El cine de Lucas Santa Ana se ha caracterizado por una búsqueda permanente de historias propias del colectivo LGBTI, más allá de las narrativas repetidas que suelen predominar la temática. Ya sea a través de una crisis de identidad bisexual, como en Yo, adolescente (2020), o una confrontación generacional de sexualidades, como en Luces azules (2024), hasta la visibilidad de la militancia histórica, como en el documental El puto inolvidable (2016).
Ahora en 300 cartas (2025), la película más reciente del cineasta argentino, protagonizada por Cristian Mariani y Gastón Frías, la cuestión homosexual vuelve a ser el centro. Pero no se trata de un drama sobre la complicada salida del armario ni un romance secreto, sino que estamos ante una comedia que se encarga de poner en escena los hilarantes, confusos y pasionales vínculos sexoafectivos que se forman a menudo en esta tercera década del siglo XXI.
- Mientras que existen tantísimas películas de amor heterosexual en sus distintas manifestaciones y variedad de parejas, los romances gays suelen ser mostrados únicamente en pocas facetas: el dramón trágico de dos personas que no pueden estar juntas por la represión social o los affaires edulcorados de seres perfectos. Lo propositivo de 300 cartas no es ahondar en la lucha interna por aceptarse y amar, la cuestión de la identidad se da por sentado. Jero y Tom no se preguntan si son gays, sino qué tipo de gays; y con ello, una pregunta más importante: qué tipo de relaciones son las que desean.
- Como director abiertamente homosexual, Lucas Santa Ana es consciente del tipo de película que presenta. No pretende justificarla como una obra necesaria de activismo cinematográfico en materia de diversidad (aunque sí lo es). La liviandad de 300 cartas es su mejor arma. Una comedia ligera para entretener y reflexionar sobre los conceptos del amor y la compatibilidad que cada vez más se revientan en sociedad, y de paso, repensar las contradicciones y prejuicios dentro de la misma comunidad LGBTI. Dicho esto, tampoco hay tantos ejemplos de cine LGBTI de carácter “comercial” en Latinoamérica. Los referentes son más bien producciones de latitudes extranjeras y eso sigue revelando una brecha temática en cuanto al tratamiento de estas historias y su posterior recepción.
- Cristian Mariani (Jero) y Gastón Frías (Tom) son una de las duplas más disparejas que el cine de comedias románticas ha mostrado. La primera impresión que tenemos al verlos juntos es simplemente que “no parecen una pareja”. Las diferencias físicas, de personalidad, de match, es un juego debatido durante toda la trama. Dos polos opuestos, no solamente para ellos, también para sus amigos y para el espectador. Su primera conexión es mediante el sexo casual, y con eso, Jero cree que la química de la cama pueden llevarla a la sala. Tom le sigue la corriente y cuando se da cuenta, tienen un perfil en Instagram de pareja feliz.
- Este choque de personalidades también provoca un choque de mundos y la variedad de matices que tienen los colores de los colectivos LGBTI. la vida de Jero parece superficial y acomodada, instagrameable, rutinas de crossfit, el gay guapo masculino. La vida de Tom, en cambio, está más “deconstruida”, su círculo social es más queer, intelectual, imaginativo y con mucha pluma. Son dos realidades en disputa que realmente tienen mucho en común y sus propios demonios.
- “Querido Jero”. El ingenioso guion de Lucas Santa Ana y Gustavo Cabañas. La historia se desarrolla mediante las cartas que Tom deja en una caja como obsequio a Jero al romper con él. Cada flashback es una hoja leída, a veces en desorden. Hay que armar el rompecabezas y tratar de comprender porqué esa linda relación terminó fracturada.
- Los amigos. Otro acierto de la película son los roles que interpretan Bruno Giganti y Jorge Thefs como los mejores amigues de Jero y Tom respectivamente. Cada quien representa otra parte de la diversidad de perfiles dentro del cosmos queer, no sólo en apariencia, sino mentalidad y también tipo de amistad que mantienen con los protagonistas. La fraternidad tiene un componente íntimo que Giganti y Thefs conducen con simpatía.
- Finalmente, la película no deja ningún mensaje o enseñanza acerca de cómo concebir o mantener una relación hoy día. ¡Esa es la mejor parte! Quitarles el carácter dogmático a las historias y simplemente contarlas. Dos protagonistas, tan ingenuos como egoístas, que se atreven a pasársela bien aunque no embonen. Las películas LGBTI tienen derecho a no ser narrativas ejemplares. Y con eso, tenemos historias más verdaderas.
PLUS: Tom es un literato y a lo largo de la trama va construyendo un poemario que, en algunos de los momentos claves de la película, nos comparte en un recital. ¡Es genial contar con un extracto de poesía posmoderna queer latinoamericana del siglo XXI!∎
Imagen destacada: fotograma de «300 cartas».
