Capítulo Lu
Estoy en Argentina, en un after con Luciano Bianchi que es un poco más alto que yo, tiene los ojos verdes, y lo conocí una tarde en Recoleta, yo había ido a conocer el famoso cementerio. Estaba mirando la tumba de Eva Perón y pensando en lo poca cosa que parecía en comparación con tantas otras estructuras de mármol que había alrededor. Él justo estaba visitando la tumba de sus abuelos, yo nunca voy al cementerio. No sé muy bien porque lo hice. Encontré muy raro todo, sentí la tensión sexual desde ese momento, en contraste con lo lúgubre.
Suena All i need del grupo Air en un parlante que yo siempre ando trayendo conmigo. Cuando estaba en los recreos del colegio un compañero la ponía. Abre una bolsa pequeña, con algo parecido a la harina. Obvio que no es harina estúpido, me digo a mí mismo. Luciano empieza a jalar y me deja tres líneas para mí. Solo hago una y me voy directo al baño a lavarme la cara. Voy a buscarlo y me doy cuenta que está en una especie de living, de mal gusto. Me doy cuenta que no es la casa de Luciano, que no estamos mirando esa característica ventana rústica jaspeada que tanto la vinculo al gusto de mi mama. Estamos en un hostal, no es un motel. Me doy cuenta que no sé dónde estoy y que Luciano se me acerca violentamente y me agarra de los hombros y me pellizca la tetilla derecha con su brazo izquierdo. Tiene los ojos llorosos. Yo me hago el tierno y le digo que pare, a lo que me pregunta que por qué no jalé lo que me ofreció, que era buena y que era re cara. Me saca la polera que se me raja un poco en el intento, termino sacándomela yo mismo.
Nos miramos y sus ojos cambian un poco. Por una extraña razón se me hace muy familiar su energía y que sea algo violento al parecer me gusta, es la primera vez que experimento todo esto, pero parecencia que ya lo hubiera vivido todo antes con él. Estoy muy duro pero no por la cocaína cara, como me dice Luciano. Él se vuelve tierno ahora, me dan ganas de comérmelo cuando se pone así. Lo intento, pero después me vuelve el sueño y ahí se me baja. Parece no importarle mucho lo que yo quiera. Estoy igual que en Santiago, nada cambió mucho. Me acuerdo de Barrio Yungay cuando veo San Telmo. Estoy mirando la nada pero sintiendo a Luciano que está al lado mío jugando con mi espalda.
Pregunta si quiero ir con él a su casa. Me lo dice muy tímido, incluso algo tierno, sabe muy bien como reacciono. La polera ya no importa, me pongo un poleron. Lo miro y le respondo que sí, que ya le dije. Se me acerca, me sirve el café y me pregunta que porqué no mejor tomamos mate. El mate con caña me hace mal a la guata. ¿Guata? Estómago, panza, no sé, aquí le muestro. Es porque no sos argentino. Insiste. Sé que no soy argentino, pienso en qué estúpida frase me estoy pegando. Me mira con ternura. Veo en él a otra persona. Estas lindo, me dice, siempre me pones cuando me hablas así con ese tonito, se insinúa. Sí, pero no lo hago a propósito, lo miro como diciendo que no me da para otra, pero sin embargo quiero cultivar el deseo en él. Sabes que sí. No Luciano, no lo hago a propósito, miento.
Anda Chilenito, mira que sos de los pocos a los que he metido a mi cama ¿No? Si no lo sabes ¿Entonces para qué? ¿Tu crei que lo hago para meterme a tu cama?
No a mi cama, sino para que te de cómo te gusta. Este weon piensa que lo hace increíble, me pongo coqueto y algo cínico. Bueno Lu sí, me encanta. Aunque la verdad es que sí, me gusta.
Después de eso nos vamos a la pieza y ahí empiezo a darme cuenta de que tirito un poco cuando él me mira y que inevitablemente empiezo a caer en la representación de un personaje porno. Pero no como la Polaca si no más piola.
La cosa termina en unos veinte minutos.
Pone desde su celular a Gustavo Cerati, Rio Babel. Sólo escucha tu alma, El lenguaje universal, toneladas pesan nada cuando sólo flotas sin más que pensar. Por tu cauce río babel. Aguas claras corren profundas. Más que fluir sin un fin.
¿Cómo estás? me pregunta. Estoy cansado. ¿Quedaste Raja?, me lo dice imitando el acento chileno, a lo que respondo, Mm si igual te fuiste en volá. Perdón es que me gustas mucho.
Este cariño, si lo puedo confundir con cariño, tiene más necesidad que verdad. Es la máscara acostumbrada a la máscara.
Despierto y los ojos de Luciano me parecen algo desconocidos. Está viendo el fútbol, Boca junior y River Plate juegan. Está más excitado de lo común, pienso que está actuando. O por lo menos la droga me quitó toda la serotonina como para excitarme de verdad por algo.
Veni Dan, está bueno esto. Me levanto, ya voy, le digo. Me da lata ponerme los pantalones así que voy con bóxer. ¿Qué tenés ahí? Una cicatriz. ¿Y cómo te pasó? Me la hice yo. ¿Por qué? me dice ¿Por qué jalas? Lo quedo mirando. Sos loco.
Después de que Luciano me acosara con lo de la cicatriz, pasan unos minutos. Me mira y me da un beso en la frente, me pregunta si quiero ir a su casa. Obvio, vamos, le contesto. Paga el hostal, no sé por qué fuimos para allá. Su casa es más linda, es cómoda. No sé, me siento algo asqueroso. Bajamos y está nublado, justo se mueven dos nubes y llega un rayo de sol inmenso que nos deja ciegos por unos segundos. Es como un Reset, me dice Luciano y yo río un poco forzado. Necesito más que eso. Que hablas, vení.
Se le ocurre poner música, de forma aleatoria suena Todas las hojas son del viento de Spinetta. Hoy que un hijo hiciste, cambia ya tu mente, cuídalo de drogas, nunca lo reprimas, dale el áurea misma de tu sexo. Ambos quedamos petrificados con la letra, a los dos no llega. Creo que lo puedo llegar a querer, parece que su olor me gusta y pienso que después voy a echar de menos la forma en que nos tocamos. Me río por dentro, me siento básico.
Llegamos y abre la puerta del edificio y aparece su vieja que tiene cara de pena, pero sonríe. Siento que sonríe de verdad y que su pena también es de verdad, eso me da confianza.
¡Dan!, me dice sorprendida. Siento que su carisma es real. Hola Tía ¿cómo estás?
La Tía, La Tía jaja no soy una tía más. Bien rebien, salió el solcito mirá estos rayos preciosos, me lo dice mientras ríe. Así da gusto, le digo. Lindo tu amigo Luciano, le dice en voz baja y algo tímida.
Él me dice que no tengo que mirarlo mucho en la mesa y que no haga obvio lo obvio, que no hable del tema. Que no se sabe que se sabe. Solo se sabe.
Nunca lo hago, desde que conocí a su mamá. Siento una extraña cercanía. Caminamos a su pieza y veo una foto suya con su papá que se llama Emiliano. Emiliano usa una casaca verde musgo y unos pantalones negros con unas zapatillas Nike blancas. Al lado está Teresa que es la madre de Luciano. Está más joven y tiene la misma sonrisa, quizás el único indicio de vejez en su mirada es la ansiedad que penetra en ella.
Es linda tu madre. No me dice nada. Se sienta en la cama, se cambia la polera y deja salir un suspiro. ¿Quieres que veamos la tele? le digo coqueto, invitándolo a la cama. Mejor encendamos el Netflix, me dice algo cortante. Porque siempre “el Netflix”, me río invitándolo a reírse. No sé, así decimos, responde tímido. Me río con más fuerza y añado: no lo dicen. Tú dices, hay otros pibes que no dicen “Netflix”. Porque no te vas con esos “weones”, burlando el acento chileno. Porque estoy acá contigo po.
Viendo Twin peaks, la segunda temporada, Me siento como un niño y es raro este sentir porque es como si no estuviera presente y todo se lo entregara al viento, eso no es tan bueno. Algo en mi empieza a cambiar justo después de una escena muy rara y roja. Empiezo a tener mucha ansiedad. Se da cuenta y me pregunta si tengo frío. Ve que la calefacción está puesta y que estoy con los ojos tensos y que mi temperatura está fría. Lo miro y le pido disculpas, que mejor me voy a mi pieza allá en Montserrat y que me entienda que por favor no pregunte más del tema. Me mira y pienso que está sintiendo mi olor, me da pena sentirme. Me da pena mi olor. Me da pena mi cicatriz, pero él es tan lindo. Siento su olor y me voy hacia él. Me saco la polera y él se quita la nueva que se puso, nos miramos y por un momento pienso que las cosas que nos hacen llorar nos unen. Y es por eso que nos sentimos fuertes, aunque sea un momento parecemos encajar. Siento su mandíbula en mi oreja, escuchó cómo respira y de alguna forma eso me hace tensar mi espalda. Él se da cuenta y se tensa también. Mis genitales para él son como un cuadro que se aprecia, pero no se toca. Siempre lo pienso, pero después de sentir su olor no me importa, no me importa mi cicatriz, no me importa si está su mamá en la otra pieza y que a él no le importe. No me importa saber si su papá los abandonó y que tiene la misma casaca que tengo en Chile. Me entrego nuevamente hasta que va a su cajón y saca cocaína. Lo miro y le voto la cocaína de una patada, en la más violenta. Perdón, es que no te hace bien Lu. Me mira de vuelta y me pega en la cara una cachetada, así como si todo esto fuera una película. No lo puedo creer, pienso. Nos miramos y yo empiezo a sentir que todo está desviado, no lo estoy mirando a él, no estoy sintiendo ni mi respiración ni estoy consciente del lugar ni de la temperatura. Solo siento frio y mi cabeza pesada. Me duele la mandíbula y me abraza. Sorpresivamente llora sin sonido arriba mío, pidiéndome disculpas.
Voy al baño y me quedo mirando fijamente una tijera que es para entresacar el pelo. La tomo ¿Qué mierda estoy haciendo? La dejo donde estaba y me doy cuenta que todo esto está muy raro. Me mojo la cara con agua fría y miro la cicatriz por la que me pregunto desde arriba, me acuerdo del dolor, trato de poner las cosas en orden pero la angustia no baja. Me acuesto al lado de él. Toco su pelo que algo me genera ¿Es esto dopamina?
Los olores entre el sueño y la realidad se mezclan. La sensación de estar despierto se pierde también cuando empiezo a sentir la mano de mi profesor Eduardo que toca mi brazo derecho, para enseñarme a agarrar la pelota de básquetbol y así poder lanzarla a mi compañero. Luego de lanzarla, me doy cuenta que solo me toca a mí y a ninguno de los otros le toca el hombro. Después de un rato lanzándonos la pelota, Eduardo me mira desafiante y me dice:
Dan, lánzamela.
Sentí una cercanía extraña, me transpiraban las manos, me daba vergüenza que me tratara diferente, mejor.
Dale Dan, lánzamela. No pasa nada.
Lanzo la pelota de básquetbol, Eduardo salta y se da una especie de vuelta en noventa grados rotando su cuerpo de izquierda a derecha, haciendo calzar la pelota de manera justa con el arco. Fue la primera vez que me excité con él. Después de varios partidos nos empezamos a hacer más amigos.
Me despierto un poco y veo a Luciano que está roncando. Me toco la pierna que me duele, pero es un dolor cálido que me gusta y es raro.
Estoy chico, estoy en el colegio y el profesor de educación física está en el camarín. El profesor de educación física mide 1.80, debe tener unos veinticuatro años. Nosotros estamos en octavo básico. Ya sabemos del sexo y cómo funciona, así también de los gays. Siempre hay tallas homofóbicas, siempre está el macho por sobre todo.
En mi camarín están Nicolás y Manuel duchándose. Todos siempre nos duchamos, no hay ningún problema, es algo cotidiano después de hacer deporte.
Los baños no están mal, tienen cerámica. Eso nos dijo una vez el profe y que le gustaba estar ahí. Conversaba con nosotros de básquetbol más que nada, o cosas así, que no importaban mucho. Su presencia me transformaba.
Mientras me duchaba, entró en mí una energía erótica que no se si provenía de mí o el conjunto de nuestros cuerpos. Esto hacía que me duchara más rato y que también mi sensación ante el agua fuera distinta, cuando el agua me tocaba, sentía mi cuerpo entre curvo y recto, mis curvas se exageraban y la tensión de mis músculos se endurecía progresivamente. Esto me pasaba solo cuando él estaba presente pero no importaba si me veía o no. Simplemente un hombre estaba ahí entre nosotros, tantos teen.
En los camarines se hablaba mucho de los pelos, eso demostraba testosterona, cierto poder y hombría. Yo tenía pelos que otros no tenían, me acuerdo de mis compañeras preguntando, que quién era el más peludo o cosas de ese estilo. A lo que nosotros preguntábamos de vuelta, a quién le había llegado la menstruación. Cosas que parecían excitarnos a ambos géneros por separado.
Hubo una vez en la que el profe me agarró los pelos. Eso pareció gustarme. Para mis compañeros eso era como un puesto que me había ganado. Él tiene pelos, el profe lo tocó, él es grande, se pensaba. Ya con esa idea en la cabeza me paseaba libremente en pelota por el camarín y esa energía erótica también incrementaba. No sentía ninguna molestia con que me vieran, al revés, me gustaba. Empecé a desarrollar un histrionismo que terminó por consumirme después de unos años.
El profe me vio duchándome y se me paró.
Me acuerdo que también tenía pelos, eran negros y gruesos, tenía unas piernas muy musculosas que contrastaban con su cara algo angelical, sus ojos verdes tenían pestañas muy prominentes. Creo que nunca voy a olvidar esa mirada.
La primera vez me dolió, pero ya a la segunda lo empecé a querer.
El profe se llamaba Eduardo Rodríguez.
Luciano ronca fuerte, esta vez sí me despierta y decido ir al baño a tomar agua y ponerme un parche curita.
Dan, Dante por qué hiciste eso,
La luz del sol se expande por la pared blanca, me doy cuenta que Luciano abrió las ventanas antes que yo despertara, escucho unos pájaros y paralelamente hay ruido de construcción. Tengo que levantarme. Siento mi cuerpo muy tranquilo, decido lavarme la cara. Luciano se queda a los pies de la cama exigiendo una respuesta. Me doy cuenta que me hice un ligero corte pero que manché su sabana con sangre. Tranqui no pasa nada. No pasa nada, es como tú con la coca.
Es diferente se queja entre asustado y enojado. No Luciano no, no es distinto
Empiezo a sentir el dolor y los límites entre yo y Luciano parecen perderse. El soy yo y yo soy él. Su miedo es mi miedo, tanto como él siente el corte, lo noto porque se mira la pierna pero lo evita. Sus ojos verdes con pestañas muy curvadas me hacen acordarme del sueño de ayer, tienen una mirada parecida. Me miran como pidiéndome un favor del cual no estoy seguro y creo que él tampoco. Es como la mirada de un niño, que quiere despertar de algo que lo atormenta. Yo lo abrazo y le doy un beso en el cuello, su olor me saca de aquí. Me siento bien por un rato.
Dan, te quiero. Me lo dice tocándome los pies desde el otro lado de la cama. Yo respondo, yo también tonto. La palabra tonto parece gustarle y me muestra su sonrisa. Me acerco, le doy un beso tenue y cálido entre la mejilla y la boca. Dejo de mirarlo y me acurruco con la almohada y respiro entrecortado, como para que algún demonio se me vaya de adentro. Logro calmarme un poco.
Aparece Lu con jugo de frambuesa con bóxer, sus ojos me contemplan desde la puerta. Yo lo miro asustado y con muchas ganas de abrazarlo, solo de eso. Me tomo el jugo hasta la mitad y él se lo toma rapidísimo. Prende un cigarro y le digo que por favor no fume que es muy temprano. Me mira y lo apaga. Me quiere de verdad, es una sensación muy extraña y que sea así lo hace aún más raro. No debería sentirme ajeno a que me quieran. Le agarro la poca barba que tiene y sus ojos empiezan a cristalizarse. Mientras lo hago él ríe y me dice que su vieja no está, que fue a comprar. Se me pone encima.
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