Un delicado toque perverso (solo uno)

Cerramos el 2025 en nuestra sección de relato, con la firma de Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951). El autor dandy de "La nave de los muchachos griegos" nos regala, para acabar el año, una (delicada) historia que dentellea (solo un poco) la perversidad de la sapiencia.

En la época en que Luis Venceslada se volvió un novelista famoso, conocido tanto por su buena prosa elegante, como por su mundología y por tratar en sus obras asuntos atrevidos y hasta turbios, comenzó a recibir con creciente periodicidad, una serie de telegramas -sí, telegramas- sorprendentes: “Le amo a usted. Dentro de tres días a las once de la noche, me verá en el Café Levante, ataviada de vampiro. Carmilla.” O de este otro tipo: “Yo también he puesto a arder aromas de Mal en mis pebeteros. Comparta conmigo la pasión. Estaré (aquí lugar y hora, por supuesto siempre nocturna) envuelta en hojas de glicina mágica, con flores de estragón en el cabello oscuro. Búsqueme. Carmilla.” Y Luis Venceslada, más burgués al fondo de lo que se pinta, y al que además -y eso no era ningún secreto- nada le atraían las mujeres, pensó: ¡Menuda chiflada! ¡Líbrenos Hércules de estas loquitas de cuidado! Y arrojó esos floridos telegramas (no pocos) a la papelera.

Un día, acababa de volver de Palma de Mallorca, de dictar una conferencia, se hizo noche y comprobó que no tenía planes, pero sí un difuso cansancio. Así es que, tras una buena ducha -era primavera y empezaba el calor- decidió salir a tomarse un whisky, relajar de paso la tensión aérea (como tantos, odiaba los aviones) e indagar u observar, sin buscar, sin prisas, sin afanarse, qué le deparaba la noche madrileña que, sin decírselo, amaba. Sí -lo repetía a menudo- fabricadora de embelecos, extraña, quimerista, gustosa de atar lazos que harían enrojecer al blanco día. Y se fue al Café Oriental donde paraba mucho estudiante con o sin apuntes, mucha americanita en curso para extranjeros, y algún que otro hermoso golfante ocasional. También solía estar por allí el poeta Manuel Tasos, sexagenario un tanto olvidado y feroz denostador del mundo, clamando para quien quisiera escucharle, que toda la literatura de hoy era porquería y nada más que abyecta porquería… Pero si uno entraba y le hacía un gesto cordial con la mano, mandando una sonrisa hacia su poltrona: ¡Hola Manolo!, se comprobaba -momentáneamente, sólo en el momento- la gracia algo andaluza del hecatombista.

No había, por tanto, que preocuparse. Por lo que Venceslada -con el sutil encanto de la soledad querida- entró en el Café, saludó a Manuel, pidió un whisky con agua en vaso ancho, y se acodó en la barra. Encendió un cigarrillo (todavía fumaba) y pensó: Noche fabricadora de embelecos, artera, quimerista, suripanta, malandrina, putonga, mi querida… Y se dio cuenta de que un chico le miraba. Era de suave piel cetrina, pelo oscuro y un aire -ignoraba porqué se le ocurrió- como de lector de Hemingway. Algo de rudo, estudiantil y tierno tenía aquel joven, todo al mismo tiempo. Notó que buscaba su mirada y dejó, complacido, que se cruzara con la suya. Tendría unos veintitrés años y un aura de tímido y a la par avezado. Se acercó con cautela: ¿Eres Venceslada, verdad? He leído alguna cosa tuya y me ha gustado. No te lo digo por halagarte. Le tendió la mano: Me llamo Arturo. Y Luis, respondiendo a la cordialidad, sugirió que se sentaran en una mesa a charlar un rato. Arturo pidió otra cerveza.

Su discurso, sazonado con algo parecido al recato y al atrevimiento, vino a decir lo siguiente: Tenía en realidad veinticuatro años (aunque aparentaba menos porque tendía a imberbe) y acababa de terminar Filología. Le gustaba mucho la literatura -aunque él ni soñaba en escribir- pero se había tenido que poner a trabajar, recién licenciado, en una compañía de productos químicos, como representante. Perdí un año haciendo la mili en Salamanca, y -más original- le gustaban los toros. Incluso, el anterior verano, los había corrido en el encierro, semipamplonés, de San Sebastián de los Reyes. Y Luis, al hilo de todo el relato y de algunas breves preguntas, pudo inferir que Arturo (con algo recio, equilibradamente musculado) era una mezcla de medroso y apasionado, un chico con mucho de vehemente mas también con una zona reservada, modosa; una persona capaz del arrojo y de la fidelidad, y que -sin ser necio- tenía de sí mismo una visión mansamente humilde…

Cuando corrió los encierros (prosiguió) seguía su gusto por el riesgo, pero influyó también el deseo de superar una crisis. Le había dejado una novia, y ante lo inevitable, había bebido, fumado y corrido toros. Todos hemos creído -terminó- que el exceso consuela. Bueno -pensó Venceslada- apareció la palabra “novia”, en un chico como él, hay que reconocerlo, adorable y ambigua. Y entonces, tras solicitar nuevas bebidas al camarero, el novelista quiso comprobar -pausadamente- si se había o no equivocado con el personaje. Y no lo había hecho o, al menos, no del todo. Arturo comentó con cierta risilla cómplice, que no desconocía el ardor masculino. Aunque todo vino en la mili o en el Colegio Mayor, siempre en días de mucho subidón y alguna borradora memoria. Le gustó a Venceslada la risa de Arturo. Era un reír cómplice, cordial, fraterno y claramente autorizador. Como diciendo: Sí, por supuesto, puedes. Y sintieron correr -junto a los nuevos vasos- el río tropical y cálido de lo que es entenderse. Casi no hacían falta otras palabras. O en todo caso se avecinaba (era seguro) el turno del cuerpo. Y Venceslada preguntó: Pero, ¿qué estabas haciendo ahora mismo en el Oriental? A lo que Arturo respondió: Pues esperarte. Tenía ganas de conocerte. Sé que vienes por aquí, y suponía que alguno de estos días coincidiríamos…

¿Y cómo tomar respuesta tal sino como deliciosa, agradable, casi ingenua y noble gentileza de mancebo? Momentos después, Arturo y Luis paraban un taxi a la puerta del Café, y el coche enfiló hacia la casa del segundo, un piso muy moderno y bien decorado, en la Castellana alta,

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La verdad es que el rápido y buen “affaire Arturo”, tuvo rasgos para la memoria. Un cuerpo cobrizo y roble, la dulce timidez viril, el recuento de algunas lecturas (Hemingway, curiosamente, entre ellas) y los relatos de amor del muchacho por algunas chicas -sobre todo por aquella que le encandilaba y exasperaba- a la que Arturo indudablemente amaba, asunto que a Venceslada no le despertaba celos, y que era la misma -recordemos- que le había precipitado a su joven crisis existencial en los días veraniegos de encierros y borrachera. Pero Venceslada ni pensó ni descartó algo futuro con el chico, andaba siempre bastante ocupado y tampoco era la primera vez (algo promiscuo como era) en tener alguna aventura fugaz con algún admirador apetecible -historietillas les decía- si el lector lo valía. Es muy posible que Venceslada hubiese concluido difuminando, así, al grato Arturo en el arcón ferrado de los recuerdos nobles, si, días después, el novelista no hubiera recibido una carta singular. Esta exactamente:

“Queridísimo artista, ¡cómo se me escapaba usted! ¡Qué fina huida! No contestaba a mis envíos, a mis desvelos ni a las prosas líricas que le mandé bajo el enjoyado nombre de Extravíos. No, usted no me quería. (Y yo le aguardaba siempre, novia por usted de negro, en los cafés brumosos de otro París irreal). Lo imaginaba a usted desdeñándome, marchándose lejos en su cabalgadura italiana, rodeada de palafreneros jóvenes y dorados, como los que yo amo también. Por eso le envié a Arturo, al adorable Arturo. Y ahora sé a qué huele usted, qué perfume prefiere, de qué divina textura está hecha su carne, qué ardor le derrumba y también cuál le guía. Si me lo permite, señor Venceslada, ahora puedo decir que usted es algo mío. Arturo me lo ha traído. Le ha querido siempre, mi caballero ingrato: Carmilla.”

Luis Venceslada se quedó de una pieza. No podía ser -simplemente no podía ser- que esa chiflada gótica de Carmilla fuera la que hubiera hecho sufrir al sensatísimo Arturo. La que le hubiera empujado -con sus despechos o altiveces- a los encierros taurinos, a la libresca modernidad (contó que su novia le había estimulado, casi ordenado leer la literatura última) y al fin de todo, lo hubiera empujado hasta él mismo. No podía ser, era una casualidad -o para ser más preciso, al contrario, un destino- al que obstinaba en no dar crédito. Y entonces recordó que, en efecto, hacía unos meses (entre los muchos libros de noveles que le solían llegar) había recibido un conjunto de prosas líricas -apenas lo había leído por encima- titulado “Extravíos”, de fachenda y viso por supuesto muy decadentes- firmado por una tal -de nada le sonaba- Carmen Castilleira. Lo buscó y encontró enseguida. Decía en la contraportada (sin foto) que Carmen tenía veintisiete años, que era maestra -originaria de Galicia- y que ese era su segundo libro. El primero, de cuentos al parecer, se había titulado “Vampiresas.” Es decir que, obviamente, Carmen era Carmilla y (tendría que creerlo) asimismo la novia dura y rara por la que suspiraba y crecía el buen Arturo. Releyó la dedicatoria -estrafalaria y larga- y vio que en la parte más baja de la página figuraba una calle y un número. Una dirección por el barrio del Niño Jesús, al final de El Retiro. En verdad era loco lo que iba a hacer, mas no había otro modo para salir de la duda. Le escribió a Carmen Castilleira, la siguiente misiva:

“Ardorosa Carmilla: ¿Debo darle las gracias? Lo hago. ¿Por el libro? ¿Por Artur? Lo llama usted así, ¿no es cierto? Lo hago, claro que lo hago. Y para celebrarlo, los espero a los dos en el restaurante Siam -Velázquez 209- dentro de cinco días, a las diez en punto de la noche. Llevaré un clavel teñido en sangre de princesa copta. Su amigo Venceslada.”

¿Irían? ¿Y si acudían por dónde fluiría la conversación? ¿De qué peculiar ave del paraíso se vestiría la nocherniega, la bizarrísima Carmilla?

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De cuando en cuando, parece que el tópico se impone. Por ejemplo: Que la vida es siempre inesperada y sorprendente. Tópico o no, suele ser verdad, no lo duden. Y así, donde Luis Venceslada -que estaba en el Siam a las diez en punto, hecho un pincel- esperaba extravagancia, literatura ensortijada de brillos y desafío, apareció la normalidad en traje de entretiempo azul. Carmen Castilleira -así se presentó- era una mujer de ojos vivos, retraída, algo tímida, con gafas doradas y un aire elegante, correcto, de lo que en verdad era: maestra. En cuanto a Arturo -sí, era él, y la damita indubitablemente su amada, su queridísima novia- delante de ello se mostró circunspecto, casi callado y guapo, dejando que fueran los literatos -así pensó Luis- quienes gobernaran los hilos de la charla.

¿Charla? Carmen (saltando en dos pinceladas cercioradoras el tema de Arturo, el mudo sonriente) pasó a hablar de libros, de autores, de sus varias preferencias novelísticas. Y Venceslada estaba (como parece normal) complacido y aburrido. Carmilla no era la meiga finisecular, tipo Marquesa Casati, que sus esquelas y telegramas dibujaban. Y aunque en lo íntimo seguro que era mujer de rompe y rasga, una muy probable hembra de tronío complejo -decía pasarse todas las noches en vela, escribiendo, rompiendo, leyendo, plena de angustias; y él sin hacer ruido se iba todas las mañanas, respetuoso, a su labor de químico- allí, en ese primer encuentro, aparecía como devota de las jerarquías literarias, pausada, con vagos aires de misterio (tras las gafas) que se quedaban, por poner otra nota galaica, en chaparrones o benignas lloviznas de aldea.

Pero cuando -tras la cena, que se empeñaron en pagar- fueron a tomar una copa a un bar de moda, las cosas (los aires, mejor) cambiaron algo. No se podría decir que Carmen se volviese muy locuaz o atrevida -ni que sacara a relucir el personaje maldito que llevaba acaso adentro- lo que sí ocurrió es que alabó de pronto a Venceslada, no ya su literatura, sino a su persona, aunque todo le debía andar en el magín muy unido, y declaró que ya que no podía acostarse con él -a lo que no con mucho secreto había aspirado- le cedía al maestro a su querido Artur, y ya bien sabía (y ahí se le escapó una risilla maliciosa) que todo les había ido, la noche de marras, a pedir de boca. Naturalmente no es que le cediera a Arturo -él mismo no lo consentiría- sino que, sin problemas, se ofrecía ¿cómo decirlo?, a compartir su bien. Como si, de a dos, llegaran a hacer un “ménage à trois”.

¿Aceptaba Venceslada la oferta? Arturo, también con sonrisita picarona, dijo y aseveró que él estaba dispuesto. Y como Venceslada -aunque encantado- pidiera más explicaciones, Carmen/Carmilla, sacando lo perverso afuera, añadió: Me gustas tú, me gusta él y me gustan los chicos que han probado chicos, ¿no es bastante? Ah, y querido artista (entonces se puso sofisticada) créame de verdad que en este trato, yo soy la ganadora…

Vinieron entonces ciertas poses, requebratorios mohines, florete de frases, juegos y retruécanos literarios, un algo de ver quién se ponía más decadente y Carmilla, la vampiresa, mató a Carmen, la enseñante. Por lo que Luis Venceslada se despidió de ellos, algo harto de literaturas aunque -a qué negarlo- íntimamente satisfecho del arreglo: Literatura de la directa, ahora sí. Y quedó en telefonear a Arturo a su trabajo.

¡Y claro que hubo felicidad, corta felicidad mental, pues tal es al parecer su real mejor esencia! Quiero decir que Venceslada soñó en lo que iba a ser su historia con Arturo. La cesión, el grato arreglo. Los días del fabuleo y compadreo generoso. Pero esto nunca llegó a ocurrir. El único día que se vieron -casi un mes después de la cena- Arturo estaba serio, alicaído, con aire de pocos amigos. Y cuando Luis empezó a picotear y frivolizar para animarlo, para poner el “confit” a punto, le atajó diciendo: Me tengo que ir, Luis. Carmen está embarazada y en cama. Es el segundo mes y lo está llevando muy mal. Te lo fui a decir por teléfono, pero no me atreví. Me tengo que ir. De verdad lo siento. Cuando pueda te llamaré, prometido. Y salió furioso, feliz, alelado, escopetado, dirían ahora.

Pasó mucho tiempo y Luis, alguna vez, pensó en ellos. Alguna vez sintió un poco la comezón del deseo, de lo que hubiese podido ocurrir. Pero no quiso dar ningún paso, y nadie lo dio tampoco a la inversa. Otro día, transcurrido más de un año, recibió la invitación para la presentación de un libro: “Chinitos y patitos” de Carmilla Castillo. Y se dijo otra vez: no puede ser. Es una editorial de libro infantil y juvenil. No, no puede ser la misma. Y acudió sólo para cerciorar su aserto.

Carmen Castilleira (con el nombre de Carmilla Castillo) se había convertido en una autora, al parecer con éxito, de cuentos para niños. ¿No lo sabía? No, no lo sabía. Y ella habló en un estrado con tono melifluo, juguetón e inocente. Habló como dominadora del arte de los pequeñuelos. A su lado Arturo, un Arturo más serio, encorbatado, charlaba luego con el editor, un conocido editor dueño de varias casas editoriales, que iba acompañado de su señora. ¿Conocéis a Luis Venceslada? Claro, claro, contestó al prócer la pareja neoinfantil. ¿Quién no ha oído su nombre? Gracias por haber venido, señor Venceslada. Encantados de conocerle. Tenemos que irnos. Espero que sepan perdonarnos, pero tenemos al niño con una “baby sitter”. Y está ya a punto de cumplir su hora. ¡Adiós señor Venceslada, mucho gusto! ¡Y gracias enormes por haber venido!

Tomándose un whisky en la barra de un bar, ya de noche, solo y a solas -una neblina le cerraba el entorno- se dijo Venceslada: La vida compite con la literatura, es verdad. Pero se cansa, se cansa enseguida y falla. Flaca hembra, la vida. Y jodida, bien jodida, la cabrona…

Luego pensó: ¡Carmilla! Y se echó a reír, estruendosamente, mientras el camarero le miraba sorprendido.

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