Florencia, errar

Iván Hernández Montero (España, 1977), ganador del I Certamen Nacional de Ecopoesía "Salvar la Casa" con su excelente poemario "Necesidad de un río" (Baile del Sol, 2023), nos invita a adentrarnos en una relación sentimental que galopa a través de múltiples círculos entrelazados; del sexo a la rutina, del impulso físico de dialogar con el medio natural que nos rodea a los silencios que encoframos en una esquina del corazón.

Aquello que yo hacía era errar, como vagabundeo y como error, con todos los sentidos que podía encontrarle a aquel verbo. Junto a tantos otros verbos y acciones. Pasaba por una época muy mental, llena de juegos barrocos de luces y sombras, de ambigüedades que transcurrían únicamente en mi cabeza. Salía a caminar constantemente, el río me centraba y me sujetaba, me decía tú vas bien, igual que yo. Llegarás al mar algún día, le contestaba yo, pese a no estar del todo seguro, hay demasiadas hidroeléctricas en tu camino. Recordaba cosas que no me habían ocurrido, sino que había imaginado en algún momento, hace tiempo, y ahora se me venían encima como aviones de papel, en apariencia suaves pero puntiagudos. No era capaz de recordar algunos nombres, sobre todo eran de compañeros del colegio. Aquellos que nos acompañábamos mutuamente, modificando nuestras rutas para pasarnos a buscar unos a otros, picando en los porteros automáticos, sí, ya baja, decían las madres, con la prisa agarrada a la voz metálica. Y se asomaban por alguna ventana para despedirse. Siempre se asomaban, incluso aunque no se despidieran. No sé por qué, nunca me importaron demasiado los nombres, por eso no los recuerdo. Siempre me han interesado más las caras, las fisonomías, los olores, todas las cualidades especiales que nos distinguen a unas personas de otras. Los nombres nos hacen uniformes, nos despersonalizan. Eso hacía el personaje de Viggo Mortensen en Captain Fantastic: inventaron nombres únicos para cada uno de sus descendientes, allí en las montañas de algún estado de América.

Yo no quería hacer aquel viaje, odiaba montar en avión, le había cogido tanto miedo a volar como a ir al dentista. No me gustaban los ruidos que hacían ninguno de los dos. Prefiero ir a los sitios en coche. O en tren. También acepto el autobús, pero menos. Íbamos a pasar solo un fin de semana. Encima tanto lidiar con mis traumas para tan poco tiempo, pero iba a ser nuestra primera vez juntos en Italia. En Florencia nada menos. Lo cierto es que apenas nos conocíamos, llevábamos poco tiempo saliendo. Iba a ser una buena suma de pruebas: primero que me viese en aquel estado de nervios y sudores durante los vuelos de ida y de vuelta, luego el hecho de pasar tantas horas los dos solos en un país ajeno, añadiéndole también la dificultad de no hablar el idioma. Lo que no quería era que nos cerrásemos a nosotros mismos. Cuando surgían debates sobre cómo decidir si un plan o este plan, nos posicionábamos sin quererlo, sentábamos las bases de unos roles que nos perseguirían para siempre. Error, de errar, pero inevitable por otro lado. Desde el aire yo hiperventilaba, agarrado al reposabrazos. Miraba al resto de gente para tratar de tranquilizarme pero mis manos no paraban de sudar. Se reía. Creo que ahí fue cuando comencé a odiarle. Putos aviones, pensaba, una vez asumida mi propia muerte y la de todo el mundo. Es un ejercicio que hago siempre desde los aviones: asimilo la muerte, me despido mentalmente de las personas que quiero, todo un doloroso ritual. Hasta la fecha he logrado aterrizar.

Decía lo de los nombres porque cuando conocimos a Matías sí que se me grabó. Nunca había conocido a ningún Matías. Me sonaba como a profeta. Estábamos sentados en una terraza tomando un café y no paraba de mirarnos desde la mesa de al lado. Él estaba solo, llevaba un pantalón corto y una camiseta de tirantes. Le devolvimos las miradas con descaro. Fui yo quien habló primero, excusándonos per non parlare italiano, aunque estaba claro que nos íbamos a entender. Se sentó con nosotros y nos explicó, pronunciando cada frase muy lentamente, razones sobre su estancia en Florencia. Tenía una voz tan grave que parecía no corresponderse con su piel, como si su garganta se encontrase en una caverna debajo de la tierra, mientras su cuerpo se bronceaba libremente al sol de la superficie. Creo que ninguno de nosotros dos nos estábamos enterando de nada. Mirábamos su boca moverse, deseando besarla, sus manos moverse, deseando cogerlas, sus piernas cruzarse y descruzarse, deseando tocarlas. Y así empezó aquel otro error, el de acostarnos con Matías alegremente, como si supiésemos dónde nos estábamos metiendo.

De vuelta a casa, nos seguimos conociendo durante un tiempo, salíamos a cenar, íbamos al cine, nos presentábamos a los amigos, surgían nuestros nombres respectivos en conversaciones familiares. Tratábamos de sembrarnos de normalidad, el río decía siempre hacia adelante, nunca detenerse, avanzar, cambiarse, renovarse, lavarse. Aunque había flores que se nos marchitaban pese a estar junto a la ventana del salón. Entramos en una etapa muy extraña que aún me cuesta definir. Por mi parte me veía equivocándome constantemente, por mucho que lo intentase no encontraba otra manera de hacer las cosas salvo cagarla todo el tiempo. Él quizá no le daba tantas vueltas, hacía como el río, y le seguía la corriente. Adoptamos varios gatos, nos hacíamos fotos con ellos y nos sentíamos como en un reel de Instagram, esos nuevos paisajes bucólicos donde la perfección inventada aún parece permitir su existencia. Si nos asomábamos demasiado aparecía una cresta de montaña estrecha y afilada, caminaríamos sintiendo el vacío a ambos lados de los pies. Las manos de Matías, su cuerpo agitándose en nuestras memorias, era lo que nos hacía tambalearnos desde allí arriba. Íbamos juntos pero lo más probable es que cada uno cayera para un lado del abismo. No íbamos a ayudarnos para quedarnos allí, ni para continuar. Tampoco a caer, para eso tampoco. Las inercias ya habían aparecido: si uno cocina el otro friega, el lado de la cama es este o aquel, las evidencias de los errores ya habían empezado a tomar forma, y también comenzaban a estremecerse.

Iván Hernández Montoro Florencia, errar

Me odié y mucho por haber estado en Florencia y no haber visto más que los muslos de Matías en nuestra cama del hotel. Sentía la rabia del viaje equivocado, del momento equivocado, del chico equivocado. Nos dio por castellanizarlo, no nos sentíamos con la soltura necesaria para pronunciarlo tan bien como él: Mattia, con ese golpe en la t, en la i. Perdí aquella oportunidad de conocer la ciudad aunque no nos faltó de nada, tenían un muy buen servicio de habitaciones. Maldita boca la suya, malditas sus piernas suaves. Malditos nosotros dos por sucumbir a tal tentación. Cuando ya vivíamos juntos un día hicimos lo mismo con un tal Alberto. La boca de Alberto, maldita. Sus manos, malditas también. Su espalda, su sonrisa, sus gritos. Malditos. Después fue con otro que se llamaba Jaime, maldito todo él. Y luego fueron otros, malditísimos, de los que ya no recuerdo sus nombres, tan lejanos, como ecos sumergidos bajo el hielo. Si acaso algo de sus cuerpos, una ráfaga de nalga, un sabor fuerte en la axila, detalles así. Lo cogimos por costumbre, el meter a un tercer hombre en la cama, y ya nada volvió a ser como al principio. Cuando estábamos solos sentíamos cómo se abría un vacío entre los dos, enseguida cogíamos el móvil y entrábamos en el Grindr o en el Scruff para buscar a alguien que viniese a rellenar ese espacio. Eso nos calmaría, siempre lo hacía, creíamos que nos unía, que nos reforzaba, que nos traía tiempo de calidad en común. Cuando el chico se iba comentábamos toda la experiencia como si fuésemos amigos. Nos despistamos tanto el uno del otro que no lo veíamos, ya no nos necesitábamos, sino que nos utilizábamos. Hacíamos igual que con las películas, que cada vez elegía uno. Pues lo mismo con los hombres que traíamos a casa. No, hoy me toca a mí, que el otro día elegiste tú. Y lo asombroso era que casi discutíamos por eso y no por otros asuntos.

Le contaba a una amiga que estábamos muy bien, que podríamos hasta casarnos en cualquier momento. Claro que siempre hay que estar trabajando cosas, pero en general estamos genial. Sí, preparando el próximo viaje. No, a Italia no, quizá a Bélgica. Fui cambiando de macetas hasta que encontré alguna que sobreviviera junto a la ventana. La miraba cada día y no hacía más que escuchar las lecciones que me enseñaba. En verano el sol bajaba hasta tocar sus hojas, y se oscurecían. Me susurró que prefería la primavera y el otoño, que el resto del año apestaba. Yo que quería saber cómo salir de allí, ella se encogía un poquito y se señalaba el tallo, unido a la tierra pegada al tiesto de plástico. Podía moverme, es verdad, pero no me servía de mucho. Nos habíamos ido volviendo invisibles el uno para el otro. Por mucho que caminase no era capaz de centrarme en ese argumento, no llegaba a él, se me solapaban los alientos, los vellos, los pechos agitados, los gemidos, siempre los grititos tan particulares de cada uno archivados en mi recuerdo. No quería admitir que utilizábamos a otros hombres como juguetes porque era totalmente contrario a mis principios. Pero que no quisiera admitirlo no significaba que no fuese verdad. Me justificaba a mí mismo todo el tiempo, bueno, somos dos, esto es algo pasajero, todas las parejas tienen lo suyo, etc. Sentía la presión social de cumplir con unos roles marcados. Pensé que igual yo no era tan romántico, las pelis de Disney nunca me hablaron de mí, así que me era más fácil verlo en los demás.

Una noche que habíamos salido a cenar: más tarde fuimos a una discoteca para tomar algo y quizá encontrarnos con otros amigos. A mí algo me había sentado muy mal, quizá la salsa o el postre, no sé. El vaso estaba helado, el hielo estaba helado, tragué el cubata casi obligado, me sentía mejor si me emborrachaba un poco, más liberado para entrarle a cualquiera. Aunque lo que quería esa noche era hablar con él, preguntarle dónde estaba, y quién era él, y quién era yo, y dónde estábamos los dos. Todo lo que se me venía a la cabeza me parecían preguntas trascendentales que estarían fuera de lugar en la barra de una discoteca, con la música a todo volumen, y chicos guapos merodeando alrededor. Pero empecé a filtrarme a mí mismo y a gritarle a la oreja. Todo lo contrario al ejercicio sensual que hacíamos con los otros. Ahora su oreja estaba fría, mi boca también. No sé qué dije primero, ni si llegué a pronunciar en voz alta todo lo que me inquietaba. Él callaba, asentía, y de vez en cuando me gritaba qué. Y tenía que volver a repetirlo. Nos apartamos a un lateral de la barra pero entonces llegaron nuestros amigos. Abrazos, besos, qué tal, enseguida los viajes al baño, unos tiritos, venga yo invito. Tras el cuarto cubata tuve que vomitar la cena. Me mareé un poco aunque pude evitar caerme al suelo del baño. Al salir alguien me estaba esperando para preguntarme si estaba bien. Mis ojos debían ser más rojos que marrones, seguro que lloraban. Le agradecí y al darme la vuelta me agarró desde detrás y me besó la nuca. Nunca supe quién era ni volví a verlo, pero me hizo sentir tan bien que cuando pienso en algún momento agradable es uno de los que me viene a la mente.

Al principio pensé que lo mejor sería detener aquello, dejar de tener sexo con otros para tenerlo entre nosotros. Luego pensé que quizá no estaba tan mal, teníamos aquel acuerdo que nos permitía disfrutar de todo tipo de cuerpos sin complicaciones, y a la vez mantener una pareja estable. Éramos la envidia de mucha gente porque nos decían que éramos ‘modernos’. Más tarde me preocupé porque algo no me cuadraba, quería dejarme llevar por la frivolidad, de verdad que quería, en el fondo no estábamos mal, nos entendíamos en muchas cosas, con la casa, la música, los gatos, los chulazos. Al cabo de unos días después de mi llamada de atención en la discoteca fue él quien sacó el tema. Estábamos en casa y habíamos terminado de cenar, aún era pronto para todo. Me preguntó qué pasaba. Me planteó opciones que ni conocía que podían existir. Me habló de abrir aún más la pareja y que pudiéramos tener sexo por separado. De hacer intercambio de parejas. Se excitaba cuando me hablaba de todas las ideas que se le habían ido ocurriendo y que parecía haber estado meditando para hacerme una lista. Allí a su lado, con los platos sucios de la cena todavía sobre la mesa, le escuchaba hablar y yo, de alguna manera también. Le odié. Y me odié, por excitarme y por odiarle a él. No quiero odiarle. No era lo que yo había pensado, le contaba al río un día que salí a correr. Iba en dirección contraria al agua, hacia unas pistas que quedaban a un par de kilómetros. Hacía frío y llevaba unas mallas demasiado finas así que iba más deprisa de lo habitual. El río iba casi desbordado así que no estaba de humor para mis tonterías, callaba, concentrado en no salirse, canalizando los bordes, empujando hacia abajo.

Era casi de noche cuando estaba de vuelta, debajo de uno de los puentes junto al centro comercial había una zona de cruising. No era oficial pero todo el mundo lo sabía. Reduje la velocidad hasta casi detenerme. En la penumbra noté cómo una figura se movía ligeramente, fumaba apoyada junto a uno de los pilares de hormigón del puente. Claramente me estaba esperando. Fue tan rápido que apenas me acuerdo. Cuando llegué a casa él no estaba. Me duché y preparé la cena. Llegará en cualquier momento. ¿Dónde estará? Hoy no tenía inglés ni gimnasio. No quise preguntarle por el móvil. Ya llegará. Dudaba si le contaría el episodio del puente. Había sido tan descafeinado en el fondo que era como si no hubiese hecho nada, como si hubiese estado prácticamente solo. No podría detectar en mí su olor porque apenas nos habíamos acercado, apenas las manos, las bocas, los meneos rápidos y furtivos, las mallas manchadas, pero poco. Sonó la llave girando en la puerta y entró en casa. Los gatos se acercaron a saludarlo, era él quien solía echarles de comer y ya había pasado su hora habitual. Los acarició como para quitárselos de encima, pero debieron detectar algún olor nuevo ya que se encaramaban a sus piernas, olisqueándolo. Cruzó el salón casi sin mirarme. De dónde vienes, de por ahí, ah, y qué tal, bien, me voy a duchar, ahora salgo, vale, la cena está hecha, genial, gracias. Cerró la puerta del baño y tardó bastante rato en salir. Juraría que la planta de debajo de la ventana se había desplazado unos milímetros hacia el lado de la pared. Algo casi inapreciable, salvo que te hubieses quedado fijamente mirándola, justo lo que yo había hecho. Nos sentamos a cenar mirando la tele. Creo que los dos teníamos miedo de preguntarnos. Así que hablamos de que había que comprar comida para los gatos, con el frío parecía que estaban más hambrientos.

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