Dos corazones y una lágrima

Dos hombres bailando al son del sexo y claudicando a las coordenadas geográficas que les separan. México y Cuba unidos en el relato corto que Federico Cendejas Corzo (México, 1989) escribe para Un Cuarto Oscuro.

Hoy por la tarde sale mi avión de regreso a la Ciudad de México. Aquí en La Habana el sol aplastante de abril golpea con fuerza las calles y avenidas. El mar está tranquilo y una que otra ola se estrella contra el largo y hermoso malecón. La vista que ofrece la luz resplandeciente me hace recordar que por cosas así, vale la pena estar vivo.

Son las once de la mañana y apenas me levanto, la larga caminata de ayer y el paseo nocturno me dejaron exhausto. El baile, la música y la bebida siguen impregnados en mi piel, mi cabello y mi memoria.

Ahora me duele un poco la espalda, la cabeza me punza y el muchacho que conocí anoche sigue acostado en la cama, no sé cómo me atreví a traerlo hasta aquí y lo dejé que durmiera conmigo. El alcohol nos hace tomar decisiones extrañas, anestesiados bajo su efecto, las situaciones más disparatadas parecen ideas sensatas.

Lo conocí bailando, estaba con los compañeros del congreso en un centro nocturno, después de la visita cultural y de la cena, teníamos ganas de fiesta, fuimos a un lugar que nos habían recomendado esa misma mañana y cuyo nombre no puedo recordar. Él me miraba insistente, hasta que se acercó a mí y me pidió que lo acompañara a la pista. Su hermoso físico me deslumbró desde el primer momento, los ojazos verdes, la piel blanca y tersa y esas manos fornidas y callosas curtidas por el trabajo y que contrastaban con las mías, finas y de uñas pintadas. Yo lo seguí como una serpiente hipnotizada por el encantador. Al principio los dos quisimos llevar al otro al ritmo de la salsa que sonaba, hasta que me dijo en el oído con su sensual acento cubano: “Déjate llevar, suéltate, niño”, obedecí, justo como el ‘niño’ bueno que él mismo dijo que yo era. Giré de las más intrincadas maneras posibles: brazos, cabezas, piernas, cabelleras, todo daba vueltas en perfecta armonía con la música caliente del Caribe. A pesar de que siempre me ha gustado bailar este tipo de sones, nunca lo había hecho como lo hice ayer. En México también se baila y se disfruta, pero esta isla hechizada ejerce un poderío enorme en las personas que la visitan.

No sé cuánto tiempo dancé con él, en el calor de la fiesta y la emoción del momento, las copas se fueron multiplicando y mis compañeros fueron desapareciendo hacia sus lugares de hospedaje poco a poco. Mientras este cubano de rizos dorados y yo seguíamos moviéndonos al ritmo de la tonada tropical y tomando alcohol impunemente.

Cuando me dijo su nombre, tan antiguo y sagrado, sentí un estremecimiento al pensar que se llamaba como un profeta importantísimo para la tradición judeo-cristiana, no supe si era una bendición o una blasfemia, así que no quise repetirlo por temor a desatar la ira divina.

Tal vez eran las tres o cuatro de la mañana y mi cuerpo, con la borrachera y el calor ya no aguantaba ni un minuto más, así que decidí que debía regresar al departamento que tenía rentado para mi semana de estancia en La Habana, pero cuando mi precioso cubano me abrazó para despedirse de mí, sentí el poderoso deseo de invitarlo a dormir conmigo y él aceptó con una mirada pícara. Tomamos un taxi que me cobró carísimo, a pesar de los escasos minutos que hicimos de recorrido.

Apenas entrando al departamento me abalancé sobre mi bailarín en un beso apasionado, me correspondió salvaje y nuestras manos ansiosas empezaron a recorrer los caminos de la desnudez que iba aflorando poco a poco mientras la ropa iba cayendo, justo a la inversa de cuando se sube el telón y te descubre a los actores y al escenario en el teatro.

Su blanca camisa de botones dejó al descubierto el torneado abdomen, el pecho palpitante con un ligerísimo vello que lo cubría casi imperceptiblemente. Todo él era de una delgadez extraordinaria. Habíamos perdido los zapatos y calcetines desde el primer instante. Su pantalón de mezclilla roto quedó tirado en el piso junto al mío que, curiosamente, era muy parecido. Su trusa blanca se me figuró un detalle gracioso, siempre he pensado que ese tipo de ropa interior solamente la usan los abuelos. Tampoco importó demasiado, porque, a pesar del calor del momento y del frenesí inicial, me detuve y puse mis manos en el resorte gastado de la última prenda que le quedaba encima y decidí irla bajando poco a poco hasta que reveló toda la verdad de su piel. Ese sexo esplendoroso y sudado que despedía un olor salado y característico encendió mi cuerpo como nunca antes, la potente erección quería romper como un mazo todo aquello que se le pusiera enfrente. Mi gesto de satisfacción ante lo que mis ojos veían le hizo esbozar una sonrisa y ahora él me despojó del bóxer rojo que llevaba puesto, para dejar escapar después una risita traviesa. Parecíamos niños jugando juegos de adultos, aunque fuéramos en realidad adultos apostándolo todo. Ya en medio de la desnudez compartida, quise dejarme sorprender por aquello que me aguardaba en los caminos de ese cuerpo que se materializaba frente al mío como extraído de un sueño.

Su lengua entrando en mi boca y recorriendo mi cuello, la aspereza de sus manos encontrando los rincones indicados en los que acechan misteriosas sensaciones. Al igual que en la pista de baile, me dejé llevar por su ritmo y sus vueltas, ahora no se requirieron palabras para llegar a ese acuerdo. En ese momento no pensaba en nada, ni en nadie, no había angustia ni riesgos, él era el capitán de un barco en altamar y yo un simple marinero recorriendo las aguas del Caribe más profundo y placentero. Me ofrecía su cuerpo y se asomaba, incluso, un poquito de su alma. Podía notar la enorme tristeza que cargamos muchos de los que somos así, ese dolor del estigma que la sociedad nos ha puesto por ser hombres que besamos a otros hombres. Pero en ese presente suspendido de todo, me entregué a la carne sin mayores pretensiones que vivir intensamente el momento.

En medio del arrebato erótico se me olvidaron por momentos la poesía y las metáforas, afloraba mi yo animal, sin escrúpulos y con hambre y sed, con hambre de carne de hombre, con sed de gritarle a los cuatro vientos que deseaba una verga así de hermosa rozando todo mi cuerpo y con unas ganas tremendas de tener su semen escurriendo por mi cara.

Y así, mojados de sudor y nostalgia, penetramos el uno en el otro, con dolor y alegría, llenos de un deseo que, como una hoguera, se levantaba hasta el cielo para irse consumiendo después en las brasas de nuestra fogata imaginaria.

No logré sofocar el grito que emergió de los más recóndito de mis entrañas cuando alcancé la cima del orgasmo y cuando segundos más tarde él también gemía en el último escalón del éxtasis. Ni siquiera puedo explicar el motivo por el cual, justo después de ese momento, una lágrima traviesa y furtiva, escapó caprichosa de mi ojo, sin previo aviso, sin haberlo pedido y sin que nadie lo anticipara y se escurrió por mis mejillas para mezclarse con el sudor de mi rostro. Él se dio cuenta y en el gesto más tierno, la limpió con su dedo pulgar en mi mejilla.

Ya relajados, dormimos profundamente en esa cama muy dura para mi gusto, tanto como la vida en esa isla vista desde mis ojos.

Ahora que lo contemplo dormido, desnudo entre las sábanas, hermoso y perfecto, parece inalcanzable a pesar de que unas horas antes fui invitado a disfrutar de su jardín. Me pregunto si algún día volveré a verlo después de hoy, si volveré a escuchar su voz. Somos de países y mundos distintos, dos vagabundos que coincidieron un día en un baile tropical y que no se conocen de nada.

Camino unos pasos, miro a través del balcón nuevamente, no estoy adentro ni afuera, ahí en mi cama, unos rizos rubios y del otro lado, el mar, el malecón y El Morro a la distancia.

Me invade una tristeza inexplicable, yo volveré a la Ciudad de México y él se quedará aquí. Habrá sido, entonces, una estrella fugaz en el firmamento de mi vida. No es él, ni soy yo, es todo lo que nos precede, la historia que nos rebasa, lo que nos va a separar.

Él se despierta y me mira sonriente, me dice: «Buenos días, niño» y yo siento unas ganas enormes de lanzarme por ese balcón hacia el cielo y el mar, porque mi soledad es tan inmensa que apenas ese azul brillante de una Cuba libre y sin dolores, de una isla llena de bellas historias de amor que no existen, de ese país inventado por mí, puede contenerla.

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