Ladies, you know what I mean!

A propósito de Mauricio Wacquez

A Mauricio Wacquez (Cunaco, Chile; 1939 – Alcañiz, España; 2000) se llega en diagonal. Más bien, su magnitud se revela en la penumbra porque su genio se empeñó en pasearse por la oscuridad. El artífice de «Epifanía de una sombra» (2000) no es una de las misiones principales del batallón de rescate del frente queer contra el olvido. Si la cultura LGTBIQ+ fuese una ciudad, al rastro del escritor chileno habría que buscarlo en una urbanización del extrarradio. Allí, siempre en el jardín de al lado, estaría Mauricio sembrando su literatura. Una parcela fértil, nutrida de su infancia en los campos de Cunaco, cuyos frutos dejan impronta en el paladar de quien se atreve a probarlos.

Para ser justos cabría señalar que no es solo osadía lo que se requiere para quedarse a contemplar el huerto de Wacquez. Sus libros no han sido (son) fáciles de encontrar. En su país (y por extensión, en buena parte de América Central y del Sur) una disputa con los derechos de edición entre la casa editorial que los poseía (Tajamar Editores) y sus herederos, sumada a una pandemia mundial y a un incendio en 2017 de los servidores que albergaban todo el trabajo de edición y diagramación de su narrativa completa, han frenado durante mucho tiempo la publicación de su prosa. Un caudal artístico que ha permanecido una eternidad sin nuevas ediciones. Spoiler: Alfaguara Chile ha conseguido avales legales y comienza a publicar parte de su obra en una suerte de riego por goteo, lanzando escritos poco a poco. En España, Mauricio Wacquez es carne de librería de viejo. Sus libros descatalogados y censurados por el franquismo son objeto de coleccionista.

Hedonista innato, autor de culto a lo Pedro Menchén (Argamasilla de Alba, España; 1952) —los dos estudiaron filosofía— , asesor literario y traductor en la editorial Bruguera de mediados de los años 70 y principios de los 80 (su prólogo a «Los niños terribles» de Jean Cocteau en la colección Bruguera-Libro Amigo es una auténtica gema), y alambique capaz de destilar palabras con una elegancia exuberante, Mauricio vivió sus dos últimas décadas enclavado entre el Matarraña, en Calaceite, a la vera de las casas de José Donoso. Allí está enterrado entre las «piedras perpetuas» del pueblo aragonés y todavía allí le recuerdan los vecinos más mayores musitando admiración por su Hijo Ilustre.

El autor de «Frente a un hombre armado» (1981) murió el 14 de septiembre de 2000 en el cercano hospital de Alcañiz después de estar ingresado varias semanas por complicaciones relacionadas con el SIDA. Siempre que alguien recuerda la historia de su fallecimiento se me aparecen los resortes novelescos con los que la muerte («el negro que no sabes cuando llega») visitó al escritor. Mauricio se encaminó a su exitus letalis en el mismo complejo sanitario en el que también estaba severamente enfermo su pareja: el poeta y traductor catalán Francesc García-Cardona, que apenas lo sobrevivió un día. Su deseo era estar enterrado junto a la persona con la que había compartido anhelos pero los padres de Francesc, en una especie de castigo post mortem, se lo llevaron al cementerio de Cervera (Lleida), su pueblo natal, para darle sepultura. Quizá porque no sabían que no se puede condenar a dos fantasmas que se quisieron tanto. El oprobio no trasciende, es la maldición de los vivos que lo escupen.

La importancia de la obra de Wacquez en la literatura LGTBIQ+ es innegable. Pero la lucidez de los planteamientos y los hallazgos creativos de este «novísimo» chileno (en el que después se espejarían, no solo en nomenclatura sino también en relevancia, Vicente Molina Foix o Luis Antonio de Villena) precipitaron en un asteroide narrativo en forma de libro de relatos que en 1971 surcó la galaxia de la transgresión atendiendo al nombre de «Excesos» (Editorial Universitaria). Las historias cortas que allí se contienen pertenecen a otro rincón del Universo. Al que se modela y modula con la tensión entre la libertad y el acatamiento normativo. En este libro capital, Mauricio Wacquez es capaz de adelantarse décadas retratando, al amparo de la tensión entre el deseo y el dolor, el rostro escurridizo del amor. Del de un padre y un hijo, del de un hombre maduro y un adolescente o el que se cuartea en una metamorfosis trans escrita en y desde el propio cuerpo. «El papá de la Bernardita» («… mientras el Nacho con el papá de la Bernardita iban a caminar por la playa, sin siquiera fijarse en nosotros»), el mismo cuento que da título al libro («Excesos») y que está encabezado por uno de los inicios más espectaculares con los que podemos toparnos: «Antes, ayer, yo amaba a Irene. Hasta ayer en que ella se fue, yo la amé locamente» o el magistral «El coreano» («No sabe lo hermosas que eran esas tardes. Claro, en ese tiempo usted aún no conocía a mi padre.») son misiles de largo alcance apuntando a las bases de la heteronormatividad y rezumando infinidad de buenas razones para dejarse alcanzar por ellos. Retronando mucho más que cualquier «boom» y estirando su onda expansiva hasta las mismas entrañas. Ladies, you know what I mean!

¿Tienes algún comentario?

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Artículos Relacionados

«300 cartas»: cine LGBTI Latinoamericano

El cine de Lucas Santa Ana se ha caracterizado por una búsqueda permanente de historias propias del colectivo LGBTI, más allá de las narrativas repetidas que suelen predominar la temática.

«Los amantes astronautas»: sexy, divertida y latina

La narrativa gay en general, pero con mayor hincapié en la cinematográfica, se agota pronto, cuando las tramas de salidas del clóset, primer romance, y vida secreta plagan las películas. No sólo las premisas se vuelven repetitivas, también los tonos, o eso que llamamos subgéneros en el cine.

Mi primera rave sado

Afuera queda todo mundo conocido. Esa suavidad de la rutina: de las cosas que vemos a diario y que nos reconocen como parte de un universo propio, palpable...

«Tesis sobre una domesticación»: retorcer la mirada al cine

Andy Warhol decía que “el sexo es más excitante en pantalla y entre las páginas, que entre las sábanas”. La imagen es poderosa, nos atraviesa, compromete, puede violar nuestra mirada que, según algunos eclesiásticos y artistas, es el conducto verdadero del alma...