Voyeur, f**k me so good

Hay dos chicos jóvenes follando en un barco. Más concreto: un yate de dos plantas coronado con una bandera española. Los chicos están en la proa, llevan piercings, las cejas marcadas y están rapados. Creo que la idea es que parezcan unos macarras. Muy machos, muy heterosexuales, muy españoles. Llevan a cabo el ritual, el leitmotiv o escena recurrente de la mayoría del porno gay: el de apariencia menos masculina se agacha para chupársela al otro, tras unos minutos éste le da por culo.

Veo la película en uno de los habitáculos del Egea. Es un lugar de cruising y, aunque aquí el sexo no se práctica en un espacio público, sí que se hace con desconocidos en cuartos oscuros o cabinas.

***

La primera vez que decido entrar pregunto si está animado abajo.

Bueno, ahora sólo hay un chico, me corresponde el dependiente.

Abajo encuentro al “chico” completamente desnudo. Está sentado en uno de los sillones negros de las zonas comunes: fuera de los habitáculos, visible. Atajo hacia la dirección contraria, lo que quiero realmente es tantear este espacio. Intento memorizar cada una de las salas. Entender dónde estoy y cómo funciona. Una rueda de conocimiento, un vistazo rápido para matar la curiosidad, me digo.

Hay varias salas interconectadas mediante agujeros a la altura de la entrepierna. La luz es azul, las salas son negras por fuera, rojas por dentro. Decido dividir mentalmente el lugar en dos zonas. Cruzo el pasillo que conecta ambas: encuentro una sala con barrotes que simula una celda. Adentro hay una silla de cuero colgada con cuerdas metálicas. Recuerdo que esto tiene un nombre: “silla de oscilación” o “sex sling” para practicar sexo de altura.

En esta segunda zona hay más habitáculos: contabilizo siete salas glory hole. Inventario: una papelera, cuatro botones (IN / OUT / ← / →), el hoyo o agujero que da nombre a todo esto, una pantalla enfrente (sobre la puerta), un cristal sobre mi cabeza para reflejar la película, para que sea visible desde todos los ángulos, en cualquier postura. Una luz roja, paredes rojas, colchoneta roja, botones rojos. Funciona así: uno debe pulsar IN para meter, otro pulsar OUT para mamar o recibir.

En cada sala hay una pantalla pasando porno y un espejo enfrente para reflejarlas (supongo que para que sea visible desde todos los ángulos).

Ahora no hay nadie por ningún lado.

***

En la siguiente ocasión paso directo y bajo las escaleras sin preguntar al dependiente. Voy con unas ideas claras, ya preestablecidas: memorizar el número de salas, fotografiar las películas, cazar la música, escanear al personal, detenerme, pormenorizar los detalles.

Entro en cada uno de los habitáculos: los dos primeros videos me sorprenden. No es lo que entendería como porno gay. No sabría identificar lo que están proyectando. En el primero una mujer filma con una cámara casera mientras trata de mantener relaciones con lo que parece un perro moribundo, quizá muerto. En otra proyección una vaquera se la chupa a un caballo. Luego intenta metérsela.

Inexplicablemente pienso en esos videos VHS que grababan los abuelos o los padres en los momentos importantes de sus hijos o nietos: en vacaciones o en una liguilla de fútbol, o en alguna fiesta del colegio, en la entrega de alguna medalla o en fin de curso. Parecen tener esa especie de misticismo extraño y nostálgico. Opaco.

Salgo de esta sala y me topo con un hombre de unos cuarenta años. Lleva chaqueta americana y una camisa azul medio desabrochada. Un maletín le cuelga del hombro. Propone con la mirada desabrocharse el pantalón. Sigo mi camino, y me repito: memorizar rápido, escribir los detalles, conseguir salir en tres cuartos de hora.

La siguiente persona que encuentro está dormida: tendida sobre uno de los sillones, la cabeza contra la pared. Tiene los pantalones a la altura de los muslos y al pene yaflácido le cuelga un hilillo brillante. Parece estar ebrio; puede olerse. Lo miro por una puerta entrecerrada. Continúo hasta el final, decido cerrar el pestillo de la última sala. Aunque la puerta está cerrada puedo ver la sala contigua y el pasillo desde el agujero de la gloria que me corresponde. Me siento, veo pasar a las piernas de alguien más: intuyo que también va desnudo.

Y, aunque aún no he matado por completo la curiosidad, en esta ocasión todo me parece mucho menos excitante, ¿será que deben ser así siempre las segundas oportunidades?

***

Continúo y entro en otra habitación al otro lado del caballero dormido. Una colchoneta de plástico rojo sintético hace las veces de cama. Es en la única sala en la que parecen estar pasando una película porno algo más “estándar”. Añoro alguna imagen más complaciente, siquiera tierna. Dos hombres están follando en lo que parece una oficina o una consulta. (Cliché). Decido que está bien, pueden ser “mi tipo”, así que me relajo.

Vuelvo a la realidad: un hombre de unos treinta y tantos entreabre la puerta. Lleva una sudadera gris y unos pantalones vaqueros bastante anchos. Se queda mirando mis piernas, sube lascivo hasta la entrepierna…

Me siento observado y eso me excita mientras disfruto de la peli.

***

Una voz interna me recuerda: siempre quisiste escribir sobre los cuartos oscuros. Pero ahora, en realidad, no sabría cómo. ¿Cómo intentar trascender sobre algo que ocurre allí y solamente allí:

a oscuras,

en silencio,

vulnerable y en completo anonimato?

Son casi las nueve afuera. Es esa hora en la que ya ha empezado a anochecer, pero aún queda algo de luz: un calor azul oscuro, eléctrico, se cuela entre los edificios. Cruzo rápido de acera para llegar a mi cita.Busco en el móvil las canciones que he conseguido shazamear ahí dentro: la primera es ‘Love on the brain’ de Rihanna. Me pongo los auriculares y,

oh babe! must be love on the brain

that’s got me feeling this way

It beats me black and blue

but it f**ks me so good

⬛Relato de Adrián O. Lozano (1994, Asturias, España)

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