Caminamos juntos de vuelta. Se ha hecho tan tarde que el sol empieza a caer sobre los rascacielos, un brillo anaranjado reluce en la bahía. Nuestro encuentro se está alargando mucho más de lo habitual en estas circunstancias. Nos hemos tocado y lamido hasta el éxtasis en la playa, pero por algún motivo aún no nos hemos separado. Si no me equivoco, es la segunda vez que nos cruzamos y lo hacemos, y en esta ocasión la conversación continúa de forma tan natural, mientras nos vestimos y abandonamos la arena, que parece que hemos decidido recorrer el camino juntos.
He descubierto todo esto hace apenas unas semanas, de manera casual y antes de ponerle nombre, pero he aprendido rápido los códigos. Tampoco hace falta ser muy listo para entender que cuando un chico se coloca frente a mí y se toca la polla tal vez está sugiriendo algo. La escena se repite con asombrosa frecuencia, dando pie a encuentros tan placenteros como fugaces.
Es otra de esas palabras polisémicas del inglés que he aprendido aquí, aunque por lo visto es de uso común en todo el mundo. Qué le voy a hacer, si hasta ahora no me movía en estos ambientes. He tenido que descubrir el cruising boca abajo, no en el sentido literal y sexual del término, sino en el figurado: en otro hemisferio. Se me podría haber subido o bajado la sangre a la cabeza si no la tuviera concentrada en la entrepierna. Estoy en otra ciudad, otro país, otro continente, y quizá por eso estoy abierto a vivir nuevas experiencias, seguir otras reglas. En este tiempo he comprendido que el sexo en las playas de esta ciudad es luminoso, espontáneo y hasta necesario. Supongo que el sexo siempre es necesario cuando se rondan los veinte años, pero aquí el calor y la escasa indumentaria parecen obligar a practicarlo sin descanso. Aún no he experimentado las versiones oscuras, sórdidas y peligrosas del asunto. De momento me estoy convirtiendo en un experto en aceptar o rechazar proposiciones desde mi toalla con un leve gesto de cabeza. Los chicos pasean, vienen y van, me observan de arriba a abajo mientras leo, escucho música, me tumbo o me reclino, hasta escoger al siguiente candidato. A veces me imagino a mí mismo como una exótica planta carnívora a la que se acercan, atraídos por los colores, los animalillos del bosque. En cuanto se entregan, como una ofrenda, los devoro. Y así todos los días de este tórrido verano austral, a todas horas, hasta que se pone el sol. La playa está poniendo a prueba mis límites, en concreto la cantidad de veces que puedo correrme al cabo del día junto a cuerpos sin nombre.
Hoy, sin embargo, parece distinto. El chico que me acompaña tiene nombre, se llama Nicholas. You can call me Nick. Es también estudiante, en otra universidad, tal vez algo más joven. Tiene el pelo negro, ondulado, unas facciones delicadas y una conversación interesante. Creo que me gusta. Al llegar al puerto nos detenemos, faltan unos minutos para que salga el ferri que me devolverá al centro. Él debe coger un autobús para marcharse a casa. Nos despedimos con un beso en los labios, tal vez con demasiada ternura. Titubea.
—Will we meet again? —pregunta, y yo asumo que es una duda al destino, como si no pudiéramos hacer nada por provocarlo.
—Es probable, vengo aquí a menudo.
Asiente, inseguro. Parece que quiere decir algo más, pero no lo hace. El ferri está a punto de salir y avanzo hasta el embarcadero. Al girarme le veo aún en el muelle, observándome bajo una luz dorada. Levanta la mano para despedirse. En el trayecto de vuelta pienso que tal vez sí me gustaría volver a verle, pero no se me ha ocurrido darle o pedirle alguna forma de contacto. Eso no forma parte del código.
⬛Relato de B. Inot (1979, Madrid, España)
