Hasta donde es posible rastrear, el cruising ha formado un tema más o menos recurrente en la poesía homoerótica mexicana. Bajo formas prototípicas o vanguardistas, imágenes luminosas u oscuras, se devela, para aquellos que saben, una praxis irremediablemente conducida por la mirada en la que lo fundamental es “ver y ser visto”1. Para acceder a dicha tradición, el lector no solo habrá de ser un entendido en la materia, también debe tener el ojo entrenado, pues se requerirá que interprete todas las señales. Igual que en ese arte de ligar y tener sexo en público, se vuelve imperativo reconocer los códigos antes de explorar el terreno.
Quien no haya dependido de la intuición visual al andar por la calle, quien no haya usado sus ojos como un par de amuletos que lo guiarían al cuerpo ansiado, no lo atribuirá sino a sobreinterpretación. Quizá sería más adecuado llamarlo lectura desviada: ojo de loca no se equivoca. Discreta aunque graciosamente, como el afeminado que palpa con la vista y luego se cuela en algún sitio con su amante, quisiera deslizarme por esta zona poco explorada en la historia de la poesía, trazar un camino que permita vislumbrar su regularidad y exponer los momentos fundacionales, mas no siempre atendidos, en la primera lírica homosexual del país.
Tómese como ejemplo esa obra pionera, aunque satírica, que es El ánima de Sayula (1871). Para muchos críticos constituye un paradigma de la literatura homofóbica, donde un espectro sodomita oferta su oro para penetrar a un arriero empobrecido a la mitad del cementerio, con un marcado fin moralizante. Pero desde otro ángulo: ¿No podría leerse como uno de los primeros registros del cruising en las letras mexicanas?
Me llamo Perico Súrres
—dijo el fantasma en secreto—
Fui en la tierra un buen sujeto,
muy puto mientras viví.
Ando ahora penando aquí,
en busca de un buen cristiano
que con la fuerza del ano
me arremangue el mirasol…
Si bien el acto no logra consumarse, la pura anécdota o evocación es suficiente para que ciertos lectores alcancen a percibir una serie de relaciones normalmente ocultas entre sexualidad y espacios no concebidos para tal propósito. En buena parte de estos poemas, el cruising no se lleva a cabo, sino que se insinúa, está latente, recorre la atmósfera como rumor y posibilidad. Mírese, poco más de medio siglo después, el “Cinematógrafo” de Villaurrutia, presente en Reflejos (1926), en el cual ya solo una «mirada de puto»2 sería capaz de entrever a dos maricas en un callejón trasero:
En este túnel el hollín
unta las caras,
y sólo así mi corazón se atreve…
y es tan largo que tardaré en salir
por aquella puerta con luz
dónde lloran dos hombres
que quisieran estar a oscuras.
¿Por qué no pagarán la entrada?
Diferente, por su hermetismo y final humorístico, al momento estelar que se condensa en las siguientes estrofas del Nocturno de los Ángeles (1936), donde un conjunto de acciones gozosas y movimientos rápidos en un espacio urbano impregnado de sombra y luz hacen evidente la complicidad erótica que requiere esta práctica. Caso peculiar:
De pronto el río de la calle se puebla de sedientos seres,
caminan, se detienen, prosiguen.
Cambian miradas, atreven sonrisas,
forman imprevistas parejas…
Hay recodos y bancos de sombra,
orillas de indefinibles formas profundas
y súbitos huecos de luz que ciega
y puertas que ceden a la presión más leve.
Pero lo general será el ocultamiento. En otro poema largo, escrito en español e inglés, aunque bastante menos recordado de Novo, su Contemporáneo, la seducción de un marinero hacia un interlocutor de género indefinido (y a quien, por un juego retórico, podría encarnar el propio lector) es apenas perceptible para el que desconoce la experiencia del ligue entre maricas y hombres en sitios públicos. Hablo de Seamen Rhymes (1934):
Take a man like myself—
See these hands—they’re dirty…
We see you at night
Dancing on the deck
Or having swell drinks in the bar
Or maybe you stare at us
Because you wonder
About real life
And men who work for a living
As we do…
El cruising no solo implica sexo salvaje al aire libre o exhibicionismo, dentro de sus facetas también existen otras dedicadas a apreciar lo sutil, casi imperceptible: guiños, gesticulación, el destello en las manos o mirada de quienes comparten un secreto. En ocasiones, se ha tenido que recurrir a estrategias encriptadas y que únicamente sabrían adivinar aquellos que amaban sin decir nombres. Ya para 1941, Pellicer publicaba Recinto, poema escrito años atrás, cuyo inicio configura casi una sentencia: “Que se cierre esa puerta que no me deja estar a solas con tus besos”. Pero el cruising pervivió, callado, pese a los intentos de domesticación. De hecho, Manuel Aguilar de la Torre (a.k.a. Paolo Po) escribió un poema largo, La calle de los peatones tristes (1957), donde las prácticas eróticas de la ciudad se han envuelto en pesadumbre, por lo que el referente queda oscurecido, un momento, bajo la indirecta figura de una estrella:
La estrella que se asoma por las hojas de los viejos arbustos, me mira.
No es posible. Una estrella es… una estrella.
Yo, soy dos pasos en una calle entera.
Las estrellas no son de la calle.
Dos pasos, nunca son una estrella.
Pero… me sigue mirando.
No, yo la miro a ella.
Volveré a ser siempre lo que he que he sido siempre:
dos pasos sedientos pisando la tierra
y una cabeza flotando en el viento.
No se trata, pues, de un asunto menor en la poesía homoerótica mexicana. Los que comparten el secreto, de mana en mana, se habrán dado cuenta. Y aunque al cierre de lo que podrían considerarse sus albores pareciera huir la oportunidad de ahondar en la transgresión y goce producidos, conforme corran los años soplarán otros vientos. Los “desenfrenados maricones” serán libres para devastar finalmente “las escuelas, la plaza Garibaldi”, como en la premonitoria Declaración de odio (1944) de Huerta. Como en las pesadillas de todo buen ciudadano. Que así sea.
1 Alex Espinoza dixit.
2 José Joaquín Blanco dixit.
⬛Análisis de Alejandro Miravete (1996, Ciudad de México, México)
