y de voces que no se calman con nada. Ahí, en el cruising, dejo de anhelar cosas que ya no existen, o que se han ido borrando, o que se han destruido, o tal vez nunca estuvieron ahí… o yo no sé.
⬛Relato de Jorge Panohaya (1998, México)
