El fantasma de Monsiváis

En el relato de Martín Fragoso (México, 1976) un muchacho decide explorar un sauna el día de su cumpleaños y poner a prueba su nueva sexualidad entre varones de todos los ambientes. Lo que se topa es a su propia versión futura y una ciudad de terremotos.

Al Martín del pasado y al Martín del futuro

“¿Cómo se me ocurrió ir a los baños si nunca había estado con alguien?”, la pregunta que se planteó le hizo rememorar. “Hasta ese momento me había limitado a visitar cafés internet para chatear, participar con seudónimo en grupos de discusión de yahoo, entrar a los Sanborns para revisar la agenda LGBT de la revista Tiempo Libre y comprar las revistas Q–eros y Boys&Toys. ¡Ah, sí! ‘¿Qué baños de vapor me recomiendan para que me den una buena manoseada o algo más?’, pregunté en varios de los grupos yahoo. A pesar de no haber tenido experiencias reales, gracias a LatinChat, las revistas y los juveniles deseos sexuales, imaginación no me faltaba.”

En el grupo “Ligue gay en Coyoacán” le recomendaron los Finisterre, los Molino, los Puerto Vallarta, los San Juan y los San Ciprián, entre otros. Se decidió por los baños Rocío, no los de Gómez Farías sino los que están sobre Calzada de Tlalpán, entre las estaciones Nativitas y Portales, de la Línea 2 del Metro. Alguien le contó del tipo de hombres que encontraría y con los que podría darle gusto al cuerpo.

En otro mensaje le copiaron un texto aparecido en una revista: “Como en casi todos los baños, la acción sucede en el vapor general. Los viernes, poco antes de que la noche tapice el cielo, la mayoría de los clientes gay son estudiantes y llevan las populares bebidas que se venden en los vapores de la ciudad de México: los refrescos minerales sabor toronja o manzana roja.”

En los baños de vapor venden jabón, pasta y cepillos de dientes, shampoo, cotonetes, cremas, gel para el cabello, navajas de rasurar y rastrillos, entre otros artículos de higiene personal, pero Francisco no estaba seguro de que en aquellos a los que se dirigía vendieran “gorritos”, por ello hizo una pausa en la farmacia antes de continuar su camino. “Y aunque los vendieran, no los pediría antes o después de pagar para entrar al vapor general, sería demasiado obvio. Digo, es un secreto a voces que hay ambiente, los dueños y empleados lo saben, pero se hacen de la vista gorda… prefiero ser discreto, mejor se los compro al doctor Simi.”

Después de comprar, continuó recordando su primera experiencia en los baños. “Decidí no ir en viernes sino el día de mi cumpleaños. Pensé que no era lógico que nadie tuviera ganas de coger en sábado. En aquella ocasión no compré condones, ni por un instante se me ocurrió hacerlo. Lo único que llevaba en mi mochila eran sandalias —siempre he odiado pisar descalzo las regaderas públicas de los gimnasios y balnearios—, jabón, sacate y toalla”.

Al llegar a las afueras de los baños decidió fumar un cigarrillo antes de entrar. No estaba nervioso, pero, tal vez porque no había regresado en casi 20 años, no pudo evitar pensar en todo lo vivido antes y después de aquel lejano día. En su vida de entonces y en su vida de ahora. En las expectativas de sus padres y en sus propias expectativas.

Llegar a su destino le llevó menos tiempo que la vez anterior. En ese entonces vivía con sus padres en un departamento cerca del metro Lázaro Cárdenas, de la línea 9. Así que tuvo que recorrer cinco estaciones del metro y transbordar en una ocasión. En cambio ahora, que rentaba un cuarto cerca del metro Portales, solo tuvo que caminar unas cuantas calles.

Mientras fumaba a las afueras de las instalaciones, recordó con nostalgia aquel 4 de marzo del año 2000. El sentimiento se debía no a lo vivido ese día sino a la forma en la que entonces miraba el mundo, la forma en la que mira un jovencito con muchas ganas de experimentar.

Aquel día Francisco despertó a las diez de la mañana y de inmediato se levantó entusiasmado. En cuanto abrió la puerta de su cuarto para dirigirse al baño se encontró con su mamá.

—¡José, ven, el niño ya está despierto! –Dijo Silvia y de inmediato lo abrazo efusivamente.— ¡Feliz cumpleaños, amor mío!

—Mamá, ya no me digas niño.

—¿Cómo amaneció mi campeón, el hombrecito de la casa? –Dijo José al escuchar la ya conocida súplica de su hijo.

Ambas cosas molestaban a Francisco: que su mamá insistiera en decirle niño y que su papá, con tonito burlón, le dijera “hombrecito”.

—Entiende a tu mamá, para ella siempre serás su niño, pero tú y yo sabemos que ya eres un hombrecito… y que falta poco para que te hagas un hombre de verdad… Hoy en la noche te llevaré a que te estrenes.

—¡Ya te dije que no hables así, José! –Silvia protegió con un abrazo a Francisco.

—Es una broma, mujer. Ya son otros tiempos, mi padre sí que tenía esas ideas y no pocas veces lo sufrí. Yo pienso de forma distinta, ya te lo he dicho.

—Pues no le amargues el cumpleaños al niño.

—Mamá, que no…

—Está bien, mujer. Ven acá, campeón. ¡Felicidades! Ya eres mayor de edad.

Durante el desayuno Francisco les explicó a sus padres que iría a comer a casa de unos amigos, ante las preguntas insistentes de ambos aclaró que todavía no tenía novia y le hicieron jurar que les diría en cuanto tuviera una. José quiso hacerse nuevamente el gracioso preguntándole si ya sabía “cuidarse” para que ninguna muchachita le saliera con su “domingo siete”. Tanto su hijo como su mujer encontraron antipáticos los chistes.

Después del mediodía, Francisco se despidió de José y de Silvia –no sin antes recibir dinero en efectivo como regalo–, éstos le pidieron que no abusara del alcohol y que no regresara tan tarde.

La verdad es que el joven no tenía planes con sus amigos. “No voy a celebrar, solo saldré a pasear con mi padres”, les explicó. Era una mentira, claro que festejaría, pero ellos tampoco estaban incluidos en la diversión.

Mientras se dirigía al metro pensó con algo de tristeza en todos los chistes de su padre y en la sabiduría que a veces encierran los dichos y refranes, en este caso “entre broma y broma, la verdad se asoma”. A su papá, dijera lo que dijera sobre su distanciamiento con respecto a las ideas del abuelo, le urgía que ya se estrenara con alguna chica.

La noche anterior, a causa de la emoción que le producía la idea de al fin salir del clóset con sus padres, el sueño tardó en hacer acto de aparición. Hasta bien entrada la madrugada estuvo haciendo castillos en el aire. En su mente apareció una y otra vez la escena que lo ilusionaba: después de la noticia, José y Silvia lo abrazaban y con caras sonrientes le decían que no existía problema alguno, que lo amarían por siempre sin importar su orientación sexual.

“El trabajo de semanas se fue a la basura por mi cobardía”, pensó apesadumbrado. Y es que durante todo ese tiempo estuvo buscando las palabras precisas. Corrigió concienzudamente varios borradores hasta lograr un discurso que le pareció aceptable. Y mientras preparaba la gran disertación también estudió las reacciones de sus padres ante el tema de la diversidad sexual. No parecían tan cerrados, pero la verdad es que uno nunca sabe, muchas personas dicen ser tolerantes y abiertas de mente ante los hijos raritos de los demás, ¡ah!, pero que los suyos no salgan así porque los quieren corregir a golpes.

La seguridad y el entusiasmo de la noche anterior se desvanecieron en cuanto sus padres lo abrazaron por su cumpleaños. Ni ellos ni él estaban preparados.

El Francisco de 35 años sonrió al pensar que para el 2017, un adolescente para salir del clóset tenía mucha más información y ayuda, y no solo de especialistas. “Basta con escribir ‘¿cómo salir del clóset?’ en el buscador de YouTube para que aparezcan decenas de videos de chavitos que ya lo hicieron…”, pensó y lo que a continuación se le ocurrió le borró la sonrisa. “Pero antes era otra cosa… Antes, hace casi 20 años. ¡Cómo ha cambiado el mundo! ¡Cómo he cambiado yo!…”. Entonces se alegró de que sus clientes y conquistas en La Belle Epoque, el bar de Zona Rosa en el que trabajaba como mesero, le calcularan hasta diez años menos de los que en verdad tenía.

“De cualquier forma, seguiré pensando cómo decirlo”, concluyó el Francisco que estaba estrenando sus 18 años, nada debía arruinar el regalo de cumpleaños que se daría a sí mismo, por ello apartó de su mente la frustrada salida del clóset. “De cualquier forma, tal y como quiere mi papá, hoy voy a estrenarme”, se sintió emocionado y apresuró el paso.

Sus amigos de la prepa tampoco sabían de su orientación sexual. Un colectivo se juntaba todas las tardes, pero él no asistía a esas reuniones. Caminaba muy decidido hacia la jardinera en la que colocaban la bandera de colores, pero cuando estaba a unos cuantos metros su convicción desparecía. Sin embrago, como era el único de su generación que aún no se graduaba y, según sus cálculos, todavía estaría, para disgusto de sus padres, un par de años más, pensaba que le sería más fácil salir del clóset. “Sí, el próximo ciclo escolar lo haré, igual y hasta galán me consigo, aunque aún no he visto a alguien que me mueva el tapete dentro del grupo de jotitas.”

El Francisco que acababa de alcanzar la mayoría de edad abordó el metro en la estación Lázaro Cárdenas con dirección Pantitlán, bajaría en la siguiente y se dirigiría a Chabacano de la línea 2. No eligió un vagón en especial, subió al azar. Aún le faltaban varios meses para conocer, en uno de los Cabaretitos, a Jacobo, que escribía su nombre como “Hakovo”, que estudiaba la carrera de veterinaria en la UNAM y con el que viviría un efímero noviazgo de un mes. Sería éste quien le hablaría del metreo, es decir, del ligue gay en el último vagón.

Pero eso no era lo único que le faltaba por conocer, y es por eso que el Francisco de 35 a veces extrañaba la mirada “virgen” del primero. Por supuesto que había disfrutado de mucho de lo visto y vivido en esos 17 años que los separaban, pero algunas de sus malas experiencias a veces le hacían fantasear con la idea de viajar al pasado para avisarse de éstas.

Retrato Martín Fragoso

Entre esas malas vivencias estaban las relaciones en las que terminó con el corazón roto y que, paradójicamente, hicieron que él también lastimara a más de uno. Por ello, en el año 2009, después de ver un grafiti en el que aparecía un hada observando el rostro de la Luna, escribió un cuento cortito al que tituló “Consejera”:

La noche, lo sabes bien, nos regala maravillas, prodigios y portentos; pero también miserias, espantos y horrores.

Hace mucho que tus alas te permiten explorar, ir a los lugares que –dicen– no visitan las hadas decentes.

La oscuridad aparece y con ella llegan sus ángeles, pero también sus demonios; aprendiste rápidamente la valiosa lección.

Comenzó tu metamorfosis. Sentiste miedo cuando tus uñas se afilaron, cuando te crecieron pequeños colmillos.

Para sobrevivir necesitabas esos cambios.

Has sido víctima, pero también verdugo.

Conoces el amor y el odio. La paz y su ausencia.

Por ello es que de vez en cuando necesitas tomar un descanso, un respiro.

Y acudes a ella.

Es tu amiga. Te comprende, te respeta y estima. Sabes que siempre estará dispuesta a escucharte.

Mejor guía que la Luna no podrías tener.

Fotografió el grafiti con una cámara desechable y, una vez que mandó a revelar las imágenes, escribió el cuento en la parte de atrás.

Pero el Francisco que abordó el vagón en la estación Chabacano rumbo a Nativitas ni siquiera se imaginaba todo eso. Éste apenas podía vislumbrar, por las pláticas en el chat o por sus lecturas, las noches de antros y bares, que se le antojaban mágicas y divertidas. Ya tenía edad para entrar y estaba dispuesto a hacerlo. Llegaría a esos y a otros lugares –como al que ahora se dirigía– igual que el hada al inicio del cuentito cursi que escribiría en el futuro: sin colmillos y sin uñas afiladas.

El Francisco de mediana edad, dejándose atrapar por la nostalgia y haciendo un agridulce ejercicio de introspección, recordó lo felices que se pusieron sus padres cuando finalmente, después de cinco años en la preparatoria y un año sabático, logró ingresar a la universidad. Tres años después dejó sus estudios de psicología y comenzó a trabajar. “¿Por qué no terminas la carrera, nene?”, le insistió su mamá hasta el último día que vivió con ellos.

“¿Dónde estaría ahora si hubiera terminado la carrera?, ¿qué estaría haciendo hoy en día? ¿Se parece mi vida actual a lo que imaginé que sería el día que cumplí 18 años? No, sinceramente no. Pero, ¿al menos soy feliz?”. No supo qué responderse. Su trabajo y su soltería, como tantas otras circunstancias en su vida, tenían sus cosas buenas y malas. “Pero ¿qué quiero hacer en los próximos años?, ¿y si terminara la carrera o comenzara otra? No soy un adolescente, pero tampoco estoy tan grande.”

Cuando el Francisco de 18 años llegó a la estación Nativitas se dirigió a la salida sin pensar más que en los chacales, los mamados de mercado y los hombres maduros que estarían esperándole, según le habían contado. Evidentemente no pensaba en su vida futura, era imposible que en esos momentos pudiera preguntarse lo que estaría haciendo dentro de 17 años. ¿Por qué lo haría? El futuro no le pesaba sino todo lo contrario, era una hermosa promesa: vivencias, amores, sexo, triunfos, diversión, alegrías… Cuando al fin llegó a los baños, a diferencia del Francisco de 35, se puso nervioso… Sí, continuaba emocionado, pero no pudo evitar esa sensación de intranquilidad. Decidió fumar.

Francisco sintió satisfacción al pensar que si bien a sus más de treinta años tenía afiladas las uñas de las manos, también era cierto que podía pintarlas del color que se le diera la gana. “También te crecerán los colmillos. Para sobrevivir necesitarás esos cambios, lo descubrirás y lo escribirás nueve años después, inspirado por un grafiti. Lástima que no puedas escucharme, lástima que no pueda prevenirte.”, se dirigió al Francisco joven al recordarse en ese mismo lugar, fumando nerviosamente a un costado de la librería Jimena. Fue consciente de las ideas, emociones y preocupaciones que en ese entonces tenía, pero no supo si quedaba o no algo de todo eso.

El Francisco de más edad sacó de la bolsa de su chamarra la libreta y la pluma que usaba en su trabajo y comenzó a hacer anotaciones.

—Ten, muchacho. –Arrancó las hojas y las dobló en cuatro.

—¿Qué es esto?

—Tu regalo de cumpleaños. Información que te será muy útil… que nos será muy útil. Es una lista con los nombres de quienes se convertirán en nuestros amores, nuestros amigos y enemigos. Debajo de algunos nombres encontrarás una pequeña descripción del personaje en cuestión… Así nos ahorraremos unas cuantas lágrimas. También encontrarás consejos sobre otros temas, dentro de poco elegirás una carrera que terminará aburriéndote, así que es mejor que veas otras opciones…

El Francisco más joven le dio una chupada a su cigarrillo antes de tomar las hojas.

—Cuando regrese a casa las revisaré, lo prometo. –Sonrió y se las guardó en uno de los bolsillos traseros de su pantalón de mezclilla.

Ambos arrojaron las colillas de los cigarrillos al suelo y las aplastaron con las suelas.

—¿Estás seguro de que quieres entrar?

—¿Bromeas?

Francisco supo que no podría convencer al joven de postergar su visita a los baños, de nada serviría contarle lo que estaba a punto de vivir, el pavor que lo acompañaría los siguientes meses. El joven lo miraría con incredulidad, suspicacia… pero nada más.

Entraron al establecimiento, el más joven pensando en lo que haría en caso de encontrar a algún conocido y el mayor juzgando como absurdo aquel pensamiento.

—¡Vamos, chico! Si te encuentras a algún conocido es porque también viene a buscar acción, ¿no?

—¿Y si solo viene a bañarse?

—Pues le dices que tú también.

—Fuera tan fácil.

Los dos pagaron el vapor general y, con sus tiquetes en mano, se dirigieron al primer piso. Ver nuevamente aquel escenario no alteró al Francisco de 35 años. Al ir subiendo las escaleras temió que el síndrome de estrés postraumático volviera a aparecer, que le diera un ataque de pánico y tuviera que salir corriendo para después regresar a terapia, ¡a otro maldito año de terapia! Para su fortuna, no fue el caso.

Entregaron los papelitos al encargado y éste les señaló cuáles eran sus respectivos vestidores. En cuanto se desnudaron y se enredaron las toallas en la cintura, se dirigieron, con sus artículos de higiene personal –y algunos condones en el caso del Francisco mayor–, a las regaderas.

—Esta es una de esas experiencias que quisiera evitarte, chico.

—¿De qué hablas?

Francisco se limitó a mirar con tristeza al jovencito, quien planteó otra pregunta.

—¿Ya viste?

En la puerta de entrada al área de regaderas podía leerse: “Prohibida la entrada a homosexuales”. El Francisco mayor no pudo ver el letrero, pues ya no existía.

—¡Pinche letrero mamón! –Agregó el jovencito sin poder contener las carcajadas.

Entraron. A pesar de la hora, abundaban los usuarios.

—Sabía que hasta los sábados la gente tiene ganas de coger.

—Pero hoy es martes.

—¿Martes?

—Olvídalo.

—¿Y ahora qué hacemos? ¿Nos bañamos, nos sentamos, entramos al área de vapor o pedimos que nos den un masaje?

—¿Qué te parece si nos bañamos y después entramos al vapor? Ayer no me bañé y si vamos a tener un encuentro con alguien, preferiría estar limpio.

—De acuerdo.

Continuamente entraban y salían usuarios del área de vapor. Otros más recibían un masaje. Los Franciscos, mientras se bañaban, intercambiaron miradas lascivas con muchos de ellos.

—¿Cuál te gusta?

—¡Todos!

Los dos se sintieron fascinados con los húmedos cuerpos masculinos que les rodeaban, tanto los velludos como los lampiños. Un joven que recibía masaje estaba bastante guapo, también ambos coincidieron en esta apreciación.

Una vez que terminaron de bañarse, entraron al área de vapor. En el centro del cuarto estaban tres hombres, otros más los observaban sentados. Los Franciscos se sumaron a los espectadores. El hombre B, completamente de rodillas, le hacía sexo oral al hombre A, mientras que el hombre C estaba detrás de A, tal vez penetrándolo. El vapor, aunque no tan abundante, no permitía distinguir en detalle la escena.

Un señor en ropa interior y que caminaba alrededor del cuarto, simulando ejercitarse, abrió la llave del vapor, de pronto nada resultó visible.

—¿Estás ahí?, ¡¿por qué hacen esto?!

—Sí, chico, aquí estoy.

Se escucharon gritos a las afueras del cuarto de vapor.

“¿Qué pasará?”, preguntó un hombre al que masturbaban entre otros dos. El Francisco mayor sabía la respuesta pero, a pesar de sus deseos, no podía darla.

La puerta se abrió. “¡Órale, cabrones! Pa’ dentro. ¡Y al que salga se lo lleva la chingada!”, se escuchó e ingresaron quienes estaban en los vestidores y en el área de regaderas

—Son tres los rateros. –Explicó, tratando de contener las lágrimas, un usuario de aproximadamente 50 años.— Yo apenas iba llegando y me obligaron a desnudarme. Al toallero lo obligaron a abrir los vestidores y están robando nuestras pertenencias.

El Francisco de 18 años, el más joven de todos, pensando en el dinero que sus padres le habían dado en la mañana, corrió hacia el área de vestidores. Por actuar de forma tan impulsiva no alcanzó a escuchar que los asaltantes estaban armados.

El otro Francisco, aún sentado, se sintió frustrado por no poder intervenir. Tres minutos más tarde, como sabía que sucedería, el Francisco más joven regresó con una herida en la frente. Nunca antes lo habían asaltado. En los siguientes años volvería a ser víctima de la delincuencia, pero nunca de forma tan violenta. La sangre y las lágrimas le nublaron la vista. Un usuario le ayudó a sentarse y otro trató de detener, usando una toalla, el sangrado provocado por el cachazo. Una vez sentado rompió en llanto, estaba tan asustado como furioso. ¡Vaya cumpleaños!

Después de esa mala experiencia, Francisco visitó muchos lugares de encuentros, entre otros las famosas Casitas. Pero nunca pudo olvidar lo interrumpido por aquellos maleantes en los baños Rocío. Una vez superadas la ansiedad y la angustia, la idea de regresar le comenzó a rondar por la cabeza, pero siempre encontraba razones para aplazar esa visita. Fue hasta que comenzó a rentar un cuarto en la colonia Portales Norte, aunque los baños en realidad están en la San Simón Ticumac, que la idea adquirió la fuerza suficiente como para convertirse en un plan con fecha y hora.

Por eso estaba ahí, como testigo mudo del sufrimiento del Francisco de 18 años.

Una vez que Francisco dejó de llorar, el hombre que le limpiaba la herida se disculpó: “Perdóname, saliste tan rápido que no pude detenerte.” “Si querías detenerlo, lo hubieras jalado de los güevos… o del pito, que lo tiene bastante largo.”, dijo otro tratando de relajar la situación y todos se rieron.

Después del chiste, el Francisco de 35 trató de concentrarse en lo que el Francisco de 18 no podía ver por encontrarse en el pasado. Los hombres A, B y C continuaban en lo suyo. Francisco, al sacar de su mente los demonios del pasado, se sintió excitado con la escena y, al igual que los otros espectadores, comenzó a tocarse el miembro con sutileza. Un hombre de casi setenta años, que estaba sentado en la banca de enfrenté, al ver cómo se toqueteaba Francisco, se levantó y se acomodó junto a él, a su derecha. “Si no supiera que Monsiváis falleció hace muchos años, juraría que es este ñor, a fin de cuentas dicen que frecuentaba este lugar. También dicen que frecuentaba los bares de República de Cuba e incluso que su última pareja la conoció en el Marra y que le dedicó su libro Apocalipstick.”

El doble del autor de Los rituales del caos y de Escenas de pudor y liviandad, también empezó a jugar con sus genitales sin apartar la vista del pene ya erecto de Francisco. Éste, en cambio, miraba a los usuarios: al que tenía a su lado izquierdo, a los tres que daban el espectáculo, a los que veían desde sus lugares, y a los que entraban y salían del cuarto de vapor.

El ñor, después de acercarse a Francisco unos centímetros más, extendió su mano. Francisco no lo rechazó, aunque le pareció sumamente curioso que aquella mano que comenzó a pasearse por sus genitales estuviera fría. “¿Cómo puede conservar esa temperatura dentro del cuarto de vapor?”, alcanzó a balbucear. El fantasma de Monsiváis no tuvo que responder, pues Francisco rápidamente olvidó su pregunta ante tan placentera sensación.

No se necesitaba ser profeta para saber lo que a continuación sucedería, ¿o sí? Francisco disfrutaría, hasta terminar, de las sensaciones que le causaba aquella experimentada mano. ¿O qué otra cosa podía pasar?

“¡Está temblando!”, gritó alguien desde uno de los rincones del cuarto. Así fue como Francisco supo que no se había tratado de un mareo, como creyó por un par de segundos. No se levantó, pues pensó que sería un temblor ligero y de poca duración, algo sin importancia. Una vez que la intensidad de los movimientos aumentó todos, incluyendo a Francisco, salieron de la sala de vapor y del área de regaderas.

La alerta sísmica, al fin, se activó. “¡Puta madre!, ¿a qué hora se le ocurre sonar?”. Algunos comenzaron a bajar las escaleras –con o sin toalla en la cintura– con la idea de salir del edificio. Otros buscaron al toallero para que abriera los vestidores y así pudieran vestirse o sacar sus cosas, pero éste ya se encontraba en la calle.

No faltaron quienes se arrodillaron a pedir compasión divina. “Prometo no regresar a estos lugares, pero que no me muera diosito.”, “No vuelvo a engañar a mi mujer, dejaré el vicio de la carne, pero que ya se pase el temblor, por mis hijos, Señor.” Si Francisco permaneció en silencio ante lo que le parecían “puras mamadas” –se definía a sí mismo como un ateo “de hueso colorado”– fue porque realmente estaba preocupado por la magnitud del temblor.

Los estantes con botellas y artículos varios terminaron en el suelo, lo mismo sucedió con algunos espejos que quedaron hechos añicos. Segundos después el temblor y los lloriqueos terminaron. A su regreso, el encargado de las toallas abrió los vestidores y avisó que el servicio se suspendería. En la calle, los Franciscos se encontraron nuevamente.

—Afortunadamente no se llevaron mi ropa, yo creo que vieron mis tenis bastante madreados. ¿A quién le habrá ido peor?, ¿a mí con el golpe y habiendo perdido mi dinero o a ti con el susto?

—Ni idea. Pero el terremoto estuvo cabrón.

—¿Y qué vas a hacer?

—Lo mismo que tú, regresar a casa.

—Pero, ¿podré hacerlo?, ¿habrá metro?, ¿no habrán suspendido el servicio?

—Nel, este pinche temblor fue en el aniversario 32 del de septiembre de 1985, no en marzo de 2000. Puedes regresar a casa sin ningún problema. Pero ven, acompáñame hacia el metro Portales.

El Francisco mayor echó una mirada hacia la entrada de los baños. Intentó inútilmente localizar al ñor de la mano fría, al fantasma de Monsiváis.

Los dos Franciscos estaban asustados aunque por diferentes motivos, el de más edad comenzó a percatarse de la verdadera magnitud de lo vivido, en esta ocasión superaría en solo un par de meses el estrés postraumático. No recordaba haber visto tanta gente fuera de sus casas o lugares de trabajo a causa de un sismo.

En los siguientes días sería testigo de una solidaridad parecida a la que hubo en el temblor del 85, de la cual obviamente solamente sabía de oídas. Escucharía de todo lo bueno y lo malo que es capaz de hacer el ser humano en una desgracia así. Vería la organización de los ciudadanos en las redes sociales, pero también cómo serían usadas para compartir chismes, rumores y noticias falsas. A través de Facebook y Twitter se estaría informando de los centros de acopio y de los lugares donde se necesitaran voluntarios, palas, lámparas, etc. Conocería a los vivillos y charlatanes –infaltables, por supuesto– supuestamente capaces de predecir sismos. Como en el 85, también en esta ocasión saldría a relucir la corrupción en cuanto a la construcción de edificios (materiales, permisos, etc.), muchos de los cuales terminarían siendo demolidos. El terremoto, según las cifras oficiales, habría ocasionado más de trescientos fallecimientos, de los cuales la mayor parte sería de la Ciudad de México.

—¿Qué me dirán mis papás cuando me vean así? A ver qué les invento.

—Te lo adelantare. En cuanto llegues a la casa, te alegrará tanto ver a tus… mis… nuestros padres que llorarás como un bebé en sus brazos, ellos te preguntarán sobre la herida en la frente y les confesarás todo…

—¡No es cierto!

—Sí lo es. Como estarás hecho un manojo de emociones, no podrás contenerte y les dirás lo que querías decirles en la mañana, también les explicarás que el madrazo se debió a un asalto en los baños de vapor y que fuiste por calenturiento…

—¡En la madre!

—Créeme, no bromeo, lo harás.

—¡Chin!

—Aquí es donde nos separamos… Pero te voy a decir una cosa, nunca voy a regresar a estos pinches baños. Sí, ya sé que prometí lo mismo hace 17 años y aquí estamos. Pero ¡ahora sí lo cumplo!

Golpearon sus puños a manera de despedida. El Francisco de 35 observó alejarse hacia el metro al chico que un día fue…

—¡Ey! —le gritó—. Los próximos 17 años no serán tan malos.

Finalmente uno entró a la estación del metro y el otro comenzó a caminar, sobre la Calzada Santa Cruz, rumbo a Filipinas. Mientras caminaba sacó otro cigarrillo y se preguntó si acaso en los baños también habría estado un Francisco de 40, 50 o más años deseando prevenirlo sobre el terremoto.

Twitter Martín Fragoso: @Pharragosus

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