Rincón colorado

Astor Ledezma (Monclova, México, 1987), autor de la magnífica e inquietante novela corta "Madre araña" (Ediciones Periféricas, 2021), nos traslada con su vibrante prosa a un "rincón colorado". Un lugar que emerge en la encrucijada entre el desierto, el sexo y los vestigios del pasado.

Fue una mañana de enero cuando Elías me llevó a conocer el desierto. El lugar se llama “Rincón Colorado”, mencionó entre risas, como si la frase incluyera un doble sentido, un albur que hiciera falta destacar.

Salimos de Saltillo. La carretera a Torreón se presentó como una línea que divide el desierto montañoso del sur de Coahuila. Una hora después, cuando en la radio se empezaban a oír interferencias, Elías señaló un anuncio grande, colorido, que asomaba por la copa de algunos matorrales: el esqueleto de un gran dinosaurio revelaba la distancia para llegar al lugar.

Velafrons Coahuilensis— dijo al fin, acentuando la cadencia del nombre científico. Fue un ejemplar encontrado aquí, en esta zona; pertenece a la familia de los “Pico de pato”. Vivió hace más de 70 millones de años. Imaginé su tamaño, su color, la forma singular del hocico. Intenté imaginar el sonido que podría emitir. Supuse que graznaba como un pato.

Tomamos la brecha que conduce a las faldas del cerro El Pueblo. Dos kilómetros después, en plena terracería, estacionó la camioneta y bajamos a caminar. Él avanzaba deprisa. Sorteaba nopales con gran agilidad; daba un salto por encima de ellos o, sin detenerse más de tres segundos, encontraba una vereda y seguía su marcha. Yo intentaba alcanzarlo. Lo miraba a lo lejos, entre magueyes y matorrales, y apuraba el paso hasta aquel lugar. Lo perdía de vista cada vez que se inclinaba a recoger una roca, un caracol convertido en fósil. Lo veía de nuevo cuando se erguía, guardaba alguna pieza en su bolsillo y continuaba su camino. Decidí enfocarme en la tierra árida, en las biznagas que crecen a pesar de la sequía.

Dinosaurio Rincón Colorado

Luego de un rato alcé la mirada. El silencio del desierto era profundo, absoluto. La imagen de Elías se había esfumado entre las espinas. Grité su nombre, caminé hacia el punto en que lo vi por última vez. Lo descubrí en el suelo, entre arbustos, presionando con fuerza el tobillo derecho. Una espina había ingresado por la suela de su tenis, y la punta, podía apreciarse, había alcanzado a lastimar su talón. Apoyé su pierna sobre la mía, le pedí que tomara aire y, una vez que noté sus pulmones inflados, la saqué de un solo movimiento. Elías exhaló un quejido, se acostó lentamente sobre la tierra. Lo despojé del calzado y empecé a masajear la planta de su pie. La respiración se tornó serena. Hice un doblez al pantalón, fui subiendo las manos por la pantorrilla: hacía movimientos circulares con las yemas de los dedos, desde el pie hasta el muslo. Luego bajaba, sentía la fricción de sus vellos, ese leve cosquilleo. Colocó las manos bajo la nuca, adoptó una postura para dejarse maniobrar. Me dirigí nuevamente al talón, emprendí un masaje en torno al punto rojo que había dejado la espina. Escuché un suspiro. La cara de Elías mostraba placidez, la boca entreabierta dejaba escapar un aliento acompasado. Observé los dedos de su pie: límpidos, con ligeros rastros de pelusa del calcetín. Empezó a moverlos, a buscar la estimulación. Me incliné a chuparlos. Recorrí con mi lengua los pliegues, el espacio entre cada uno de ellos, para luego sorberlos de manera individual. Levanté la vista. El palpitar de la bragueta me indicaba la urgencia de subir a través de su pierna. Me acerqué. El bulto alargado apuntaba hacia el lado izquierdo. Una marca de humedad, la gota que logró traspasar la mezclilla, señalaba el extremo de ese otro “Rincón Colorado”. Comprendí por fin el nombre sugestivo del lugar. Liberé el botón, bajé el cierre, deslicé el pantalón sobre sus muslos. Su miembro dio un salto e hizo un ruido húmedo al chocar contra su abdomen. Observé los testículos, encogidos, flanqueando la rigidez del pene que ostentaba un pequeño lunar en el tronco. La melanina señalaba el punto de partida. Apoyé la lengua en la mancha oscura, la deslicé lentamente hasta el frenillo. Succioné el glande más húmedo aún que mi boca presionando con los labios la coronilla. Elías emitió un gemido; apoyó la mano sobre mi nuca y la empujó hacia su pelvis. Su miembro amplio, con esa ligera curvatura hacia la izquierda, alcanzó mi garganta antes de engullirlo por completo. Mantuve el ritmo de la felación por un momento el suave golpeteo del glande contra mi paladar. Apoyé las manos en la tierra mientras movía la cabeza de arriba abajo, manteniendo siempre el contacto visual. De pronto me detuvo. Respiró profundo, de manera frenética, con el fin de contener la eyaculación. Me tomó de los brazos, me jaló hacia él. Terminamos de quitarnos la ropa. Exploré su piel, la temperatura desigual de su cuerpo: la frescura de su espalda en contacto con la tierra, la tibieza de su pecho recibiendo los rayos del sol. Me acarició el torso, sujetó mis glúteos para estrecharme entre sus piernas. Miraba su cuerpo, sus detalles: la figura triangular que portaba en un colguije, las tres estrellas tatuadas en lo alto de su espalda; dibujos que estarían ahí, de manera permanente, como los fósiles que albergan inscripciones a través de los siglos.

Alargó su mano derecha, me estimuló con fuerza, con movimientos que exigían la conclusión del acto. Un calambre ascendió por mi columna, arqueó mi espalda. Los gemidos se volvieron efusivos. Hubo un instante, un segundo.

La iluminación de los sentidos.

Vertí mis fluidos sobre su cuerpo. Grazné, como un pato, como el Velafrons Coahuilensis habría de hacerlo hace más de 70 millones de años. Solté los músculos, me esfumé entre las espinas.

***

El camino de regreso fue tranquilo. El sol bajaba tras los cerros, la ciudad empezaba a encender sus luces.

—No he visto atardeceres más bellos que los de Saltillo dijo Elías sin dejar de asentir.

Miré por la ventana. Un anuncio mostraba a dos hombres hincados sobre la tierra; hacían excavaciones en “Rincón Colorado”.

Quizás encuentren nuestro rastro. Mi graznido profundo pico de pato encerrado en un caracol que habrá de convertirse en piedra.

Pie Rincón Colorado

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